Más balbuceos.
Dios, el Dios Trino, quiere la felicidad del
hombre, infinitamente más que el hombre mismo.
Anoche, la cadena Kto presentó un excelente
testimonio de un sacerdote de 66 años, antiguo monje y luego capellán de
prisión. Pero faltaba algo. Habló sin cesar de Dios, Dios, Dios, y ni una sola
vez del Padre infinitamente bueno y por eso infinitamente feliz, ni del Hijo ni
del Espíritu, infintamente buenos también e igualmente felices.
Y no sólo tenemos que nombrar a Dios Padre,
Hijo y Espíritu, sino que tenemos que aprender y reaprender sin cesar que Dios
quiere nuestra felicidad absoluta, infintamente más que nosotros, porque se
trata de la felicidad de Él, infinitamente despojado de sí mismo, pues la
felicidad divina está siempre en la felicidad del Otro.
Y tenemos que aprender y reaprender sin cesar
primero que no sólo “Dios está siempre ahí”, sino que la Trinidad está desde siempre en el corazón
de cada hombre, deseando realizar y realizando en efecto lo que desea y realiza
eternamente de manera perfecta: el nacimiento del Hijo y la procesión del
Espíritu. Toda su felicidad eterna está ahí, en ese deseo y en su eterna
realización.
Y quiere que, para ser feliz con la única verdadera
felicidad, el hombre entre en el impulso trinitario, impulso de la verdadera
felicidad, y no puede hacerlo sino por el don de sí mismo.
Y no hay ningún egoísmo divino en ese deseo y
ralización eterna en el hombre de lo que hace que Dios sea Dios, no hay ningún
egoísmo en la felicidad de Dios porque no es complacencia en sí mismo sino,
eternamente, en cada Persona Divina, realización de la felicidad del Otro: Dios
no es ni puede ser feliz plenamente sino con la felicidad del Otro.
¿Cuándo estará eso escrito en el catecismo y proclamado
en la oración de la Iglesia,
en la Eucaristía
y en toda su preparación y acción de gracias?
Se ha planteado la cuestión de saber si la felicidad
infinita que Jesucristo procura al Padre le añadía algo a la felicidad eterna
del Padre, del Hijo y del Espíritu. Evidentemente no, pero es necesario
precisar que no añade nada simplemente porque Jesucristo, el Hijo, es eternamente creador y redentor del hombre; en Dios no
existe un antes de la creación y de
la redención, aunque se
opere y se realice en el tiempo de los hombres, y lo que se realizó en nuestro
tiempo, lo que se realizó hace 2000 años y sigue realizándose realmente en la
ofrenda eucarística, es eternamente presente por parte de Dios y lo colma de
felicidad cuando a la ofrenda perfecta se añade la ofrenda del hombre, que
viene a dar sentido a la ofrenda del Hijo.
Ya hemos tratado de cómo la ofrenda perfecta de
Cristo en la Cruz
revela un inmenso misterio, el de la santa Trinidad, de una ofrenda perfecta y
eterna de cada persona divina al Otro con quen ella se identifica. En el Dios
Trino, el don perfecto de sí mismo, hasta el don de su vida eterna: es lo que
constituye el corazón de la vida trinitaria, y el Dios Trino quiere que esa
felicidad sea la de innumerables criaturas, aunque ello no le dé a Él ningún
aumento de felicidad: en realidad, le da eternamente una felicidad infinta, el
hecho de que eternamente nos hace por lo menos parte constitutiva de su
feliciad eterna, sin serle necesario...
Dios está infinitamente más cerca de su
criatura e interesado por ella de lo que nosotos imaginamos. Es su obra, se
interesa particular e infintamente por ella porque también ella es para Él el
otro, al que eternamente cada Persona divina se identifica, realizando lo que
hace que nuestro Dios sea el Dios Trino.
“Padre inifinitamente bueno, que nuestra única
felicidad sea la tuya! ¡Que tu eterna y perfecta felicidad sea la
nuestra ! ¡Que sea la de todos los hombres!”