4ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964 “Cosas” inéditas pero capitales a propósito de la divinidad de Jesucristo y del misterio de la Trinidad. Por dificultades de lenguaje, la expresión común del cristianismo puede llevarnos a la idolatría y encerrarnos en una imposible mitología. Accedemos a nosotros mismos en Dios, en Él trascendemos nuestros límites y nos hacemos a nuestro turno fuente y origen. Lo que significa la afirmación tan ambigua de la divinidad de Jesucristo: en Jesús nos encontramos delante de la divinidad en persona, delante de la divinidad que se manifiesta sin encontrar en la Humanidad que la experimenta y da testimonio de ella ningún límite ni obstáculo. “Les recuerdo la exégesis de Federico Godet que escribió un comentario del Nuevo Testamento, o mejor del Evangelio de San Juan, un comentario de un fervor sorprendente, a fines del siglo 19, y que, reconociendo además con amor la divinidad de Jesucristo, no duda en subordinar el Hijo al Padre, en reconocer, apoyándose sobre textos sacados de San Juan, que el Padre es más grande que él, y que entonces el Hijo es menos que el Padre. Hay pues desigualdad entre el Padre y el Hijo, lo que arruina la Trinidad.La Trinidad ya no tiene sentido si hay subordinación del Hijo al Padre, si la filiación es otra cosa que relación, si en Dios la generación no se sitúa en el orden del conocimiento y no significa el despojamiento que constituye en Dios la Santidad divina.Dios no es alguien que se mira y se admira, y que se alaba y se embriaga de sí mismo. Es el despojamiento translúcido de la eterna pobreza. Es Dios porque no tiene nada, y su única propiedad, como ya lo dijimos, es su desapropiación.No es pues un padre que se da un hijo. ¡Dios no tiene hijo! Dios es Padre, e Hijo y Espíritu Santo consustancial y eterna e indivisiblemente. Lo es para ser la caridad, pues si no existe el Otro, si no existe movimiento hacia el Otro ya no hay más que un amor narcisista, ¡y eso haría de Dios el pecado mortal hipostasiado!Estamos pues continuamente ante dificultades de lenguaje, y la expresión común del cristianismo constituye su ruina porque deviene impensable, y que en efecto nos conduce a la idolatría y nos encierra en una imposible mitología.Es perfectamente claro que la divinidad de Jesucristo es la divinidad eterna que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y no existe otra, la eterna divinidad que es Amor.Es perfectamente claro igualmente, según la expresión agustiniana, que la divinidad está siempre ahí, que no tiene que venir.Es perfectamente claro igualmente que ningún cambio interviene en la divinidad por el hecho de lo que llamamos la Encarnación: ¡la divinidad no puede cambiar porque perdió todo! no puede cambiar porque dio todo, no puede cambiar porque es eternamente un amor perfecta y totalmente comunicado.Si añadimos que la misma divinidad está en Jesús y en nosotros, ¡la misma!, la misma divinidad está en la mosca y en el cascajo, como dice Ángelo Silecio, Dios no hace diferencia, se comunica a la mosca tanto como a ti, pero la mosca no recibe tanto como tú puedes como Dios: si pudieras recibir tanto como Cristo, lo recibirías de inmediato.Dios está siempre, siempre presente, siempre, integral, total e infinitamente dado, como la estación difusora, según una imagen ya utilizada, como la estación emisora de una luz infinita en estado de expansión perpetua.Por ese lado no es concebible ninguna novedad, toda la novedad de la encarnación está en el receptor que representa la humanidad en la figura que empleamos en este momento, ahí debe situarse toda la diferencia, pero no olvidemos, para entenderla bien, que la divinidad que es vivida como eterna pobreza, la divinidad esencialmente personal, quiero decir, cuyo foco, cuya luz es el surgimiento de amor, eso es la persona, el ser constituido en estado de puro don, el ser que deviene espacio en que toda vida respira, el ser que, siendo sin límites en el don de sí mismo, deviene en nosotros fermento de nuestra liberación, y que nunca es reconocido sino en esta liberación misma.Ya lo hemos subrayado: la firma de Dios es que nos interioriza y nos libera, es que en Él accedemos a nosotros mismos, es que en Él trascendemos nuestros límites, es que en Él devenimos a nuestro turno fuente y origen.
Hay pues que repetir que ese Dios no puede ser percibido sino en una experiencia humana y que, como recurrimos a los genios en el orden de la ciencia o del arte, recurrimos también a los genios que son los profetas y los santos en el orden de la unión con la divinidad, en el orden de la experiencia mística que es, por excelencia, la experiencia personificante. Entonces, ¿por qué no recurrir a Jesucristo si en Jesús la experiencia mística llega a la cumbre?
Y ahí está, justamente, todo el problema: el único interés que puede presentar Jesucristo para nosotros es que la experiencia mística llega en él a la cumbre y que por consiguiente, a través de él se revela la faz de l divinidad en una luz insuperable.Y ahí precisamente es donde se une la experiencia cristiana, de ahí parte el Evangelio cristiano, ahí hay que situar la expansión de la comunidad cristiana en una experiencia mística donde culminan todas las demás experiencias místicas.¿En razón de qué? Ahí es justamente donde hay que recurrir a un lenguaje extremamente dúctil, flexible y transparente, extremadamente personalista, porque finalmente todo tiene que gravitar alrededor de una desapropiación.Como es imposible vivir la vida de otro sin vaciarse de sí mismo, como el misterio del amor humano supone el despojamiento en que uno deviene el otro en sí y por él, la experiencia mística culmina precisamente, alcanza la cumbre en el despojamiento. ¡Imposible vivir a Dios sin vaciarse de sí mismo! Pero naturalmente, el vacío puede tener niveles, límites, y los grados van a determinar el resultado de la experiencia.El Antiguo Testamento representa una experiencia, una historia en marcha, en que manifiestamente la concepción de Dios evoluciona según la progresión del hombre o según su retroceso, ya que finalmente no es siempre progreso, sino también retroceso a veces, pero es evidente que la experiencia viva y emocionante, esa experiencia viva comporta niveles, comporta también una visión de Dios que no cesa de modificarse, que no es jamás perfecta porque los hombres que hacen la experiencia no son perfectos tampoco, tan grandes como sean. Isaías o Jeremías, ya lo hemos notado, permanecen prisioneros de ciertas categorías, además limitan a Dios en la medida en que lo asocian al destino de un pueblo.La cuestión es pues de saber si encontramos en Jesucristo los mismos límites, o por el contrario, en Jesucristo somos liberados de todo límite, si en Jesucristo alcanza entonces su cumbre la experiencia mística.Si estamos realmente en presencia de un personalismo divino de una grandeza incomparable capaz de valorizar todas las demás experiencias místicas hechas en cualquier lugar y en cualquier época despojándolas de toda especie de frontera, ésa es justamente la respuesta de la experiencia cristiana: sí, en Jesús no hay límite, y es lo que quiere decir la afirmación tan ambigua de la divinidad de Cristo, quiere decir simplemente esto: En Jesús, en razón de la evacuación total de todos los límites, que en su humanidad podrían oponerse a la luz divina, nos encontramos ante la divinidad en persona, es decir, ante la divinidad que se manifiesta sin encontrar en la humanidad que la experimenta y que da testimonio de ella, sin encontrar en ella ningún límite ni obstáculo.Eso quiere decir inmediatamente que todo el misterio de la Encarnación, toda la novedad de la Encarnación, se sitúa en la humanidad de Jesucristo.”(Continuará)