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Zundel

July 2008 - Posts

  • 30 07 08. ¿Qué es la Belleza? La obra de arte es un sacramento.

     

    1ª parte de la 1ª conferencia del retiro predicado por M. Zundel en Bourdigny (cerca de Ginebra) en agosto de 1937. (Retiro tomado en estenografía).

     

    Encontrarán aquí una de las mejores maneras de entrar en retiro cada año, ¿y porqué no cada día?

    “Estamos aquí (en retiro) para conocer, para llegar más plenamente a la Verdad, con la gracia de Dios. Una magnífica perspectiva para hacer más plenamente, más alegremente, más íntimamente este encuentro, es pensar que aquí se nos propone volver a nacer, volver a encontrar la infancia, volver a comenzar todo”. 

    ¿Qué es la belleza sino la Presencia, la Vida, la Persona, la plenitud infinita, el misterio de silencio? La obra de arte es un sacramento.

     

    «En la iglesia de San José de Ginebra había anteriormente una estatua de San José junto al pilar derecho del coro. La estatua, por otra parte, no tenía absolutamente ninguna expresión y pienso que estaba desprovista de toda belleza. Era tan pobre y miserable que uno terminaba por conmoverse, y justamente toda esa miseria y toda esa pobreza traducían quizás el misterio de silencio que había en el alma del santo, padre de Jesús, esposo de la Virgen María, el más grande de los santos.

    Mirando esa estatua con mucha frecuencia al caer de la tarde, yo terminaba por adaptarme a la fealdad y percibía mejor, detrás de esa banalidad, todo el misterio tan grave de esa vida, sencilla entre todas, la expresión de prudencia, de respeto, de confianza, todo ese misterio de silencio, secreto de esa alma.

    Ustedes han experimentado cómo se acostumbra uno a ciertas cosas, a ciertas almas que no son bellas porque poco a poco nuestra imaginación, nuestro corazón, nuestra mente, nuestro amor las invaden y suscitan en ellas toda una vida para hacer de ellas como sacramentos de un sentimiento, de una emoción, de un recuerdo, de una oración.

    Por eso a veces uno hesita en sacrificar obras sin belleza, precisamente porque están tan cargadas de oración, porque son a tal punto zonas de descanso de una vida interior, que están como investidas de otra belleza oculta, más interior, accesible al alma de buena voluntad.

    Removiendo estas ideas, yo me volvía a plantea el problema de la belleza. ¿Qué es la belleza? ¿Cuándo es bello algo, y cuál es la vocación de la belleza? ¿Qué criterio va a establecer la belleza? ¿Existe una belleza absoluta, un canon de la belleza? Es una discusión que dura desde siempre y que no será terminada jamás.

    Sin embargo, todos hemos experimentado la belleza. Hay obras que nos han arrojado sobre el dintel de una comunicación con la Belleza. ¿Cuáles son ellas? ¿Qué se necesita para que una obra sea bella?

    Para que una obra sea bella primero tiene que representar un mínimo de armonía con nuestros sentidos, no agredir los ojos, no herir la sensibilidad, en fin, tiene que representar armonía física con nosotros mismos, de tal modo que al percibirla nos alegremos, encontrando en ella un punto de apoyo que nos dé reposo. Si la obra de arte nos hiere, si está en desarmonía completa con nuestra sensibilidad, con los ojos, tanto que no tengamos placer en contemplarla, no nos pone en comunión con la Belleza.

    Por otra parte, el mínimo de armonía puede variar según los países y los siglos. Podemos adaptarnos a ciertas percepciones que comienzan por chocarnos y terminan por hacerse familiares, y que constituyen a partir de ese momento una especie de reposo.

    Recuerdo que al mirar ciertas imágenes grabadas en Alemania, me había impresionado el no reconocer los originales que yo había visto en un museo de Italia. La luz era diferente, y aunque la reproducción había sido realizada escrupulosamente, la percepción era sensiblemente diferente del original, a causa de la luz italiana. Hay pues en las obras de arte una especie de belleza cósmica, una armonía física que se acuerda con nosotros y que es una primera condición de la obra de arte.

    Es necesario que la obra de arte sea recogida y justamente en el momento en que el artista comulgó con la Belleza fue cuando logró penetrar en la belleza, entrar en el corazón de la materia y comunicarle la vibración que él experimentó en el contacto de su alma con Dios. Si el artista obró así, estamos en presencia de una obra de arte total, ella guarda los rastros de ese momento, de esa comunión.

    En ese momento la obra de arte puede ser primitiva, técnicamente torpe, desmañada, pero puede ser una obra de arte suprema, en la medida en que el artista obedeció, se eclipsó totalmente delante de la Belleza y supo hacerla pasar a la materia de tal manera que, cuando encontramos esa materia, somos llevados infaliblemente a ese mismo instante de comunión con la belleza que le dio nacimiento a la obra. ¿Y qué es la belleza en ese momento? Todos sabemos que es Alguien, una Presencia, una Persona.

    El criterio de la belleza, ése es el único, es el encuentro con la Belleza que es Alguien, con la Presencia, con la Vida, con esa Persona que toda obra de arte expresa y nos hace presente: la Belleza que está en el centro de las obras de arte y que las supera todas, infinitamente, porque es para siempre inexpresable, sigue siendo un misterio insondable en contacto con una obra de arte digna d este nombre.

    ¿Qué es la Belleza sino esa Presencia, esa Vida, esa Persona, esa Plenitud infinita, ese misterio de silencio con el cual la obra de arte nos pone en comunión? La obra de arte es un sacramento. (1)

    ¿Creen ustedes que es por azar que el Vaticano tiene, al lado de la morada de Dios, un museo admirable donde tantas obras maestras pertenecen al arte profano, pero donde no hay menos esa comunión, ese encuentro, esa Presencia divina?

    Y es quizás un signo ya de la catolicidad de la Iglesia el haber reunido tantas maravillas en el centro de la cristiandad, todas esas obras maestras venidas de todas partes son el testimonio, el sacramento de la misteriosa Belleza que es la Belleza de Dios: la Belleza en Persona.

    Este misterio ha seducido a los hombres desde siempre. Ellos han buscado expresar sin comprenderlo por otra parte, han tentado de encarnarlo en la materia para que brille en ella la luz interior a fin de hacerlos entrar en comunión con Él.

    Eso es pues lo que ustedes han sentido tantas veces. Quizá lo entienden mejor ahora y sienten por qué la Iglesia ha experimentado siempre una ternura particular por el arte, porque el arte es una de las vías más emocionantes por las que el hombre se acerca a Dios, elevando consigo la materia, infundiendo a la materia esa búsqueda, haciendo participar la materia en su propia comunión con la Belleza. Lo que es verdad para el arte lo es también para la verdadera ciencia”. (Continuará).

     

    Nota (1). Un sacramento, un signo de Diosen su realidad.

     

  • 29 07 08. Una palabra sobre la obediencia y la pobreza religiosa.

     
    4ª conferencia, muy breve, de M. Zundel a Bois-Cerf en mayo de 1973.

     

    “Quisiera decirles una palabra más, una palabra sobre la obediencia. Muy rápidamente, una palabra sobre la obediencia que también es criticada hoy por una mala inteligencia de esta virtud. ¡No se trata, por supuesto, de seguir siendo infantil, no se trata de dejarse manipular del exterior! se trata de algo infinitamente más importante, que por otra parte modificará el sentido incluso de la obediencia, llevándola al mismo tiempo a su principio más profundo que es la misión.

    La vida religiosa es un estado canónico, ¿verdad? Desde el siglo IV, digamos, con las reglas monásticas de San Pacomio y de San Basilio, y en el Occidente, sobre todo con la regla de San Benito en el siglo VI, la vida religiosa ya no es una devoción privada.

    Había, a partir del segundo y tercer siglo, había vírgenes, había continentes, había hombres y mujeres que habían renunciado al matrimonio, que vivían por otra parte en el mundo, que se reunían para orar, pero que no habían sido reconocidos aún como función eclesial en sentido propio.

    Desde la regularización por las grandes reglas monásticas en Oriente y Occidente, la vida religiosa se convirtió en un estado canónico, paralelo al sacerdocio, la vida religiosa se convirtió - si lo quieren - en una forma de sacerdocio, una función eclesial indispensable que está incluida en la misión apostólica.

    Como los apóstoles reciben su misión de Jesús y la transmiten a los obispos que la transmiten a los sacerdotes y así sucesivamente, el estado canónico de religiosos y religiosos, de monjes o monjas, procede de la misión apostólica, es decir, como el sacerdote es enviado, el monje, el religioso o la religiosa, son enviados, están constantemente bajo la luz de esta misión apostólica y, como nadie puede darse a sí mismo la misión, es Jesús el que da la misión, son los apóstoles los que la transmiten, los obispos la reciben, y la transmiten.

    Nadie puede darse la misión, la misión que viene del Padre, del que habla Jesús que dice que “su comida es hacer la voluntad del Padre”, esta misión, es necesario recibirla de Cristo por los instrumentos convenientes que son precisamente los obispos y el obispo de los obispos que es el Soberano Pontífice. Es eso lo que es necesario ver: la vida religiosa entera está bajo “la misión apostólica”, lo que se traduce en esta palabra admirable de la regla de San Benito: “Es necesario que el monje respete las herramientas del monasterio. Se tratan las herramientas del monasterio como vasos sagrados. “Eso quiere decir que toda la vida del monje es una liturgia. Que esté al campo, que esté en el refectorio, o que esté en la iglesia en la celebración eucarística, por donde vaya, es enviado, por todas partes donde vaya, va en virtud de la misión apostólica que recibió, porque precisamente toda su vida está cubierta por la misión.

    La obediencia religiosa, como la obediencia sacerdotal al obispo, como la obediencia de todos los cristianos al Santo Padre, la obediencia supone el sentido de la misión.

    No puedo realizar nada en la viña del Señor si no se me envía. Es necesario pues que mi trabajo se me asigne, que me esté asignado en virtud de la misión, y esta misión, la recibo normalmente de los superiores legítimamente designados para mi comunidad.

    Esto me parece de una enorme importancia porque la obediencia religiosa no tiene en absoluto por objeto vejar el individuo, mantenerlo a un nivel infantil, controlarlo del exterior impidiéndole alcanzar su autonomía, tiene simplemente por objeto asignarle su tarea y darle la confianza una vez que se le asignó su tarea en nombre de Cristo.

    Y a la autoridad - naturalmente - porque es el sacramento de esta misión, se le pide dejar transparentar en ella a Cristo que es todo amor y toda libertad, y al que recibe la misión se le pide que la reciba con la plenitud de su amor. Está allí porque lo quiere, está allí porque se dedicó al Señor, está allí porque quiere contribuir de todo corazón a la extensión del Reino de Dios, está allí porque quiere trabajar en la viña del Señor, enviado por el Señor mismo.

    Esta visión, esta visión de la obediencia es una ordenación, finalmente, una ordenación. Es como la imposición de las manos al día de la ordenación: “Lo enviamos, vaya pues a la Viña del Señor, su misión comienza”.

    Y la pobreza, para concluir con una sola palabra, la pobreza es una manera de desapropiación que contribuye a realizar la justicia. La justicia no podrá nunca establecerse si cada uno no se desapropia de lo que no le es necesario para su mantenimiento, su subsistencia razonablemente comprendida.

    La pobreza al desapropiarlas, si la comprenden correctamente, puede también contribuir al reino de la justicia. No me apropio nada, para ser un espacio inmensamente abierto, y esto implica, por supuesto, que mi comunidad, mi congregación no capitalice, que no acumule los bienes en favor de la minoría, de la muy pequeña minoría que constituimos en la humanidad, sino que esté dispuesta, precisamente, a hacer parte a todos los que no pueden subsistir sin nuestra ayuda y que debe contribuir a una promoción del hombre que sólo puede realizarse en Dios, ya que finalmente no se encuentra al hombre sino donde se encuentra a Dios, y es una sola y misma cosa, un sólo y mismo momento, nacer a su humanidad y renacer en el Corazón de Dios.

    Todo eso debe desembocar para nosotros en la gratitud y la alegría de un nuevo comienzo ya que, si de verdad estamos comprometidos en esta vía regia de la castidad, la pobreza y la obediencia, es un privilegio maravilloso en la medida en que entramos en el espíritu de los votos, y en la medida en que abarcamos a toda la humanidad que debemos amar apasionadamente puesto que Dios la amó y la ama hasta morir Él mismo, que debemos amar apasionadamente precisamente para suscitar la persona fijando nuestra mirada sobre la alegría de un niñito. ”

    Final de la serie de conferencias dictadas en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

  • 28 07 08. Todavía no hemos descubierto la novedad del Nuevo Testamento...

     

     Comienzo de la 4ª conferencia de M.. Zundel en la clínica Bois-Cerf, en mayo de 1973.

     

    Tenemos que entrar en el Nuevo Testamento y descubrirlo. Importancia del sacrificio de Abraham en el Antiguo Testamento.

