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Zundel

June 2008 - Posts

  • 30 06 08. ¡Dios, Dios, Dios! ¡Sí! ¡Pero Dios Padre, Hijo y Espíritu!

    Más balbuceos.

     

    Dios, el Dios Trino, quiere la felicidad del hombre, infinitamente más que el hombre mismo.

    Anoche, la cadena Kto presentó un excelente testimonio de un sacerdote de 66 años, antiguo monje y luego capellán de prisión. Pero faltaba algo. Habló sin cesar de Dios, Dios, Dios, y ni una sola vez del Padre infinitamente bueno y por eso infinitamente feliz, ni del Hijo ni del Espíritu, infintamente buenos también e igualmente felices.

    Y no sólo tenemos que nombrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu, sino que tenemos que aprender y reaprender sin cesar que Dios quiere nuestra felicidad absoluta, infintamente más que nosotros, porque se trata de la felicidad de Él, infinitamente despojado de sí mismo, pues la felicidad divina está siempre en la felicidad del Otro.

    Y tenemos que aprender y reaprender sin cesar primero que no sólo “Dios está siempre ahí”, sino que la Trinidad está desde siempre en el corazón de cada hombre, deseando realizar y realizando en efecto lo que desea y realiza eternamente de manera perfecta: el nacimiento del Hijo y la procesión del Espíritu. Toda su felicidad eterna está ahí, en ese deseo y en su eterna realización.

    Y quiere que, para ser feliz con la única verdadera felicidad, el hombre entre en el impulso trinitario, impulso de la verdadera felicidad, y no puede hacerlo sino por el don de sí mismo.

    Y no hay ningún egoísmo divino en ese deseo y ralización eterna en el hombre de lo que hace que Dios sea Dios, no hay ningún egoísmo en la felicidad de Dios porque no es complacencia en sí mismo sino, eternamente, en cada Persona Divina, realización de la felicidad del Otro: Dios no es ni puede ser feliz plenamente sino con la felicidad del Otro.

    ¿Cuándo estará eso escrito en el catecismo y proclamado en la oración de la Iglesia, en la Eucaristía y en toda su preparación y acción de gracias?

    Se ha planteado la cuestión de saber si la felicidad infinita que Jesucristo procura al Padre le añadía algo a la felicidad eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu. Evidentemente no, pero es necesario precisar que no añade nada simplemente porque Jesucristo, el Hijo, es eternamente creador y redentor del hombre; en Dios no existe un antes de la creación y de la redención, aunque se opere y se realice en el tiempo de los hombres, y lo que se realizó en nuestro tiempo, lo que se realizó hace 2000 años y sigue realizándose realmente en la ofrenda eucarística, es eternamente presente por parte de Dios y lo colma de felicidad cuando a la ofrenda perfecta se añade la ofrenda del hombre, que viene a dar sentido a la ofrenda del Hijo.

    Ya hemos tratado de cómo la ofrenda perfecta de Cristo en la Cruz revela un inmenso misterio, el de la santa Trinidad, de una ofrenda perfecta y eterna de cada persona divina al Otro con quen ella se identifica. En el Dios Trino, el don perfecto de sí mismo, hasta el don de su vida eterna: es lo que constituye el corazón de la vida trinitaria, y el Dios Trino quiere que esa felicidad sea la de innumerables criaturas, aunque ello no le dé a Él ningún aumento de felicidad: en realidad, le da eternamente una felicidad infinta, el hecho de que eternamente nos hace por lo menos parte constitutiva de su feliciad eterna, sin serle necesario...

    Dios está infinitamente más cerca de su criatura e interesado por ella de lo que nosotos imaginamos. Es su obra, se interesa particular e infintamente por ella porque también ella es para Él el otro, al que eternamente cada Persona divina se identifica, realizando lo que hace que nuestro Dios sea el Dios Trino.

     

    “Padre inifinitamente bueno, que nuestra única felicidad sea la tuya! ¡Que tu eterna y perfecta felicidad sea la nuestra ! ¡Que sea la de todos los hombres!”


  • 29 06 2008. ¿Cómo puede Dios soportar el estado de desorden del mundo? Él no tiene parte ahí. Hay que matizar la afirmación del Dios creador del cielo y de la tierra...

     1a parte de la 3a conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París, el 9 de febrero de 1964.

     

    El universo está en estado de desorden, no podemos asombrarnos de ello. La creción, nos dice San Pablo, está dando a luz, gimiendo, con dolor. El único problema es hacernos hombre.

     

    « Cuando un niño se divierte desgarrando las alas de una mariposa o de una mosca, sentimos un sentimiento de rebelión porque ahí hay algo indigno del hombre e indigno de la creación. Estamos obligados a destruir ciertos animales, pero no debemos hacerlo sino evitando toda crueldad. La crueldad gratuita nos parece monstruosa, aunque sea contra un insecto dañino y, si sentimos eso ante la crueldad humana y la dignidad ignorada de la creación, es en virtud de un impulso que surge del Dios interior que llevamos en nosotros, y no existe otro.

    Si tenemos de Él esa compasión por una criatura que sufre, si nos indignamos por instigación suya contra una crueldad gratuita, ¿cómo puede Dios mismo soportar el orden del mundo tal como está? ¿Cómo puede soportar el juego de masacre que condiciona constantemene la vida por la muerte? ¿Cómo puede soportar la crueldad de los animales unos contra otros? ¿Cómo puede soportar el suplicio de los niños inocentes? ¿Cómo puede aceptar que las células cancerosas proliferen? ¿Cómo puede aceptar que un virus destruya el cerebro de un genio? ¿Cómo puede admitir la inmensa historia de lágrimas y sangre que es la historia del universo? ¿Qué significa la evolución tal como puede establecerla la paleontología frente al Dios interior, que es el único Dios que pueda entrar en nuestra experiencia humana? Es evidente que estamos inmediatamente obligados a reconocer que Él no está por nada en eso, pues sería monstruoso hacerlo cómplice de un universo que nos repugna y nos indigna.

    Hay sin duda en el unvierso aspectos que con razón nos encantan, pero hay otros también que legítimamente nos indignan. ¿Cómo puede ser Él el autor de ese mundo? Quiero decir, el verdadero Dios, el Dios Espíritu, el Dios Verdad, el Dios Pobreza, el Dios Amor. Sin ninguna duda, ¡Él no es el autor de ese mundo!

    Por eso hay que matizar la afirmación del Dios creador del cielo y de la tierra y revisarlo del interior de la experiencia personalista al nivel del diálogo que nos compromete en la intimidad con el Dios Espíritu y Verdad.

    Hemos comprobado y sentimos todos los días la inadecuación evidente, el hiato formdiable ente las exigencias de nuestra dignidad y nuestra conducta real. Abundamos en discursos, sabemos predicar un ideal admirablemente, vemos inmediatamente en qué grado se sustraen los demás a las exigencias de la conciencia y no cesamos de estar por debajo de ellas, no cesamos siquiera de ser indignos de nosotros e indignos de Dios.

    Es decir que comprobamos en nosotros el estado de descreación que sucede con tanta frecuencia al estado de creación, ya que es raro, cuando hemos tenido la gracia de elevarnos, de perdernos de vista, de universalizarnos, de ser por un momento todo ofrenda y todo amor, es muy raro que no volvamos a caer en el valle de la sombra aprovechando inclusive a veces de la misma iniciación a la cumbre para glorificarnos indebidamente y apropiarnos, destruyéndola, esa hora de libertad que nos había permitido despegar de nsootros mismos.

    Es decir que, introducidos en una continua antropogénesis, teniendo que hacernos hombre, faltando con tanta frecuencia a la realización de nuestra humanidad, pasando por esas fases diversas en que el universo toma aspectos diferentes según que estemos afuera o dentro, no podemos asombrarnos de que el universo mismo esté en estado de desorden.

    Tenemos que hacernos hombre, lo hemos afirmado y redescubierto sin cesar. Ese es, en el fondo, el único problema: hacernos hombre, emerger de la escoria animal, superar los determinismos, escapar al yo biológico, devenir fuente y origen, espacio creador.

    Es verdad, pero precisamente porque el itinerario es difícil, porque somos rara vez fieles a todas sus exigencias, porque nuestra vida no cesa de oscilar entre un impulso hacia el amor y un reflujo hacia nosotros mismos, el universo mismo no puede sino parecernos degradado al mismo tiempo que nosotros nos descreamos, como se despliega a medida que nos creamos.

    Evidentemente, existe una solidaridad entre la cosmogénesis, el nacimietno del mundo, y la antropogénesis, el nacimiento del hombre. Recibimos de San Pablo esas afirmaciones sorprendentes, tan raras en él, sorprendentes, de que la creación está en estado de parto, de gemidos, en estado de dolor, que no es pues lo que el Espíritu quiere para ella, que no corresponde al plan divino, que fue sometida por el hombre a su vanidad, que está fuera de órbita, arrojada fuera de su vocación, puesto que el hombre mismo fue infiel a la suya. Esta afirmación tiene una importancia capital justamente porque nos permite comprender toda la creación en un solo movimiento y como un solo bloque en que todos los planos, todos los niveles, son solidarios los unos de los otros.

    En el fondo, como el niño en el embrión de su madre está lejos de llegar al pensamiento pero, ya en esa etapa primitiva, está ordenado hacia el pensamiento, es un embrión humano que, si madura normalmente, llegará a la vida del espíritu, se puede decir que el universo entero es la matriz de ese pensamiento que debe hallar su coronamiento, su desarrollo pleno en nuestra liberación, o en la liberacion de seres semejantes a nosotros situados en otros planetas en el inmenso universo.

    Habría pues una solidaridad, afirmada además por San Pablo, una solidaridad entre el desarrollo del universo y el nuestro, habría una evolución de conjunto que reposaría finalmente sobre el pensamiento y en la cual el pensamiento que falla provocaría la falla de todo el universo. Si imaginamos, si concebimos todo el universo en lo intemporal del pensamiento, podemos concebir que Dios sólo comunica con el universo a través del pensamiento, quiero decir el Dios interior.

    Para que nuestro organismo esté en desorden, para que estemos entregados al tumulto de las fuerzas oscuras que se agitan dentro de nosotros, basta con que nos despeguemos de la atención de amor que nos fija en Dios, y esto lo constatamos en nosotros mismos. Cuando bajamos la guardia, cuando cesamos de estar en contacto con el Dios interior, somos presa de esas fuerzas que, no estando ya gobernadas por el espíritu, nos arrastran al azar en el desorden más conforme con nuestras tendencias particulares.

    Eso siempre porque dejamos de velar, porque nos despegamos de la unión creadora, del diálogo liberador, porque somos entregados al tumulto de nuestro organismo.” (Continuará)

  • 28 06 08. ¿Un remedio a la disminución de la práctica cristiana?

    Balbuceos

    Quizás la Iglesia debería considerar más ahora una cuestión muy grave, la disminución de la relación de la mayoría de nuestros contemporáneos con la Iglesia, sobre todo talvez en Occidente. Ya hace tiempo que se hizo evidente que los cabellos blancos o grises abundan en las asambleas dominicales, y que la inmensa mayoría de los jóvenes están ausentes, abstención que parece generalizarse más y más.

    En nuestra región, y quizás en las otras también, los sacerdotes constatan la disminución constante de la práctica dominical. Los niños o los jóvenes que hicieron recientemente la profesión de fe, o inclusive a una edad más temprana, después de la primera comunión, no vienen más a la misa los domingos, al menos aquí. Tampoco venían durante los años de preparación a lo que apenas nos atrevemos a llamar la iniciación cristiana, vistos los resultados (aparentemente una grande indiferencia), y eso a pesar de una evidente buena voluntad de los que los preparaban.

