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3ª parte de la 3ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de Ginebra el 4 de febrero de 1973. “No se trata de multiplicar los hombres, de multiplicar individuos al infinito, sino de suscitar personas, cosa que no se puede hacer si uno mismo no es persona. Toda la educación será radicalmente transformada si la procreación está ordenada hacia una persona o si es fruto simplemente del azar o del placer.Esposos como los Martin, padre y madre de Santa Teresa de Lisieux, que ordenan justamente su paternidad y maternidad a dar más humanidades a Dios, es evidente que su procreación que parte de la persona, que está ordenada hacia la persona, supone una educación que será relación de persona a persona, es decir que en ella todo estará centrado sobre el Universo interior que se trata de suscitar en lo secreto del corazón de cada uno, porque la riqueza incomparable es lo que se esconde en el fondo del corazón, el espacio interior, la acogida, la dimisión, la pobreza, el despojamiento, la libertad infinita en fin que es el don del mayor amor, ya que intercambiar, ¿qué puede uno intercambiar mejor que un espacio virgen? ¿Qué puede uno intercambiar mejor que una libertad que comprende todo el universo? ¿Qué puede uno intercambiar mejor que la presencia de Dios que es la respiración del amor?Estamos en un desconcierto inmenso precisamente porque no hemos percibido lo universal como idéntico con lo personal, no hemos comprendido que toda la riqueza del mundo está contenida en el corazón de cada uno, ¡y que si existe una igualdad posible es una igualdad de despojamiento y de liberación! En este punto, el marxismo se equivocó de manera radical y trágica. Estaba bien sentir como algo inaceptable la condición obrera al comienzo de la era industrial; estaba bien sentir la inhumanidad de la situación, pero era necesario justamente sentirla y orientarla hacia la verdadera humanidad.¡Si el hombre no es sino tripas e intestinos, si el hombre es sólo vísceras y glándulas, no tiene más derechos que un insecto o un chacal! Los derechos corresponden a una rectitud, los derechos corresponden a una creación posible, a un bien universal que es el bien de todos. No se trata de proteger la libertad privada de cada uno para que cada uno, detrás del velo de su vida privada, pueda hacer cualquier cosa sin que nadie tenga derecho de mirar, entonces evidentemente puede reivindicar, como los adolescentes de hoy, la unión libre, la droga ¡y además el derecho de destruir todo! ¡Eso no tiene nada que ver con el derecho!El derecho supone una toma de conciencia de la inviolabilidad del ser humano, supone que en cada uno hay un valor tal que atentar contra él representa el crimen más terrible! practicar el lavado de cerebro, obligar a alguien a borrar su pensamiento, someterlo a una tortura tal que por terminar confiese cualquier cosa, es el crimen de los crímenes en el sentido preciso que se atenta contra lo específicamente humano que hay en el hombre… Si no se percibe esta dimensión ya no hay derecho, y todas las reivindicaciones del derecho quedan pervertidas en la raíz, y terminan en catástrofes, porque evidentemente de desviación en desviación, con esa especie de libertad de decir y de hacer todo, se llega a una anarquía que inmediatamente suscitará una dictadura de hecho en que habrá que reducir a los individuos y ¡someterlos a golpes de matraca a deberes que es necesario cumplir si la vida debe subsistir!Porque es evidente que con la técnica, con el urbanismo, con el desarrollo de ciudades inmensas, con la necesidad de abastecerlas a tiempo…, imaginen los problemas que representa para el abastecimiento una ciudad como Tokio, con 12 millones de habitantes: ¡qué concierto, qué concurso, qué actividades se necesitan para que la ciudad pueda subsistir! Y eso no es sino una muestra en el mapa del mundo. Es claro que la humanidad no subsistirá sino a golpes de matraca si no encuentra el sentido de una libertad que es exigencia formidable de liberación.Hay pues que redescubrir el hombre, descubrir el pensamiento y su importancia que representa algo absolutamente urgente, y está bien claro que todos los problemas se reducen finalmente a ése. La justicia, la paz, el eugenismo, el porvenir del mundo y la posibilidad de alimentarlo, todo eso se reduce a un solo problema: ¿Qué es el hombre? ¿Cómo realizarlo, cómo crearlo en sí mismo para que llegue a ser verdaderamente un bien universal?Esto nos abre inmensos horizontes porque es la única grandeza que se pueda proponer a todos y a cada uno sin mentir. Y vemos que los países que han querido realizar un humanismo ateo, que han querido que el hombre sea el dios del hombre, vemos que finalmente han llegado a ser, y siguen siendo, una dictadura en que la libertad de pensar es amordazada, en que la ideología es continuamente vigilada, y donde el crimen de los crímenes es precisamente no conformarse con el programa del partido, ¡es inevitable! si los resortes de la libertad no están en nosotros no hay criterios, el criterio es la colectividad, la colectividad será siempre mayor que el individuo, si no es la persona la que domina y la que constituye su finalidad, entonces es claro que, en el ser humano, el fin es la persona, el fin es el poder de iniciativa en que la vida ya no es sufrida sino creada en un don de sí mismo que se une al don infinito que es el Dios Vivo.Habría que revisar todos los problemas