Balbuceos
Quizás la Iglesia debería considerar más ahora una cuestión
muy grave, la disminución de la relación
de la mayoría de nuestros contemporáneos con la Iglesia, sobre todo
talvez en Occidente. Ya hace tiempo que se hizo evidente que los cabellos
blancos o grises abundan en las asambleas dominicales, y que la inmensa mayoría
de los jóvenes están ausentes, abstención que parece generalizarse más y más.
En nuestra región, y quizás en las otras también, los
sacerdotes constatan la disminución constante de la práctica dominical. Los
niños o los jóvenes que hicieron recientemente la profesión de fe, o inclusive
a una edad más temprana, después de la primera comunión, no vienen más a la
misa los domingos, al menos aquí. Tampoco venían durante los años de
preparación a lo que apenas nos atrevemos a llamar la iniciación cristiana, vistos
los resultados (aparentemente una grande indiferencia), y eso a pesar de una
evidente buena voluntad de los que los preparaban.
Desde luego nos preocupamos desde hace tiempo por
esta disminución de la práctica, y de que son principalmente los “viejos” los
que asisten a la Misa
dominical, pero no ha habido remedio realmente eficaz. La reforma litúrgica
emprendida después del Vaticano 2 no frenó el movimiento de decadencia de la
práctica dominical.
Por mi parte, y no soy el único, no puedo impedirme
de pensar que sólo el descubrimiento y la experiencia de la mística cristiana,
vividos por cada uno, podrá detener eficazmente esa decadencia, y reconozco que
no conozco otra mejor que la mística a la que nos invita M. Zundel en sus
conferencias, homilías, conversaciones, y en sus libros.
“¡Ese hombre me removió las entrañas!” me escribía
recientemente un protestante bautista acabando de descubrir, por azar, una
página de Zundel en el sitio elan-en-trinite. Y desde entonces es asiduo en
prestarnos toda la ayuda que puede para la difusión de ese pensamiento y de
este nuevo descubrimiento y experiencia de Dios…
¿Por qué el catecismo y la liturgia parecen no
reproducir jamás, ni siquiera una vez, el mismo efecto? Puede parecer impensable
que los catecismos recientes y las plegarias eucarísticas actuales sean capaces
(ese no es su objetivo además), aunque hayan sido escritos por hombres y
mujeres bien capaces, y sobre todo preocupados, lo entendemos, por la fidelidad
a lo que se ha enseñado u “orado” en la Iglesia, con cierta actualización.
¿Por qué, por ejemplo, no comenzar toda plegaria
eucarística por “Padre infinitamente bueno”, como se hizo durante siglos, y
continuar desarrollando primero la bondad infinita del Padre que encuentra su
manifestación sublime en lo que va a actualizar justamente el sacrificio
eucarístico: el don perfecto, la perfecta ofrenda del Hijo de Dios hecho Hijo
del Hombre, y que se ofrece así para que nosotros nos ofrezcamos a nuestro
turno?
¿No debería “hablarse” de la bondad infinita del Padre
de Jesucristo desde el comienzo de la iniciación cristiana? Nuestro Padre
celestial, Padre de Jesucristo, Su Hijo único, Padre que no tiene sino hijos
únicos y que ama a cada uno de nosotros como tal, Padre que da al Hijo único
para que el pecado, que trastornó nuestra relación primera con el mundo y con
Dios, se convierta en el punto de partida, como punto de anclaje de la
restauración llamada a rehacer la creación en un estado más hermoso y admirable todavía el primero.
Y esto es muy importante, el mundo sigue aún
aparentemente completamente trastornado, preso siempre en el mal y la desgracia
bajo todas sus formas, pero en realidad deja ver, a quien abre los ojos de la
fe, dibujarse a lo largo de los siglos y milenios algunas líneas de la
restauración, quizás al comienzo todavía: Dios amó tanto el mundo que le dio a
Su Hijo para que el mundo creado por Él sea salvado ahora por Él, es decir, por
el mismo Hijo, de manera infinitamente más admirable que en la primera
creación.
Dio el Hijo único entera y perfectamente a cada uno
de nosotros para que en adelante nuestra vida, llena de Él, pueda ser Su vida
en nosotros. Nuestra vida puede prolongar (la ofrenda de Cristo no tendría
ningún sentido si ninguna ofrenda de hombre no le respondiera), nuestra vida
debe terminar lo que le falta y que es por tanto lo esencial, y es lo único que
puede dar felicidad porque entramos entonces en la vida misma de Dios, la vida
eterna, entramos en la vida de la Santa
Trinidad y en su felicidad inaudita.
Presentar a Dios y orarle como infinitamente santo
es propio de todas las religiones dignas de ese nombre. Pero presentar a Dios
como Padre infinitamente amante de cada uno e infinitamente deseoso de nuestra
felicidad es la especificidad más importante del cristianismo.
Pedro y Pablo, que celebramos hoy, y cuya fiesta
suplanta la liturgia dominical, son testigos magníficos de la vida de Jesús
finalmente restaurada en ellos perfectamente, vida que fue vivida de manera
diferente por uno y otro, como lo quiere ser en cada uno de nosotros: Dios tiene
necesidad de todas esas vidas de su Hijo en cada hombre, diferentes unas de
otras, para acabar en nosotros lo que realiza y actualiza en cada celebración
eucarística el Hijo muy Amado.
La Iglesia sintió la
necesidad de celebrarlos desde la vigilia de su fiesta. El precursor fue
también celebrado así. Celebramos pues hoy a los dos testigos por excelencia de
la venida del Hijo del Padre en medio de nosotros y en nosotros, al mismo tiempo
que la del Espíritu que constituye eternamente la relación sublime del Uno con
el Otro, la relación eternamente constitutiva de la persona del Uno y del Otro,
al mismo tiempo que surge de ella.
Padre infinitamente bueno, celebramos tu presencia
infinitamente amante y activa en Pedro y Pablo, por Tu Hijo muy Amado, en el
cual amas a cada uno de nosotros con un amor único…
(A retomar, a continuar)