    Desde luego nos preocupamos desde hace tiempo por esta disminución de la práctica, y de que son principalmente los “viejos” los que asisten a la Misa dominical, pero no ha habido remedio realmente eficaz. La reforma litúrgica emprendida después del Vaticano 2 no frenó el movimiento de decadencia de la práctica dominical.

    Por mi parte, y no soy el único, no puedo impedirme de pensar que sólo el descubrimiento y la experiencia de la mística cristiana, vividos por cada uno, podrá detener eficazmente esa decadencia, y reconozco que no conozco otra mejor que la mística a la que nos invita M. Zundel en sus conferencias, homilías, conversaciones, y en sus libros.

    “¡Ese hombre me removió las entrañas!” me escribía recientemente un protestante bautista acabando de descubrir, por azar, una página de Zundel en el sitio elan-en-trinite. Y desde entonces es asiduo en prestarnos toda la ayuda que puede para la difusión de ese pensamiento y de este nuevo descubrimiento y experiencia de Dios…

    ¿Por qué el catecismo y la liturgia parecen no reproducir jamás, ni siquiera una vez, el mismo efecto? Puede parecer impensable que los catecismos recientes y las plegarias eucarísticas actuales sean capaces (ese no es su objetivo además), aunque hayan sido escritos por hombres y mujeres bien capaces, y sobre todo preocupados, lo entendemos, por la fidelidad a lo que se ha enseñado u “orado” en la Iglesia, con cierta actualización.

    ¿Por qué, por ejemplo, no comenzar toda plegaria eucarística por “Padre infinitamente bueno”, como se hizo durante siglos, y continuar desarrollando primero la bondad infinita del Padre que encuentra su manifestación sublime en lo que va a actualizar justamente el sacrificio eucarístico: el don perfecto, la perfecta ofrenda del Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, y que se ofrece así para que nosotros nos ofrezcamos a nuestro turno?

    ¿No debería “hablarse” de la bondad infinita del Padre de Jesucristo desde el comienzo de la iniciación cristiana? Nuestro Padre celestial, Padre de Jesucristo, Su Hijo único, Padre que no tiene sino hijos únicos y que ama a cada uno de nosotros como tal, Padre que da al Hijo único para que el pecado, que trastornó nuestra relación primera con el mundo y con Dios, se convierta en el punto de partida, como punto de anclaje de la restauración llamada a rehacer la creación en un  estado más hermoso y admirable todavía el primero.

    Y esto es muy importante, el mundo sigue aún aparentemente completamente trastornado, preso siempre en el mal y la desgracia bajo todas sus formas, pero en realidad deja ver, a quien abre los ojos de la fe, dibujarse a lo largo de los siglos y milenios algunas líneas de la restauración, quizás al comienzo todavía: Dios amó tanto el mundo que le dio a Su Hijo para que el mundo creado por Él sea salvado ahora por Él, es decir, por el mismo Hijo, de manera infinitamente más admirable que en la primera creación.

    Dio el Hijo único entera y perfectamente a cada uno de nosotros para que en adelante nuestra vida, llena de Él, pueda ser Su vida en nosotros. Nuestra vida puede prolongar (la ofrenda de Cristo no tendría ningún sentido si ninguna ofrenda de hombre no le respondiera), nuestra vida debe terminar lo que le falta y que es por tanto lo esencial, y es lo único que puede dar felicidad porque entramos entonces en la vida misma de Dios, la vida eterna, entramos en la vida de la Santa Trinidad y en su felicidad inaudita.

    Presentar a Dios y orarle como infinitamente santo es propio de todas las religiones dignas de ese nombre. Pero presentar a Dios como Padre infinitamente amante de cada uno e infinitamente deseoso de nuestra felicidad es la especificidad más importante del cristianismo.

    Pedro y Pablo, que celebramos hoy, y cuya fiesta suplanta la liturgia dominical, son testigos magníficos de la vida de Jesús finalmente restaurada en ellos perfectamente, vida que fue vivida de manera diferente por uno y otro, como lo quiere ser en cada uno de nosotros: Dios tiene necesidad de todas esas vidas de su Hijo en cada hombre, diferentes unas de otras, para acabar en nosotros lo que realiza y actualiza en cada celebración eucarística el Hijo muy Amado.

    La Iglesia sintió la necesidad de celebrarlos desde la vigilia de su fiesta. El precursor fue también celebrado así. Celebramos pues hoy a los dos testigos por excelencia de la venida del Hijo del Padre en medio de nosotros y en nosotros, al mismo tiempo que la del Espíritu que constituye eternamente la relación sublime del Uno con el Otro, la relación eternamente constitutiva de la persona del Uno y del Otro, al mismo tiempo que surge de ella.

     

    Padre infinitamente bueno, celebramos tu presencia infinitamente amante y activa en Pedro y Pablo, por Tu Hijo muy Amado, en el cual amas a cada uno de nosotros con un amor único…

    (A retomar, a continuar)

     

  • 27 06 2008. El misterio de Jesús y la verdadera manera de adorarlo: la adoración es el diálogo de Amor en que no hay sino el Amor que no puede surgir sino de una desapropiación.

    Final de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964. 

    Retoma: “Si Jesús pudo introducirnos en los abismos en que Dios aparece justamente como el fermento de nuestra liberación, como el que no puede coaccionarnos nunca, nunca imponerse, como Aquél cuya presencia no puede atestiguarse sino bajo forma de liberación, si Jesús nos conduce a ese Dios, es justamente porque Él es ese hombre, el hombre que no tiene adherencia, el hombre que no puede poseer nada, el hombre despegado del yo que nos infecta y nos aprisiona, porque fue creado (porque su humanidad fue creada) precisamente en esa situación de despojamiento en razón de una misión universal que lo encarga de asumir todo, de recomenzar toda la historia, de recapitularla, de hacer de ella una unidad, porque si nadie hace la unión entre las generaciones, ¿para qué sirve la historia?” 

    Continuación: “No se trata de un lazo técnico entre las generaciones del que sabemos bien que no llega a nada sino a un peligro mortal, no se trata de ese lazo técnico de una civilización que puede unirla material y mecánicamente a las demás, se trata de un lazo personalista que haría de toda esta historia una historia que tendría un sentido único. Y justamente Jesucristo podrá unir todas las generaciones, podrá hacer su unidad, podrá ser el segundo Adán, porque está totalmente desenraizado del yo que nos limita e impide que la universalidad del saber se haga realidad en nosotros.

    Porque desde luego las palabras son extensibles al infinito, podemos hacer los más bellos discursos sobre la paz, y no nos faltan, pero todo eso no tiene la menor influencia ni eficacia porque no es vivido, porque el yo propietario, el yo colectivo o individual, el yo separatista, el yo reduce todo ese lenguaje a nuestros propios intereses y porque se sobreentiende que todo eso es para mostrarse y dar espectáculo, que nadie puede tomarlo en serio y que, finalmente, detrás de esas palabras hay una bomba, y contamos mucho más con ella que con el altruismo de que hacemos profesión.

    Si al contrario, todo eso pudo hacerse realidad en Jesucristo, si la humanidad puede comenzar de nuevo, si la historia puede volver a encontrar un nuevo origen, si todos los hombres pueden hacerse contemporáneos y reunirse alrededor de la mesa del Señor como lo vamos a hacer ahora, es porque Jesús, justamente, está en el despojamiento soberano, total, irrebasable, es porque El no puede decir “Yo”, es porque su yo es realmente el otro, es porque está revestido del yo divino que es el yo de la eterna pobreza, porque gravita en la órbita del eterno amor y que por lo mismo está necesariamente orientado hacia lo universal y se hace capaz, por lo mismo, de ser una presencia íntima para cada uno sin violar nuestra clausura, dando al contrario a lo más íntimo de nosotros un fermento de desapropiación, de libertad y de amor.

    Visto bajo esta luz, vivido en esta luz, el misterio de Jesús no excluye evidentemente a nadie, comprende los escrúpulos del islamismo y del judaísmo, los comprende tanto mejor cuanto que ha dejado de creer en el falso dios hipostasiado en las nubes, les comprende tanto mejor cuanto que no se trata de adorar en el sentido de someterse a un poder y de reconocer su majestad. La adoración es el diálogo de amor en que no hay ni señor ni esclavo, ni autoridad ni dependencia, en que no hay sino el amor, el amor enteramente vacío de sí mismo que llama al amor, el cual no puede surgir sino de una desapropiación.

    Si la experiencia cristiana es irrebasable, es porque se une al corazón de la suprema pobreza, porque está en la confluencia de la pobreza divina y de la pobreza humana que hace de Jesús a la vez el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre.

    El Hijo de Dios, es decir el hombre abierto a la divinidad hasta el punto de no tener otro yo que ella misma, el hombre introducido en el circuito de la eterna pobreza para hacernos entrar a nosotros en ella a nuestro turno. Pero de ahí, evidentemente, nadie está excluido, ¡nadie está excluido! No hay otra afirmación de la experiencia cristiana.

    Finalmente, cada dogma no hace sino repercutir esta afirmación, no como conceptualización especulativa, sino simplemente como reafirmación de la pobreza divina que brilla en la pobreza humana, y es a eso a lo que todos estamos llamados, todos los hombres están llamados a ir hasta el final de su liberación para hacerse verdaderamente universales, es decir aprender a deshacerse del falso yo parasitario y posesivo, para dejarse invadir por el yo divino que justamente se enraíza en nuestra historia por la presencia permanente de Jesucristo.

    Está perfectamente claro, si se trata de un diálogo, si se trata de un universo personalista, ¡es perfectamente claro que no podemos apoderarnos de la verdad como de un objeto! La verdad sólo puede entrar en nuestra historia si nosotros entramos en su historia, quiero decir que en virtud de la comunicación en que uno se hace el otro, ya que nuestra experiencia es ínfima y oscilante, tenemos una referencia siempre presente en la persona de Jesucristo que, además, es interior a nosotros, la presencia de Jesucristo que nos llama a no limitar jamás a Dios, ni al hombre, ni el universo, conquistando nuestra humanidad en la desapropiación en que no cesamos de ensancharnos para que Dios pueda obtener su verdadera imagen para nosotros.

    Estamos pues centrados en Jesús, no para limitarnos, sino para desapropiarnos, para llegar a través de Él a la cumbre de la experiencia mística en que Dios recibe su verdadero rostro al mismo tiempo que el hombre llega al suyo y donde la comunión se establece entre todos los hombres, en que el tiempo se hace eterno, en que lo visible se hace la parábola de lo invisible, en que Dios se hace carne, en que Su carne se hace verbo, en que todo el universo se penetra de la adorable luz que brilla en el eterno Amor, que no es otra cosa que la eterna Pobreza, para repetirlo una vez más.

    ¡Claro que todo eso es mero verbalismo si no lo vivimos! Todo eso no podrá constituir una experiencia liberadora para nosotros si no entramos en el silencio, si no permanecemos en la región en que nos enraizamos en Dios, si no estamos escuchando la palabra silenciosa, o como dice San Juan de la Cruz, la música silenciosa que es Dios escondido como un sol invisible en lo más íntimo de nosotros. Pero no creo que alguien pueda ofenderse por esta presentación del misterio de Jesús y creo que aquí nos situamos.”

    (Las últimas palabras no fueron grabadas)

     

  • 26 06 2008. No conocemos auténticamente a Dios sino en y por la humanidad de Jesucristo...

