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Zundel

19 06 08 El misterio de Jesús finalmente sólo es accesible al que entra en estado de pobreza.

Encuentran en seguida una página magnífica de Zundel que ilustra muy bien lo esencial de la carta del P. Marechal que publicamos el 16/06/08 (a releer). Podría ser útil leerla en una exposición del Santísimo Sacramento porque la Eucaristía es justamente el sacramento de la humanidad infinitamente santa, del Cuerpo infinitamente santo de Nuestro Señor Jesucristo. En su Humanidad, Jesucristo mismo es sacramento de la divinidad. Esta “sacramentalidad”, cuyo signo más notable es la pobreza, es admirablemente desarrollada aquí por M. Zundel. “Es perfectamente claro que la Encarnación no comporta ninguna metamorfosis ni transformación de la naturaleza divina en naturaleza humana ni transformación de la naturaleza humana en naturaleza divina, no hay mezcla alguna. Las dos naturalezas siguen inconfundibles, la Humanidad de Jesús no es Dios, no es igual a Dios, no puede comprender adecuadamente a Dios. Dios se apropia la Humanidad de Jesús en su despojamiento absoluto para ser el sacramento diáfano de una revelación perfecta y definitiva, porque es justamente el hecho de su despojamiento absoluto lo que hace que la humanidad de Jesús sea capaz de una revelación definitiva.El cristianismo, que se funda sobre esa pobreza de la Humanidad de Nuestro Señor, no rechaza las revelaciones que vinieron antes de Él. Al contrario, se propone asumir todo el profetismo de Israel, pero no se contenta con esa integración: quiere también asumir todas las profecías que se produjeron antes de la existencia misma de Israel, antes de la vocación de Abraham, en el intervalo inmenso que comporta quizás medio millón de siglos o más, que va del origen del hombre a la vocación de Abraham. Estamos bien seguros de que en ese intervalo la divinidad no se quedó muda: se comunicó a la humanidad, hubo profetas que no tuvieron sin duda una misión universal como los profetas de Israel, pero que eran mensajeros y portavoces de Dios.Ya se trate de Buda, un santo de grandeza admirable, o de los libros védicos que alimentan la religión de los brahmanes, o de la sabiduría de los antiguos chinos como Confucio o Lao Tseu, o inclusive del Profeta del Islam, en una humanidad idolátrica que no podía recibir el monoteísmo de otro modo, el cristianismo no rechaza ninguno de los testigos de Dios (1)! Simplemente corona su testimonio, lo termina y lo cumple en el testimonio de Jesucristo en el cual se realiza la Encarnación suprema.De cierto modo, todos los profetas, todos los sabios, todos los genios, todos los héroes constituyen una especie de encarnación de Dios, es decir que Dios, en cierto modo, se hace presente a través de ellos, pero esa revelación es siempre imperfecta en la medida en que el hombre lo es, en la medida en que conserva los rastros de su biología primitiva.La Encarnación no es absolutamente perfecta, definitiva, inseparable, eterna sino en el caso de Jesucristo porque en Él la pobreza es insuperable, porque en Él la pobreza es insuperable.La razón por la cual el cristiano adhiere a Jesucristo no es para rechazar los testimonios divinos manifestados en todas las épocas y latitudes a lo largo de la historia, sino porque en Jesús se da la garantía de una revelación definitiva en la afirmación que es el corazón del dogma cristológico, a saber, que en Jesús la humanidad es tan desapropiada de sí misma que no puede ni decir “yo”, que está reducida al estado de puro sacramento, de sacramento vivo que representa y comunica personalmente la Divinidad.Haga lo que haga, piense lo que piense, diga lo que diga, sufra lo que sufra, Jesús, en todo su ser, no es nunca sino la revelación personal de Dios. Su propia humanidad no es jamás lo que se revela sino Dios a través de ella.Bajo la egida (bajo la protección) de esa pobreza absoluta es como tenemos que abordar el Evangelio, como tenemos que pensarlo y que vivirlo. El misterio de Jesús, en razón mismo del despojamiento absoluto que lo constituye, sólo es accesible al que entra en estado de pobreza, al que asimila la beatitud de la pobreza, al que se hace un alma de pobre, al que está a la escucha de Dios, desaparece a sus propios ojos y se eclipsa.Cómo no citar aquí las palabras de la niñita, transparente y genial (como su mamá además), que se había preparado a su primera comunión con toda la ingenuidad de su inteligencia y de su corazón. Interrogada por sus pequeños camaradas mientras cada uno de ellos repetía las palabras prefabricadas que había leído en los libros, la pequeñita, que había comulgado realmente, para quien la primera comunión había sido un acontecimiento, a la pregunta: “¿Qué sentiste tú?” responde: “Pues a mí, Él me eclipsa.” ¡Él me eclipsa! Ella había comprendido pues que eso era acercarse a Dios: eclipsarse en Él como se eclipsan las tres Personas Divinas la Una en la otra, como se eclipsa la Humanidad de Nuestro Señor, enteramente desapropiada de sí misma, para ser el sacramento diáfano de la divinidad que en Él se revela y se comunica personalmente.Hay que estar en espíritu y en estado de pobreza para entrar en esa simbiosis y unidad únicas entre la humanidad y la divinidad de Jesús, porque constituye el confluente y el encuentro único y maravilloso de la eterna pobreza que es Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo Y la humana pobreza en la Humanidad Santa de Nuestro Señor que no puede hacer nada más que dar testimonio de Dios, revelándolo en los abismos de su infinitud según las etapas de su vida humana, cada una de las cuales constituye una parábola de la eterna divinidad. Extracto del retiro predicado por Zundel en la abadía benedictina de San José de La Rochette, del 6 al 11 de septiembre de 1963, páginas 28 a 30 de la edición fotocopiada. (1)   Todo hombre, en la medida en que deja encarnar a Jesucristo en él, se hace profeta. No hay otra manera de ser cristiano sino dejando que se opere en nosotros la encarnación divina. 

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