     

    “Tenemos que entrar en el Nuevo Testamento y descubrirlo. El Nuevo Testamento difiere del Antiguo del que es cumplimiento de manera imprevisible, es decir de manera totalmente sobrenatural, y el antiguo Testamento mismo exige ser comprendido a la luz del sacrifico de Abraham.

    Sólo quiero plantear la cuestión para volver inmediatamente al Nuevo Testamento. Sólo quiero hacer la pregunta: “¿No nos hemos equivocado sobre el sentido mismo del Antiguo Testamento? ¿No debe ser comprendido el Antiguo Testamento, como acabo de decirlo, a la luz del sacrificio de Abraham? En efecto, ¿qué significa el sacrificio de Abraham? Significa de toda evidencia que la Alianza con Dios no se hace según la carne sino según el espíritu, es decir en la fe.

    En efecto, con su sacrificio, Abraham es llamado a reengendrar a Isaac en la fe, y este nuevo nacimiento de Isaac en la fe es precisamente el sentido de la Alianza: Dios no se une a un pueblo como tal, a un pueblo de carne, se une al pueblo de la fe. Entonces jamás hubo pueblo escogido en el sentido de un pueblo carnal, hubo en cierto modo una Iglesia elegida, que en los profetas corresponde al pequeño resto que va a retornar.

    Es ese pequeño resto justamente el que es objeto de la elección, ese pequeño resto de fieles que no doblaron la rodilla ante los ídolos y que repiten en su propia vida, reviven en su propia vida el sacrificio de Abraham en que se cumple en la fe la Alianza con Dios.

    San Pablo retoma este argumento con fuerza en la epístola a los gálatas y nos recuerda que el Israel de Dios es la Iglesia, que la posteridad de Abraham es la posteridad de la fe, como lo dirá Juan Bautista a los judíos: “No se fíen en que descienden de Abraham, porque de estas piedras puede Dios suscitar hijos a Abraham” (Mt 3,9).

    Creo pues que nos equivocamos sobre el sentido del Antiguo testamento, en la medida en que perdimos de vista el acto esencial que es el sacrificio de Abraham, llamado a reengendrar en la fe a su hijo, para señalar bien que la posteridad con la cual hace alianza Dios es la posteridad de la fe y no la posteridad de la carne. Esto aclara el problema de Israel todavía no resuelto. Pienso que hay una inmensa confusión, un inmenso equívoco en toda esa historia, porque no fue comprendida a la luz del sacrificio de Abraham.

    En el fondo, la gran misión de los profetas es la de recordar que no basta con cumplir los ritos, que “la presencia del Templo, como dice Jeremías con insistencia, no los va a salvar. No digan: “¡El Templo! ¡El Templo!” Lo esencial es la justicia, la verdad, el respeto de las viudas y de los huérfanos!” es decir, cualidades que suponen todas un compromiso personal…

    Les propongo eso para su reflexión. Me parece capital porque si Israel se reclama hoy del Antiguo Testamento, a mi modo de ver, es un equívoco y un error porque jamás hubo alianza con un pueblo como tal, un pueblo carnal. Hubo una alianza con un pueblo eclesial, el pueblo de la fe.

    Vuelvo ahora al Nuevo Testamento que es nuevo con una novedad extraordinaria, y pienso que todavía no hemos descubierto la novedad del Nuevo Testamento. Es total, es infinita, es abismal, y la inmensa mayoría de los cristianos no lo han notado justamente, acostumbrados a leer el Nuevo Testamento a continuación del Antiguo, se ha creado una confusión y finalmente se ha puesto el Dios del Nuevo Testamento en el mismo nivel que el Dios del Antiguo Testamento.

    Por supuesto sólo hay un Dios único a través de toda la Historia, a través de todo el universo, pero con el Nuevo Testamento, hay una visión de Dios que cambió y esto es capital, ya que en el conocimiento interpersonal, el conocimiento que regula nuestras relaciones con personas, la mirada es todo.

    Usted puede hacer un experimento de química en un laboratorio. Si es químico, usted conoce los métodos, las proporciones, puede prever lo que va a resultar del experimento, o en todo caso, cuando haya terminado, habrá una conclusión que usted puede vincular a causas ya conocidas, o a causas que van a aparecer en los resultados del propio experimento. Ya sea francés, o inglés, o ruso, o norteamericano, o chino, o japonés, si usted es verdadero químico, el experimento dará los mismos resultados porque precisamente la ciencia, en su método, sólo pide competencia profesional y técnica, pero no le exige un compromiso, ¡al contrario! La ciencia del laboratorio es una ciencia que se refiere a objetos y que pide sobre todo no mezclar a los experimentos sus ideas sobre la vida y la muerte, sobre el amor, la moral, la paz o la guerra. Le pide dejar todo eso a la puerta de su laboratorio.

    Para que todos los químicos del mundo, todos los físicos del mundo, todos los matemáticos del mundo lleguen al mismo resultado, deben absolutamente dejar a la puerta del edificio científico todas las opciones personales, todas las opciones que suponen una elección, que suponen un compromiso. Como el compromiso no es el mismo para todos los hombres, como además varía en el mismo individuo según los períodos y las épocas de su vida, no se llegaría jamás a hablar una lengua común si cada uno mezclara a sus experimentos de laboratorio su visión personal del mundo. El método científico se constituyó sobre esta base que elimina toda opción personal, sobre un método que constituye una lengua idéntica para todos los investigadores.

    Pero, por supuesto, de tal conocimiento no pueden salir sino medios, admirables por otra parte, de utilización de las energías que se extienden en el universo. Pero las investigaciones científicas no nos dicen en ningún caso lo que tenemos que hacer de estas energías. La utilización de estas energías para la paz y para la guerra depende de la opción de cada uno, depende de la elección que hizo de sí mismo y, como estas opciones son distintas, habrá precisamente y, desgraciadamente, de eso nos entera el espectáculo del mundo, se abusará constantemente de las energías descubiertas por la ciencia que se volverán contra el hombre.

    En cualquier caso, cuando se sale del laboratorio y que se quiere abordar al hombre como hombre, es necesario comprometerse, es la calidad de la mirada la que determina la calidad del encuentro. Cuanto más respeto, dedicación, amor, se aporta, más profundo es el conocimiento, más respeta la inviolabilidad de otros, más permite a las intimidades reunirse y comunicarse. Entonces está claro que el conocimiento de Dios, que es el corazón de nuestra intimidad, que es el centro, que es toda la luz, que es la única manera para abordar la intimidad de los demás sin hacerles violencia, el conocimiento de Dios es al máximo un conocimiento interpersonal, un conocimiento que supone un compromiso que depende de la calidad de la mirada y de la generosidad del amor.

    Según pues que la humanidad se comprometa más o menos, que se libere más o menos de sí misma, la visión de Dios va a ser necesariamente diferente. Será siempre imperfecta, hasta que el conocimiento de Dios se extienda en el mundo por la mirada de Cristo, hasta entonces, el conocimiento de Dios es necesariamente imperfecto a causa de la imperfección del hombre, de los límites de su mirada y su amor.

    La novedad del Nuevo Testamento depende pues a esta nueva mirada”.

    (No se grabó la continuación)

  • 27 07 08. Cuando se haya encontrado al verdadero Dios, todos los problemas quedarán esclarecidos.

     

    Final de la 2ª conferencia de M. Zundel en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

     

    Retoma: “Buscamos el Infinito en el hombre, pero no es otro que el Dios Vivo. Ése es pues el descubrimiento que debemos hacer, ésa es la búsqueda que debemos continuar, y ahí está todo, y nada tiene interés fuera de eso, ¡nada! Ahí está todo”.

    Continuación: “Todo el dogma, admirable si se lo toma justamente a partir de una experiencia interior, todo el dogma se reduce a conceptos si no es una experiencia vivida ardientemente y si no volvemos siempre a la intuición agustiniana: “Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Sin embargo, Tú estabas adentro, era yo el que estaba afuera, donde te buscaba corriendo sin belleza hacia las bellezas que Tú habías hecho. Tú estabas conmigo, era yo el que no estaba contigo”. Todo debe llevarnos a esto.

    ¡Yo leo, leo, leo!, me informo por todas partes, apasionadamente, pero vuelvo siempre finalmente a descubrir que la última palabra no es una palabra, ¡que la última palabra es Alguien! La última palabra es la Presencia encontrada a través de todo el periplo de la ciencia, del arte y del pensamiento, la presencia adorable que encontramos finalmente después de un largo periplo, que encontramos en el fondo de nosotros y de los demás, ¡ahí está todo! El Cielo no está allá detrás de las estrellas, no puede estar sino en nosotros, en nosotros, ¡en nosotros!

    En el Evangelio tienen ustedes una escena que ilustra y aclara de manera magnífica esta meditación, es el Evangelio de la samaritana. La samaritana representa admirablemente la crisis de la Iglesia actual. ¿Quién es la samaritana? Es una pecadora, una mujer en carne y hueso, que no quiere perder su felicidad, una mujer que vive con un hombre que no es su marido. Ella lo sabe, ella sabe que eso es contrario a la Ley, pero en fin su felicidad es una realidad presente. La Ley es algo exterior, y Dios es un poder lejano, en el cual ella cree pero de lejos. Viene pues a sacar agua del pozo, y Jesús la está esperando, y la va a encaminar justamente a descubrir lo esencial. Es una cismática, una hereje, y a ella le va a revelar uno de los secretos más profundos del Reino: “¡Dame de beber!” ¡Imposible! ¿Cómo es que un judío entabla diálogo con una samaritana? Eso no se hace. Ella hace inmediatamente la observación: "¿¡Cómo, siendo tú judío, me pides de beber a mí que soy samaritana!?” Y a través de esta parábola del agua justamente, puesto que estamos sobre el brocal del pozo, Jesús va a evocar el agua interior, la fuente que debe surgir en ella en Vida eterna.

    “¡Tú no tienes con qué sacarla!” “Pues precisamente, el agua que yo daré es un agua que brota en vida eterna, y el que la beba ya no tendrá necesidad, ya no volverá a tener sed” – “Entonces, dame a beber de esa agua” (Juan, cap. 4).

    Ella no entendió la parábola. Todavía no estaba interiorizada. Bajo cubierto de imágenes tan admirables, ella no se ha interiorizado todavía. Jesús sigue golpeando, la pone contra el muro: “Va a llamar a tu marido”. Es el tema delicado que no conviene tocar.  “Yo no tengo marido”. Ella toma la tangente: “¡Yo no tengo marido!” – “Es verdad, no tienes marido, porque el hombre con quien vives no es tu marido”. ¡Bueno! ella desvía astutamente la conversación, era lo que Jesús quería. Y ahora entran en el gran debate: ¿Hay que adorar en el monte de Garizim, donde tienen el santuario los samaritanos, o en el monte de Sión donde se levanta hoy (en la época de la samaritana) el Templo con toda su magnificencia?

    “Ni aquí, ni allá, porque Dios es Espíritu”. Dios es espíritu, Dios no está encerrado en los templos, “Dios es espíritu y quienes lo adoren deben adorarlo en espíritu y en verdad”.

    Ustedes sienten toda la adorable ternura: “Dios es Espíritu, y tú también lo eres. Dios es Espíritu, es decir que está en ti como fuente que brota en Vida Eterna”. No es un extraño, no está en lo alto de una montaña, no está detrás de las estrellas, Él es la Presencia que no cesa de esperarte en lo más íntimo de ti misma.

    La samaritana escucha esas maravillas, está colmada y, olvidando su jarrón sobre el brocal del pozo, corre hacia sus compatriotas: “¡Vengan a ver a alguien que me ha dicho todo lo que he hecho!”

    Pues bien, esta parábola, quiero decir este capítulo adorable de la samaritana, era nuestra situación. Un Dios exterior, ¡se acabó! Un Dios que domina, que está por encima, que limita, que amenaza, que obliga, perdió todo crédito.

    Entonces buscamos un amor humano como lo buscaba la samaritana, algo que se pueda tocar, que se pueda experimentar. Jesús lo comprende. Lo comprende tanto que va a revelar a esta mujer hereje, cismática y pecadora el más grande secreto del Reino: “Dios está en ti, Dios está en ti, y el amor que estás buscando, lo que estás buscando en el amor, estás buscando una Presencia que te pueda colmar, y ¿dónde la vas a encontrar? Los demás son como tú, ¡son como tú! Están asechando un Infinito que no encuentran en sí mismos. Dios está en ti como lo que estás buscando desesperadamente, y tú eres capaz de llegar a Él pues tú eres espíritu, pues justamente tu amor carnal es rebasado por la búsqueda de tu espíritu. A través de los amores carnales, quieres ir más lejos, lo que quieres es el Infinito. Pues bien, el infinito está en ti. Búscalo en tu corazón, como una fuente que brota en vida eterna. He ahí justamente por donde se explica la crisis, y es por ahí por donde será superada.