    6ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964. Toda la revelación cristiana debe situarse en la perfecta transparencia de la Humanidad de Jesucristo perfectamente transparente a Dios. Todo lo que Jesucristo dice en y por su humanidad, sólo conocemos a Dios por medio de ella, todo lo que hace, dice, sufre, soporta Su humanidad es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella. Zundel emplea aquí la palabra parábola sacramental: Dios no puede hacerse conocer directamente como es, “a Dios nadie ha visto jamás” (Juan 1,18). Él no se manifiesta, no puede manifestarse ni hacerse conocer de los hombres sino conforme a la parábola viviente que es Jesucristo."Detrás de las palabras de parábola y sacramento hay una realidad abismal que sólo podemos alcanzar según el grado de nuestro compromiso, de nuestra pobreza y despojamiento”... Retoma: “El misterio de Jesús es el misterio de una relación que suscita el vacío absoluto en Su humanidad, el vacío de todo lo que se opondría al reino de Dios y que, por lo tanto, sitúa toda la revelación en la perfecta transparencia de una humanidad que es incapaz de afirmarse y que es siempre, en todo lo que es, en todo lo que hace, en todo lo que sufre, la manifestación personal de Dios.Personal, quiero decir que justamente todo lo que hace, todo lo que dice, todo lo que sufre, todo lo que soporta, es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella. Por eso podemos decir que, en la Cruz, es Dios el que muere, que en la Cruz se realiza el juicio de Dios, Dios es juzgado por todos los que lo rechazan y muere de amor por los que lo están crucificando.Se trata de una parábola, se trata de un sacramento pero, detrás de estas palabras hay una realidad abismal a la que no podemos llegar sino en el compromiso, para obtener la luz que ya no puede expresarse, la luz que es la luz de una presencia.”Continuación: “Ustedes saben que en el amor humano, cuando llega a la cumbre, cuando es perfectamente decantado, cuando está en el zenit de su pureza, el amor humano respira la luz del ser amado, una luz que se basta a sí misma, una luz que dice todo, que da todo, que comunica todo y que rebasa el lenguaje. El lenguaje, aquí, sólo puede ser el sacramento de la experiencia de la humanidad de Jesucristo (lo cual la hace conocer sin ser ella misma, el lenguaje no es la experiencia que expresa) y sólo tiene valor en la medida en que la comunica.De ahí que la humanidad de Jesucristo, en la parábola viviente que es, en el sacramento viviente que es, se comprende que la humanidad de Jesucristo sólo puede hacerse luz en nosotros si nos comprometemos a fondo, si entramos en su despojamiento y en su pobreza, si llegamos al vacío de nosotros mismos que es la condición del reino de Dios en nosotros.Pero ustedes ven que, captada en el personalismo, captada en esa experiencia en que hay necesariamente que comprometerse para llegar a la luz, en esa experiencia vista bajo el aspecto de una pobreza radical, la Encarnación está en la línea de toda experiencia mística como el caso límite, y la experiencia mística alcanza su cumbre en la suprema pobreza por una humanidad que no tiene ya ninguna adherencia a sí misma, que no puede ya atraernos a ella, encerrarnos en sí misma, y que nos aspira hacia el yo divino en que ella subsiste.Ese es finalmente el término de la Encarnación: estamos llamados a constituir con Cristo una sola persona en el yo divino que reviste la humanidad de Jesucristo, no para sí misma sino para comunicarse a través de ella a toda la humanidad, a todas las humanidades, estén donde estén, y a todo el universo.Ustedes sienten bien que en el esfuerzo de la inteligencia mística para tomar posesión del misterio de Jesús se necesita una flexibilidad del lenguaje, y cuando se vive en el plano del personalismo, en el plano de la comunicación y del compromiso, si se recae en el “verstand”, en el entendimiento, dándole la espalda a la razón, si no se ve que la suprema luz no emana de la mecánica verbal, de la mecánica lógica, sino de todo el ser cuando todo el ser está rectificado, enderezado, purificado en el don de sí, entonces las palabras devienen pura mitología y constituyen un escándalo para la inteligencia, y uno está obligado a refugiarse en la negación del islamismo o del judaísmo, o en la negación aún más conmovedora de la teología cristiana liberal (1) (este parágrafo me parece extremamente importante)Pero claro está que cuando se llega a esto se ha perdido el contacto con toda experiencia mística Y con el dato fundamental del cristianismo que ve precisamente en Cristo la experiencia mística en su límite en una humanidad totalmente diáfana por ser enteramente desapropiada de sí y no poder ya sino dar testimonio de un Dios pobre (1).Y justamente es el testimonio dado a la pobreza de Dios el que autentifica para nosotros la experiencia mística universal de Jesús, insuperable, siempre actual, siempre ofrecida, siempre presente en nosotros. Porque, si Jesús pudo introducirnos en los abismos de la Trinidad, no bajo el aspecto especulativo sino bajo el aspecto precisamente de una caridad, de una vida de amor, de una vida en que todo es vacío de sí mismo, en que nada existe sino bajo forma de don, si Jesús puede introducirnos en los abismos en que Dios aparece justamente como el fermento de nuestra liberación, como el que no puede coaccionarnos nunca, nunca imponerse, como Aquél cuya presencia no puede atestiguarse sino bajo forma de liberación, si Jesús nos conduce a ese Dios, es justamente porque Él es ese hombre, el hombre que no tiene adherencia, el hombre que no puede poseer nada, el hombre despegado del yo que nos infecta y nos aprisiona, porque fue creado (porque su humanidad fue creada) precisamente en esa situación de despojamiento en razón de una misión universal que lo encarga de asumir todo, de recomenzar toda la historia, de recapitularla, de hacer de ella una unidad, porque si nadie hace la unión entre las generaciones, ¿para qué sirve la historia?”  (Continuará)Nota (1) “Entonces las palabras devienen pura mitología y uno está obligado a refugiarse en la negación (en la negación que hace el islam) del islamismo o del judaísmo, o de la teología liberal.” Este pensamiento me parece extremamente importante porque si lo entendemos bien se evaporan, si me atrevo a decirlo, todas las pretensiones del islam, del judaísmo y de la teología liberal, y se evaporan inclusive las objeciones de los ateos.Se comprenderá fácilmente que deseemos que estos pensamientos místicos aparezcan ahora en los catecismos e inclusive en la liturgia de la Misa. Volveremos a ello más adelante. Si entendí bien, esto quiere decir que toda una comprensión del misterio mismo de Jesús fue elaborada a partir justamente de una carencia de la mente al reconocer el personalismo divino y el misterio de la Trinidad que lo implica. Aquí se redobla entonces la importancia capital de este misterio, desarrollado aún muy poco en la enseñanza corriente de la Iglesia. En una enseñanza puramente silogística no tiene lugar el personalismo.Sólo podemos desear que el personalismo aparezca un día no lejano en la oración de la Iglesia, en las nuevas plegarias eucarísticas, e inclusive en una renovación de la oración oficial de la Iglesia en que, como ya lo dijimos, y estamos ciertamente en la línea de la doctrina zundeliana, en que el Antiguo Testamento ya no tiene con tanta frecuencia el primer puesto como si fuera tan importante como el Nuevo por ser palabra de Dios.Las plegarias eucarísticas de la celebración de la Misa, muy hermosas, claro está, son contemporáneas del desarrollo del dogma en la época de la Iglesia primitiva. Sólo podemos desear que un día aparezcan otras nuevas, contemporáneas del desarrollo del dogma en estos comienzos del 3er milenio, desarrollo que conoció una etapa decisiva con la doctrina de Mauricio Zundel, de la que hay que precisar que no es totalmente nueva sino que saca doctrina de los místicos que lo precedieron (por ejemplo, Ángelo Silecio y otros).Las plegarias eucarísticas utilizadas hoy ponen un acento muy fuerte en la santidad de Dios. La plegaria eucarística utilizada durante siglos comienza por: “Padre infinitamente bueno…” Las nuevas plegarias eucarísticas utilizadas desde el Vaticano 2 comienzan (desafortunadamente) invocando no la bondad infinita del Padre sino la santidad de Dios, y sucede durante la misa que se dé pesadamente gloria a la santidad insistiendo “en las alturas”. Caricaturando un poco, se puede pensar que se da gloria a Dios y luego, después de haberle dado lo que se le debe, estamos en paz, Él nos deja hacer en paz lo que nos guste. Eso sería el extremo opuesto al verdadero sentido de la Eucaristía.Claro que Dios es tres veces santo, pero su santidad no se nos revela ya en primer lugar por haber creado un universo infinitamente grande, y cuya grandeza se manifiesta también en lo infinitamente pequeño, sino que debe primero ser vista en el hecho de que es Amor, lo cual aparece claramente en la ofrenda perfecta de Jesús, de la cual es sacramento la Eucaristía. No se la puede ofrecer válidamente sino ofreciéndose a sí mismo, y esto no aparece visiblemente en las plegarias actuales de la Misa. (A retomar) (Continuará) 

     

  • 25 06 2008. El término que mejor designa la humanidad de Jesucristo es el de sacramento... Todo el movimiento de la vida espiritual es de gravitar en Dios y encontrar en Él nuestro verdadero yo.