humanos, los de habitación, los de procreación, los de educación, los de libertad de expresión, habría que revisar todos esos problemas a la luz de una exigencia interior. Claro que no se trata de hacer una ideología obligatoria, lo cual sería precisamente la negación de lo que se quiere emprender, sino de establecer la rectitud primero en nosotros mismos, de adquirir nosotros la capacidad de ver en nosotros y en los demás la humanidad como realidad esencialmente personal, que es tanto más universal precisamente cuanto que se edifica más secretamente en las últimas raíces de nuestro ser.Además, eso lo sabemos muy bien: si experimentamos decepciones tan dolorosas respecto de ciertos seres en los que vemos morir el absoluto, morir la generosidad y el amor, es que buscamos en ellos una fuente, es que buscamos en ellos un yo original, es que buscamos en ellos un espacio infinito, y que nos decepciona y nos hiere encontrar en ellos esos límites. El gran amor es el que desea la grandeza suprema en el ser amado, el que constituye para él una exigencia de crecimiento indefinido.¿Cómo perseverar en la amistad toda una vida chocando continuamente con límites, y cómo en particular puede durar una pareja, quiero decir durar en el amor que brota siempre en una libertad más y más grande, cómo podría subsistir si no hubiera el encuentro y el intercambio del Infinito? Vemos pues que la constitución misma de la humanidad, quiero decir de una sociedad humana, no se puede realizar sino a través del descubrimiento y el intercambio del infinito, Dios es verdaderamente el cemento y el lazo de todas nuestras ternuras, la eternidad de todos nuestros amores, y también la condición misma de una coexistencia pacífica en la vida terrestre más enraizada en el suelo.Porque no se pueden superar las fronteras de raza, las fronteras de clase, las fronteras de sexo, no se pueden superar verdaderamente sin esa mirada que busca lo universal en cada uno, comenzando por respetarlo en sí mismo.Cada uno de nosotros lleva en sí la humanidad, la calidad de hombre, y en la medida en que la desarrolla concurre a desarrollarla en los demás. Hay un contagio de luz que se realiza de una conciencia a otra cuando cada conciencia se ilumina porque, si una sola conciencia finalmente está auténticamente fiel a todas esas exigencias, deviene por lo mismo un bien común que la humanidad entera tiene interés de defender, y entonces surgen los derechos humanos justamente, cuando aparece en el interior de una conciencia humana el bien universal, el bien que enriquece todos los demás porque deviene para todos ellos fermento de liberación.Eso es totalmente independiente, independiente de la función que uno ocupa. Por sí misma, ninguna función es importante, es un engranaje en el conjunto de las estructuras indispensables a una sociedad, pero eso no cambia nada a la calidad humana. El presidente de los Estados Unidos puede decidir mil cosas por un decreto de su pluma, peo no puede transformar nada en los demás en el sentido de lo mejor si no se transforma él mismo, y la barrendera que hace los trabajos más humildes en apariencia puede portar el mundo entero y ser el sol de la verdad y del amor que lo iluminan, si está totalmente dada en lo más secreto de sí misma, si ha hecho el vacío en sí misma para acoger todo el Universo.Y observen que hay relación entre el conocimiento y la ofrenda: si el pensamiento es capaz de superar nuestro espacio vital más necesario fisiológicamente, si nosotros podemos crear el universo inmenso mediante cálculos, o al menos descubrirlo por cálculos y experimentación, podemos también, en la misma medida, ofrecerlo ofreciéndonos a nosotros mismos, y eso es precisamente lo que los humildes como san Francisco, los humildes como San Juan de la Cruz, esos inmensos poetas en fin que no se miraban a sí mismos y pudieron por eso abrazar todo el esplendor del mundo, pudieron amar el Universo, estrecharlo contra su corazón hasta la muerte, hasta en la muerte, hasta más allá de la muerte, porque justamente su conocimiento se desarrollaba y tenía sus raíces más profundas en el don de sí mismos.Entonces, ¿Quiénes son los que sostienen el mundo? ¿Cuáles son las columnas del mundo? Son justamente aquellos que ofreciéndose a sí mismos en lo secreto de su corazón, hacen circular en todo el Universo la única presencia.Se ha hablado mucho de ecumenismo, y el ecumenismo está precisamente ahí. El ecumenismo no consiste en pulir fórmulas para hacerlas más o menos equivalentes, el ecumenismo consiste en llevar en sí mismo todo el cristianismo, en llevar en sí toda la Iglesia, en ser uno mismo toda la Iglesia, porque la Iglesia es justamente una sociedad sacramento que tiene sus fundamentos en la intimidad de cada uno. La Iglesia no se extiende por multiplicación de sus miembros en el espacio, la Iglesia crece en la medida en que la vida divina se enraíza en el corazón de cada uno y, a través de cada uno, ilumina toda la comunión de los santos.Y pasa lo mismo, guardando todas las proporciones, con toda la humanidad, que finalmente además está llamada toda entera a ser la Iglesia, pues la Iglesia no está encerrada en fronteras, la Iglesia asume toda la humanidad, la Iglesia ofrece a Cristo a todas las criaturas, finalmente nadie queda afuera, nadie puede además estar afuera del Amor de Cristo que es el corazón mismo del misterio de la Iglesia.” (Continuará)
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