    Tratemos de volver a la Fuente que brota en Vida Eterna, de descubrir esa Presencia Adorable escondida en nuestro interior, para llegar a ser nosotros mismos, porque la maravilla de este itinerario consagrado por Jesús en el pozo de Jacob, la maravilla de ese itinerario es descubrir a Dios o a sí mismo, es lo mismo, descubrir a Dios o a sí mismo, es el mismo instante, la misma experiencia siempre renovable, puesto que entonces nos escapamos del “yo” prefabricado que es la prisión mejor cerrada, nos escapamos del “yo” que nos asfixia y que aplasta a los demás. Nos le escapamos en el encuentro con Él, en lo más íntimo de nosotros.

    Podemos pues comprender todas las corrientes, las contracorrientes, podemos comprender la inmensa rebelión contra Dios (que es un falso dios) y estamos bien seguros de que, cuando hayan encontrado al verdadero Dios, todos los problemas quedarán elucidados: el sentido de nuestra Humanidad, el sentido de la Historia, el sentido del universo, el sentido de la moral, el sentido del Amor, el sentido del conocimiento, todo será aclarado en la medida en que ese encuentro sea el fundamento mismo de la existencia y la respiración del espíritu y del corazón.

    Ser hombre, ser (simplemente), “To be or not to be”. Ahí está todo: ser, ser. Ser origen, comenzar a cada instante, ser origen, comenzar, no sufrir el pasado, no sufrir la subjetividad pasional, en una palabra no sufrirse para nacer de nuevo, brotar del encuentro íntimo de corazón a corazón con el Señor que mora en nosotros y que es el más maravilloso, el más inagotable secreto de amor. “Regina coeli laetare, ¡Alleluia!" (Fin de la conferencia)

     

  • 26 07 08. Es necesario ser tomado todo entero.

     

    4a parte de la 2a conferencia de M.Zundel en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

     

    “Es pues una experiencia del hombre y al mismo tiempo de Dios, la misma y recíprocamente, la una que anuncia la otra, la una que esclarece la otra, indisociables, simultáneas, situadas una y otra en el mismo grado de profundidad o de elevación, y ésa es la única posibilidad para el hombre de hacerse hombre.

    Lo que está atrás de nosotros, toda la evolución cósmica, está hecho. Podemos sin duda heredar de esa historia, podemos santificar ese pasado, podemos ofrecerlo, podemos reunirlo alrededor de la Eucaristía, pero finalmente, ya está hecho, está hecho de cierta manera y eso sigue siendo muy oscuro para nosotros: ¿cuándo comenzó el mundo, el mundo actual? ¿Es el fin de otro mundo? ¿Cuándo comenzó? ¿Cómo nació la vida? ¿Cómo se desarrolló? Todo eso permanece muy, muy oscuro.

    Sólo conocemos nuestros determinismos. Somos constantemente esclavos de nuestro inconsciente, somos constantemente conducidos por él, estamos constantemente inmergidos en la subjetividad pasional y no hay nada humano en nosotros excepto justamente, de pronto ese surgimiento, ese sentido de un universo inviolable dentro de nosotros, que no nos enseña nada justamente si no hacemos el encuentro en nosotros con la Presencia adorable que se nos revela al revelarnos a nosotros mismos. En ese momento surge nuestro “yo” completamente distinto, y se transforma de yo posesivo en yo oblativo. Entonces ya no somos sino una mirada hacia Él.

    Recuerdo una vez, estaba en Florencia en la capilla de los Médicis una mañana, me había refugiado allá con un amigo. Estábamos tan cansados de visitar museos que ya no podíamos mirar nada y habíamos venido a la capilla de los Médicis que prolonga la Iglesia de San Lorenzo donde se encuentran, como ustedes saben, las dos grandes obras de Miguel Ángel, “los sepulcros de Cosme y Julián de Médicis” y “las alegorías del día y la noche, de la aurora y el crepúsculo”.

    Ahí estaba yo con mi amigo, silencioso y fatigado. Por fortuna estábamos solos y yo no deseaba ver ni mirar nada, simplemente descansar. Sin embargo, ya que estábamos solos, en silencio, yo no podía no ver esas obras gigantescas que estaban ante mí, y precisamente porque no me descaderaba por admirar, porque me abandonaba, el encanto continuó, muy suave, muy apacible y para terminar, sin que me diera cuenta, yo estaba pendiente de esa Belleza que ya no era la Belleza de la aurora o del crepúsculo, del día o de la noche tal como las organizó Miguel Ángel, ¡sino La Belleza! ¡La Belleza! ¡la Belleza que uno encuentra en todas las obras maestras bajo diferentes apariencias. Era la Belleza de la que yo estaba suspendido, y ya no me veía a mí mismo, ¡ya no me veía a mí mismo! Me sentía presente a través de la Belleza, me sentía presente para la Belleza, y mi admiración misma no era esa especie de entusiasmo exteriorizado, era mucho más un recogimiento, un recogimiento total en que yo me eclipsaba en la Belleza percibiéndome lateralmente y percibiendo mi presencia por cuenta de ella y no por cuenta mía.

    Esos momentos, esos momentos en que somos curados de nosotros mismos, esos momentos en que cesamos de vernos cesando de mirarnos, esos momentos en que no somos más que una mirada hacia el Otro en nosotros y en los demás, son esos momentos en que de repente el hombre surge y Dios se revela: todo está ahí.

    ¡Podemos hablar de Dios todo el día! ¡Es un falso dios si no vivimos la relación nupcial, si no vivimos la reciprocidad de amor! es un falso dios, un hombre falso, y todo es falseado, ¡todo lo que decimos sobre el hombre y sobre Dios, todo es falseado, ¡esa es la crisis!

    Esa es la crisis, claro está, para quienes, habiendo aprendido que Dios es la causa primera, que su historia está encerrada en los decretos divinos, que Dios no puede inmutarse porque se condenen, ni alegrarse porque se salven. Porqué no tratarían de aprovechar cuanto puedan de la felicidad terrestre, ya que esa especie de gran máquina que es “la causa primera” no puede controlar su corazón.

    Hay que ser tomado todo entero, haber hecho un encuentro real, apasionante, inagotable y verificable a cada instante para que Dios aparezca en efecto como la realidad realísima, lo cual se verifica precisamente en que uno es transformado. Uno no puede equivocarse, ¡es el milagro de los milagros! Pasar del yo posesivo al yo oblativo, dejar de mirarse a sí mismo, verse por cuenta de Dios y en Él, es el milagro de los milagros.

    ¿Es de ese Dios del que hablamos? ¿Es ese el Dios en que la gente dice creer? ¿y creen? ¿Es ése el Dios que estructura su existencia? ¿el que está a la base de su moral? ¿Es ése el Dios que ilumina sus enfermedades? ¿Es ése el Dios que hace de su muerte un acto de vida?

    Tenemos la impresión de que no hemos encontrado aún y de que seguimos en esa amalgama de Antiguo Testamento, de filosofía aristotélica o platónica, de un Nuevo Testamento mal acordado como experiencia central, la experiencia central donde se trata del hombre en su dimensión auténtica, en que se trata de Dios en su interioridad suprema.

    Todo eso pasa por encima de la gente. Disertamos, discutimos sin fin, pero ¿de qué se trata? ¿Existimos? ¡Ése es el problema! ¿Es que el hombre existe? ¿Es que va a existir? ¿Es que lo vamos a hacer existir en nosotros y en los demás? ¿Tenemos cómo hacerlo existir? ¿Tiene eso sentido?

    Incontestablemente tiene sentido ya que estamos esperando al Hombre. ¡Estamos esperando al Hombre! Estamos siempre decepcionados por el hombre, siempre decepcionados por el hombre cuando no encontramos el Infinito en él. El amor humano es una búsqueda del Infinito y cuando nos apercibimos que al hombre le falta algo, que se engaña, que juega un papel, que es maniobrado por el inconsciente y que las razones que se da son proyecciones de su subjetividad pasional, ¡basta! Nuestro impulso refluye, no podemos amarlo incondicionalmente.

    Buscamos el Infinito en el hombre, pero no es otro que el Dios Vivo. Ése es pues el descubrimiento que debemos hacer, ésa es la búsqueda que debemos continuar, y ahí está todo, y nada tiene interés fuera de eso, ¡nada! Ahí está todo”. (Continuará)

     

  • 25 07 08. En el corazón de una experiencia que debemos hacer a cada instante.

     

     3a parte de la 2a conferencia de M. Zundel en Bois-Cerf en mayo de 1973.

     

    Retoma: “¿Dónde está el hombre? ¿Dónde está ese dominio inviolable y cuál es su fundamento? Una vez planteado lo exclusivo, una vez que el hombre ha tomado pasionalmente conciencia de su dignidad, sin saber además lo que significa, cuando ha tomado conciencia en el odio y la envidia si no en la justicia, todas las revoluciones sangrientas son posibles y se han realizado efectivamente hasta que la revolución desemboque en la dictadura, porque después de la revolución hay que estructurar una población que rechazó el antiguo régimen bajo el que vivía, hay que reestructurarla. Mientras más brutal y sangrienta sea la revolución, más fuerte será la dictadura que va a rodear la población, que la va a someter al trabajo con el fuete y la matraca para que la vida sea posible”

    Continuación: “Por ejemplo una ciudad de 12 millones de habitantes como Tokio. Si todos los servicios de abastecimiento no funcionan a pleno rendimiento, habrá hambruna y de nuevo revolución, y de nuevo, sangre y refuerzo de la dictadura!

    Ese es el problema. ¿Cómo resolverlo? Si nos volvemos hacia la religión, ¿qué solución nos presenta?

    Ustedes recuerdan las palabras de Santa Catalina, o mejor las palabras recibidas por Santa Catalina – que es un Himalaya, una santa de rarísima grandeza -, las palabras que escucha: “Yo soy el que soy, tú eres la que no es”. ¿Es una respuesta? Una respuesta válida para ella, seguramente, y además ella la entendió en un sentido bien diferente de la letra. ¿Una respuesta para nosotros? No. Si la religión nos coloca frente a un Dios que es el que es, y si nosotros no existimos delante de Él, sólo tenemos una cosa para decirle: “¡Nada nos has dado!” “Nada nos has dado si tú eres el que es y nosotros los que no somos, ¡no nos diste nada! Entonces estamos en paz contigo y ¡déjanos en paz!" (1) Entonces esa respuesta no nos sirve. Yo diría que esa respuesta es el fondo de la crisis actual, lo más profundo de la crisis.

    A propósito voy a retomar la lección sobre la predestinación que escuché en Roma: Dios es la causa primera. El es la causa primera, primera, primera. Luego, Él no depende de nadie. Luego, no puede recibir nada de nadie. Luego, no necesita de nadie. Luego, el universo no añade nada a su ser. La felicidad de Dios es completa, Él es perfecto, él es imperturbable, él es inmutable, él es eterno. La desgracia del hombre no conmueve a Dios: la causa primera no puede conmoverse por lo que sucede fuera de ella.

    Más aún: Dios no aprende nada de sí mismo. Él se ama y ama todo a través de sí mismo. Pues si amara a los demás por ellos mismos, cesaría de ser la causa primera, dependería de ellos y Él no puede aprender nada de ellos, ni siquiera el consentimiento necesario a su salvación. Pues si Dios aprendiera de nuestro consentimiento a las gracias que nos dará, dependería de nosotros, sacaría su ciencia de nosotros y no de Sí mismo, ¡ya no sería la causa primera! Entonces ¿cómo sabe quienes son sus elegidos?

    Pues simplemente porque él decide dar a algunos gracias intrínseca en infaliblemente eficaces a las cuales no pueden resistir! Entonces serán elegidos aquellos a quienes concede, sin ningún mérito de su parte –puesto que son gracias que serán el fundamento del mérito! Al contrario, serán elegidos los que recibirán gracias intrínseca e infaliblemente eficaces – ¡que Él decidió libremente darles! y los demás no serán elegidos pues no recibirán gracias suficientes, que no bastarán para salvarlos, y además, qué importa ya que los elegidos glorificarán la misericordia de Dios, y los condenados, su justicia. Todo va bien para Dios. Nada perturbará jamás su felicidad.

    Pues ahí tienen evidentemente el tipo mismo de la no respuesta al problema. Si Dios es así, es sádico. Si Dios es así, es el enemigo número uno Si Dios es así, es el primer profanador de nuestra intimidad, nos encierra en una historia que él mismo escribió y a la que no podemos cambiar nada, y nos pide que le demos gracias por ese asesinato! ¡Es invivible! ¡Es invivible!

    En el fondo de la rebelión actual está esa teología de la “causa primera”. ¡Causa primera! ¡Causa primera de la que dependemos inexorablemente! todo eso sobre un fondo de Antiguo Testamento, amalgamado con un Nuevo Testamento sin que se llegue a conciliarlos.

    Entonces un malestar atroz: ¿Porqué Dios es Dios y yo no? De ahí las palabras de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?” Y es también la niñita que esperaba su turno para ser Dios porque le habían dicho que era tan maravilloso ser Dios, ¡y entonces no era justo que fuera siempre el mismo!

    Estamos pues en el hoyo y vemos que el impase es insuperable si no encontramos una experiencia de Dios como la de Koriakoff, la de Kolbe, la de Elga, como la de Agustín.

