1a parte de
la 3a conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París, el 9 de febrero de 1964.
El universo está en estado de desorden, no
podemos asombrarnos de ello. La creción, nos dice San Pablo, está dando a luz,
gimiendo, con dolor. El único problema es hacernos hombre.
« Cuando un niño se divierte desgarrando
las alas de una mariposa o de una mosca, sentimos un sentimiento de rebelión
porque ahí hay algo indigno del hombre e indigno de la creación. Estamos
obligados a destruir ciertos animales, pero no debemos hacerlo sino evitando
toda crueldad. La crueldad gratuita nos parece monstruosa, aunque sea contra un
insecto dañino y, si sentimos eso ante la crueldad humana y la dignidad
ignorada de la creación, es en virtud de un impulso que surge del Dios interior
que llevamos en nosotros, y no existe otro.
Si tenemos de Él esa compasión por una criatura
que sufre, si nos indignamos por instigación suya contra una crueldad gratuita,
¿cómo puede Dios mismo soportar el orden
del mundo tal como está? ¿Cómo puede soportar el juego de masacre que
condiciona constantemene la vida por la muerte? ¿Cómo puede soportar la
crueldad de los animales unos contra otros? ¿Cómo puede soportar el suplicio de
los niños inocentes? ¿Cómo puede aceptar que las células cancerosas proliferen?
¿Cómo puede aceptar que un virus destruya el cerebro de un genio? ¿Cómo puede admitir
la inmensa historia de lágrimas y sangre que es la historia del universo? ¿Qué significa la evolución tal como
puede establecerla la paleontología frente
al Dios interior, que es el único Dios que pueda entrar en nuestra
experiencia humana? Es evidente que estamos inmediatamente obligados a
reconocer que Él no está por nada en eso,
pues sería monstruoso hacerlo cómplice de un universo que nos repugna y nos
indigna.
Hay sin duda en el unvierso aspectos que con
razón nos encantan, pero hay otros también que legítimamente nos indignan.
¿Cómo puede ser Él el autor de ese mundo? Quiero decir, el verdadero Dios, el
Dios Espíritu, el Dios Verdad, el Dios Pobreza, el Dios Amor. Sin ninguna duda,
¡Él no es el autor de ese mundo!
Por eso hay
que matizar la afirmación del Dios creador del cielo y de la tierra y revisarlo
del interior de la experiencia personalista al nivel del diálogo que nos
compromete en la intimidad con el Dios Espíritu y Verdad.
Hemos comprobado y sentimos todos los días la
inadecuación evidente, el hiato formdiable ente las exigencias de nuestra
dignidad y nuestra conducta real. Abundamos en discursos, sabemos predicar un
ideal admirablemente, vemos inmediatamente en qué grado se sustraen los demás a
las exigencias de la conciencia y no cesamos de estar por debajo de ellas, no
cesamos siquiera de ser indignos de nosotros e indignos de Dios.
Es decir que comprobamos en nosotros el estado de descreación que sucede con tanta frecuencia al estado de
creación, ya que es raro, cuando hemos tenido la gracia de elevarnos, de
perdernos de vista, de universalizarnos, de ser por un momento todo ofrenda y
todo amor, es muy raro que no volvamos a caer en el valle de la sombra aprovechando
inclusive a veces de la misma iniciación a la cumbre para glorificarnos
indebidamente y apropiarnos, destruyéndola, esa hora de libertad que nos había
permitido despegar de nsootros mismos.
Es decir que, introducidos en una continua
antropogénesis, teniendo que hacernos hombre, faltando con tanta frecuencia a
la realización de nuestra humanidad, pasando por esas fases diversas en que el
universo toma aspectos diferentes según que estemos afuera o dentro, no podemos asombrarnos de que el universo
mismo esté en estado de desorden.
Tenemos que hacernos
hombre, lo hemos
afirmado y redescubierto sin cesar. Ese
es, en el fondo, el único problema: hacernos hombre, emerger de la escoria
animal, superar los determinismos, escapar al yo biológico, devenir fuente y
origen, espacio creador.
Es verdad, pero precisamente porque el itinerario
es difícil, porque somos rara vez fieles a todas sus exigencias, porque nuestra
vida no cesa de oscilar entre un impulso hacia el amor y un reflujo hacia
nosotros mismos, el universo mismo no puede sino parecernos degradado al mismo
tiempo que nosotros nos descreamos, como se despliega a medida que nos creamos.
Evidentemente, existe una solidaridad entre la
cosmogénesis, el nacimietno del mundo, y la antropogénesis, el nacimiento del
hombre. Recibimos de San Pablo esas afirmaciones sorprendentes, tan raras en
él, sorprendentes, de que la creación
está en estado de parto, de gemidos, en estado de dolor, que no es pues lo
que el Espíritu quiere para ella, que no corresponde al plan divino, que fue
sometida por el hombre a su vanidad, que está
fuera de órbita, arrojada fuera de su vocación, puesto que el hombre mismo fue
infiel a la suya. Esta afirmación tiene una importancia capital justamente
porque nos permite comprender toda la creación en un solo movimiento y como un
solo bloque en que todos los planos, todos los niveles, son solidarios los unos
de los otros.
En el fondo, como el niño en el embrión de su
madre está lejos de llegar al pensamiento pero, ya en esa etapa primitiva, está
ordenado hacia el pensamiento, es un embrión humano que, si madura normalmente,
llegará a la vida del espíritu, se puede decir que el universo entero es la matriz de ese pensamiento que debe hallar
su coronamiento, su desarrollo pleno en nuestra liberación, o en la liberacion
de seres semejantes a nosotros situados en otros planetas en el inmenso
universo.
Habría pues una solidaridad, afirmada además por San Pablo, una solidaridad entre el desarrollo del universo y el
nuestro, habría una evolución de
conjunto que reposaría finalmente sobre el pensamiento y en la cual el
pensamiento que falla provocaría la falla de todo el universo. Si imaginamos,
si concebimos todo el universo en lo intemporal del pensamiento, podemos
concebir que Dios sólo comunica con el
universo a través del pensamiento, quiero decir el Dios interior.
Para que nuestro organismo esté en desorden,
para que estemos entregados al tumulto de las fuerzas oscuras que se agitan
dentro de nosotros, basta con que nos despeguemos de la atención de amor que
nos fija en Dios, y esto lo constatamos en nosotros mismos. Cuando bajamos la
guardia, cuando cesamos de estar en contacto con el Dios interior, somos presa
de esas fuerzas que, no estando ya gobernadas por el espíritu, nos arrastran al
azar en el desorden más conforme con nuestras tendencias particulares.
Eso siempre porque dejamos de velar, porque nos
despegamos de la unión creadora, del diálogo liberador, porque somos entregados
al tumulto de nuestro organismo.” (Continuará)