Final de la 4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París el 9 de febrero de 1964.
Retoma:
“Si Jesús pudo introducirnos en los abismos en que Dios aparece
justamente como el fermento de nuestra liberación, como el que no puede
coaccionarnos nunca, nunca imponerse, como Aquél cuya presencia no puede atestiguarse sino bajo forma de liberación,
si Jesús nos conduce a ese Dios, es justamente porque Él es ese hombre,
el hombre que no tiene adherencia, el hombre que no puede poseer nada,
el hombre despegado del yo que nos infecta y nos aprisiona, porque fue creado (porque su humanidad fue creada) precisamente en esa situación de despojamiento en razón de una misión universal
que lo encarga de asumir todo, de recomenzar toda la historia, de
recapitularla, de hacer de ella una unidad, porque si nadie hace la
unión entre las generaciones, ¿para qué sirve la historia?”
Continuación: “No se trata de un lazo técnico entre las generaciones del
que sabemos bien que no llega a nada sino a un peligro mortal, no se
trata de ese lazo técnico de una civilización que puede unirla material y mecánicamente a las demás, se trata de un lazo personalista que haría de toda esta historia una historia que tendría un sentido único.
Y justamente Jesucristo podrá unir todas las generaciones, podrá hacer
su unidad, podrá ser el segundo Adán, porque está totalmente
desenraizado del yo que nos limita e impide que la universalidad del
saber se haga realidad en nosotros.
Porque
desde luego las palabras son extensibles al infinito, podemos hacer los
más bellos discursos sobre la paz, y no nos faltan, pero todo eso no
tiene la menor influencia ni eficacia porque no es vivido, porque el yo
propietario, el yo colectivo o individual, el yo separatista, el yo
reduce todo ese lenguaje a nuestros propios intereses y porque
se sobreentiende que todo eso es para mostrarse y dar espectáculo, que
nadie puede tomarlo en serio y que, finalmente, detrás de esas palabras
hay una bomba, y contamos mucho más con ella que con el altruismo de
que hacemos profesión.
Si
al contrario, todo eso pudo hacerse realidad en Jesucristo, si la
humanidad puede comenzar de nuevo, si la historia puede volver a
encontrar un nuevo origen, si todos los hombres pueden hacerse
contemporáneos y reunirse alrededor de la mesa del Señor como lo vamos
a hacer ahora, es porque Jesús, justamente, está en el despojamiento
soberano, total, irrebasable, es porque El no puede decir “Yo”, es
porque su yo es realmente el otro, es porque está revestido del yo
divino que es el yo de la eterna pobreza, porque gravita
en la órbita del eterno amor y que por lo mismo está necesariamente
orientado hacia lo universal y se hace capaz, por lo mismo, de ser una
presencia íntima para cada uno sin violar nuestra clausura, dando al
contrario a lo más íntimo de nosotros un fermento de desapropiación, de
libertad y de amor.
Visto
bajo esta luz, vivido en esta luz, el misterio de Jesús no excluye
evidentemente a nadie, comprende los escrúpulos del islamismo y del
judaísmo, los comprende tanto mejor cuanto que ha dejado de creer en el
falso dios hipostasiado en las nubes, les comprende tanto mejor cuanto
que no se trata de adorar en el sentido de someterse a un poder y de reconocer su majestad. La adoración es el diálogo de amor en que no hay ni señor ni esclavo, ni autoridad ni dependencia, en
que no hay sino el amor, el amor enteramente vacío de sí mismo que
llama al amor, el cual no puede surgir sino de una desapropiación.
Si la experiencia cristiana es irrebasable, es porque se une al corazón de la suprema pobreza, porque está en la confluencia de la pobreza divina y de la pobreza humana que hace de Jesús a la vez el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre.
El
Hijo de Dios, es decir el hombre abierto a la divinidad hasta el punto
de no tener otro yo que ella misma, el hombre introducido en el
circuito de la eterna pobreza para hacernos entrar a nosotros en ella a
nuestro turno. Pero de ahí, evidentemente, nadie está excluido, ¡nadie
está excluido! No hay otra afirmación de la experiencia cristiana.
Finalmente, cada dogma no hace sino repercutir esta afirmación,
no como conceptualización especulativa, sino simplemente como
reafirmación de la pobreza divina que brilla en la pobreza humana, y es
a eso a lo que todos estamos llamados, todos los hombres están llamados
a ir hasta el final de su liberación para hacerse verdaderamente
universales, es decir aprender a deshacerse del falso yo parasitario y
posesivo, para dejarse invadir por el yo divino que justamente se
enraíza en nuestra historia por la presencia permanente de Jesucristo.
Está
perfectamente claro, si se trata de un diálogo, si se trata de un
universo personalista, ¡es perfectamente claro que no podemos
apoderarnos de la verdad como de un objeto! La verdad sólo puede entrar en nuestra historia si nosotros entramos en su historia,
quiero decir que en virtud de la comunicación en que uno se hace el
otro, ya que nuestra experiencia es ínfima y oscilante, tenemos una
referencia siempre presente en la persona de Jesucristo que, además, es
interior a nosotros, la presencia de Jesucristo que nos llama a no
limitar jamás a Dios, ni al hombre, ni el universo, conquistando
nuestra humanidad en la desapropiación en que no cesamos de
ensancharnos para que Dios pueda obtener su verdadera imagen para
nosotros.
Estamos pues centrados en Jesús, no para limitarnos, sino para desapropiarnos, para llegar a través de Él a la cumbre de la experiencia mística en que Dios recibe su verdadero rostro al mismo tiempo que el hombre llega al suyo y donde
la comunión se establece entre todos los hombres, en que el tiempo se
hace eterno, en que lo visible se hace la parábola de lo invisible, en
que Dios se hace carne, en que Su carne se hace verbo, en que todo el
universo se penetra de la adorable luz que brilla en el eterno Amor, que no es otra cosa que la eterna Pobreza, para repetirlo una vez más.
¡Claro que todo eso es mero verbalismo si no lo vivimos! Todo eso no podrá constituir una experiencia liberadora para nosotros si no entramos en el silencio,
si no permanecemos en la región en que nos enraizamos en Dios, si no
estamos escuchando la palabra silenciosa, o como dice San Juan de la Cruz,
la música silenciosa que es Dios escondido como un sol invisible en lo
más íntimo de nosotros. Pero no creo que alguien pueda ofenderse por
esta presentación del misterio de Jesús y creo que aquí nos situamos.”
(Las últimas palabras no fueron grabadas)