    5ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París, el 9 de febrero de 1964. En Jesús no existe el yo que nos encierra en nosotros mismos… El término que mejor designa su humanidad es el de sacramento. Su humanidad no puede confundirse con su divinidad, es su sacramento. La inteligencia humana de Jesús no puede agotar las profundidades de la divinidad. Todo lo que su humanidad hace, dice y sufre, es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella. Entonces se puede decir que, cuando Jesús muere en la Cruz, es Dios el que muere. Retoma: “Toda la novedad de la Encarnación se sitúa en la humanidad de Jesucristo.” Continuación: “La divinidad es eternamente lo que es, el despojamiento absoluto de un amor, eterna, y perfecta, y totalmente comunicada. Faltaba encontrar una humanidad que fuera en su orden enteramente despojada, desapropiada, para que no pudiera en modo alguno infligir a Dios los límites del hombre.Y esta afirmación es precisamente el dato esencial de la experiencia cristiana: en Jesús, la humanidad está en estado de absoluta pobreza. En el seno de María, la humanidad que brota es creada por la Trinidad, suscitada por la divinidad indivisa, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en un estado de absoluta desapropiación, es decir que en vez de terminarse en sí, se termina en Dios, en vez de tener su centro de gravedad en sí, lo tiene en Dios, en vez de poseerse a sí misma diciendo “Yo” para distinguirse de todo lo que no es ella, está enteramente abierta a Dios para no dar testimonio sino de Dios, lo cual se expresa técnicamente por las palabras: “en Jesús no existe un yo connatural, en Jesús no existe el yo que nos encierra en nosotros mismos, que nos limita, que levanta fronteras entre nosotros y nosotros mismos, entre nosotros y los demás, entre nosotros y el universo, entre nosotros y Dios, fronteras que además no son impermeables, ya que al contrario, todo movimiento de la vida espiritual es de trascenderlos, hacerlos retroceder y llegar finalmente también nosotros a gravitar en Dios y encontrar en Él nuestro verdadero yo. Pero en nosotros todo eso es un proceso extremamente lento, intermitente, rechazado continuamente para volver a comenzar sin cesar.Vemos bien la dirección, sabemos bien que el término es en efecto otro: “Yo es otro”, sabemos bien que finalmente el único yo en que podemos afirmarnos personalmente es un yo en que encontramos a los demás en lo más íntimo de ellos en un valor que es nuestro único bien común y que constituye el único valor de cada uno de nosotros, un valor más grande que la muerte ya que en él podemos triunfar de la muerte misma, pero aunque estamos seguros del término, y aunque progresemos poco, estamos en camino hacia él, sentimos bien la distancia que nos separa de él, y el reflujo espiritual perpetuo que nos hace oscilar entre un yo propietario Y un yo de pura generosidad que gravita en Dios y que, finalmente, es Dios mismo.En Jesús no existe esa distancia. En Él hay un despojamiento radical y original que ce que esa humanidad real, creada, limitada, finita, y que no es Dios, es evidente, un despojamiento que hace que la humanidad que brota en el seno de María no se pertenece, no puede dar testimonio de sí misma, no puede apropiarse nada y no puede sino dar testimonio de la divinidad en la cual subsiste, en la cual gravita, la cual es su verdadero y único yo, con la cual es pura relación, a tal punto que el término que mejor designa esa humanidad es el de sacramento: es una humanidad sacramento que, en su transparencia y en su despojamiento, da testimonio siempre y únicamente de la divinidad que se expresa personalmente en ella, de la divinidad que puede decir yo a través de ella sin confundirse con ella, sin ser absorbida en ella ya que esa humanidad no es Dios: sigue, como nota admirablemente el Concilio de Calcedonia, sigue inconfundible, no puede confundirse con la divinidad, es su sacramento, y todo su misterio se sitúa una vez más en una desapropiación radical.Santo Tomás se planteó la cuestión, simplemente para precisar la afirmación, sin hesitación además bajo su pluma, de que la humanidad de Jesucristo tomada en sí misma no es Dios, Santo Tomás no hesita para decir que la inteligencia humana de Jesucristo no puede agotar las profundidades de la divinidad y que es incapaz de conocer todos los posibles que hay en la inteligencia divina. Podemos servirnos de ese lenguaje un instante para olvidarlo en seguida pero muestra bien que en el doctor más clásico no hay la más mínima hesitación en cuanto a la distinción radical entre la humanidad y la divinidad.El misterio de Jesús es el misterio de una relación que suscita el vacío absoluto en esa humanidad, el vacío de todo lo que se opondría al reino de Dios y que por tanto sitúa toda la revelación en la perfecta transparencia de una humanidad que es incapaz de afirmarse y que es siempre en todo lo que es, en todo lo que hace, en todo lo que sufre, la manifestación personal de Dios. Personal, quiero decir que justamente todo lo que ella hace, todo lo que dice, todo lo que sufre, todo lo que soporta, es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella.Por lo tanto podemos decir que en la Cruz, es Dios el que muere, que en la Cruz se realiza el juicio de Dios, Dios es juzgado por todos los que Lo rechazan y muere de amor por todos los que lo están crucificando.Se trata de una parábola, de un sacramento, pero detrás de estas palabras hay una realidad abismal que sólo podemos alcanzar en el compromiso para obtener la luz que ya no se puede expresar, la luz que es la luz de una presencia.” (Continuará)

     

  • 24 06 2008. Tres “cosas” perfectamente claras a propósito de la divinidad de Jesucristo. Todo el misterio de la Encarnación, toda su novedad, está en la humanidad de Jesucristo.

    4ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964 “Cosas” inéditas pero capitales a propósito de la divinidad de Jesucristo y del misterio de la Trinidad. Por dificultades de lenguaje, la expresión común del cristianismo puede llevarnos a la idolatría y encerrarnos en una imposible mitología. Accedemos a nosotros mismos en Dios, en Él trascendemos nuestros límites y nos hacemos a nuestro turno fuente y origen. Lo que significa la afirmación tan ambigua de la divinidad de Jesucristo: en Jesús nos encontramos delante de la divinidad en persona, delante de la divinidad que se manifiesta sin encontrar en la Humanidad que la experimenta y da testimonio de ella ningún límite ni obstáculo. “Les recuerdo la exégesis de Federico Godet que escribió un comentario del Nuevo Testamento, o mejor del Evangelio de San Juan, un comentario de un fervor sorprendente, a fines del siglo 19, y que, reconociendo además con amor la divinidad de Jesucristo, no duda en subordinar el Hijo al Padre, en reconocer, apoyándose sobre textos sacados de San Juan, que el Padre es más grande que él, y que entonces el Hijo es menos que el Padre. Hay pues desigualdad entre el Padre y el Hijo, lo que arruina la Trinidad.La Trinidad ya no tiene sentido si hay subordinación del Hijo al Padre, si la filiación es otra cosa que relación, si en Dios la generación no se sitúa en el orden del conocimiento y no significa el despojamiento que constituye en Dios la Santidad divina.Dios no es alguien que se mira y se admira, y que se alaba y se embriaga de sí mismo. Es el despojamiento translúcido de la eterna pobreza. Es Dios porque no tiene nada, y su única propiedad, como ya lo dijimos, es su desapropiación.No es pues un padre que se da un hijo. ¡Dios no tiene hijo! Dios es Padre, e Hijo y Espíritu Santo consustancial y eterna e indivisiblemente. Lo es para ser la caridad, pues si no existe el Otro, si no existe movimiento hacia el Otro ya no hay más que un amor narcisista, ¡y eso haría de Dios el pecado mortal hipostasiado!Estamos pues continuamente ante dificultades de lenguaje, y la expresión común del cristianismo constituye su ruina porque deviene impensable, y que en efecto nos conduce a la idolatría y nos encierra en una imposible mitología.Es perfectamente claro que la divinidad de Jesucristo es la divinidad eterna que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y no existe otra, la eterna divinidad que es Amor.Es perfectamente claro igualmente, según la expresión agustiniana, que la divinidad está siempre ahí, que no tiene que venir.Es perfectamente claro igualmente que ningún cambio interviene en la divinidad por el hecho de lo que llamamos la Encarnación: ¡la divinidad no puede cambiar porque perdió todo! no puede cambiar porque dio todo, no puede cambiar porque es eternamente un amor perfecta y totalmente comunicado.Si añadimos que la misma divinidad está en Jesús y en nosotros, ¡la misma!, la misma divinidad está en la mosca y en el cascajo, como dice Ángelo Silecio, Dios no hace diferencia, se comunica a la mosca tanto como a ti, pero la mosca no recibe tanto como tú puedes como Dios: si pudieras recibir tanto como Cristo, lo recibirías de inmediato.Dios está siempre, siempre presente, siempre, integral, total e infinitamente dado, como la estación difusora, según una imagen ya utilizada, como la estación emisora de una luz infinita en estado de expansión perpetua.Por ese lado no es concebible ninguna novedad, toda la novedad de la encarnación está en el receptor que representa la humanidad en la figura que empleamos en este momento, ahí debe situarse toda la diferencia, pero no olvidemos, para entenderla bien, que la divinidad que es vivida como eterna pobreza, la divinidad esencialmente personal, quiero decir, cuyo foco, cuya luz es el surgimiento de amor, eso es la persona, el ser constituido en estado de puro don, el ser que deviene espacio en que toda vida respira, el ser que, siendo sin límites en el don de sí mismo, deviene en nosotros fermento de nuestra liberación, y que nunca es reconocido sino en esta liberación misma.Ya lo hemos subrayado: la firma de Dios es que nos interioriza y nos libera, es que en Él accedemos a nosotros mismos, es que en Él trascendemos nuestros límites, es que en Él devenimos a nuestro turno fuente y origen.

    Hay pues que repetir que ese Dios no puede ser percibido sino en una experiencia humana y que, como recurrimos a los genios en el orden de la ciencia o del arte, recurrimos también a los genios que son los profetas y los santos en el orden de la unión con la divinidad, en el orden de la experiencia mística que es, por excelencia, la experiencia personificante. Entonces, ¿por qué no recurrir a Jesucristo si en Jesús la experiencia mística llega a la cumbre?

    Y ahí está, justamente, todo el problema: el único interés que puede presentar Jesucristo para nosotros es que la experiencia mística llega en él a la cumbre y que por consiguiente, a través de él se revela la faz de l divinidad en una luz insuperable.Y ahí precisamente es donde se une la experiencia cristiana, de ahí parte el Evangelio cristiano, ahí hay que situar la expansión de la comunidad cristiana en una experiencia mística donde culminan todas las demás experiencias místicas.¿En razón de qué? Ahí es justamente donde hay que recurrir a un lenguaje extremamente dúctil, flexible y transparente, extremadamente personalista, porque finalmente todo tiene que gravitar alrededor de una desapropiación.Como es imposible vivir la vida de otro sin vaciarse de sí mismo, como el misterio del amor humano supone el despojamiento en que uno deviene el otro en sí y por él, la experiencia mística culmina precisamente, alcanza la cumbre en el despojamiento. ¡Imposible vivir a Dios sin vaciarse de sí mismo! Pero naturalmente, el vacío puede tener niveles, límites, y los grados van a determinar el resultado de la experiencia.El Antiguo Testamento representa una experiencia, una historia en marcha, en que manifiestamente la concepción de Dios evoluciona según la progresión del hombre o según su retroceso, ya que finalmente no es siempre progreso, sino también retroceso a veces, pero es evidente que la experiencia viva y emocionante, esa experiencia viva comporta niveles, comporta también una visión de Dios que no cesa de modificarse, que no es jamás perfecta porque los hombres que hacen la experiencia no son perfectos tampoco, tan grandes como sean. Isaías o Jeremías, ya lo hemos notado, permanecen prisioneros de ciertas categorías, además limitan a Dios en la medida en que lo asocian al destino de un pueblo.La cuestión es pues de saber si encontramos en Jesucristo los mismos límites, o por el contrario, en Jesucristo somos liberados de todo límite, si en Jesucristo alcanza entonces su cumbre la experiencia mística.Si estamos realmente en presencia de un personalismo divino de una grandeza incomparable capaz de valorizar todas las demás experiencias místicas hechas en cualquier lugar y en cualquier época despojándolas de toda especie de frontera, ésa es justamente la respuesta de la experiencia cristiana: sí, en Jesús no hay límite, y es lo que quiere decir la afirmación tan ambigua de la divinidad de Cristo, quiere decir simplemente esto: En Jesús, en razón de la evacuación total de todos los límites, que en su humanidad podrían oponerse a la luz divina, nos encontramos ante la divinidad en persona, es decir, ante la divinidad que se manifiesta sin encontrar en la humanidad que la experimenta y que da testimonio de ella, sin encontrar en ella ningún límite ni obstáculo.Eso quiere decir inmediatamente que todo el misterio de la Encarnación, toda la novedad de la Encarnación, se sitúa en la humanidad de Jesucristo.”(Continuará) 
  • 23 06 08. En todo el Nuevo Testamento hay una especie de subordinacionismo.

    3ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964. 