    San Agustín se convirtió justamente en una perspectiva esencialmente diferente: "Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Sin embargo, Tú estabas adentro, era yo el que estaba afuera donde Te buscaba corriendo tras las bellezas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, era yo el que no estaba contigo” (Confesiones, libro 10°, cap. 27).

    ¡Ah! ¡Comenzamos a respirar! "Tarde Te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, ¡tarde Te amé!”

    Emplea la palabra Belleza a la cual somos tan sensibles, y esa Belleza, ¿dónde la descubre? En lo más íntimo de sí mismo. Ella está en el interior, no allá arriba. No nos domina, no obliga, no amenaza, está adentro, no dice nada, está adentro, no se impone, no reivindica, ¡está adentro y espera! ¡Y un día el encuentro se realiza y Agustín descubre que hasta entonces él estaba afuera! ¡Oh! ¡Afuera!

    ¡Qué luz! ¡Qué luz extraordinaria! Hasta entonces él estaba afuera. Hasta entonces era extranjero para sí mismo. Hasta entonces era una cosa, un objeto. Hasta entonces estaba dominado por su subjetividad pasional. Hasta entonces era esclavo de todo lo que en él era prefabricado. Hasta entonces era incapaz de dominar su sensualidad. ¡Hasta entonces era esclavo de la especie! ¡Y ahora el horizonte se deshace!

    Pasa de afuera a dentro. ¿Y cómo pasa de afuera a dentro? Justamente al ser arrojado al corazón de su propia intimidad, a través de la intimidad de esa Belleza tan antigua y tan nueva que reconoce ahora como el Corazón de su corazón, y está tan colmado que no tendrá palabras para celebrar ese encuentro nupcial, no encuentra palabras suficientemente hermosas: “¡Tú eres la vida de mi vida! ¡Me eres más íntimo que lo más íntimo mío! y ¡viva estará mi vida en adelante, toda llena de Ti!”.

    ¡Ah, por fin! Aquí estamos en el corazón de una experiencia que debemos hacer a cada instante, que es la experiencia fundamental, que es la experiencia simultánea de nosotros mismos y de Dios, ¡la misma, la misma! ¡Y esta experiencia nos hace entender lo que defendemos, lo que tenemos que defender cuando defendemos esa dignidad, esa inviolabilidad! Lo que defendemos, lo que tenemos que defender es el santuario de una presencia silenciosa que San Juan de la Cruz llama “música callada”, la música silenciosa, el santuario de la Presencia que no se puede descubrir justamente sino en el silencio de sí mismo.

    ¡Un descubrimiento fantástico! Hay una creación interior que es todo, una creación interior que es el único bien común, el único bien universal de los hombres y, si hay que asegurarles a todos el pan, el techo, la libertad respecto de las necesidades físicas, es para que cada uno sea capaz de la creación interior en ese frente a frente, en esa intimidad con la Presencia de la Belleza tan antigua y tan nueva que hizo pasar a Agustín del exterior al interior, como lo hace con nosotros, y que, de repente, le revela quién es él en la relación nupcial con el Amor que lo espera sin forzarlo y lo colma sin fin, una vez que ha sido descubierto”. (Continuará)

     

    Nota (1). ¡Y cantamos todavía “yo no soy nada”!, cuando Dios no creó solamente “nadas”. ¡Eso no le rinde mucha honra!

  • 24 07 08. La inviolabilidad que reivindicamos desde la tierna infancia es una vocación, un largo camino por recorrer.


    2a parte de la 2a conferencia de M. Zundel a las religiosas de la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

     

    “Comenzamos a entrever nuestro problema “Conócete a ti mismo”. Comenzamos a entrever una solución: el hombre está comprometido en la guerra en el caso de Koriakov, la guerra es el acto más estúpido, más brutal que se pueda imaginar. En apariencia, es imposible encontrar ahí al hombre. El campo de concentración donde muere el P. Kolbe es otra situación donde es imposible descubrir el hombre, hasta que emerja justamente el Himalaya a través del heroísmo del P. Kolbe.

    Y la escena que nos recuerda Selma Lagerloff en el hecho que acabo de resumir –la historia de Elga- vemos esa región pequeñita llena de farisaísmo y de prejuicios, de inconsciencia total hasta que, de repente, entre toda la población, un solo ser dibuje la figura del hombre y revele todas sus dimensiones.

    Además, si profundizamos el problema a partir de datos más profundos, a partir del inconsciente, vemos hasta qué punto nuestra vida se hunde en el universo físico: somos cósmicos, venimos de la planta, venimos del animal, somos resultado de las inmensas evoluciones como un pedazo, una migaja del universo, llevamos en el inconsciente toda la historia del universo, la historia de la especie, sus reivindicaciones, su voluntad de durar. ¡No hay en nosotros nada que sea de nosotros! somos un producto prefabricado y, diciendo “yo”, como dice todo el mundo además, ponemos sólo una etiqueta fraudulenta sobre nada.

    No tenemos derecho a decir “Yo” pues no somos la fuente de nosotros mismos. Nuestro “yo” es prefabricado y todos nos apegamos a ese “yo” que llevamos siempre en los labios desde la pequeña infancia. Desde que aprendimos a hablar hemos estado diciendo “yo” y seguimos obsesionados por el “yo” que defendemos con uñas y dientes sin saber quiénes somos ya que no hacemos sino soportar un ser del que no somos causa ni origen.

    Vemos finalmente entonces que el ser humano es un producto prefabricado y que lo es de manera particularmente impresionante en la zona en que cree ser él mismo porque el “yo” con que se anuncia es también fraudulento, es lo que oculta precisamente todas sus esclavitudes.

    Nacemos en un mundo donde nadie existe, donde la mayor parte del tiempo la vida se desarrolla de modo letárgico, donde todas las afirmaciones pretendidamente personales, todos los discursos, toda la literatura, son afirmaciones de subjetividad pasional. Oh, lean el libro de Alberes, sinopsis, vista de conjunto de la literatura europea de 1900 a 1970 (o 68): ¡es absolutamente espantoso! Ese despilfarro de inteligencia ¿para llegar a qué? Es tan enorme, miles de volúmenes. Todos los problemas evocados, removidos, jamás resueltos finalmente, para llegar a una especie de relativismo: ¡no sabemos! ¡No sabemos! Entonces ¡tolerémonos unos a otros, ya que nadie sabe nada! ¿Y el hombre?

    De vez en cuando justamente vemos la historia de Koriakoff, la del P. Kolbe, la de Elga, vemos surgir de repente un Himalaya, vemos surgir el hombre auténtico, lo reconocemos y decimos: “¡Eso es! ¡Eso es! ¡Eso es! En esa dirección deberíamos ir, ¿pero cómo? ¿Cómo llegar?”

    Recuerdan el ejemplo dado por Gotfried Keller en su novela “Enrique el verde”. Enrique el verde es un niño (probablemente el autor mismo), hijo de una mujer que enviudó y cuya única ternura es él. Ella es de Berne, protestante, salvo error, en el sentido tradicional más noble. Le enseñó a su hijo a orar antes de ponerse a la mesa, y claro está, por la mañana y por la noche. Y un día al regreso de la escuela, el niño se pone a la mesa sin decir la oración. Su mamá le llama la atención con dulzura. Él finge que no oye. Ella insiste. Él no escucha todavía. “¿No quieres decir la oración?” – “No” – “Entonces, ¡anda a la cama sin comer!” Valientemente el niño recoge el guante y va a la cama sin comer. Llena de remordimientos, la mamá le lleva la comida a la cama. ¡Demasiado tarde! Desde ese día él dejó de orar. ¿Por qué dejó de orar? Porque descubrió por primera vez esa noche que tenía una zona inviolable, un terreno donde su madre no podía penetrar sin su autorización.

    Ese es un primer esbozo, un primer relámpago de humanidad. Descubrió de repente que tenía una zona inviolable. Necesitará toda la vida para descubrir el sentido de esa primera experiencia, ya que, finalmente, ¿qué puede reivindicar, ese niño de 8-9 años, que no ha hecho nada, que ha sido llevado por la vida, que vino al mundo sin quererlo, que no ha decidido nada, que ha sido mimado por su madre, que ha sido llevado hasta ahora? ¿cómo puede oponerse de repente a su madre como quien tiene derecho, como dependiente de sí mismo, como autónomo, como alguien cuya conciencia debe ser respetada como terreno inviolable? ¿Quién es él? ¿Qué ha hecho? ¡No ha hecho absolutamente nada! La inviolabilidad que reclama él, con razón además, y que es su primera revelación de su humanidad, es una vocación, un camino por recorrer y bajo este aspecto se puede decir que esa revelación está extremamente difundida. Toda la descolonización finalmente procede del rechazo de estar sometido a otros, de la toma de conciencia por la cual un ser humano no puede reconocer como suyos sino los actos de que es origen. Todos los esclavos, desde Espartaco, que en 73 antes de Cristo levantó un ejército de 60000 esclavos que fueron además crucificados todos, reivindicaron su inviolabilidad.

    Si Espartaco siendo esclavo llega a levantar un ejército de esclavos contra la república romana en esa época, es que evidentemente cada uno de esos esclavos es sensible a esa voz. Cuando toma conciencia de ser esclavo, ¡sólo puede rehusar su condición! Ser esclavo es ser instrumento de otro, es decir, una cosa, ¡un objeto! El que se da cuenta de esa situación ya supera la esclavitud, ya no puede ser esclavo. Esa toma de conciencia negativa, el rechazo de la indignidad en que se anuncia la dignidad – porque por ahí comienza todo, es en un trato indigno cuando de repente el ser humano toma conciencia de su dignidad.

    Pero realizado esto, ¿dónde va a situar su dignidad? Ahí está todo el problema. ¡Nadie lo sabe! Y el primer descubrimiento extremamente importante de ese niño, de un dominio inviolable, en él, y en nosotros, ese primer descubrimiento capital no lleva a ninguna parte si no encuentra el camino, pues la consecuencia inmediata será la de afirmarme contra el dueño que quiere mantenerme esclavo, ¡afirmarme contra él hasta destruirlo! ¿Y después? ¿Y después? Aunque llegue a destruir a los autores de mi esclavitud – suponiendo que nací en la esclavitud - ¿dónde encontraré mi dignidad? ¿¡Qué fundamento tiene, si no me he creado a mí mismo!? Puesto que no hay nada en mí que sea de mí mismo, no podré finalmente exaltarme en ese “yo”, embriagarme en él, enarbolarlo, llevarlo en triunfo, afirmarlo contra los demás, ¡encerrarme en mi subjetividad pasional para tener siempre razón contra ellos! Llegaré a una especie de paranoia, a una exaltación de la cual Nietzsche nos dio un ejemplo trágico y magnífico: me afirmo como creador de mí mismo, como autor de todos los valores y miraré desde arriba la humanidad servil y embrutecida mientras me impulsaré hacia el súper hombre aunque yo mismo me vuelva loco.

    ¿Dónde está el hombre? ¿Dónde está ese dominio inviolable y cuál es su fundamento? Una vez planteado lo exclusivo, una vez que el hombre ha tomado pasionalmente conciencia de su dignidad, sin saber además lo que significa, cuando ha tomado conciencia en el odio y la envidia si no en la justicia, todas las revoluciones sangrientas son posibles y se han realizado efectivamente hasta que la revolución desemboque en la dictadura, porque después de la revolución hay que estructurar una población que rechazó el antiguo régimen bajo el que vivía, hay que reestructurarla. Mientras más brutal y sangrienta sea la revolución, más fuerte será la dictadura que va a rodear la población, que la va a someter al trabajo con el fuete y la matraca para que la vida sea posible”. (Continuará)

     

  • 23 07 08. El episodio de los anteojos de Koriakoff nos hace asistir al nacimiento del hombre (verdadero) y a la de Dios (del único verdadero, el Dios Trino). Ahí vemos surgir una dimensión humana magnífica, y eso podría ser ilustra

      

     

    1a parte de la 2a conferencia de M. Zundel a las religiosas enfermeras de la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

    Aquí encontramos las mismas historias – parábolas contadas con frecuencia pero nunca de la misma manera y siempre portadoras de una enseñanza magistral.

    “Ustedes conocen el antiguo adagio “Conócete a ti mismo”. "Conócete a ti mismo", estas palabras que estaban escritas en el Templo de Delfos, implican una interrogación que jamás ha recibido respuesta. "Conócete a ti mismo? Pero ¿quiénes somos? ¿Quién es el hombre?

    Comencemos por una anécdota que ustedes conocen pero que representa una parábola extremamente sencilla del problema que nos hemos de plantear:

    Koriakoff, un periodista ruso que se puso fuera de ley, es decir que salió de la Unión Soviética, cuenta este pequeño incidente: Koriakoff había sido criado en el comunismo integral desde su infancia. No había conocido otro régimen, no se planteaba cuestiones, admitía la visión del mundo marxista de punta a punta, era ateo con entera seguridad.

