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Zundel

30 06 08. ¡Dios, Dios, Dios! ¡Sí! ¡Pero Dios Padre, Hijo y Espíritu!

Más balbuceos.

 

Dios, el Dios Trino, quiere la felicidad del hombre, infinitamente más que el hombre mismo.

Anoche, la cadena Kto presentó un excelente testimonio de un sacerdote de 66 años, antiguo monje y luego capellán de prisión. Pero faltaba algo. Habló sin cesar de Dios, Dios, Dios, y ni una sola vez del Padre infinitamente bueno y por eso infinitamente feliz, ni del Hijo ni del Espíritu, infintamente buenos también e igualmente felices.

Y no sólo tenemos que nombrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu, sino que tenemos que aprender y reaprender sin cesar que Dios quiere nuestra felicidad absoluta, infintamente más que nosotros, porque se trata de la felicidad de Él, infinitamente despojado de sí mismo, pues la felicidad divina está siempre en la felicidad del Otro.

Y tenemos que aprender y reaprender sin cesar primero que no sólo “Dios está siempre ahí”, sino que la Trinidad está desde siempre en el corazón de cada hombre, deseando realizar y realizando en efecto lo que desea y realiza eternamente de manera perfecta: el nacimiento del Hijo y la procesión del Espíritu. Toda su felicidad eterna está ahí, en ese deseo y en su eterna realización.

Y quiere que, para ser feliz con la única verdadera felicidad, el hombre entre en el impulso trinitario, impulso de la verdadera felicidad, y no puede hacerlo sino por el don de sí mismo.

Y no hay ningún egoísmo divino en ese deseo y ralización eterna en el hombre de lo que hace que Dios sea Dios, no hay ningún egoísmo en la felicidad de Dios porque no es complacencia en sí mismo sino, eternamente, en cada Persona Divina, realización de la felicidad del Otro: Dios no es ni puede ser feliz plenamente sino con la felicidad del Otro.

¿Cuándo estará eso escrito en el catecismo y proclamado en la oración de la Iglesia, en la Eucaristía y en toda su preparación y acción de gracias?

Se ha planteado la cuestión de saber si la felicidad infinita que Jesucristo procura al Padre le añadía algo a la felicidad eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu. Evidentemente no, pero es necesario precisar que no añade nada simplemente porque Jesucristo, el Hijo, es eternamente creador y redentor del hombre; en Dios no existe un antes de la creación y de la redención, aunque se opere y se realice en el tiempo de los hombres, y lo que se realizó en nuestro tiempo, lo que se realizó hace 2000 años y sigue realizándose realmente en la ofrenda eucarística, es eternamente presente por parte de Dios y lo colma de felicidad cuando a la ofrenda perfecta se añade la ofrenda del hombre, que viene a dar sentido a la ofrenda del Hijo.

Ya hemos tratado de cómo la ofrenda perfecta de Cristo en la Cruz revela un inmenso misterio, el de la santa Trinidad, de una ofrenda perfecta y eterna de cada persona divina al Otro con quen ella se identifica. En el Dios Trino, el don perfecto de sí mismo, hasta el don de su vida eterna: es lo que constituye el corazón de la vida trinitaria, y el Dios Trino quiere que esa felicidad sea la de innumerables criaturas, aunque ello no le dé a Él ningún aumento de felicidad: en realidad, le da eternamente una felicidad infinta, el hecho de que eternamente nos hace por lo menos parte constitutiva de su feliciad eterna, sin serle necesario...

Dios está infinitamente más cerca de su criatura e interesado por ella de lo que nosotos imaginamos. Es su obra, se interesa particular e infintamente por ella porque también ella es para Él el otro, al que eternamente cada Persona divina se identifica, realizando lo que hace que nuestro Dios sea el Dios Trino.

 

“Padre inifinitamente bueno, que nuestra única felicidad sea la tuya! ¡Que tu eterna y perfecta felicidad sea la nuestra ! ¡Que sea la de todos los hombres!”


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