    El subordinacionismo, es decir la subordinación del Hijo al Padre, se expresa en el Nuevo Testamento: no podía ser de otro modo entre los apóstoles. “Al leer los textos del Nuevo Testamento uno siente toda la dificultad que tienen los escritores del Nuevo Testamento para no hacer de Jesús, que es el centro de su amor, recuerden las palabras tan conmovedoras de San Pablo a los filipenses: “Para mí vivir es Cristo” (Fil 1,21), uno siente toda la dificultad que tienen para alinear a Dios, que sigue siendo en cierto modo para ellos conceptualmente el Dios por excelencia, con la persona de Jesucristo que ellos adoran y que está en el centro de su culto.En todo el Nuevo Testamento hay una especie de subordinacionismo, de subordinación del Hijo al Padre, si quieren, que resuena todavía en el lenguaje cristiano, para nuestro gran perjuicio además. Se oye hablar en todas las iglesias de Hijo que nos lleva al Padre, como si el Dios Eterno no fuera Trinidad, como si la Trinidad no fuera indivisa, como si toda la operación divina para con nosotros no fuera rigurosamente común.Se convirtió en cliché que el Padre creó el mundo, que el Hijo lo redime y que el Espíritu Santo lo santifica. Es un lenguaje figurado, que finalmente hace estallar la unidad divina, que falsea esencialmente el sentido de la Trinidad que expresa la desapropiación en el seno de la Divinidad y el incendio de una eterna caridad que no cesa de consumir el corazón de la Divinidad.Vivimos en aproximaciones de las que se debe buscar la responsabilidad precisamente en la imposibilidad que tenían los primeros escritores del Nuevo Testamento para salir de los conceptos de su infancia. Por fuerza misma de su lenguaje, que consideraba a Iahvé como el Dios de Israel, tenían que considerarlo como el Dios por excelencia, y la situación del Hijo que era para ellos Jesús, devenía totalmente ambigua por el hecho mismo.¡Cómo no sentir la ambigüedad de palabras muy conmovedoras además, como las de San Pablo a los Romanos: “Dios no perdonó a su propio Hijo”! (Ro 8,32), palabras que hacían alusión evidentemente al sacrificio de Abraham y transponen a la divinidad el sacrificio de Abraham, el cual debería además ser sometido a una exégesis seria para no escandalizarnos. Es evidente que la transposición del sacrificio de Abraham a la Divinidad es absolutamente inaceptable: nada puede escandalizarnos más que el sentimiento de que Dios no perdonó a su propio Hijo.Digamos que eso no quiere decir nada si nos colocamos en el corazón de la Trinidad por la razón inmediatamente evidente de que, en la Cruz, es la divinidad toda entera, Padre, Hijo y Espíritu santo, es la que, indivisiblemente, se expresa y muere, muere de amor, y también, si consideramos el lado de la humanidad de Jesucristo, solidario de los hombres ante Dios, la solidaridad se expresa respecto de toda la Trinidad. Ven entonces la enorme dificultad de expresar el misterio de Jesús, no solamente para los que lo ven del exterior, sino en el terreno mismo del pensamiento cristiano, y hay que decirlo porque es evidente.Si no tuviéramos la experiencia cristiana tal como se ha desarrollado en la vida de la Iglesia, el Nuevo Testamento sería un libro sellado, no podríamos salir de ahí.”

    (Continuará)

  • 22 06 2008. La cuestión de Dios no se puede plantear sino en un contexto personalista.

    La cuestión de Dios no se puede plantear sino en un contexto personalista. Importancia del universo personalista para la lectura del Nuevo Testamento, que podría extraviarnos en otra lectura.

     

    2ª parte de la 4ª conferencia de M Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964.

     

    Retoma: "El problema de la vida espiritual no puede plantearse sino en un universo personalista, centrado en la reciprocidad y en la presuposición de un compromiso con la conclusión inmediata que, mientras más profundo, sincero y total sea el compromiso, más profundo y perfecto será el conocimiento" 

    Continuación: "No hay que extrañarse entonces de buscar en un hombre las luces indispensables sobre Dios, ya que, necesariamente, un conocimiento personalista es una experiencia humana. De la misma manera que nos inclinamos ante un genio, no para limitarnos sino porque un hombre de genio constituye un espacio que resume nuestro itinerario, acorta nuestras investigaciones, es decir cataliza todo nuestro esfuerzo hacia la verdad.

    Nos inclinamos ante el genio no para hacernos sus esclavos sino para beneficiar de la luz que aporta y en que se ha finalmente transformado. ¡Un gran hombre es eso! No es el que nos aporta recetas contenidas en un discurso, sino el que nos aporta una luz que brilla en su vida.

    Y esto vale para todos los dominios, sea la ciencia o el arte, sea la moral, la ética, en todos los dominios en que está implicada la vida personal, en todos estos dominios recurrimos a una experiencia humana hecha antes de nosotros, que otros han logrado mejor que nosotros, a fin de fecundar la nuestra, para hacerla más y más comprensible, más universal y perfecta.

    Además, para repetirlo una vez más, es evidente que sólo podemos interesarnos por la divinidad si se sitúa en el mundo personalista ya que ahí es donde tenemos una posibilidad de acceder nosotros, de hacernos hombre, de llegar a un yo personal, universal y sin frontera. Únicamente en este terreno puede plantearse la cuestión de Dios.

    No se trata de un Dios que resulta de un razonamiento mecánico, "todo lo que se mueve es movido por otro, etc." ¡Tal razonamiento mecánico, si no es vivido, no tiene ninguna posibilidad de llegar a una conclusión liberadora! Al contrario, uno se atasca al contrario en el materialismo de conceptos desprovistos de todo compromiso y llega a contradicciones enormes y mortales.

    Es evidente que rodo el problema del hombre se sitúa en un universo personal, y con mayor razón, o al menos en la misma medida, el problema de Dios.

    Por eso el problema de Dios es absolutamente inseparable del problema del hombre, es decir que el descubrimiento de Dios es absolutamente inseparable del acceso del hombre a sí mismo. El hombre tiene que llegar a sí mismo para encontrarse con Dios.

    Dios es esencialmente personal, eso quiere decir que se sitúa rigurosamente esencialmente, exclusivamente, en la región interior en que toda coacción es imposible, en que no se llega al conocimiento sino en un nacimiento[1], en una transformación, en una liberación, en una ofrenda de todo el ser a una generosidad que se atestigua precisamente en el surgimiento de un diálogo de amor que nos refiere a él. Eso quiere decir que es perfectamente ilusorio partir de una concepción mecánica de Dios, de un Dios exterior, localizado en un cielo imaginario y provisto de cualidades que no son sino proyección de un faraonismo terrestre.

    Es absolutamente ilusorio imaginar que ese Dios exterior a nosotros haya venido a caminar en la tierra, ya que no existe. El único Dios que podemos conocer es el Dios interior en el cual llegamos a ser nosotros mismos. Sólo ahí tenemos la certeza vivida en la luz que se levanta en nosotros desde que cesamos de apegarnos a nosotros mismos, en la luz que surge en nosotros desde que ya no somos más que mirada hacia el otro, en lo más íntimo de nosotros, ese otro que está en nosotros y que no es nosotros, y que es el único camino hacia nosotros.

    Se trata de ese Dios y vemos en seguida que ese Dios no tenía que venir puesto que ya estaba presente. Y podemos percibir inmediatamente la inadecuación de todas las fórmulas que nos son tan familiares, como "Bajó del cielo", como "Se hizo carne", como "Habitó entre nosotros", fórmulas además todas muy venerables y que pueden tener un contenido de riqueza inmensa si uno se compromete, quiero decir, si las toma por el interior, pero que tomadas literalmente no pueden sino extraviar la imaginación y la inteligencia.

    Dios no tiene que venir, no tiene que bajar de un cielo que no existe puesto que el Cielo es Él y se desarrolla en nosotros: "El cielo es el alma del justo" como dice el papa San Gregorio, y bien evidentemente no estamos en un dominio localizable, sino en el centro eterno e interior a nosotros alrededor del cual gravita el disco del tiempo, el cual representa simplemente la distancia de nosotros a nosotros mismos. Dios no tiene pues que venir, pues ya está ahí. "Tú estabas adentro y yo afuera. Tú estabas conmigo, ¡era yo el que no estaba contigo!"

    Para ir más lejos, hay que notar en seguida la enorme dificultad que tenemos para expresar la presencia de Jesús en un lenguaje comprensible para los contemporáneos, porque el Nuevo Testamento nos desvía inevitablemente, en el sentido de que el Nuevo Testamento, que representa además la experiencia de la comunidad primitiva que es indisociable de la experiencia, pues como ustedes saben, la primera comunidad cristiana no tenía otros libros que el Antiguo Testamento que, justamente no encuadraban integralmente con su experiencia.

    Los libros del Nuevo Testamento surgieron de la comunidad cristiana misma y en función de su experiencia. Eso no quiere decir que tales libros no nos aporten una verdad muy auténtica respecto de Jesús, sino, y eso se olvida con mucha frecuencia, quiere decir que estos libros mismos se sitúan en un universo personalista. No tendrían sentido si no estuvieran comprometidos. Son libros comprometidos, como las personas que los escriben, sean quienes fueren. Es más y más difícil identificarlos porque los Evangelios son libros en movimiento, como la Biblia del Antiguo Testamento además. Son libros en movimiento que son retomados, completados, corregidos en función de una experiencia que se desarrolla, se profundiza, se separa más y más de las contingencias de la historia inmediata pero, de todos modos, son libros comprometidos como las personas que los escriben, son libros que no tienen sentido sino en un universo personalista, son libros que no tienen significación sino en una experiencia mística, la misma que reflejan dando testimonio de su origen.

    Pero de todos modos, precisamente porque graban una experiencia en curso de desarrollo, esos libros son escritos por hombres que emanan del Antiguo Testamento, quiero decir que tienen una formación vétero-testamentaria, es decir que fueron criados en la perspectiva del monoteísmo unitario y no trinitario, y eso constituye una dificultad enorme.

    Es evidente que si los apóstoles vivieron el cristianismo con una intensidad que nosotros no alcanzaremos nunca, si fueron consumidos por la experiencia cristiana, si la difundieron, si su mensaje sigue siendo nuestra iluminación, es claro que el mensaje mismo necesitaba ser decantado en una experiencia más vasta que el mundo semítico, que el mundo vétero-testamentario que había sido su escuela." (Continuará)


    [1] En francés hay aquí un juego de palabras : connaissance, conocimiento, es lo mismo que co-naissance, co-nacimiento.

  • 21 06 08. El personalismo es el verdadero terreno en que conviene abordar el misterio de Jesús.