    En 1944 estalla la guerra entre Rusia y Alemania. Lo movilizan como a todo el mundo, como soldado raso, y combate magníficamente pues gana sus galones de capitán en el campo de batalla. Como tal obtiene una licencia que lo vuelve a Moscú por un corto período durante el cual encuentra a un viejo a migo que es creyente porque pertenece a otra generación. Y este amigo, bibliotecario en Moscú, le regala un Nuevo Testamento. Koriakoff lee ese libro que era completamente desconocido para él, e inmediatamente se emociona. Adhiere a la persona de Cristo y sin poder manifestar sus convicciones por una conversión oficial, lleva en el corazón la presencia de Cristo y decide conformar su vida con ese descubrimiento incomparable. De regreso al frente conforme a su deber, se esfuerza por conformar su vida con el Evangelio y particularmente por proteger a los civiles, y n especial la honra de las mujeres.

    A medida que las tropas avanzan, son ellas evidentemente las que corren más peligro. El ejército al que pertenece hace un avance relámpago de Rusia a Polonia, de Polonia a Alemania a donde llega en los últimos meses de la guerra. Los alemanes combaten furiosamente en el sector donde opera la compañía de Koriakoff : ora tienen la ventaja los rusos, ora los alemanes. Un día en que los rusos tienen la ventaja Koriakoff tiene ocasión de salvar a dos jóvenes alemanas que iban a ser violadas. El mismo día los alemanes recuperan la posición. Koriakoff cae prisionero. Llega al campo nazi. Lo recibe un capitán –que tiene el mismo rango que él- acompañado de un coronel alemán y el capitán alemán, al recibir a Koriakoff le da una bofetada monumental que le hace caer los anteojos, diciéndole: “Usted es uno de esos animales soviéticos que ultrajan a las mujeres alemanas”.

    En el mismo momento aparece una campesina alemana que muestra a Koriakoff como el oficial ruso que había salvado a sus dos hijas ese día por la mañana. El desmentido es entonces formal, casi instantáneo. Al oír la deposición de la campesina, el coronel alemán, que no se había movido cuando el capitán abofeteó a Koriakoff y lo acusó de ultrajar a las alemanas, se inclinó, recogió los anteojos de Koriakoff y se los devolvió respetuosamente.

    Ese es un rayo de luz extraordinario, un monumento infinito en la historia del mundo. Es evidente que el coronel alemán que quiso rendir homenaje a Koriakoff, treinta segundos antes, treinta segundos antes de la deposición de la campesina, no se habría sentido capaz de ese gesto. Para él el asunto estaba concluido: un ruso era un subproducto de la humanidad, un capitán era muy inferior a un coronel y un prisionero no tenía que recibir homenajes del vencedor. Entonces, si hizo ese gesto de reparación, fue que en él se operó un cambio capital.

    Es un cambio en su más profunda intimidad ya que justamente ese cambio quiere decir que se perdió totalmente de vista a sí mismo: de repente ya no consideró que era un alemán ante un ruso, un coronel ante un capitán, un vencedor ante un vencido; se identificó con el prisionero, se hizo “uno” con él porque la deposición de la campesina, al destruir la acusación diciendo al contrario que este hombre no había ultrajado a las mujeres alemanas sino que había defendido su honra, ya que la deposición transforma radicalmente su visión, descubre de golpe en ese prisionero ruso una dignidad igual a la suya.

    Más profundamente aún, descubre que la dignidad del capitán ruso, como la suya, tiene el mismo fundamento, reposa sobre el mismo valor, que uno y otro tienen a cargo un mismo valor interior, y que él, coronel alemán, no puede gozar de esa dignidad, no puede conocerla en sí mismo, no puede afirmarla y defenderla sino reconociéndola y defendiéndola en el otro con el mismo impulso, el mismo fervor, la misma plenitud.

    Este incidente minúsculo nos hace asistir al nacimiento del hombre e igualmente al nacimiento de Dios. De repente vemos surgir el hombre universal, el hombre que cada uno lleva en sí, que justamente tenemos que ser, de repente vemos surgir ese hombre, vemos los límites humanos, vemos abolirse los límites inhumanos, vemos caer las fronteras, vemos a un hombre que se identifica con otro, y que deviene “uno” con él, que lo encuentra en su más profunda intimidad y que, del mismo golpe, descubre su propia intimidad como santuario de una Presencia.

    Así en adelante ya no hay ruso ni alemán, ya no hay coronel ni capitán, ya no hay vencedor ni vencido, hay sólo esa convergencia de visión, de mirada, de impulso de amor hacia un mismo valor, una misma Presencia interior a cada uno y confiada al amor de cada uno.

    Nada es más claro, verdad, que el sentido mismo de ese acontecimiento que parece minúsculo y que, en realidad, es infinito. Vemos de repente que en el seno de la humanidad dividida como lo está hoy, (basta abrir el periódico del día), la humanidad en conflicto, en conflicto sangriento, la humanidad que tiene todo lo que necesita para triunfar y emplea todas sus energías para destruirse, vemos de repente emerger de la humanidad desgarrada h envilecida, vemos surgir el Himalaya, la dimensión humana prodigiosa y magnífica que nos informa o nos enseña que podemos ser lo que estamos llamados a ser.

    Podemos desde luego ilustrarlo con mil ejemplos diferentes. El ejemplo del P. Kolbe en Auschwitz produce el mismo sonido: cuando los verdugos alemanes dicen: “¡Nunca vimos cosa igual!” cuando él decidió morir para salvar la vida de un hombre que no está listo para morir, todo el campo se maravilla, se deslumbra, todo el campo ve surgir el Himalaya humano, y los verdugos mismos no pueden impedirse el grito de admiración: “¡Nunca vimos cosa igual!”

    Y ustedes recuerdan, en la historia de Elga, la magnífica historia de Selma Lagerloff, cómo Elga, una campesinita de montaña, fresca como una fuente, pura como un cristal, cuando la joven, cuyos padres no pudiendo ya más con la miseria, deben pensar en encontrarle un puesto porque ya no pueden asegurar su subsistencia y la propia, finalmente la joven encuentra empleo en una familia en que la mujer sufre de hemiplejía. Y Elga entró en esa familia cubierta por todas las garantías, ya que el hombre es pilar del Templo, gran lector de la Biblia, que goza de una reputación absolutamente perfecta. Recuerdan que ese hombre, poco a poco, delante de esa niña que se forma, que no lo sabe, que no sabe nada, que jamás se ha mirado en un espejo, que no tiene la más mínima iniciación sexual, recuerdan cómo ese hombre que tiene que tratar continuamente con la joven termina por enamorarse locamente de ella y quiere absolutamente poseerla.

    ¿Y cómo hace? ¡Fingiendo una atención paternal porque le hace creer que ésa era la expresión normal de todas las adolescencias en pleno desarrollo! Y cuando Elga queda encinta, lo que perturba evidentemente el juego, el burgués que la sedujo, obligado a asumir la paternidad del hijo y destruir su pareja y su reputación, la echa a la calle, la entrega al decreto público, de tal modo que todas las puertas se cierran ante ella y ella debe retornar a la casa paterna, deshonrada y desolada a la vez. Los padres, claro está, la acogen y prosiguen con ella una vida de miseria insuperable. Cuando nacerá el bebé será el desastre completo que llevará a Elga a pedir discretamente, por medio de la justicia, la pensión alimenticia que el padre debe a su hijo.

    Cuando se sabe en esa aldea donde todo se divulga que Elga ha introducido una acción de ese género, el furor público se desencadena contra ella. ¡No sólo esa muchacha es perversa hasta la médula de los huesos, sino que pone en peligro la reputación de las personas más honestas! Y finalmente llega el día del proceso. Toda la región se da cita para asistir a la confusión de la chantajista y ustedes recuerdan cómo Elga que baja de la montaña encuentra un joven que la hace montar en su carreta ya que él mismo va para el Tribunal, sin saber que ella era la famosa Elga de quien habla todo el mundo. Finalmente, él comprende y adivina. Ella llega sola al Tribunal, fusilada por la mirada de toda la asistencia que le muestra su desprecio. Y ella espera los acontecimientos sin pensar, con la mente vacía, sin saber cómo va a ser el proceso.

    Llega el juez y comienza la audiencia. Explica al burgués que sedujo a Elga –y que es amigo suyo- que no cree ni un instante en su culpabilidad pero que, ya que están en el tribunal, tiene que seguir las exigencias jurídicas. Elga escucha. El juez declara que según la ley sueca (pues estamos en Suecia), nada es más sencillo : basta con que el burgués jure sobre la Biblia que jamás tuvo relaciones con la muchacha.

    Entonces Elga revive de repente todos los acontecimientos desde el principio y siente terror por él. No es posible que ese hombre jure sobre la Biblia que él no tiene nada que ver en el asunto, y si lo hace, se arroja él mismo en el infierno. ¡Es imposible! ¡Eso no será, no puede ser!

    Sacan la Biblia de debajo de montañas de papel, la colocan delante del juez y del burgués. El juez hojea su código civil para saber cuál es la fórmula que debe decir y que el burgués deberá repetir. Todo está listo.

    Ante toda la comarca que vino a dar testimonio en su favor, el burgués no tiene otra salida: deberá perjurar, y en efecto, está listo para hacerlo. Tiende la mano cuando Elga se arroja sobre la Biblia, la arranca de delante del juez, la aprieta con todas sus fuerzas contra su cuerpo. El juez la fulmina con su mirada. ¡El ujier se precipita para recuperar la Biblia, toda la asistencia tiembla de horror! “¡Está completamente loca! ¡Ni siquiera sabe conducirse en una sala de tribunal!” Y como Elga aprieta la Biblia con todas sus fuerzas –a menos de hacerle violencia, lo que no conviene en una sala de tribunal- el juez espera, y como el combate no termina, el juez comienza a comprender, a adivinar la terrible verdad: que su amigo es un cobarde y un criminal, y que la joven está haciendo lo posible por salvarlo.

    Entonces la interroga con su mirada. Ella le grita: “¡No quiero que él sea perjuro!” El grito brota del fondo de la joven, lleva naturalmente la marca de la verdad: la grandeza de la muchacha que quiere salvar al hombre que la perdió. Entonces el juez responde solamente: “¿Entonces?” “Entonces, dice Elga, retiro mi queja”. El juez, conmovido, se vuelve hacia el burgués: “Creo que es mejor para usted”. Baja del estado y va a apretar la mano de la joven heroica que cree que cometió un error que la va a llevar a la prisión. Cuando Elga sale, toda la sala está de pie, silenciosa: ¡Ah! ¡Admiración inmensa viendo surgir el Himalaya humano!

    Comenzamos a entrever nuestro problema: “Conócete a ti mismo”. Comenzamos a entrver la solución.” (Continuará)

     

  • 22 07 08. La castidad es hacerse hombre, es un trabajo de toda la vida.

    Final de la 2ª conferencia de M. Zundel en Bois-Cerf.

     

    “Como la ciencia de un profesor se difunde y es universal, no por tener un mayor número de alumnos sino por ser más capaz de ser fuente de luz para todos y cada uno, es necesario que la ciencia esté en él al máximo para que pueda difundirse, lo mismo la grandeza humana se realiza en lo secreto de cada uno para convertirse en bien común, en bien universal.

    Hay pues una razón, o mejor, más razones que nunca, de adherir a la castidad que es la única posibilidad de amor auténtico porque la castidad no sufre daño por la generación. Si dos esposos han verdaderamente decidido dar la vida, como los padres de Santa Teresa del Niño Jesús, después de haber hesitado de hacerlo para conservar su virginidad, la virginidad no sufre daño por la procreación de hijos que uno quiere consagrar al servicio del Señor.

    Tenemos pues, nosotros precisamente, que vivir la castidad como un sacramento del amor más exigente, más magnífico, más profundo, más eterno. Tenemos que vivir la castidad como una paternidad y una maternidad universales. Tenemos hijos por doquiera en el mundo si somos fieles a nuestro compromiso.

    No tenemos pues que dejarnos seducir por imágenes, ya vengan del inconsciente o nos vengan de afuera por la prensa, la televisión, los afiches, los espectáculos, los cines y todo lo que está en el día de hoy al servicio del erotismo: todo eso no tiene ningún interés, ¡ninguno, ninguno! ¡Fallamos en lo que queremos lograr! ¡Ni siquiera llegamos al cuerpo, pues llegamos sólo a las zonas animales en que el hombre se reduce a los órganos sexuales! ¡Es absurdo!

    Es una inmensa gracia vivir en la castidad, es una gracia inmensa estar llamado a esa libertad, a esa paternidad y maternidad universales, eso no desvaloriza un amor sacramental, un amor conyugal vivido con todas sus exigencias, porque las exigencias son las mismas: los esposos no están dispensados de la castidad si la castidad es lo que acabo de decir, la personalización del amor. Los esposos tienen máximo interés en la castidad, ya que es la primera condición de su estima, de su dignidad y de su felicidad.

    Entonces, si tenemos alguna dificultad, o grandes dificultades al respecto, nada de eso nos descalifica: ¡mil tentaciones no constituyen un pecado! y las tentativas de la naturaleza se producirán en nosotros, claro está, ya que pertenecemos a la especie, y no tendremos que vencerla con un golpe de varita mágica, es un trabajo de toda la vida, pero maravilloso porque consiste en hacerse hombre, en hacerse “alguien” en vez de seguir siendo algo. “¿Por qué desear ser algo, decía Flaubert, cuando podemos ser alguien?”

