2ª parte de la 4ª conferencia de M Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964.
Retoma: "El problema de la vida espiritual no puede plantearse sino en un universo personalista, centrado en la reciprocidad y en la presuposición de un compromiso con la conclusión inmediata que, mientras más profundo, sincero y total sea el compromiso, más profundo y perfecto será el conocimiento"
Continuación: "No hay que extrañarse entonces de buscar en un hombre las luces indispensables sobre Dios, ya que, necesariamente, un conocimiento personalista es una experiencia humana. De la misma manera que nos inclinamos ante un genio, no para limitarnos sino porque un hombre de genio constituye un espacio que resume nuestro itinerario, acorta nuestras investigaciones, es decir cataliza todo nuestro esfuerzo hacia la verdad.
Nos inclinamos ante el genio no para hacernos sus esclavos sino para beneficiar de la luz que aporta y en que se ha finalmente transformado. ¡Un gran hombre es eso! No es el que nos aporta recetas contenidas en un discurso, sino el que nos aporta una luz que brilla en su vida.
Y esto vale para todos los dominios, sea la ciencia o el arte, sea la moral, la ética, en todos los dominios en que está implicada la vida personal, en todos estos dominios recurrimos a una experiencia humana hecha antes de nosotros, que otros han logrado mejor que nosotros, a fin de fecundar la nuestra, para hacerla más y más comprensible, más universal y perfecta.
Además, para repetirlo una vez más, es evidente que sólo podemos interesarnos por la divinidad si se sitúa en el mundo personalista ya que ahí es donde tenemos una posibilidad de acceder nosotros, de hacernos hombre, de llegar a un yo personal, universal y sin frontera. Únicamente en este terreno puede plantearse la cuestión de Dios.
No se trata de un Dios que resulta de un razonamiento mecánico, "todo lo que se mueve es movido por otro, etc." ¡Tal razonamiento mecánico, si no es vivido, no tiene ninguna posibilidad de llegar a una conclusión liberadora! Al contrario, uno se atasca al contrario en el materialismo de conceptos desprovistos de todo compromiso y llega a contradicciones enormes y mortales.
Es evidente que rodo el problema del hombre se sitúa en un universo personal, y con mayor razón, o al menos en la misma medida, el problema de Dios.
Por eso el problema de Dios es absolutamente inseparable del problema del hombre, es decir que el descubrimiento de Dios es absolutamente inseparable del acceso del hombre a sí mismo. El hombre tiene que llegar a sí mismo para encontrarse con Dios.
Dios es esencialmente personal, eso quiere decir que se sitúa rigurosamente esencialmente, exclusivamente, en la región interior en que toda coacción es imposible, en que no se llega al conocimiento sino en un nacimiento[1], en una transformación, en una liberación, en una ofrenda de todo el ser a una generosidad que se atestigua precisamente en el surgimiento de un diálogo de amor que nos refiere a él. Eso quiere decir que es perfectamente ilusorio partir de una concepción mecánica de Dios, de un Dios exterior, localizado en un cielo imaginario y provisto de cualidades que no son sino proyección de un faraonismo terrestre.
Es absolutamente ilusorio imaginar que ese Dios exterior a nosotros haya venido a caminar en la tierra, ya que no existe. El único Dios que podemos conocer es el Dios interior en el cual llegamos a ser nosotros mismos. Sólo ahí tenemos la certeza vivida en la luz que se levanta en nosotros desde que cesamos de apegarnos a nosotros mismos, en la luz que surge en nosotros desde que ya no somos más que mirada hacia el otro, en lo más íntimo de nosotros, ese otro que está en nosotros y que no es nosotros, y que es el único camino hacia nosotros.
Se trata de ese Dios y vemos en seguida que ese Dios no tenía que venir puesto que ya estaba presente. Y podemos percibir inmediatamente la inadecuación de todas las fórmulas que nos son tan familiares, como "Bajó del cielo", como "Se hizo carne", como "Habitó entre nosotros", fórmulas además todas muy venerables y que pueden tener un contenido de riqueza inmensa si uno se compromete, quiero decir, si las toma por el interior, pero que tomadas literalmente no pueden sino extraviar la imaginación y la inteligencia.
Dios no tiene que venir, no tiene que bajar de un cielo que no existe puesto que el Cielo es Él y se desarrolla en nosotros: "El cielo es el alma del justo" como dice el papa San Gregorio, y bien evidentemente no estamos en un dominio localizable, sino en el centro eterno e interior a nosotros alrededor del cual gravita el disco del tiempo, el cual representa simplemente la distancia de nosotros a nosotros mismos. Dios no tiene pues que venir, pues ya está ahí. "Tú estabas adentro y yo afuera. Tú estabas conmigo, ¡era yo el que no estaba contigo!"
Para ir más lejos, hay que notar en seguida la enorme dificultad que tenemos para expresar la presencia de Jesús en un lenguaje comprensible para los contemporáneos, porque el Nuevo Testamento nos desvía inevitablemente, en el sentido de que el Nuevo Testamento, que representa además la experiencia de la comunidad primitiva que es indisociable de la experiencia, pues como ustedes saben, la primera comunidad cristiana no tenía otros libros que el Antiguo Testamento que, justamente no encuadraban integralmente con su experiencia.
Los libros del Nuevo Testamento surgieron de la comunidad cristiana misma y en función de su experiencia. Eso no quiere decir que tales libros no nos aporten una verdad muy auténtica respecto de Jesús, sino, y eso se olvida con mucha frecuencia, quiere decir que estos libros mismos se sitúan en un universo personalista. No tendrían sentido si no estuvieran comprometidos. Son libros comprometidos, como las personas que los escriben, sean quienes fueren. Es más y más difícil identificarlos porque los Evangelios son libros en movimiento, como la Biblia del Antiguo Testamento además. Son libros en movimiento que son retomados, completados, corregidos en función de una experiencia que se desarrolla, se profundiza, se separa más y más de las contingencias de la historia inmediata pero, de todos modos, son libros comprometidos como las personas que los escriben, son libros que no tienen sentido sino en un universo personalista, son libros que no tienen significación sino en una experiencia mística, la misma que reflejan dando testimonio de su origen.
Pero de todos modos, precisamente porque graban una experiencia en curso de desarrollo, esos libros son escritos por hombres que emanan del Antiguo Testamento, quiero decir que tienen una formación vétero-testamentaria, es decir que fueron criados en la perspectiva del monoteísmo unitario y no trinitario, y eso constituye una dificultad enorme.
Es evidente que si los apóstoles vivieron el cristianismo con una intensidad que nosotros no alcanzaremos nunca, si fueron consumidos por la experiencia cristiana, si la difundieron, si su mensaje sigue siendo nuestra iluminación, es claro que el mensaje mismo necesitaba ser decantado en una experiencia más vasta que el mundo semítico, que el mundo vétero-testamentario que había sido su escuela." (Continuará)
[1] En francés hay aquí un juego de palabras : connaissance, conocimiento, es lo mismo que co-naissance, co-nacimiento.