Zundel debería difundirse por el calor trinitario del corazón de pobre de Jesucristo, y no por la novedad de todas las ideas sobre Dios que abundan en su doctrina. Sigo impresionado con la carta del P. Marechal y creo que las palabras que siguen (pronunciadas en París [?] en diciembre 1966) pueden útilmente esclarecernos…” Al Dios vivo no se llega mediante conceptos, mediante una construcción sistemática, o mediante una cadena de deducciones. “¿Cuál es el acontecimiento que constituye propiamente la Encarnación? En la medida en que pueden expresarlo las palabras, la humanidad que surge en el seno de la Virgen, en vez de estar cerrada sobre sí misma en un yo connatural, en un yo del mismo nivel que ella, como el nuestro, en un yo que sigue siendo cerradura, que nos separa de nosotros y nos hace prisioneros de nosotros mismos, en Jesús, al contrario, la humanidad está totalmente abierta a Dios, situada en el impulso, subsiste siendo arrastrada en la ola de la pobreza divina, es decir que la Encarnación es la comunicación hecha a la humanidad de Cristo en beneficio de toda la humanidad y de todo el universo, la comunicación a esa humanidad de la pobreza infinita que constituye la Personalidad en Dios.Esto no puede sorprendernos ya que nosotros mismos somos tomados en la ola (de la divina pobreza) cada vez que accedemos a nosotros mismos en los raros momentos de nuestra existencia auténtica, en los raros momentos en que devenimos por un instante universales, en los raros momentos en que trascendemos nuestras fronteras, en los raros momentos en que devenimos interiores a los demás sin violar su clausura, en los raros momentos en que somos transparentes a Dios. Entonces somos llevados por la ola, aspirados por la divina Pobreza, desapropiados de nosotros mismos ¡para vivirlo y dejarlo transparentar! Pero en nosotros se produce casi siempre el reflujo, la recaída en nosotros mismos que nos asfixia hundiéndonos en el yo propietario, sumergiéndonos en todas las corrientes cósmicas ciegas e inconscientes en que volvemos a ser migaja de universo.Pero en fin, a pesar de todo tenemos precepción de la polaridad divina, de la imantación divina de donde resulta el despojamiento liberador en que accedemos a nuestra intimidad y en que devenimos por un momento un hogar de altruismo.En Cristo, ese estado de desapropiación es original. Eso significa que la humanidad de Cristo, desde que surge en el seno de la Virgen, está investida por la divina Pobreza, asumida por ella y arrojada en Dios por el impulso eterno, como una cáscara de nuez que sería arrojada sobre la playa por una ola que comprendería todo el océano.No hay mezcla (entre las dos naturalezas) en el momento de la Encarnación, no hay confusión, no hay metamorfosis, no hay apoteosis, no hay un Dios transformado en hombre ni hombre cambiado en Dios, hay una humanidad creada, limitada, consustancial con la nuestra como dice el Concilio de Calcedonia, una humanidad que comenzó a existir, una humanidad confrontada desde el primer instante de su existencia con la presencia divina que la invade por entero, que la toma en sus raíces y la arroja en Dios con el impulso que es el Verbo eterno de Dios.La humanidad de Cristo no se pertenece, es incapaz de decir “Yo”, incapaz de encerrarse en su yo, está infinitamente abierta a Dios, e infinitamente abierta al hombre y al universo, y esa radicalización de la pobreza, en Dios y en la humanidad de Jesucristo, es lo que hay que considerar para entrar en el misterio de Jesús, el confluente de las dos pobrezas insuperables cada una en su orden, la pobreza de Dios y la pobreza de la humanidad de Cristo, ese confluente de las dos pobrezas es lo que constituye el Misterio de Jesús.Cuando se habla de las pretensiones divinas de Jesús se hiere la fe en el corazón porque en Jesús no hay la más mínima pretensión. Y en Jesús el eclipsamiento es insuperable, hablo de su humanidad, la superación es insuperable en la divinidad en la cual subsiste y que es su verdadero y único yo.Él puede decir lo que había entrevisto Rimbaud, puede decir como nadie: “Yo es otro” y por eso Él es el revelador por excelencia, no por decir lo que enseña, por lo que pudo ser escuchado materialmente por sus auditores y escrito en libros; Él es el Revelador por excelencia por lo que Él es. Él revela a Dios como pobreza infinita por la estructura misma de su ser.Se trata de una unión entre la divinidad y la humanidad no por confusión de Dios y del hombre, sino por una relación en que el hombre está totalmente, radicalmente, ordenado a Dios en un enraizamiento de la pobreza divina en él.Y lo que resulta de ahí es que en Jesús Dios es perfectamente revelado, y del mismo golpe también el hombre es perfectamente revelado. Digo: Dios es perfectamente revelado, porque justamente, en el universo interpersonal al que Jesús nos da acceso, el universo interpersonal en que se sitúan nuestra humanidad y todas las relaciones auténticas entre nosotros los humanos, en nuestro universo interpersonal la revelación no puede hacerse sino por la transparencia del hombre a Dios que evocaba yo hace un instante.¡No se llega al Dios vivo mediante conceptos, mediante una construcción sistemática, mediante una cadena de deducciones! sino viviéndolo como fuente misma de nuestra vida ya que se trata de una relación nupcial que supone intercambio de intimidades, y si los límites humanos impiden además que la comunicación divina sea perfecta, si los límites humanos impiden al hombre recibirla con la misma plenitud que la de la ofrenda divina, es muy natural que la revelación permanezca imperfecta.Para que sea perfecta será necesaria la transparencia absoluta de una humanidad tan despojada de sí misma que ya no pueda apropiarse nada. Entonces el testimonio será perfecto, una vez más no en palabras, sino en el ser mismo. Esto es extremadamente importante porque la historicidad de Cristo no se opone a la interioridad más profunda de la vida mística.”