    No hay duda pues de que tenemos todas las razones para perseverar, y Cristo y la Virgen, en su virginidad infinitamente fecunda, constituyen para nosotros el modelo a imitar.

    Cristo y María, la pareja virginal que está al origen de la humanidad-persona, son la pareja que ilumina el camino y nos compromete además a seguirlos para colaborar en el advenimiento de una humanidad-persona.

    La caída original impidió, en efecto, a la humanidad llegar a ser una sociedad de personas. Los hombres en general son todavía una especie zoológica, se masacran entre sí, levantan continuamente barreras entre sí, y nunca llegarán a la unidad si no llegan a virginizarse. Porque sólo la mirada interior, sólo la creación de la persona, hace de cada uno un valor universal, un bien común, que pueda derribar los muros de separación.

    Entonces regocijémonos de los compromisos que hemos asumido y pidamos a Jesús y María que podamos mantenerlos con entera fidelidad”. (Fin de la 2ª conferencia)

     

  • 21 07 08. Nuestra época necesita más que nunca una castidad rigurosa. Tenemos que dar a luz una humanidad de personas.

    5ª parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en Bois-Cerf en mayo de 1973

    … El hombre y la mujer se ignoran mientras no hayan superado el nivel de la sexualidad

    Retoma: “… hay una maternidad y una paternidad de la persona inscritas en la castidad consagrada. Ahí es justamente donde continúa y se realiza la virginidad de Jesús y de María. Es absolutamente necesario convencerse de ello para ser totalmente fiel a esa exigencia como se es fiel al amor, y nos ayudará enormemente el hecho de identificar la visión del amor con una búsqueda de la persona, con un rechazo total de anonimato.”

    Continuación: “La tentación es mucho más fácil de vencer cuando uno se da cuenta de que ceder termina en el anonimato, cediendo uno va a caer en un gesto vulgar, en un gesto universal, en un gesto que es común a los animales y los hombres, en un gesto en que justamente todo lo infinito que hay en nuestras aspiraciones va a ser totalmente desconocido.

    Nuestra época necesita más que nunca una castidad rigurosa, y no se trata de hacer trampas ni de darse permisos, ni de querer estar en la onda diciendo: “qué importan la masturbación, las relaciones prematrimoniales, la píldora, ¡todo eso está bien, puede resultar finalmente en un buen matrimonio! ¡Tal razonamiento es imposible! ¡Es imposible!

    Ahí se ve justamente que la creación que el hombre debe realizar creándose a sí mismo, no aceptando sufrirse, rehusando someterse a todas sus prefabricaciones, ahí se ve que esa exigencia se encuentra por doquiera, y al máximo en el amor, y es trágico ver hasta qué punto el hombre y la mujer se ignoran mientras no hayan superado el nivel de la sexualidad. ¡Se ignoran!, la mujer sigue siendo carnada para el hombre, el cual es finalmente humillado si sucumbe a la carnada, y lo mismo la mujer. “Por ahí los tenemos” me decía una mujer virtuosa, olvidando añadir: ¡“Sólo por ahí los perdemos también”! Es repugnante finalmente tener a un hombre “por ahí” porque es mantenerlo en el nivel del anonimato más llano y más vegetativo.

    Se trata pues de mantener en nosotros esa exigencia y vivirla como una consagración, como realización de una maternidad divina, de una maternidad de la persona. Todos los sacrificios que pueda costarnos valen la pena, pues se trata de dar a luz una humanidad de personas.

    Ven que en esta perspectiva no se trata de desvalorizar nada, sino de ir hasta el final de las exigencias del amor.

    Sigue desde luego siendo cierto que existe una sexualidad en el espíritu, en la medida en que se encuentra en la criatura inteligente la imagen de la Santísima Trinidad. Es evidente que la mente y la sensibilidad del hombre pueden ser complementarios y recíprocamente, la mente y la sensibilidad de la mujer; sería absurdo negarlo, y además, ¿por qué negarlo? Es justamente lo que hace la belleza de la distinción entre el hombre y la mujer; es una distinción que durará eternamente, creo, en el sentido de que existe un alma femenina y un alma masculina, como existe el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo.

    No se trata pues en modo alguno de desconocer esas complementariedades ni su valor, ni el gozo que pueden dar, sino de mantenerlas rigurosamente al nivel de la persona. La mujer necesitará más calor, protección, ternura, sobre todo en igualdad, claro está, entre un hombre y una mujer de la misma grandeza, y el hombre se realizará más protegiendo ese valor y rodeándola de su solicitud, más que si, al contrario, se entrega como un bebé a las caricias de su mujer.

    Es pues posible conservar las diferencias y su complementariedad providencial sin recaer en el magma, en las tinieblas, de la especie y, cuando digo “tinieblas”, digo necesariamente que se trata de las tinieblas del anonimato, pues lo que el amor busca son relaciones que no sean intercambiables.

    No hay pues que hacer la más mínima concesión al espíritu actual, que es contrario al espíritu además, y podríamos mantener esta posición no por motivos tradicionales o porque está prohibido. Yo no digo jamás a la gente “¡Está prohibido!” ¡Jamás! Jamás los interrogo sobre este plano además, siempre hablo del amor y de sus exigencias.

    Pasternak, en una página extraordinariamente hermosa de "Doctor Jivago", hablando de la liturgia rusa, muestra cómo la Anunciación de María resulta en un universo de Personas : hasta entonces había colectividades, se oía el paso de los caballos, el ruido de carrozas, se escuchaba el oleaje de los pueblos, y de repente, en el silencio, ese diálogo secreto entre María y el ángel, esa joven que con su “sí” va a decidir del porvenir del mundo.

    En adelante, lo que cuenta es la persona, lo que cuenta es lo que se elabora en lo secreto de la conciencia de cada uno. No hay nada más magnífico. La historia cristiana es una historia de personas en que justamente lo universal se elabora en el corazón de cada uno. Lo universal no es lo que se difunde por doquiera sino que es lo que puede irradiar sobre toda la Creación a partir de un ser que, ha realizado el don de sí mismo en lo secreto e su corazón”. (Continuará)

     

  • 20 07 08. Las parábolas de la semilla de mostaza, de la cizaña, y de la levadura que hace fermentar la masa. (Personal)

    16° domingo de Pentecostés Bosquejo de homilía. Balbuceos.

     

    La Iglesia nos propone hoy las parábolas de la semilla de mostaza, de la cizaña y de la levadura, pequeña pero capaz de hacer fermentar una masa mucho más importante.

    Tenemos que aprender a dejar hablar en nosotros las realidades de la creación, de la tierra y del Universo. Hechos por Dios, nos hablan de él y de nosotros, del sentido de la vida. Cada domingo, la Iglesia, Jesús mismo, nos llama a abrir nuestro espíritu a las realidades del Espíritu. Un sentido (¿trinitario?) está inscrito en todas las realidades, aun a nivel de las “cosas” que nos son más familiares y más cercanas.

    Hoy tenemos que detenernos en el pequeño grano de mostaza, llamémoslo más bien semilla: no tiene apariencia, puede ser minúsculo, y sin embargo contiene, al menos virtualmente, como parte de su programa genético, algo, una realidad que lo supera enormemente.

    También estamos hoy acostumbrados a ver en lo infinitamente pequeño, el átomo, un poder extraordinario, capaz de conmover el universo entero, y a Zundel le gustaba hablarnos de la solidaridad de todos los elementos de la creación, tanto que toda ella podía ser conmovida si se toca simplemente a un átomo. ¡Qué misterioso es! Pero finalmente no debería sorprendernos que todo el Universo, aun en sus elementos más ínfimos, nos hable de Dios, a condición que nuestra mente se abra a la verdadera realidad. Sabemos que toda creación lleva la marca del artesano que la hizo; ¿por qué no sería lo mismo para el Creador?

    San Pablo (Romanos 8,28) nos dice que si el espíritu despierta, si amamos a Dios, todas las realidades de la creación pueden ser buenas para nosotros y permitirnos, a partir de ellas, llegar a la felicidad. Es como si el amor de Dios las hiciera cambiar de sentido, a condición de que les prestemos atención, pues su sentido fue pervertido por el misterioso pecado original. Creo que es en este sentido y por esa razón que “el Espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros con gemidos inefables”, pues la importancia de la restauración de toda la creación es tan grande (extracto de la lectura del 16° domingo). Esto viene bien para la clausura de las JMJ de Sydney donde los jóvenes trataron con los obispos de profundizar el misterio del Espíritu.

    Jesús cumple las palabras del profeta: “Les hablaré en parábolas, anunciaré cosas ocultas desde el comienzo”. E insiste en que abramos los oídos del corazón: “el que tenga oídos, que escuche”. Es impresionante cuando uno pone un poco de atención. Dos categorías de personas están amenazadas: las que hacen caer a los demás y las que hacen el mal. Eso es tan importante que en cada Misa, después del Padrenuestro, la Iglesia nos pide repetir la última invocación: ¡Señor, líbranos de todo mal!

    Si pensamos, como me siento inclinado a hacerlo, que en la Trinidad divina cada Persona pasa eternamente, en el único instante de la eternidad divina, de la nada a la plenitud absoluta del ser, podemos sin duda ver una inscripción trinitaria en la naturaleza, aun en las “cosas” de la Creación, cuando algo infinitamente pequeño, o al menos muy pequeño, se hace como infinitamente grande, al menos considerablemente más grande como en el caso de la semilla de mostaza que se convierte en una planta inmensa.

    La Humanidad de Cristo puede también parecer infinitamente pequeña, no sólo al comenzar a existir en el seno de María, sino aún a lo largo de su desarrollo (y particularmente en el momento de la muerte en la Cruz, despojado de todo, incluso de su dignidad) comparado con su inmensa importancia ya que esa humanidad está llamada a ser en todos los hombres lo que les da la vida por toda la eternidad, la vida misma de Dios, la vida eterna.

    En este evangelio está también la parábola de la cizaña que impide el crecimiento de la vida, yendo hasta sofocar quizá las semillas que sólo piden crecer, y esta parábola nos lleva hasta el juicio final con el fuego del infierno. Todos los que hacen el mal, todos los que hacen caer a los demás, serán atados para ser entregados a ese fuego. “El infierno no existe”, tenemos tentación de pensar todos; ¿será verdad, de verdad?

    (P Paul Debains)

  • 19 07 08. La maternidad de la persona y el celibato consagrado.

    4ª parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en la clínica de Bois-Cerf, en mayo de 1973.

    Nuestra sensibilidad debe ser virginizada por la presencia divina. Se ama con amor total cuando se ama en el despojamiento de sí mismo. Las mujeres no pueden conservar su belleza sino mediante la reestructuración interior. El celibato consagrado se inscribe en la línea del más alto amor… Existe una maternidad y una paternidad de la persona inscritas en la castidad consagrada.

    “Cristo es virgen y la Santísima Virgen es virgen, ¡no es por nada!, y justamente la humanidad comienza en ellos una carrera personal. Ya no es la especie la que está en el centro, sino la persona. Eso es pues lo que hay que mostrar, mostrarnos a nosotros mismos, desconfiando de la sensibilidad mientras no esté virginizada por la Presencia Divina. No se trata de no amar sino de amar verdaderamente y mientras uno siga embrujado por la especie, no ama verdaderamente, no ama con amor supremo, no ama con amor total. Se ama con amor total cuando se ama en el despojamiento de sí mismo y cuando uno se hace para el otro un espacio ilimitado donde se virginiza y puede adquirir toda su estatura comunicando a Dios, que es el lazo y el misterio, el secreto finalmente de todas las ternuras.

    Lo maravilloso en el amor es que es un sacramento de la Presencia Divina (1) – o nada. Sólo ese amor puede durar, si no, envejece tan pronto, ¡tan pronto! Las mujeres con todos sus artificios, envejecen tan pronto, tan pronto, ¡tan pronto!, y no pueden conservar su belleza, como tampoco el hombre, sino mediante la reestructuración interior, mediante la belleza inmortal que esculpe todos rasgos en la luz de Dios.

    Eso es pues lo que hay que mostrar a los jóvenes. No hay que hablarles de prohibiciones y pecado, sino hablarles de una exigencia del amor que es infinita, que no admite excepciones, que no admite que se haga trampa porque nada es más sagrado que el amor, y nada es más difícil.

    Es lo que decía Rilke: "El amor es la prueba más difícil". ¡Cuánta razón tenía! Es justamente la prueba más difícil cuando se hace intolerable y se revela no ser el Amor, a menos de una ascensión cada día más perfecta.

    Es pues en la escala del sacramento, como lo quiso Nuestro Señor, donde el amor encuentra su coronamiento, en la escala del sacramento del matrimonio, donde la dimensión divina es explícitamente afirmada como condición de su indisolubilidad. Si Dios en efecto no se comunica, siendo Él el único Infinito Vivo, el amor está condenado a muerte desde el principio.

