3ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964.
El subordinacionismo, es decir la subordinación del Hijo al Padre, se expresa en el Nuevo Testamento: no podía ser de otro modo entre los apóstoles. “Al leer los textos del Nuevo Testamento uno siente toda la dificultad que tienen los escritores del Nuevo Testamento para no hacer de Jesús, que es el centro de su amor, recuerden las palabras tan conmovedoras de San Pablo a los filipenses: “Para mí vivir es Cristo” (Fil 1,21), uno siente toda la dificultad que tienen para alinear a Dios, que sigue siendo en cierto modo para ellos conceptualmente el Dios por excelencia, con la persona de Jesucristo que ellos adoran y que está en el centro de su culto.En todo el Nuevo Testamento hay una especie de subordinacionismo, de subordinación del Hijo al Padre, si quieren, que resuena todavía en el lenguaje cristiano, para nuestro gran perjuicio además. Se oye hablar en todas las iglesias de Hijo que nos lleva al Padre, como si el Dios Eterno no fuera Trinidad, como si la Trinidad no fuera indivisa, como si toda la operación divina para con nosotros no fuera rigurosamente común.Se convirtió en cliché que el Padre creó el mundo, que el Hijo lo redime y que el Espíritu Santo lo santifica. Es un lenguaje figurado, que finalmente hace estallar la unidad divina, que falsea esencialmente el sentido de la Trinidad que expresa la desapropiación en el seno de la Divinidad y el incendio de una eterna caridad que no cesa de consumir el corazón de la Divinidad.Vivimos en aproximaciones de las que se debe buscar la responsabilidad precisamente en la imposibilidad que tenían los primeros escritores del Nuevo Testamento para salir de los conceptos de su infancia. Por fuerza misma de su lenguaje, que consideraba a Iahvé como el Dios de Israel, tenían que considerarlo como el Dios por excelencia, y la situación del Hijo que era para ellos Jesús, devenía totalmente ambigua por el hecho mismo.¡Cómo no sentir la ambigüedad de palabras muy conmovedoras además, como las de San Pablo a los Romanos: “Dios no perdonó a su propio Hijo”! (Ro 8,32), palabras que hacían alusión evidentemente al sacrificio de Abraham y transponen a la divinidad el sacrificio de Abraham, el cual debería además ser sometido a una exégesis seria para no escandalizarnos. Es evidente que la transposición del sacrificio de Abraham a la Divinidad es absolutamente inaceptable: nada puede escandalizarnos más que el sentimiento de que Dios no perdonó a su propio Hijo.Digamos que eso no quiere decir nada si nos colocamos en el corazón de la Trinidad por la razón inmediatamente evidente de que, en la Cruz, es la divinidad toda entera, Padre, Hijo y Espíritu santo, es la que, indivisiblemente, se expresa y muere, muere de amor, y también, si consideramos el lado de la humanidad de Jesucristo, solidario de los hombres ante Dios, la solidaridad se expresa respecto de toda la Trinidad. Ven entonces la enorme dificultad de expresar el misterio de Jesús, no solamente para los que lo ven del exterior, sino en el terreno mismo del pensamiento cristiano, y hay que decirlo porque es evidente.Si no tuviéramos la experiencia cristiana tal como se ha desarrollado en la vida de la Iglesia, el Nuevo Testamento sería un libro sellado, no podríamos salir de ahí.”
(Continuará)