    1ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964 sobre el misterio  de Jesús. El verdadero terreno en que conviene abordar el misterio de Jesús es el personalismo, modo de conocimiento que se sitúa en una reciprocidad de luz y de amor. "Ante el judaísmo y el islamismo, nosotros debemos parecer bárbaros. Ustedes recuerdan la afirmación del Corán: “Dios no engendra ni es engendrado”, de la cual viene la acusación de politeísmo proferida por el Corán contra los cristianos que son “moshrekim”, “asociadores”. En resumen, los cristianos son idólatras porque añaden a la divinidad eterna una segunda divinidad en la persona de Jesucristo.Y aunque da testimonio de gran admiración por el profeta Jesús y por su madre, el Corán no cesa naturalmente de combatir la adoración de Jesucristo y su identificación con la divinidad. El monoteísmo del islam se presenta como el monoteísmo perfecto, definitivo, justamente porque es absolutamente monolítico, absolutamente puro y excluye toda especie de asociación.El judaísmo actual hace lo mismo, y si nos ponemos en la psicología de los hermanos musulmanes o judíos, parece de hecho imposible para un hombre sensato adorar a un hombre, a un hombre que vivió en nuestra historia, en una historia localizable, en una historia que además conocemos muy bien.¿Cómo imaginar que Dios haya caminado en las calles de Belén, de Nazaret o de Jerusalén? ¡Eso parece un desafío al sentido común, un reto a la inteligencia! ¿Cómo localizar la divinidad eterna en un ser que vivió como nosotros una vida de hombre y por qué ligar nuestra vida espiritual a un hombre? ¡e incurrir inmediatamente, al parecer, en el peligro de la idolatría! Es confinarse en una época, centrarse en un acontecimiento revelado que se sitúa en un universo que ya no es el nuestro.Se comprende además como primera aproximación la especie de hesitación, de rebeldía contra tal afirmación, o de desprecio cortés y respetuoso hacia hombres que se pretenden civilizados pero que permanecen prisioneros de concepciones mitológicas. Entonces, hay que creer la repugnancia del islamismo o del judaísmo a aceptar lo que se llama de manera muy equívoca la divinidad de Jesucristo, hay que creer que tal repugnancia no falta de fundamento, ya que la teología liberal tuvo cierta suerte en el protestantismo a partir de fines del siglo 18, teología liberal que no ha cesado finalmente de morder en los acontecimientos sobrenaturales de la Biblia y del Evangelio para llegar finalmente a la imagen de un sabio, de un hombre que no es más que hombre, cuya experiencia es digna ciertamente de admiración, cuya influencia es incontestable, y de cuyo espíritu podemos todavía inspirarnos, pero sin considerarlo ni como infalible, y todavía menos como la divinidad.Ustedes recuerdan las posiciones de Augusto Sabatier a fines del s. 19, o de Harnack a comienzos del 20. Recuerdan la posición de Schweitzer en la monumental historia que dedica a la exégesis alemana del s. 19 y que concluye, exponiendo su propia posición, con la declaración de que Jesús ni dijo que era el Mesías ni se creyó Dios, sino que fue simplemente un hombre del espíritu, digamos un profeta, un profeta que anunció la consumación de la Historia y que pedía a sus contemporáneos que se prepararan. Ese fin de la Historia que debía poner fin al período actual, ese fin de la Historia no se produjo en realidad; Jesús se equivocó en la afirmación que constituía el contenido esencial de su mensaje, se equivocó pero con tanta buena fe y generosidad que sigue siendo para siempre modelo de los que buscan con toda el alma resolver los problemas de su tiempo.La teología liberal que está pasando de moda, que era más y más dominada por un retorno a posiciones ortodoxas, de modo que actualmente (en 1964) el sobrenaturalismo, si se puede decir, volvió a ser el bien común de toda la cristiandad, las posiciones liberales muestran bien que hombres honestos y que eran de raíces cristianas, más aún, que estaban con frecuencia dedicados al ministerio pastoral, hombres muy sinceros, muy rectos y generosos, retrocedieron ante la afirmación de la divinidad de Jesucristo, sintiendo la misma repugnancia que el islamismo o el judaísmo a encerrar la divinidad en un hombre.Es evidente que todas esas posiciones, la del judaísmo o del islamismo, o de la teología liberal, son infinitamente dignas de respeto, y sin embargo hay que constatar inmediatamente que no se sitúan en el verdadero terreno, quiero decir que el verdadero terreno en que conviene situar y abordar el misterio de Jesús es evidentemente el personalismo, es decir el modo de conocimiento que se sitúa en una reciprocidad de luz y de amor. Jaspers, retomando los términos de Kant, nos advirtió además que el “verstand”, el entendimiento, no puede conducir a nada.Finalmente todas las técnicas se difunden por todas partes y son comunes a todos los hombres y, en los dos clanes, en los dos bloques – pronto serán tres – en los dos bloques hay exactamente los mismos conocimientos técnicos, el mismo esfuerzo por explotarlos, el mismo resultado que es el armamento atómico y el viaje espacial, todo eso es común y todos los pueblos entran a esa escuela y todos pretenden tener armas atómicas y todos quieren aprovechar de esas energías de que ha podido apoderarse la técnica, y eso no ha creado ningún acercamiento, ¡al contrario!, los nacionalismos están más exacerbados que nunca y no pasa día en que no se informe sobre un nuevo conflicto que estalla en alguna parte y arriesga hacer saltar el polvorín, es decir disparar una guerra universal.Entonces el entendimiento, en el sentido de Jaspers, el entendimiento no conduce a la sabiduría, no conduce a una verdad humana, no acerca a los hombres, les pone a todos en las manos una técnica común que los unos trasmiten a los otros en el equilibrio de terror que está en suspenso antes de la destrucción universal si la humanidad no pasa a la “vernunft”, a la razón, si la humanidad no opera el cambio que le permitirá dominar la técnica y dedicarla a fines humanos.Existe pues un terreno de diálogo, un terreno de la verdad que se sitúa más allá del conocimiento puramente discursivo, del conocimiento no comprometido, del conocimiento que no supone ninguna especie de transformación nuestra, porque el ser más vicioso, si es bien dotado, puede apropiarse los secretos de la técnica, desarrollarlos y transformarlos en instrumentos de destrucción.El problema de la vida espiritual no puede plantearse sino en un universo personalista, centrado en la reciprocidad y en la presuposición de un compromiso con la conclusión inmediata que, mientras más profundo, sincero y total sea el compromiso, más profundo y perfecto será el conocimiento” (Continuará) 
  • 19 06 08 El misterio de Jesús finalmente sólo es accesible al que entra en estado de pobreza.

    Encuentran en seguida una página magnífica de Zundel que ilustra muy bien lo esencial de la carta del P. Marechal que publicamos el 16/06/08 (a releer). Podría ser útil leerla en una exposición del Santísimo Sacramento porque la Eucaristía es justamente el sacramento de la humanidad infinitamente santa, del Cuerpo infinitamente santo de Nuestro Señor Jesucristo. En su Humanidad, Jesucristo mismo es sacramento de la divinidad. Esta “sacramentalidad”, cuyo signo más notable es la pobreza, es admirablemente desarrollada aquí por M. Zundel. “Es perfectamente claro que la Encarnación no comporta ninguna metamorfosis ni transformación de la naturaleza divina en naturaleza humana ni transformación de la naturaleza humana en naturaleza divina, no hay mezcla alguna. Las dos naturalezas siguen inconfundibles, la Humanidad de Jesús no es Dios, no es igual a Dios, no puede comprender adecuadamente a Dios. Dios se apropia la Humanidad de Jesús en su despojamiento absoluto para ser el sacramento diáfano de una revelación perfecta y definitiva, porque es justamente el hecho de su despojamiento absoluto lo que hace que la humanidad de Jesús sea capaz de una revelación definitiva.El cristianismo, que se funda sobre esa pobreza de la Humanidad de Nuestro Señor, no rechaza las revelaciones que vinieron antes de Él. Al contrario, se propone asumir todo el profetismo de Israel, pero no se contenta con esa integración: quiere también asumir todas las profecías que se produjeron antes de la existencia misma de Israel, antes de la vocación de Abraham, en el intervalo inmenso que comporta quizás medio millón de siglos o más, que va del origen del hombre a la vocación de Abraham. Estamos bien seguros de que en ese intervalo la divinidad no se quedó muda: se comunicó a la humanidad, hubo profetas que no tuvieron sin duda una misión universal como los profetas de Israel, pero que eran mensajeros y portavoces de Dios.Ya se trate de Buda, un santo de grandeza admirable, o de los libros védicos que alimentan la religión de los brahmanes, o de la sabiduría de los antiguos chinos como Confucio o Lao Tseu, o inclusive del Profeta del Islam, en una humanidad idolátrica que no podía recibir el monoteísmo de otro modo, el cristianismo no rechaza ninguno de los testigos de Dios (1)! Simplemente corona su testimonio, lo termina y lo cumple en el testimonio de Jesucristo en el cual se realiza la Encarnación suprema.De cierto modo, todos los profetas, todos los sabios, todos los genios, todos los héroes constituyen una especie de encarnación de Dios, es decir que Dios, en cierto modo, se hace presente a través de ellos, pero esa revelación es siempre imperfecta en la medida en que el hombre lo es, en la medida en que conserva los rastros de su biología primitiva.La Encarnación no es absolutamente perfecta, definitiva, inseparable, eterna sino en el caso de Jesucristo porque en Él la pobreza es insuperable, porque en Él la pobreza es insuperable.La razón por la cual el cristiano adhiere a Jesucristo no es para rechazar los testimonios divinos manifestados en todas las épocas y latitudes a lo largo de la historia, sino porque en Jesús se da la garantía de una revelación definitiva en la afirmación que es el corazón del dogma cristológico, a saber, que en Jesús la humanidad es tan desapropiada de sí misma que no puede ni decir “yo”, que está reducida al estado de puro sacramento, de sacramento vivo que representa y comunica personalmente la Divinidad.Haga lo que haga, piense lo que piense, diga lo que diga, sufra lo que sufra, Jesús, en todo su ser, no es nunca sino la revelación personal de Dios. Su propia humanidad no es jamás lo que se revela sino Dios a través de ella.Bajo la egida (bajo la protección) de esa pobreza absoluta es como tenemos que abordar el Evangelio, como tenemos que pensarlo y que vivirlo. El misterio de Jesús, en razón mismo del despojamiento absoluto que lo constituye, sólo es accesible al que entra en estado de pobreza, al que asimila la beatitud de la pobreza, al que se hace un alma de pobre, al que está a la escucha de Dios, desaparece a sus propios ojos y se eclipsa.Cómo no citar aquí las palabras de la niñita, transparente y genial (como su mamá además), que se había preparado a su primera comunión con toda la ingenuidad de su inteligencia y de su corazón. Interrogada por sus pequeños camaradas mientras cada uno de ellos repetía las palabras prefabricadas que había leído en los libros, la pequeñita, que había comulgado realmente, para quien la primera comunión había sido un acontecimiento, a la pregunta: “¿Qué sentiste tú?” responde: “Pues a mí, Él me eclipsa.” ¡Él me eclipsa! Ella había comprendido pues que eso era acercarse a Dios: eclipsarse en Él como se eclipsan las tres Personas Divinas la Una en la otra, como se eclipsa la Humanidad de Nuestro Señor, enteramente desapropiada de sí misma, para ser el sacramento diáfano de la divinidad que en Él se revela y se comunica personalmente.Hay que estar en espíritu y en estado de pobreza para entrar en esa simbiosis y unidad únicas entre la humanidad y la divinidad de Jesús, porque constituye el confluente y el encuentro único y maravilloso de la eterna pobreza que es Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo Y la humana pobreza en la Humanidad Santa de Nuestro Señor que no puede hacer nada más que dar testimonio de Dios, revelándolo en los abismos de su infinitud según las etapas de su vida humana, cada una de las cuales constituye una parábola de la eterna divinidad. Extracto del retiro predicado por Zundel en la abadía benedictina de San José de La Rochette, del 6 al 11 de septiembre de 1963, páginas 28 a 30 de la edición fotocopiada. (1)   Todo hombre, en la medida en que deja encarnar a Jesucristo en él, se hace profeta. No hay otra manera de ser cristiano sino dejando que se opere en nosotros la encarnación divina. 
  • 18 06 08. Al Dios vivo no se llega mediante conceptos.

