1ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964 sobre el misterio de Jesús. El verdadero terreno en que conviene abordar el misterio de Jesús es el personalismo, modo de conocimiento que se sitúa en una reciprocidad de luz y de amor. "Ante el judaísmo y el islamismo, nosotros debemos parecer bárbaros. Ustedes recuerdan la afirmación del Corán: “Dios no engendra ni es engendrado”, de la cual viene la acusación de politeísmo proferida por el Corán contra los cristianos que son “moshrekim”, “asociadores”. En resumen, los cristianos son idólatras porque añaden a la divinidad eterna una segunda divinidad en la persona de Jesucristo.Y aunque da testimonio de gran admiración por el profeta Jesús y por su madre, el Corán no cesa naturalmente de combatir la adoración de Jesucristo y su identificación con la divinidad. El monoteísmo del islam se presenta como el monoteísmo perfecto, definitivo, justamente porque es absolutamente monolítico, absolutamente puro y excluye toda especie de asociación.El judaísmo actual hace lo mismo, y si nos ponemos en la psicología de los hermanos musulmanes o judíos, parece de hecho imposible para un hombre sensato adorar a un hombre, a un hombre que vivió en nuestra historia, en una historia localizable, en una historia que además conocemos muy bien.¿Cómo imaginar que Dios haya caminado en las calles de Belén, de Nazaret o de Jerusalén? ¡Eso parece un desafío al sentido común, un reto a la inteligencia! ¿Cómo localizar la divinidad eterna en un ser que vivió como nosotros una vida de hombre y por qué ligar nuestra vida espiritual a un hombre? ¡e incurrir inmediatamente, al parecer, en el peligro de la idolatría! Es confinarse en una época, centrarse en un acontecimiento revelado que se sitúa en un universo que ya no es el nuestro.Se comprende además como primera aproximación la especie de hesitación, de rebeldía contra tal afirmación, o de desprecio cortés y respetuoso hacia hombres que se pretenden civilizados pero que permanecen prisioneros de concepciones mitológicas. Entonces, hay que creer la repugnancia del islamismo o del judaísmo a aceptar lo que se llama de manera muy equívoca la divinidad de Jesucristo, hay que creer que tal repugnancia no falta de fundamento, ya que la teología liberal tuvo cierta suerte en el protestantismo a partir de fines del siglo 18, teología liberal que no ha cesado finalmente de morder en los acontecimientos sobrenaturales de la Biblia y del Evangelio para llegar finalmente a la imagen de un sabio, de un hombre que no es más que hombre, cuya experiencia es digna ciertamente de admiración, cuya influencia es incontestable, y de cuyo espíritu podemos todavía inspirarnos, pero sin considerarlo ni como infalible, y todavía menos como la divinidad.Ustedes recuerdan las posiciones de Augusto Sabatier a fines del s. 19, o de Harnack a comienzos del 20. Recuerdan la posición de Schweitzer en la monumental historia que dedica a la exégesis alemana del s. 19 y que concluye, exponiendo su propia posición, con la declaración de que Jesús ni dijo que era el Mesías ni se creyó Dios, sino que fue simplemente un hombre del espíritu, digamos un profeta, un profeta que anunció la consumación de la Historia y que pedía a sus contemporáneos que se prepararan. Ese fin de la Historia que debía poner fin al período actual, ese fin de la Historia no se produjo en realidad; Jesús se equivocó en la afirmación que constituía el contenido esencial de su mensaje, se equivocó pero con tanta buena fe y generosidad que sigue siendo para siempre modelo de los que buscan con toda el alma resolver los problemas de su tiempo.La teología liberal que está pasando de moda, que era más y más dominada por un retorno a posiciones ortodoxas, de modo que actualmente (en 1964) el sobrenaturalismo, si se puede decir, volvió a ser el bien común de toda la cristiandad, las posiciones liberales muestran bien que hombres honestos y que eran de raíces cristianas, más aún, que estaban con frecuencia dedicados al ministerio pastoral, hombres muy sinceros, muy rectos y generosos, retrocedieron ante la afirmación de la divinidad de Jesucristo, sintiendo la misma repugnancia que el islamismo o el judaísmo a encerrar la divinidad en un hombre.Es evidente que todas esas posiciones, la del judaísmo o del islamismo, o de la teología liberal, son infinitamente dignas de respeto, y sin embargo hay que constatar inmediatamente que no se sitúan en el verdadero terreno, quiero decir que el verdadero terreno en que conviene situar y abordar el misterio de Jesús es evidentemente el personalismo, es decir el modo de conocimiento que se sitúa en una reciprocidad de luz y de amor. Jaspers, retomando los términos de Kant, nos advirtió además que el “verstand”, el entendimiento, no puede conducir a nada.Finalmente todas las técnicas se difunden por todas partes y son comunes a todos los hombres y, en los dos clanes, en los dos bloques – pronto serán tres – en los dos bloques hay exactamente los mismos conocimientos técnicos, el mismo esfuerzo por explotarlos, el mismo resultado que es el armamento atómico y el viaje espacial, todo eso es común y todos los pueblos entran a esa escuela y todos pretenden tener armas atómicas y todos quieren aprovechar de esas energías de que ha podido apoderarse la técnica, y eso no ha creado ningún acercamiento, ¡al contrario!, los nacionalismos están más exacerbados que nunca y no pasa día en que no se informe sobre un nuevo conflicto que estalla en alguna parte y arriesga hacer saltar el polvorín, es decir disparar una guerra universal.Entonces el entendimiento, en el sentido de Jaspers, el entendimiento no conduce a la sabiduría, no conduce a una verdad humana, no acerca a los hombres, les pone a todos en las manos una técnica común que los unos trasmiten a los otros en el equilibrio de terror que está en suspenso antes de la destrucción universal si la humanidad no pasa a la “vernunft”, a la razón, si la humanidad no opera el cambio que le permitirá dominar la técnica y dedicarla a fines humanos.Existe pues un terreno de diálogo, un terreno de la verdad que se sitúa más allá del conocimiento puramente discursivo, del conocimiento no comprometido, del conocimiento que no supone ninguna especie de transformación nuestra, porque el ser más vicioso, si es bien dotado, puede apropiarse los secretos de la técnica, desarrollarlos y transformarlos en instrumentos de destrucción.El problema de la vida espiritual no puede plantearse sino en un universo personalista, centrado en la reciprocidad y en la presuposición de un compromiso con la conclusión inmediata que, mientras más profundo, sincero y total sea el compromiso, más profundo y perfecto será el conocimiento” (Continuará)