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Zundel

25 06 2008. El término que mejor designa la humanidad de Jesucristo es el de sacramento... Todo el movimiento de la vida espiritual es de gravitar en Dios y encontrar en Él nuestro verdadero yo.

5ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París, el 9 de febrero de 1964. En Jesús no existe el yo que nos encierra en nosotros mismos… El término que mejor designa su humanidad es el de sacramento. Su humanidad no puede confundirse con su divinidad, es su sacramento. La inteligencia humana de Jesús no puede agotar las profundidades de la divinidad. Todo lo que su humanidad hace, dice y sufre, es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella. Entonces se puede decir que, cuando Jesús muere en la Cruz, es Dios el que muere. Retoma: “Toda la novedad de la Encarnación se sitúa en la humanidad de Jesucristo.” Continuación: “La divinidad es eternamente lo que es, el despojamiento absoluto de un amor, eterna, y perfecta, y totalmente comunicada. Faltaba encontrar una humanidad que fuera en su orden enteramente despojada, desapropiada, para que no pudiera en modo alguno infligir a Dios los límites del hombre.Y esta afirmación es precisamente el dato esencial de la experiencia cristiana: en Jesús, la humanidad está en estado de absoluta pobreza. En el seno de María, la humanidad que brota es creada por la Trinidad, suscitada por la divinidad indivisa, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en un estado de absoluta desapropiación, es decir que en vez de terminarse en sí, se termina en Dios, en vez de tener su centro de gravedad en sí, lo tiene en Dios, en vez de poseerse a sí misma diciendo “Yo” para distinguirse de todo lo que no es ella, está enteramente abierta a Dios para no dar testimonio sino de Dios, lo cual se expresa técnicamente por las palabras: “en Jesús no existe un yo connatural, en Jesús no existe el yo que nos encierra en nosotros mismos, que nos limita, que levanta fronteras entre nosotros y nosotros mismos, entre nosotros y los demás, entre nosotros y el universo, entre nosotros y Dios, fronteras que además no son impermeables, ya que al contrario, todo movimiento de la vida espiritual es de trascenderlos, hacerlos retroceder y llegar finalmente también nosotros a gravitar en Dios y encontrar en Él nuestro verdadero yo. Pero en nosotros todo eso es un proceso extremamente lento, intermitente, rechazado continuamente para volver a comenzar sin cesar.Vemos bien la dirección, sabemos bien que el término es en efecto otro: “Yo es otro”, sabemos bien que finalmente el único yo en que podemos afirmarnos personalmente es un yo en que encontramos a los demás en lo más íntimo de ellos en un valor que es nuestro único bien común y que constituye el único valor de cada uno de nosotros, un valor más grande que la muerte ya que en él podemos triunfar de la muerte misma, pero aunque estamos seguros del término, y aunque progresemos poco, estamos en camino hacia él, sentimos bien la distancia que nos separa de él, y el reflujo espiritual perpetuo que nos hace oscilar entre un yo propietario Y un yo de pura generosidad que gravita en Dios y que, finalmente, es Dios mismo.En Jesús no existe esa distancia. En Él hay un despojamiento radical y original que ce que esa humanidad real, creada, limitada, finita, y que no es Dios, es evidente, un despojamiento que hace que la humanidad que brota en el seno de María no se pertenece, no puede dar testimonio de sí misma, no puede apropiarse nada y no puede sino dar testimonio de la divinidad en la cual subsiste, en la cual gravita, la cual es su verdadero y único yo, con la cual es pura relación, a tal punto que el término que mejor designa esa humanidad es el de sacramento: es una humanidad sacramento que, en su transparencia y en su despojamiento, da testimonio siempre y únicamente de la divinidad que se expresa personalmente en ella, de la divinidad que puede decir yo a través de ella sin confundirse con ella, sin ser absorbida en ella ya que esa humanidad no es Dios: sigue, como nota admirablemente el Concilio de Calcedonia, sigue inconfundible, no puede confundirse con la divinidad, es su sacramento, y todo su misterio se sitúa una vez más en una desapropiación radical.Santo Tomás se planteó la cuestión, simplemente para precisar la afirmación, sin hesitación además bajo su pluma, de que la humanidad de Jesucristo tomada en sí misma no es Dios, Santo Tomás no hesita para decir que la inteligencia humana de Jesucristo no puede agotar las profundidades de la divinidad y que es incapaz de conocer todos los posibles que hay en la inteligencia divina. Podemos servirnos de ese lenguaje un instante para olvidarlo en seguida pero muestra bien que en el doctor más clásico no hay la más mínima hesitación en cuanto a la distinción radical entre la humanidad y la divinidad.El misterio de Jesús es el misterio de una relación que suscita el vacío absoluto en esa humanidad, el vacío de todo lo que se opondría al reino de Dios y que por tanto sitúa toda la revelación en la perfecta transparencia de una humanidad que es incapaz de afirmarse y que es siempre en todo lo que es, en todo lo que hace, en todo lo que sufre, la manifestación personal de Dios. Personal, quiero decir que justamente todo lo que ella hace, todo lo que dice, todo lo que sufre, todo lo que soporta, es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella.Por lo tanto podemos decir que en la Cruz, es Dios el que muere, que en la Cruz se realiza el juicio de Dios, Dios es juzgado por todos los que Lo rechazan y muere de amor por todos los que lo están crucificando.Se trata de una parábola, de un sacramento, pero detrás de estas palabras hay una realidad abismal que sólo podemos alcanzar en el compromiso para obtener la luz que ya no se puede expresar, la luz que es la luz de una presencia.” (Continuará)

 

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