    Zundel debería difundirse por el calor trinitario del corazón de pobre de Jesucristo, y no por la novedad de todas las ideas sobre Dios que abundan en su doctrina. Sigo impresionado con la carta del P. Marechal y creo que las palabras que siguen (pronunciadas en París [?] en diciembre 1966) pueden útilmente esclarecernos…” Al Dios vivo no se llega mediante conceptos, mediante una construcción sistemática, o mediante una cadena de deducciones. “¿Cuál es el acontecimiento que constituye propiamente la Encarnación? En la medida en que pueden expresarlo las palabras, la humanidad que surge en el seno de la Virgen, en vez de estar cerrada sobre sí misma en un yo connatural, en un yo del mismo nivel que ella, como el nuestro, en un yo que sigue siendo cerradura, que nos separa de nosotros y nos hace prisioneros de nosotros mismos, en Jesús, al contrario, la humanidad está totalmente abierta a Dios, situada en el impulso, subsiste siendo arrastrada en la ola de la pobreza divina, es decir que la Encarnación es la comunicación hecha a la humanidad de Cristo en beneficio de toda la humanidad y de todo el universo, la comunicación a esa humanidad de la pobreza infinita que constituye la Personalidad en Dios.Esto no puede sorprendernos ya que nosotros mismos somos tomados en la ola (de la divina pobreza) cada vez que accedemos a nosotros mismos en los raros momentos de nuestra existencia auténtica, en los raros momentos en que devenimos por un instante universales, en los raros momentos en que trascendemos nuestras fronteras, en los raros momentos en que devenimos interiores a los demás sin violar su clausura, en los raros momentos en que somos transparentes a Dios. Entonces somos llevados por la ola, aspirados por la divina Pobreza, desapropiados de nosotros mismos ¡para vivirlo y dejarlo transparentar! Pero en nosotros se produce casi siempre el reflujo, la recaída en nosotros mismos que nos asfixia hundiéndonos en el yo propietario, sumergiéndonos en todas las corrientes cósmicas ciegas e inconscientes en que volvemos a ser migaja de universo.Pero en fin, a pesar de todo tenemos precepción de la polaridad divina, de la imantación divina de donde resulta el despojamiento liberador en que accedemos a nuestra intimidad y en que devenimos por un momento un hogar de altruismo.En Cristo, ese estado de desapropiación es original. Eso significa que la humanidad de Cristo, desde que surge en el seno de la Virgen, está investida por la divina Pobreza, asumida por ella y arrojada en Dios por el impulso eterno, como una cáscara de nuez que sería arrojada sobre la playa por una ola que comprendería todo el océano.No hay mezcla (entre las dos naturalezas) en el momento de la Encarnación, no hay confusión, no hay metamorfosis, no hay apoteosis, no hay un Dios transformado en hombre ni hombre cambiado en Dios, hay una humanidad creada, limitada, consustancial con la nuestra como dice el Concilio de Calcedonia, una humanidad que comenzó a existir, una humanidad confrontada desde el primer instante de su existencia con la presencia divina que la invade por entero, que la toma en sus raíces y la arroja en Dios con el impulso que es el Verbo eterno de Dios.La humanidad de Cristo no se pertenece, es incapaz de decir “Yo”, incapaz de encerrarse en su yo, está infinitamente abierta a Dios, e infinitamente abierta al hombre y al universo, y esa radicalización de la pobreza, en Dios y en la humanidad de Jesucristo, es lo que hay que considerar para entrar en el misterio de Jesús, el confluente de las dos pobrezas insuperables cada una en su orden, la pobreza de Dios y la pobreza de la humanidad de Cristo, ese confluente de las dos pobrezas es lo que constituye el Misterio de Jesús.Cuando se habla de las pretensiones divinas de Jesús se hiere la fe en el corazón porque en Jesús no hay la más mínima pretensión. Y en Jesús el eclipsamiento es insuperable, hablo de su humanidad, la superación es insuperable en la divinidad en la cual subsiste y que es su verdadero y único yo.Él puede decir lo que había entrevisto Rimbaud, puede decir como nadie: “Yo es otro” y por eso Él es el revelador por excelencia, no por decir lo que enseña, por lo que pudo ser escuchado materialmente por sus auditores y escrito en libros; Él es el Revelador por excelencia por lo que Él es. Él revela a Dios como pobreza infinita por la estructura misma de su ser.Se trata de una unión entre la divinidad y la humanidad no por confusión de Dios y del hombre, sino por una relación en que el hombre está totalmente, radicalmente, ordenado a Dios en un enraizamiento de la pobreza divina en él.Y lo que resulta de ahí es que en Jesús Dios es perfectamente revelado, y del mismo golpe también el hombre es perfectamente revelado. Digo: Dios es perfectamente revelado, porque justamente, en el universo interpersonal al que Jesús nos da acceso, el universo interpersonal en que se sitúan nuestra humanidad y todas las relaciones auténticas entre nosotros los humanos, en nuestro universo interpersonal la revelación no puede hacerse sino por la transparencia del hombre a Dios que evocaba yo hace un instante.¡No se llega al Dios vivo mediante conceptos, mediante una construcción sistemática, mediante una cadena de deducciones! sino viviéndolo como fuente misma de nuestra vida ya que se trata de una relación nupcial que supone intercambio de intimidades, y si los límites humanos impiden además que la comunicación divina sea perfecta, si los límites humanos impiden al hombre recibirla con la misma plenitud que la de la ofrenda divina, es muy natural que la revelación permanezca imperfecta.Para que sea perfecta será necesaria la transparencia absoluta de una humanidad tan despojada de sí misma que ya no pueda apropiarse nada. Entonces el testimonio será perfecto, una vez más no en palabras, sino en el ser mismo. Esto es extremadamente importante porque la historicidad de Cristo no se opone a la interioridad más profunda de la vida mística.” 
  • 16 06 2008. Una carta sorprendente e instructiva

    Transcribo, con previo acuerdo del destinatario, una carta al Padre de Boissière, escrita y enviada por el P. Marechal, nombrado ejecutor testamentario por Zundel al fin de su vida. Esta carta sorprende mucho primero y es tanto más instructiva para todos los que quieren entrar de verdad en el pensamiento místico de M. Zundel.

    Así, para este auténtico "zundeliano" como el P Marechal, aun las palabras de Zundel permanecen al exterior de lo que él es. Es todo un “programa" para nosotros que tenemos placer en leerlo. Pero es sorprendente y admirable que el P. Marechal, que recibió textos de Zundel como votos del P. de Boissièrese, osa decir que ¡esos votos tienden a adobarse con esos bellos textos y ocultan su persona! Eso puede despertar en nosotros sanas reflexiones. Albert Maréchal, Foyer saint Paul, 40 chemin Frank-ThomasCH – 1208 Genève tel. 022 – 35 16 31. 29 de enero, 1987 Estimado Padre de Boissière Le debo un signo de vida y de amistad. Gracias por sus votos y los hermosos textos que los acompañan.Entre ellos el de Zundel: “Al comienzo existía la relación” y es verdad, y muy esclarecedor. Trasmití ese texto a varias personas. Y sin embargo, en el fondo, no me gusta porque la palabra relación evoca en nuestra lengua ante todo un concepto o algo bastante vago… sin comparación posible con “Al comienzo existía el Verbo” que designa a Alguien, Alguien que es co-relación y es lo que hace que la relación es Trinidad, y en la tierra comunión eclesial.Usted quedó contento de su sesión Zundel en París. Creo que habrá servido a difundir la fama de nuestro santo amigo a través del mundo. Pero ahí también siento dudas y malestar: temo que se difunda a Zundel más por el aspecto idea o filósofo de su imagen que por el calor trinitario de su corazón de pobre. No es fácil hacer conocer a un hombre precisamente por su lado humano.Por eso siento ahora molestia por sus votos festivos que tienden a adobarse con bellos textos. Esos textos, en realidad, esconden la persona. ¿Qué piensa de eso, Usted que lo ama?Espero su visita. Venga a almorzar conmigo… en la simplicidad del Hogar San Pablo, pero yo tendría que prevenir el día antes. Olvidaba mis saludos… De todo corazón, para Usted. Albert Maréchal. 
  • 15 06 2008. La inmensa grandeza del hombre. Todos estamos llamados, todos somos necesarios, a todos nos espera la Presencia escondida en el fondo de nuestros corazones.

    Final de la 3ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de Ginebra el 4 de febrero de 1973. Cada uno de nosotros compromete finalmente toda la historia, toda la humanidad, todo el Universo y todo Dios… Retoma: “La humanidad finalmente está llamada toda entera a ser la Iglesia, pues la Iglesia no está encerrada en fronteras, la Iglesia asume toda la humanidad, la Iglesia ofrece a Cristo a todas las criaturas, finalmente nadie queda afuera, nadie puede además estar afuera del Amor de Cristo que es el corazón mismo del misterio de la Iglesia.”Continuación: “Es pues esencial que no nos dejemos enredar por nociones informes, por conceptos mal definidos: queremos la paz, pero queremos “gozar” (palabra inaudible), queremos impedir la guerra, ¡pero se mata a los niños en el seno de la madre!, ¡eso no tiene importancia! Hay que saber justamente cuál es el criterio: si queremos la paz, si queremos que los hombres se entiendan, si queremos evitar la efusión de sangre porque la vida es sagrada, porque es infinita, porque cada vida puede ser origen de un mundo nuevo, porque cada vida es el centro del mundo, entonces no se puede decidir así no más que el niño no es todavía verdaderamente un ser humano en el seno de la madre ¡y que mientras no haya nacido se lo puede suprimir sin ningún perjuicio!Hay que saber pues sobre qué fundamentos se afirman los derechos que se promulgan, y no hay otro precisamente que el Universo contenido en cada conciencia personal, que el Universo que cada uno de nosotros tiene que crear en lo más íntimo de su ser, y ¡eso es lo único que da sabor a nuestra aventura!¿Qué sería nuestra vida si fuera solamente un medio de subsistir, de arrastrar la carcasa hasta la muerte asegurándonos una jubilación suficiente para estar al abrigo de las necesidades materiales? Si la vida tiene sabor, si es una aventura digna de nosotros, es precisamente porque cada uno compromete toda la historia, toda la humanidad, todo el universo, más aún: ¡todo Dios! Eso es lo único que puede interesarnos, lo único digno de nosotros.Ustedes recuerdan las grandes palabras de San Juan de la Cruz: “¡Un pensamiento humano es más grande que todo el Universo! ¡Sólo Dios es digno de llenarlo!” Es necesario que volvamos a encontrar ese sentido de la grandeza, de la grandeza humana que hace parte de la fe en el hombre sin la cual no hay fe en Dios. Y para comenzar, es naturalmente necesario que llevemos a los demás esa forma de respeto que les hará tomar conciencia de la aventura infinita en que están comprometidos.Si pudiéramos cada día devolver a las palabras, devolver a los conceptos un sabor de nuevos, si pudiéramos volver a descubrirlos en el corazón de la vida, el diálogo entre los humanos sería considerablemente transformado porque morimos de ese equívoco. ¡Y además están de buena fe!No es que la gente sea culpable de manipular un lenguaje informe, lo recibieron como tal y los medios no hacen sino acumular las ambigüedades, pero sería necesario que los cristianos que viven en la luz del Verbo de Dios nos alejen de una Palabra en la que todo está dicho, sería necesario que los cristianos aprendan a hablar un lenguaje riguroso, puro, en que las palabras reflejen al Verbo, un lenguaje que lleve la vida y suscite la libertad.Nada puede honrar más al hombre, nada podría equilibrar todas las corrientes de justicia sino esa vista clara, profunda, admirable que es la cumbre de la generosidad: ¡en cada uno, en cada uno hay un Infinito que hay que liberar! Y si hay que aportar a cada uno, dar a cada uno las condiciones de su desarrollo, ¡eso no es para que sea canalla! ¡para que sea un animal de placer! sino para que surja como creador y sea el origen de un mundo nuevo que él es el único que lo puede crear, porque cada uno aporta justamente mediante su mirada, un punto de vista nuevo, aporta una dimensión que no puede existir sin él, una obra indispensable al equilibrio del mundo!Todo ser, por haber nacido capaz de libertad, de espíritu y de amor, por existir, se hace necesariamente factor indispensable del equilibrio del mundo.Habría que volver a encontrar ese sentido, el sentido de la grandeza, a la vez divina y humana, y justamente para los que han identificado el Infinito con el Dios Vivo, que saben que hay Alguien en lo más profundo de ellos mismos, Alguien frágil y constantemente amenazado, la aventura les da un aspecto aún más infinitamente emocionante. Entonces lo que rehusamos a la grandeza del hombre se lo rehusamos a la revelación de Dios: Dios no puede revelarse finalmente sino a través de un hombre que alcanza todo su tamaño, o que trata al menos de alcanzarlo.Hay que volver con Pasternack al diálogo entre María y el Ángel, al diálogo que va a decidir del porvenir del mundo, al diálogo donde comienza una nueva generación, en que el “sí” de María va a decidir de la venida de Dios que será la suprema comunicación del Eterno al Tiempo. Eso es lo que nos solicita esta noche, a eso estamos llamados, eso constituye el gozo de este encuentro: que la Vida es inmensa, y que no hay un solo impulso de nuestro corazón que no tenga significación, y es que todos estamos llamados, todos somos necesarios, a todos nos espera esa Presencia escondida en el fondo de nuestros corazones, y entonces vamos a proseguir con gozo esta meditación en el corazón de nuestra vida, porque nada es más maravilloso que el esfuerzo por acoger en nosotros a Aquél que nos espera eternamente y que nos envía para que seamos la revelación pacífica y universal de su Rostro y de su Corazón.” (Fin de la conferencia y del retiro) 
  • 14 06 2008. El derecho supone una toma de conciencia de la inviolabilidad del ser humano.

