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Zundel

26 06 2008. No conocemos auténticamente a Dios sino en y por la humanidad de Jesucristo...

6ª parte de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964. Toda la revelación cristiana debe situarse en la perfecta transparencia de la Humanidad de Jesucristo perfectamente transparente a Dios. Todo lo que Jesucristo dice en y por su humanidad, sólo conocemos a Dios por medio de ella, todo lo que hace, dice, sufre, soporta Su humanidad es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella. Zundel emplea aquí la palabra parábola sacramental: Dios no puede hacerse conocer directamente como es, “a Dios nadie ha visto jamás” (Juan 1,18). Él no se manifiesta, no puede manifestarse ni hacerse conocer de los hombres sino conforme a la parábola viviente que es Jesucristo."Detrás de las palabras de parábola y sacramento hay una realidad abismal que sólo podemos alcanzar según el grado de nuestro compromiso, de nuestra pobreza y despojamiento”... Retoma: “El misterio de Jesús es el misterio de una relación que suscita el vacío absoluto en Su humanidad, el vacío de todo lo que se opondría al reino de Dios y que, por lo tanto, sitúa toda la revelación en la perfecta transparencia de una humanidad que es incapaz de afirmarse y que es siempre, en todo lo que es, en todo lo que hace, en todo lo que sufre, la manifestación personal de Dios.Personal, quiero decir que justamente todo lo que hace, todo lo que dice, todo lo que sufre, todo lo que soporta, es la parábola sacramental de la realidad divina que se expresa a través de ella. Por eso podemos decir que, en la Cruz, es Dios el que muere, que en la Cruz se realiza el juicio de Dios, Dios es juzgado por todos los que lo rechazan y muere de amor por los que lo están crucificando.Se trata de una parábola, se trata de un sacramento pero, detrás de estas palabras hay una realidad abismal a la que no podemos llegar sino en el compromiso, para obtener la luz que ya no puede expresarse, la luz que es la luz de una presencia.”Continuación: “Ustedes saben que en el amor humano, cuando llega a la cumbre, cuando es perfectamente decantado, cuando está en el zenit de su pureza, el amor humano respira la luz del ser amado, una luz que se basta a sí misma, una luz que dice todo, que da todo, que comunica todo y que rebasa el lenguaje. El lenguaje, aquí, sólo puede ser el sacramento de la experiencia de la humanidad de Jesucristo (lo cual la hace conocer sin ser ella misma, el lenguaje no es la experiencia que expresa) y sólo tiene valor en la medida en que la comunica.De ahí que la humanidad de Jesucristo, en la parábola viviente que es, en el sacramento viviente que es, se comprende que la humanidad de Jesucristo sólo puede hacerse luz en nosotros si nos comprometemos a fondo, si entramos en su despojamiento y en su pobreza, si llegamos al vacío de nosotros mismos que es la condición del reino de Dios en nosotros.Pero ustedes ven que, captada en el personalismo, captada en esa experiencia en que hay necesariamente que comprometerse para llegar a la luz, en esa experiencia vista bajo el aspecto de una pobreza radical, la Encarnación está en la línea de toda experiencia mística como el caso límite, y la experiencia mística alcanza su cumbre en la suprema pobreza por una humanidad que no tiene ya ninguna adherencia a sí misma, que no puede ya atraernos a ella, encerrarnos en sí misma, y que nos aspira hacia el yo divino en que ella subsiste.Ese es finalmente el término de la Encarnación: estamos llamados a constituir con Cristo una sola persona en el yo divino que reviste la humanidad de Jesucristo, no para sí misma sino para comunicarse a través de ella a toda la humanidad, a todas las humanidades, estén donde estén, y a todo el universo.Ustedes sienten bien que en el esfuerzo de la inteligencia mística para tomar posesión del misterio de Jesús se necesita una flexibilidad del lenguaje, y cuando se vive en el plano del personalismo, en el plano de la comunicación y del compromiso, si se recae en el “verstand”, en el entendimiento, dándole la espalda a la razón, si no se ve que la suprema luz no emana de la mecánica verbal, de la mecánica lógica, sino de todo el ser cuando todo el ser está rectificado, enderezado, purificado en el don de sí, entonces las palabras devienen pura mitología y constituyen un escándalo para la inteligencia, y uno está obligado a refugiarse en la negación del islamismo o del judaísmo, o en la negación aún más conmovedora de la teología cristiana liberal (1) (este parágrafo me parece extremamente importante)Pero claro está que cuando se llega a esto se ha perdido el contacto con toda experiencia mística Y con el dato fundamental del