    El celibato consagrado se inscribe justamente en la línea del más alto amor que es el Amor en Persona. Se inscribe en la línea del más alto amor porque busca no utilizar jamás el sexo para sí mismo, y por consiguiente, reconocer inmediatamente su valor trinitario, sabiendo que todo lo que es propiamente sexual en el orden físico está ordenado hacia el hijo y que, si uno no está llamado a tener hijos, y hoy más que nunca, tiene que haber seres que no estén llamados a tener hijos propios ya que la humanidad debe controlar los nacimientos, y no puede controlarlos humanamente sino mediante la castidad. Gandi, además, hizo a los 37 años, voto de castidad pues comprendió que, habiendo ya engendrado tres hijos y no queriendo más, no tenía ya ninguna legitimación de una vida sexual.

    Y naturalmente, la castidad consagrada que es el respeto de la vida en sus fuentes, el respeto de la persona, el respeto de las tres personas en el acto creador, está ordenada al nacimiento de la persona, como la virginidad de Nuestro Señor y la de la Santísima Virgen, como la virginidad de todos los santos, de todos los fundadores de órdenes que se dedicaron a engendrar personas y no a propagar la especie. Es infinitamente más importante que una sola persona nazca en la persona de San Francisco d Asís o de San Juan de la Cruz, más bien que multiplicar por millones los individuos mediocres.

    La virginidad consagrada está pues, como la de Nuestro Señor y de su Santísima Madre, ordenada hacia una humanidad de personas, y es la fecundidad esencial, la maternidad de María es una maternidad de la Persona. Jesús es engendrado en María como fruto de su contemplación. Jesús es conocido por su Nombre antes de ser concebido virginalmente. Toda la persona de María está ordenada hacia Él y esa ordenación de toda la persona de María se despliega en una fecundidad en que la naturaleza viene después de la persona. En Jesús, la Persona es primera y la naturaleza segunda; Él se hace hombre bajo el aspecto de una Persona mientras que en la inmensa mayoría de los nacimientos, es la naturaleza lo que viene primero.

    Una pareja no sabe quién será su hijo. "¿Nos reconoceremos?" preguntaba un papá cuya esposa esperaba un hijo, "¿Nos reconoceremos?" Sabía bien que el ser que estaba en camino era desconocido y que sería lo más difícil conocerse y reconocerse.

    Entonces las maternidades ordinarias comienzan por la naturaleza, y todo lo mejor que puede esperar una madre embarazada es que el hijo sea normal, bien conforme y que no le falte ningún atributo de la naturaleza humana, pero ¿cuál será su carácter, su personalidad, que además aún no existe? Es imposible saberlo. Pero la madre finalmente, si quiere criar a su hijo después de haberle dado la vida, deberá realizar la maternidad de la persona, deberá comprometerse con lo más profundo y lo más íntimo de sí misma si quiere que su hijo no se quede en el estadio de animal.

    Hay pues una maternidad y una paternidad de la persona inscritas en la castidad consagrada. Ahí es justamente donde continúa y se realiza la virginidad de Jesús y de María. Es absolutamente necesario convencerse de ello para ser totalmente fiel a esa exigencia como se es fiel al amor, y nos ayudará enormemente el hecho de identificar la visión del amor con una búsqueda de la persona con un rechazo total de anonimato.”

    (Continuará)

     

  • 18 07 08. Es necesario ver la sexualidad bajo el ángulo de la persona...

     

    3ª parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

    Muy hermosa página, inédita, sobre el encuentro sexual ordenado hacia el hijo en que el esposo se hace padre, la esposa la madre desde el primer instante después de la concepción hacia la cual está ordenado el acoplamiento, e inclusive antes si se ve ya a alguien, si se ve personas en potencia en el espermatozoide y el óvulo que llevan los cónyuges y hacen su encuentro en la esposa.

    Retoma: “Es tiempo de abordar el amor trinitario que es el hombre, la mujer y el hijo, porque de toda evidencia, no podremos jamás mirar de frente la sexualidad, la unión del espermatozoide y el óvulo, si no vemos todo eso a través de un rostro de niño.

    Todos fuimos un espermatozoide que fecundaba un óvulo, y esos elementos son ya alguien, "es alguien en persona, es ya una persona humana en potencia, que exige nuestro respeto desde que, justamente, vemos en el amor una trinidad: el hombre que es el Padre, la mujer que es el Verbo, el hijo que es el Espíritu Santo".

    Continuación : “El hijo sale del uno y la otra como el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. La mujer busca nacer del corazón del hombre, ella busca la ternura del hombre, ternura infinitamente respetuosa en que encuentra verdaderamente su cuna. La mujer es mediadora entre el hombre y el hijo, (es necesario pasar por ella para que el hijo exista) como el Verbo es mediador entre el Padre y el Espíritu Santo (1). (Para nosotros los hombres, toda la comunicación del Padre con el Espíritu pasa por el Hijo, hay que pasar por el Hijo para que el Espíritu brote del Padre y del Hijo sobre los hombres, fue por medio del Hijo encarnado como vino a nosotros el Espíritu el día de Pentecostés)

    Cuando hay tres personas uno respira porque entonces todo lo que es propiamente sexual, todas las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer, se orientan hacia la tercera persona y, en esa tercera persona, toman un rostro de niño, un rostro de inocencia, un rostro de belleza, un rostro de eternidad. Entonces todo se clarifica y en esta perspectiva, el hombre y la mujer se “interfieren” (se refuerzan mutuamente en su humanidad y en su feminidad) y son confiados el uno al otro para virginizarse.

    No se trata ya justamente de entregarse en un enceguecimiento absurdo, absurdo, ¡absurdo! ¿Entonces para qué ese gesto del acoplamiento que es un gesto fecundador, cuando todo ha sido calculado para evitar la fecundidad? Es completamente tonto. Lo sería para el hombre y la mujer si, justamente, no estuvieran enceguecidos en el nivel psíquico por el impulso de la especie, si no fueran negocio de la especie creyendo hacer su negocio personal.

    Cuando se ha encontrado la tercera persona que es el hijo, uno respira, respira, y concibe entonces que en efecto los esposos, en vez de cohabitar continuamente, lo que es desastroso, se encuentran, al contrario, solamente en los períodos en que están decididos a propagar la vida y cuando han preparado largamente en sí mismos la cuna del hijo. Sería necesario que pudieran decir al hijo el día en que lo concibieron y cómo y por qué, y con qué voluntad de consagración fue concebido, y que no nació por azar ni por voluptuosidad, de la sangre y la carne, sino que nació verdaderamente de una voluntad de hombre, o más bien de una voluntad del espíritu, y que el acto fue una consagración de sus padres à la vida.

    Sería necesario que la concepción fuera trinitaria, que el hijo fuera traído al mundo en esta perspectiva de amor que lo concierne y le revela sus padres como creadores conscientes e infinitamente dignos de respeto y de amor.

    Si queremos pues tomar distancia respecto de la sexualidad, es necesario considerarla bajo el ángulo de la "Persona". Lo malo no son los espermatozoides y los óvulos. El matrimonio químico es perfectamente inocente. Lo malo no es la atracción de un sexo hacia el otro, es simplemente un nivel en que la especie trata de atraer a los consortes indispensables para la propagación de la vida, a condición de que no nos detengamos ahí y que continuemos para llegar a la persona, la persona que es nuestra capacidad de Infinito, única capaz de satisfacernos, ya que nada es más mortalmente aburridor que un amor convertido en prisión (en que cada uno encierra al otro), nada es más detestable que un amor que es un yugo que uno arrastra sin osar liberarse. Si uno quiere un amor personal, si quiere evitar el anonimato, es necesario llegar a la castidad.

    Hay una virginidad del amor que es indispensable al amor digan lo que digan, y todo lo que cuentan es pura basura, todo lo que cuentan, todas esas descripciones eróticas, toda esa ostentación de la desnudez, son absurdas. No podemos ver el cuerpo si no somos dignos de verlo. ¡El cuerpo hay que hacerlo primero, hay que crearlo! El cuerpo debe ser creado, ser humanizado como todo lo demás en nosotros.

    Lo mismo que el "yo" debe hacerse yo oblativo, el cuerpo debe hacerse cuerpo virginal. Si no lo interiorizamos, rehusamos al cuerpo su humanidad, ya no tiene ningún interés, es una cosa, un objeto, y si excita el deseo es en el nivel en que la mirada es mirada de la especie y no mirada de la persona. Todo eso carece de interés si no hay justamente un respeto infinito por la persona, cuando el cuerpo está revestido del alma y cuando lo vemos de adentro y no de afuera. De adentro, quiero decir interiorizado e intocable porque no lo podemos entender de otra manera sino como nos acercamos a una persona. No podemos captar con las manos el misterio de la persona, no podemos captar el misterio de la persona sino con su respeto y su generosidad.

    No se trata pues de poner el sexo en entredicho, sino de comprenderlo en todos sus niveles, de comprenderlo con todas sus exigencias de humanidad”. (Continuará)

     

  • 17 07 08. Como respuesta a la corriente muy fuerte favorable a la permisividad, hay que situarse en el campo de la persona y del verdadero amor.

    2ª parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en el retiro de las religiosas enfermeras de Bois-Cerf en mayo de 1973.

     

    Contra una corriente muy fuerte favorable a la permisividad, hay que situarse en el campo de la persona y del verdadero amor. Entrar profundamente en el misterio de la Trinidad lo permite.

     

    Se constatará al menos que Zundel no es ignorante de las “cosas” del sexo, sino que queriendo ser realista quizá, las ve demasiado “negras”. Nos detendremos al final de este texto donde M. Zundel nos dice que es tiempo de abordar el amor trinitario (único finalmente que sea del orden del verdadero amor) que es el hombre, la mujer y el hijo. Uno de los medios de disminuir finalmente la atracción sexual y de guardar la castidad es sin duda la atención profunda y frecuente a ese misterio, la entrada en sus profundidades, que hace descubrir el secreto de la persona.

     

    Retoma: “Existe un nivel personal en que el encuentro se hace justamente a un nivel superior, en que se rebasa el sexo entendido en el nivel psíquico y fisiológico y en que uno encuentra la "presencia", la presencia con la cual se comunica y por la cual uno es colmado.”

    Continuación: “Ese amor, ese amor que Maritain por ejemplo conoció con Raísa, el amor angélico evidentemente es muy raro, y es tanto más precioso. Es tan raro que la mayoría de los hombres no lo conocen ni de oídas, que la inmensa mayoría de las personas a quienes se les cuenta no creen. Piensan que les cuentan pamplinas, que eso no existe, que un hombre y una mujer sólo pueden encontrarse durmiendo juntos (visión singularmente pesimista), que ese es el término natural de la aventura. Ustedes saben qué insidiosas son estas nociones, cuánto invaden la imaginación y la sensibilidad.

    Asistimos al fracaso de tantas vocaciones, vimos exhibirse en la televisión tantos religiosos, tantos sacerdotes que venían a defender su causa o a gloriarse de sus hazañas, o a hablar de un profetismo al que se sentían llamados para preparar un porvenir más humano en la Iglesia, y hablaron con tanta elocuencia que los fieles de hoy ya casi no ven motivo de extrañarse: ¿Por qué no, después de todo, por qué no?

    ¿Porqué no? ¿Porqué no se casarían los sacerdotes? ¿Porqué no se casarían los monjes? ¿Porqué no se casarían las religiosas? Es la corriente natural, está inscrita en el inconsciente, es un llamado de todas las fibras de nuestro ser. ¿Porqué querer hacer el ángel, corriendo el riesgo de hacer la bestia?

    Y ustedes saben que hay en el clero, en los profesores de moral, una corriente totalmente favorable a todas esas nociones, al placer sexual como algo totalmente inocente, o inclusive totalmente benéfico y que es inútil culpabilizarlo.

    ¿Porqué culpabilizar las funciones sexuales de las que nacimos? Entonces se escucha entre bastidores, o en público, inclusive en misiones populares, a sacerdotes que osan permitir o al menos autorizar la píldora (la mayoría de los que la autorizan no lo hacen verdaderamente sino cuando no hay otra posibilidad), o que ocultan que está prohibida, a pesar de las advertencias del Santo Padre, y que sonríen ante la moral “tradicional” como algo pueril que desconocía las leyes más elementales de la psicología. ¡No se trata, desde luego, de multiplicar los escrúpulos y de ver en la inclinación de la carne el pecado por excelencia! Ni se trata de situarse en el campo del pecado; hay que situarse, pienso yo, primero en el campo de la “persona” y en el campo del amor.

    En el campo del amor se utiliza la expresión horrible “hacer el amor", como si el amor pudiera hacerse, como si el amor no comprometiera personas. ¿De qué se trata? ¿De alcanzar la unidad, la unión total? ¿Pero unión total de qué y de quién?

    Rainer Maria Rilke, el gran poeta checoeslovaco, que además fracasó en su matrimonio y se separó de su mujer y de su hija, observaba en sus “Cartas a un joven poeta” cuán difícil es comunicar. Y ante todos esos jóvenes que se unen precozmente, hacía esta observación amarga: "Se mezclan pero no tienen nada que darse". Se mezclan como productos químicos, pero no tienen nada que comunicarse porque no existen todavía.