    3ª parte de la 3ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de Ginebra el 4 de febrero de 1973. “No se trata de multiplicar los hombres, de multiplicar individuos al infinito, sino de suscitar personas, cosa que no se puede hacer si uno mismo no es persona. Toda la educación será radicalmente transformada si la procreación está ordenada hacia una persona o si es fruto simplemente del azar o del placer.Esposos como los Martin, padre y madre de Santa Teresa de Lisieux, que ordenan justamente su paternidad y maternidad a dar más humanidades a Dios, es evidente que su procreación que parte de la persona, que está ordenada hacia la persona, supone una educación que será relación de persona a persona, es decir que en ella todo estará centrado sobre el Universo interior que se trata de suscitar en lo secreto del corazón de cada uno, porque la riqueza incomparable es lo que se esconde en el fondo del corazón, el espacio interior, la acogida, la dimisión, la pobreza, el despojamiento, la libertad infinita en fin que es el don del mayor amor, ya que intercambiar, ¿qué puede uno intercambiar mejor que un espacio virgen? ¿Qué puede uno intercambiar mejor que una libertad que comprende todo el universo? ¿Qué puede uno intercambiar mejor que la presencia de Dios que es la respiración del amor?Estamos en un desconcierto inmenso precisamente porque no hemos percibido lo universal como idéntico con lo personal, no hemos comprendido que toda la riqueza del mundo está contenida en el corazón de cada uno, ¡y que si existe una igualdad posible es una igualdad de despojamiento y de liberación! En este punto, el marxismo se equivocó de manera radical y trágica. Estaba bien sentir como algo inaceptable la condición obrera al comienzo de la era industrial; estaba bien sentir la inhumanidad de la situación, pero era necesario justamente sentirla y orientarla hacia la verdadera humanidad.¡Si el hombre no es sino tripas e intestinos, si el hombre es sólo vísceras y glándulas, no tiene más derechos que un insecto o un chacal! Los derechos corresponden a una rectitud, los derechos corresponden a una creación posible, a un bien universal que es el bien de todos. No se trata de proteger la libertad privada de cada uno para que cada uno, detrás del velo de su vida privada, pueda hacer cualquier cosa sin que nadie tenga derecho de mirar, entonces evidentemente puede reivindicar, como los adolescentes de hoy, la unión libre, la droga ¡y además el derecho de destruir todo! ¡Eso no tiene nada que ver con el derecho!El derecho supone una toma de conciencia de la inviolabilidad del ser humano, supone que en cada uno hay un valor tal que atentar contra él representa el crimen más terrible! practicar el lavado de cerebro, obligar a alguien a borrar su pensamiento, someterlo a una tortura tal que por terminar confiese cualquier cosa, es el crimen de los crímenes en el sentido preciso que se atenta contra lo específicamente humano que hay en el hombre… Si no se percibe esta dimensión ya no hay derecho, y todas las reivindicaciones del derecho quedan pervertidas en la raíz, y terminan en catástrofes, porque evidentemente de desviación en desviación, con esa especie de libertad de decir y de hacer todo, se llega a una anarquía que inmediatamente suscitará una dictadura de hecho en que habrá que reducir a los individuos y ¡someterlos a golpes de matraca a deberes que es necesario cumplir si la vida debe subsistir!Porque es evidente que con la técnica, con el urbanismo, con el desarrollo de ciudades inmensas, con la necesidad de abastecerlas a tiempo…, imaginen los problemas que representa para el abastecimiento una ciudad como Tokio, con 12 millones de habitantes: ¡qué concierto, qué concurso, qué actividades se necesitan para que la ciudad pueda subsistir! Y eso no es sino una muestra en el mapa del mundo. Es claro que la humanidad no subsistirá sino a golpes de matraca si no encuentra el sentido de una libertad que es exigencia formidable de liberación.Hay pues que redescubrir el hombre, descubrir el pensamiento y su importancia que representa algo absolutamente urgente, y está bien claro que todos los problemas se reducen finalmente a ése. La justicia, la paz, el eugenismo, el porvenir del mundo y la posibilidad de alimentarlo, todo eso se reduce a un solo problema: ¿Qué es el hombre? ¿Cómo realizarlo, cómo crearlo en sí mismo para que llegue a ser verdaderamente un bien universal?Esto nos abre inmensos horizontes porque es la única grandeza que se pueda proponer a todos y a cada uno sin mentir. Y vemos que los países que han querido realizar un humanismo ateo, que han querido que el hombre sea el dios del hombre, vemos que finalmente han llegado a ser, y siguen siendo, una dictadura en que la libertad de pensar es amordazada, en que la ideología es continuamente vigilada, y donde el crimen de los crímenes es precisamente no conformarse con el programa del partido, ¡es inevitable! si los resortes de la libertad no están en nosotros no hay criterios, el criterio es la colectividad, la colectividad será siempre mayor que el individuo, si no es la persona la que domina y la que constituye su finalidad, entonces es claro que, en el ser humano, el fin es la persona, el fin es el poder de iniciativa en que la vida ya no es sufrida sino creada en un don de sí mismo que se une al don infinito que es el Dios Vivo.Habría que revisar todos los problemas humanos, los de habitación, los de procreación, los de educación, los de libertad de expresión, habría que revisar todos esos problemas a la luz de una exigencia interior. Claro que no se trata de hacer una ideología obligatoria, lo cual sería precisamente la negación de lo que se quiere emprender, sino de establecer la rectitud primero en nosotros mismos, de adquirir nosotros la capacidad de ver en nosotros y en los demás la humanidad como realidad esencialmente personal, que es tanto más universal precisamente cuanto que se edifica más secretamente en las últimas raíces de nuestro ser.Además, eso lo sabemos muy bien: si experimentamos decepciones tan dolorosas respecto de ciertos seres en los que vemos morir el absoluto, morir la generosidad y el amor, es que buscamos en ellos una fuente, es que buscamos en ellos un yo original, es que buscamos en ellos un espacio infinito, y que nos decepciona y nos hiere encontrar en ellos esos límites. El gran amor es el que desea la grandeza suprema en el ser amado, el que constituye para él una exigencia de crecimiento indefinido.¿Cómo perseverar en la amistad toda una vida chocando continuamente con límites, y cómo en particular puede durar una pareja, quiero decir durar en el amor que brota siempre en una libertad más y más grande, cómo podría subsistir si no hubiera el encuentro y el intercambio del Infinito? Vemos pues que la constitución misma de la humanidad, quiero decir de una sociedad humana, no se puede realizar sino a través del descubrimiento y el intercambio del infinito, Dios es verdaderamente el cemento y el lazo de todas nuestras ternuras, la eternidad de todos nuestros amores, y también la condición misma de una coexistencia pacífica en la vida terrestre más enraizada en el suelo.Porque no se pueden superar las fronteras de raza, las fronteras de clase, las fronteras de sexo, no se pueden superar verdaderamente sin esa mirada que busca lo universal en cada uno, comenzando por respetarlo en sí mismo.Cada uno de nosotros lleva en sí la humanidad, la calidad de hombre, y en la medida en que la desarrolla concurre a desarrollarla en los demás. Hay un contagio de luz que se realiza de una conciencia a otra cuando cada conciencia se ilumina porque, si una sola conciencia finalmente está auténticamente fiel a todas esas exigencias, deviene por lo mismo un bien común que la humanidad entera tiene interés de defender, y entonces surgen los derechos humanos justamente, cuando aparece en el interior de una conciencia humana el bien universal, el bien que enriquece todos los demás porque deviene para todos ellos fermento de liberación.Eso es totalmente independiente, independiente de la función que uno ocupa. Por sí misma, ninguna función es importante, es un engranaje en el conjunto de las estructuras indispensables a una sociedad, pero eso no cambia nada a la calidad humana. El presidente de los Estados Unidos puede decidir mil cosas por un decreto de su pluma, peo no puede transformar nada en los demás en el sentido de lo mejor si no se transforma él mismo, y la barrendera que hace los trabajos más humildes en apariencia puede portar el mundo entero y ser el sol de la verdad y del amor que lo iluminan, si está totalmente dada en lo más secreto de sí misma, si ha hecho el vacío en sí misma para acoger todo el Universo.Y observen que hay relación entre el conocimiento y la ofrenda: si el pensamiento es capaz de superar nuestro espacio vital más necesario fisiológicamente, si nosotros podemos crear el universo inmenso mediante cálculos, o al menos descubrirlo por cálculos y experimentación, podemos también, en la misma medida, ofrecerlo ofreciéndonos a nosotros mismos, y eso es precisamente lo que los humildes como san Francisco, los humildes como San Juan de la Cruz, esos inmensos poetas en fin que no se miraban a sí mismos y pudieron por eso abrazar todo el esplendor del mundo, pudieron amar el Universo, estrecharlo contra su corazón hasta la muerte, hasta en la muerte, hasta más allá de la muerte, porque justamente su conocimiento se desarrollaba y tenía sus raíces más profundas en el don de sí mismos.Entonces, ¿Quiénes son los que sostienen el mundo? ¿Cuáles son las columnas del mundo? Son justamente aquellos que ofreciéndose a sí mismos en lo secreto de su corazón, hacen circular en todo el Universo la única presencia.Se ha hablado mucho de ecumenismo, y el ecumenismo está precisamente ahí. El ecumenismo no consiste en pulir fórmulas para hacerlas más o menos equivalentes, el ecumenismo consiste en llevar en sí mismo todo el cristianismo, en llevar en sí toda la Iglesia, en ser uno mismo toda la Iglesia, porque la Iglesia es justamente una sociedad sacramento que tiene sus fundamentos en la intimidad de cada uno. La Iglesia no se extiende por multiplicación de sus miembros en el espacio, la Iglesia crece en la medida en que la vida divina se enraíza en el corazón de cada uno y, a través de cada uno, ilumina toda la comunión de los santos.Y pasa lo mismo, guardando todas las proporciones, con toda la humanidad, que finalmente además está llamada toda entera a ser la Iglesia, pues la Iglesia no está encerrada en fronteras, la Iglesia asume toda la humanidad, la Iglesia ofrece a Cristo a todas las criaturas, finalmente nadie queda afuera, nadie puede además estar afuera del Amor de Cristo que es el corazón mismo del misterio de la Iglesia.” (Continuará) 
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