in

Sotamenta.Net

El sitio Internet de nuestra tribu!

Zundel

28 06 08. ¿Un remedio a la disminución de la práctica cristiana?

Balbuceos

Quizás la Iglesia debería considerar más ahora una cuestión muy grave, la disminución de la relación de la mayoría de nuestros contemporáneos con la Iglesia, sobre todo talvez en Occidente. Ya hace tiempo que se hizo evidente que los cabellos blancos o grises abundan en las asambleas dominicales, y que la inmensa mayoría de los jóvenes están ausentes, abstención que parece generalizarse más y más.

En nuestra región, y quizás en las otras también, los sacerdotes constatan la disminución constante de la práctica dominical. Los niños o los jóvenes que hicieron recientemente la profesión de fe, o inclusive a una edad más temprana, después de la primera comunión, no vienen más a la misa los domingos, al menos aquí. Tampoco venían durante los años de preparación a lo que apenas nos atrevemos a llamar la iniciación cristiana, vistos los resultados (aparentemente una grande indiferencia), y eso a pesar de una evidente buena voluntad de los que los preparaban.

Desde luego nos preocupamos desde hace tiempo por esta disminución de la práctica, y de que son principalmente los “viejos” los que asisten a la Misa dominical, pero no ha habido remedio realmente eficaz. La reforma litúrgica emprendida después del Vaticano 2 no frenó el movimiento de decadencia de la práctica dominical.

Por mi parte, y no soy el único, no puedo impedirme de pensar que sólo el descubrimiento y la experiencia de la mística cristiana, vividos por cada uno, podrá detener eficazmente esa decadencia, y reconozco que no conozco otra mejor que la mística a la que nos invita M. Zundel en sus conferencias, homilías, conversaciones, y en sus libros.

“¡Ese hombre me removió las entrañas!” me escribía recientemente un protestante bautista acabando de descubrir, por azar, una página de Zundel en el sitio elan-en-trinite. Y desde entonces es asiduo en prestarnos toda la ayuda que puede para la difusión de ese pensamiento y de este nuevo descubrimiento y experiencia de Dios…

¿Por qué el catecismo y la liturgia parecen no reproducir jamás, ni siquiera una vez, el mismo efecto? Puede parecer impensable que los catecismos recientes y las plegarias eucarísticas actuales sean capaces (ese no es su objetivo además), aunque hayan sido escritos por hombres y mujeres bien capaces, y sobre todo preocupados, lo entendemos, por la fidelidad a lo que se ha enseñado u “orado” en la Iglesia, con cierta actualización.

¿Por qué, por ejemplo, no comenzar toda plegaria eucarística por “Padre infinitamente bueno”, como se hizo durante siglos, y continuar desarrollando primero la bondad infinita del Padre que encuentra su manifestación sublime en lo que va a actualizar justamente el sacrificio eucarístico: el don perfecto, la perfecta ofrenda del Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, y que se ofrece así para que nosotros nos ofrezcamos a nuestro turno?

¿No debería “hablarse” de la bondad infinita del Padre de Jesucristo desde el comienzo de la iniciación cristiana? Nuestro Padre celestial, Padre de Jesucristo, Su Hijo único, Padre que no tiene sino hijos únicos y que ama a cada uno de nosotros como tal, Padre que da al Hijo único para que el pecado, que trastornó nuestra relación primera con el mundo y con Dios, se convierta en el punto de partida, como punto de anclaje de la restauración llamada a rehacer la creación en un  estado más hermoso y admirable todavía el primero.

Y esto es muy importante, el mundo sigue aún aparentemente completamente trastornado, preso siempre en el mal y la desgracia bajo todas sus formas, pero en realidad deja ver, a quien abre los ojos de la fe, dibujarse a lo largo de los siglos y milenios algunas líneas de la restauración, quizás al comienzo todavía: Dios amó tanto el mundo que le dio a Su Hijo para que el mundo creado por Él sea salvado ahora por Él, es decir, por el mismo Hijo, de manera infinitamente más admirable que en la primera creación.

Dio el Hijo único entera y perfectamente a cada uno de nosotros para que en adelante nuestra vida, llena de Él, pueda ser Su vida en nosotros. Nuestra vida puede prolongar (la ofrenda de Cristo no tendría ningún sentido si ninguna ofrenda de hombre no le respondiera), nuestra vida debe terminar lo que le falta y que es por tanto lo esencial, y es lo único que puede dar felicidad porque entramos entonces en la vida misma de Dios, la vida eterna, entramos en la vida de la Santa Trinidad y en su felicidad inaudita.

Presentar a Dios y orarle como infinitamente santo es propio de todas las religiones dignas de ese nombre. Pero presentar a Dios como Padre infinitamente amante de cada uno e infinitamente deseoso de nuestra felicidad es la especificidad más importante del cristianismo.

Pedro y Pablo, que celebramos hoy, y cuya fiesta suplanta la liturgia dominical, son testigos magníficos de la vida de Jesús finalmente restaurada en ellos perfectamente, vida que fue vivida de manera diferente por uno y otro, como lo quiere ser en cada uno de nosotros: Dios tiene necesidad de todas esas vidas de su Hijo en cada hombre, diferentes unas de otras, para acabar en nosotros lo que realiza y actualiza en cada celebración eucarística el Hijo muy Amado.

La Iglesia sintió la necesidad de celebrarlos desde la vigilia de su fiesta. El precursor fue también celebrado así. Celebramos pues hoy a los dos testigos por excelencia de la venida del Hijo del Padre en medio de nosotros y en nosotros, al mismo tiempo que la del Espíritu que constituye eternamente la relación sublime del Uno con el Otro, la relación eternamente constitutiva de la persona del Uno y del Otro, al mismo tiempo que surge de ella.

 

Padre infinitamente bueno, celebramos tu presencia infinitamente amante y activa en Pedro y Pablo, por Tu Hijo muy Amado, en el cual amas a cada uno de nosotros con un amor único…

(A retomar, a continuar)

 

Comments

No Comments

Leave a Comment

(required)  
(optional)
(required)  
Add
Powered by Community Server (Non-Commercial Edition), by Telligent Systems