cristianismo que ve precisamente en Cristo la experiencia mística en su límite en una humanidad totalmente diáfana por ser enteramente desapropiada de sí y no poder ya sino dar testimonio de un Dios pobre (1).Y justamente es el testimonio dado a la pobreza de Dios el que autentifica para nosotros la experiencia mística universal de Jesús, insuperable, siempre actual, siempre ofrecida, siempre presente en nosotros. Porque, si Jesús pudo introducirnos en los abismos de la Trinidad, no bajo el aspecto especulativo sino bajo el aspecto precisamente de una caridad, de una vida de amor, de una vida en que todo es vacío de sí mismo, en que nada existe sino bajo forma de don, si Jesús puede introducirnos en los abismos en que Dios aparece justamente como el fermento de nuestra liberación, como el que no puede coaccionarnos nunca, nunca imponerse, como Aquél cuya presencia no puede atestiguarse sino bajo forma de liberación, si Jesús nos conduce a ese Dios, es justamente porque Él es ese hombre, el hombre que no tiene adherencia, el hombre que no puede poseer nada, el hombre despegado del yo que nos infecta y nos aprisiona, porque fue creado (porque su humanidad fue creada) precisamente en esa situación de despojamiento en razón de una misión universal que lo encarga de asumir todo, de recomenzar toda la historia, de recapitularla, de hacer de ella una unidad, porque si nadie hace la unión entre las generaciones, ¿para qué sirve la historia?”  (Continuará)Nota (1) “Entonces las palabras devienen pura mitología y uno está obligado a refugiarse en la negación (en la negación que hace el islam) del islamismo o del judaísmo, o de la teología liberal.” Este pensamiento me parece extremamente importante porque si lo entendemos bien se evaporan, si me atrevo a decirlo, todas las pretensiones del islam, del judaísmo y de la teología liberal, y se evaporan inclusive las objeciones de los ateos.Se comprenderá fácilmente que deseemos que estos pensamientos místicos aparezcan ahora en los catecismos e inclusive en la liturgia de la Misa. Volveremos a ello más adelante. Si entendí bien, esto quiere decir que toda una comprensión del misterio mismo de Jesús fue elaborada a partir justamente de una carencia de la mente al reconocer el personalismo divino y el misterio de la Trinidad que lo implica. Aquí se redobla entonces la importancia capital de este misterio, desarrollado aún muy poco en la enseñanza corriente de la Iglesia. En una enseñanza puramente silogística no tiene lugar el personalismo.Sólo podemos desear que el personalismo aparezca un día no lejano en la oración de la Iglesia, en las nuevas plegarias eucarísticas, e inclusive en una renovación de la oración oficial de la Iglesia en que, como ya lo dijimos, y estamos ciertamente en la línea de la doctrina zundeliana, en que el Antiguo Testamento ya no tiene con tanta frecuencia el primer puesto como si fuera tan importante como el Nuevo por ser palabra de Dios.Las plegarias eucarísticas de la celebración de la Misa, muy hermosas, claro está, son contemporáneas del desarrollo del dogma en la época de la Iglesia primitiva. Sólo podemos desear que un día aparezcan otras nuevas, contemporáneas del desarrollo del dogma en estos comienzos del 3er milenio, desarrollo que conoció una etapa decisiva con la doctrina de Mauricio Zundel, de la que hay que precisar que no es totalmente nueva sino que saca doctrina de los místicos que lo precedieron (por ejemplo, Ángelo Silecio y otros).Las plegarias eucarísticas utilizadas hoy ponen un acento muy fuerte en la santidad de Dios. La plegaria eucarística utilizada durante siglos comienza por: “Padre infinitamente bueno…” Las nuevas plegarias eucarísticas utilizadas desde el Vaticano 2 comienzan (desafortunadamente) invocando no la bondad infinita del Padre sino la santidad de Dios, y sucede durante la misa que se dé pesadamente gloria a la santidad insistiendo “en las alturas”. Caricaturando un poco, se puede pensar que se da gloria a Dios y luego, después de haberle dado lo que se le debe, estamos en paz, Él nos deja hacer en paz lo que nos guste. Eso sería el extremo opuesto al verdadero sentido de la Eucaristía.Claro que Dios es tres veces santo, pero su santidad no se nos revela ya en primer lugar por haber creado un universo infinitamente grande, y cuya grandeza se manifiesta también en lo infinitamente pequeño, sino que debe primero ser vista en el hecho de que es Amor, lo cual aparece claramente en la ofrenda perfecta de Jesús, de la cual es sacramento la Eucaristía. No se la puede ofrecer válidamente sino ofreciéndose a sí mismo, y esto no aparece visiblemente en las plegarias actuales de la Misa. (A retomar) (Continuará) 

 

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