    Y ese es en efecto el criterio absoluto de que estoy cada día más convencido, cuya fuerza y poder reconozco cada día más: aunque psicológicamente la atracción sexual esté en efecto completamente separada de la vida – excepto en los casos en que los esposos quieren un hijo, lo que afortunadamente sucede aún a veces, (exageración humorística) – aunque ese impulso esté totalmente separado de la vida, no lo está de la unión recíproca. Todavía hay esperanzas de encontrarse.

    Era Alain, el filósofo, el que planteaba la cuestión: "¿Podría un hombre amar a una mujer loca?" Y respondía: "No". Un hombre puede amar una mujer loca que era normal y se volvió loca, pero la amó en condiciones normales. Un hombre no puede enamorarse de una mujer loca desde el comienzo, porque, aun en el amor más instintivo, busca a alguien, busca una persona, busca una intimidad, busca un misterio. Diríamos pues que busca el Infinito.

    En efecto, el hombre que desea a una mujer, o la mujer que desea a un hombre, (generalmente no sucede del mismo modo, pero en fin es tan fuerte para las dos partes!), el hombre que desea a una mujer tiene que verla, en cierto modo, la mujer tiene que sexualizarse a sus ojos, los elementos sexuales deben prevalecer en ella sobre los demás, y finalmente ella debe convertirse en una especie de célula, de óvulo inmenso en que todo el ser esté contenido. Cuando el acto ha sido consumado y ha caído el impulso, ¿qué es lo que queda? El ser no ha cambiado, está ahí con su mediocridad, con sus límites, con sus necesidades, con sus nervios, con sus impaciencias, está ahí con sus iras y toda la atracción está muda. Se acabó todo, hasta que de nuevo la sangre renueve el deseo, y así sucesivamente, y el ciclo continúa.

    Después llega un momento en que todo es “banal”, ya no tiene la mínima atracción y el hombre dice a su mujer, como me contaba una mujer, que naturalmente divorció de su marido: “¡Escúchame, vieja! la atracción ya no existe, toma tu libertad y déjame la mía!", o el hombre que estaba demasiado viejo como para divorciar en condiciones satisfactorias: "Pensar que estás vieja y que tengo que dormir contigo!", sentimiento de asco, verdad, ante la mujer que había perdido todos sus encantos y con la cual tenía que cohabitar.

    No hay pues duda de que el amor que permanece en el plano psíquico, que no va más allá, que no hace una entrada de luz hacia “la persona”, se va a atascar, chocará con límites, con límites que, según las sensibilidades son más o menos percibidos.

    Muchos hombres, Dios mío, son mediocres, se duermen, se aburguesan y llevan por accidente una existencia coja, porque su vida quedó sin resorte, porque ya están medio muertos, pero los seres que tienen reflejos poderosos, los seres que tienen una toma de conciencia aguda no tardan en apercibir las taras, las deficiencias, los límites del ser que idolatraron antes en un impulso carnal y se preguntan porqué: ¿Porqué estoy apegado a esta mujer, o a este hombre, entre miles de millones de otros? ¿Porqué él o ella y no otro u otra? ¿Porqué esta prisión? ¿Porqué estas cadenas? ¿Porqué esta cautividad? ¿Porqué estas obligaciones que ya no corresponden a nada? Es que, justamente, no se puede jugar con el Infinito.

    Lo que me disgusta precisamente en el erotismo, lo que me disgusta en todas esas alusiones, en todas esas canciones, en todas esas representaciones, en todas esas alusiones a la sexualidad, es que se daña el Infinito, es que el Amor deviene imposible, porque entonces el amor echa afuera la persona, porque la persona es única, porque la persona debe realizar el Infinito en ella misma.

    ¿Cómo quieren que un hombre que ha percibido los límites de una mujer, la mediocridad, aunque sea una sola vez, no comience a dudar de ella, a decirse: “¡Cómo! ¡Ella es así, y no me había dado cuenta! ¡Tiene esos aspectos y yo no lo sabía! Y me uní a ella y ¿no tengo derecho de mirar a otra parte y de volver a comenzar a descubrir otro amor más perfecto?”

    No podemos persuadirnos demasiado de esta verdad: que justamente la sexualidad con toda su violencia, es el grito de la especie, el grito de la especie que se burla de nosotros, el grito de la especie que moviliza a los individuos como briznas de paja porque quiere durar, y que el individuo es sólo un pretexto para su duración.

    Entonces, evidentemente, ¿qué significa toda esa cinematografía, todo ese vértigo? ¡El juego de la especie! Y los individuos que se precipitan en ese juego, completamente ignorantes, se dejan engañar y finalmente quedan encadenados uno a otro sin tener nada en común, y llegan al odio, al odio feroz, feroz, que encontré en ciertas parejas, feroz, brutal, tiránico, monstruoso, hasta poner micrófonos invisibles en todas partes para sorprender a la mujer, para saber lo que dijo en ausencia del marido. ¡Odioso!

    Es inevitable porque, si no podemos amar a una mujer loca, si el amor busca a “alguien”, la más terrible decepción es encontrar una cosa.

    Ahí es justamente donde la castidad deviene exigencia para todo el mundo, exigencia rigurosa en nombre del amor, del amor humano, para que el Infinito no sufra daño definitivo. Pero para la inmensa mayoría de los hombres, el encuentro con el Infinito es el encuentro con el amor, o por lo menos es lo que esperan.

    Sería una suerte prodigiosa si, justamente, como la mujer ciega y paralítica que evocaba ahora, sería maravilloso si hicieran la experiencia del Infinito, la experiencia de Dios a través de un amor suficientemente perfecto como para darles cada día la posibilidad de un nuevo descubrimiento. Ese nuevo descubrimiento es indispensable: si no hay cada día algo nuevo que admirar, el amor se deteriora, se marchita y muere.

    Cuando una pareja se mantiene por razones sociales, por conveniencia, cuando cada uno de los cónyuges tiene derecho de buscar su gozo en otra parte, aunque sea en los hijos, y que el marido o la mujer lo ignora, el hogar está en peligro y no existe finalmente sino una fachada.

    Es pues tiempo de abordar el amor trinitario que es el hombre, la mujer y el hijo, porque de toda evidencia, no podremos jamás mirar de frente la sexualidad, la unión del espermatozoide y el óvulo, si no vemos todo eso a través de un rostro de niño.

    Todos fuimos un espermatozoide que fecundaba el óvulo, y esos elementos son ya alguien, "es alguien en persona, es ya una persona humana en potencia que exige nuestro respeto desde que, justamente, vemos en el amor una trinidad: el hombre que es el Padre, la mujer que es el Verbo, el hijo que es el Espíritu Santo". (Continuará)

     

  • 16 07 08. En la conciencia, o la inconciencia de la mayoría de los hombres, la sexualidad está disociada de la fecundidad.

    1ª parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973

     

    Trata de sexualidad. El preámbulo que vamos a leer ahora, donde Zundel, que no iba probablemente nunca al cine ni miraba la televisión, muestra un juicio puramente negativo sobre los medios, que en su época estaban menos desarrollados que ahora. Puede quizá sorprendernos la crudeza de los términos que emplea. Lo esencial de su pensamiento vendrá más adelante en la conferencia donde presenta la iniciación al misterio de la Trinidad como medio que hace posible la práctica de la castidad del amor.

     

    “Bichat, un gran fisiólogo de comienzos del siglo XIX, definía la vida como “el conjunto de las funciones que resisten a la muerte”. Era una definición arriesgada y audaz al mismo tiempo, pero que indica bien que la vida está abierta a la muerte y que la vida está expuesta a la muerte.

    Lo verificamos inmediatamente si recordamos que la vida sólo se sostiene a base de préstamos. Desde el seno materno, el niño respira, se alimenta a través de la madre, y no puede subsistir sin esa renovación perpetua. Las células mueren y se renuevan pero sabemos que si no pudiéramos respirar y a alimentarnos, la muerte nos tragaría inmediatamente. Eso quiere decir que la vida es una aventura llena de riesgos y peligros ya que, aunque representa cierta autonomía, cierta independencia puesto que cada vida es un organismo completo y busca constantemente a mantenerse, pero también es verdad que la vida depende esencialmente de todos los préstamos tomados del medio donde se desarrolla.

    Y además la vida no deja de perecer, está amenazada de desgaste, las intoxicaciones se multiplican y finalmente, a pesar de todos los esfuerzos de renovación, la vida perece. Por eso la vida habría cesado hace tiempos sino hubiera tenido la capacidad de renovación que le debe a la reproducción, ya que el gran misterio de la vida es que se reproduce y que a cada generación vuelve a comenzar.

    Piensen en las bacterias que existen desde hace mil millones, varios miles de millones de años, y que se reproducen cada 20 minutos. Cada 20 minutos nace una nueva bacteria, o mejor dos, ya que las bacterias se reproducen por división, cada 20 minutos se realiza el ciclo entero con miles de reacciones que se realizan al mismo tiempo. La reproducción es finalmente la única posibilidad de mantener la vida, y por eso la función de reproducción tiene una importancia capital en la naturaleza.

    Como ustedes saben, hay varias formas de reproducción: la división, el hermafrodismo, que comienza a jugar con el sexo, aunque los biólogos muy avanzados atribuyen hoy ya una sexualidad a la bacteria, pero la sexualidad propiamente dicha no se revela sino en el momento en que dos individuos diferentes son portadores de gérmenes indispensables a la reproducción. Cuando la fecundación se realiza en el cuerpo de la madre, los individuos portadores de genes deben unirse, acoplarse, para que la vida siga su curso, y justamente ahí entramos en el campo de la sexualidad humana en que precisamente la reproducción de la vida está ligada a la unión de parejas en que cada uno posee un elemento indispensable para la continuación de la aventura, el óvulo en la hembra y el espermatozoide en el macho.

    Esta situación – es un inmenso problema continuamente discutido actualmente y que es de una importancia capital ya que lo llevamos en nosotros – el problema está pues centrado y se origina precisamente en la debilidad de la vida que no puede durar sin reproducirse.

    Al nivel de una sexualidad muy desarrollada en los animales superiores y en el hombre, como justamente los gérmenes pertenecen a individuos diferentes, como es necesario a todo precio que los genes se encuentren, como además en nosotros en particular la fecundación se realiza en el cuerpo de la madre, es totalmente necesario que haya unión de parejas, del hombre y la mujer, al menos en las condiciones naturales y normales. Es entonces lo que vemos en toda la naturaleza donde precisamente la fecundación se realiza en el cuerpo de la madre.

    Donde la unión de las parejas es indispensable, vemos que la naturaleza inventó una estratagema, una astucia magnífica, que consiste en hacer creer, hacer sentir, al menos a las parejas, y en especial al macho, que la fecundación, la unión sexual, va en beneficio de los individuos y no en beneficio de la especie.

    Para tomar un ejemplo muy local, si ustedes quieren, sucede a veces que en el lago un cisne macho mate un rival que ronda alrededor de la hembra que él se había reservado. ¿Porqué mata el cisne macho a su rival? Evidentemente, porque la unión, el acoplamiento, le parece un bien, un bien propio, y lo defiende con su pico hasta la muerte del rival. Si fuera consciente de trabajar por la especie, de que toda esa historia fue inventada para hacerlo marchar para hacerlo concurrir sin saberlo a la supervivencia de la vida, no le interesaría. Y es lo mismo que sucede al máximo en el hombre.

    Constatamos pues que existen varios niveles en la sexualidad. Un primer nivel es el matrimonio del espermatozoide y el óvulo. Este matrimonio podemos además reproducirlo en laboratorio y seguirlo al microscopio, seguir la penetración del espermatozoide en el óvulo, lo cual va a disparar el desarrollo del ovocito. Este matrimonio físico-químico es el más importante ya que es el que asegura la supervivencia de la especie. Una vez realizado se le podría cortar la cabeza al consorte si la fecundidad no se desarrollara en el cuerpo de la madre, pero lo que le interesa a la especie en todas partes es el desarrollo del óvulo fecundado que asegura la renovación de la vida.

    El matrimonio físico-químico es un acontecimiento muy inocente y no inspiraría ninguna perturbación en la mente si todo se redujera a eso. La inmensa mayoría de los hombres no tendría ningún interés en ello si la sexualidad no tuviera otro nivel, el psíquico.

    El primer nivel es pues el físico-químico. El segundo nivel es el nivel psíquico, y ahí es donde las cosas se complican, a tal punto que los individuos se unen y se acoplan sin pensar lo más mínimo realizar el gesto de la especie. Simplemente no lo piensan. En la atracción sexual hay justamente una especie de ceguera sistemática que induce a los individuos, los empuja al uno hacia el otro, en el olvido completo de la función reproductora.

    Psíquicamente entonces, sobre todo en las especies superiores y muy particularmente en el hombre en el plano psíquico, el interés de la sexualidad reside en la unión misma, en el acoplamiento y absolutamente no en la propagación de la vida, de modo que los seres pueden pasar toda la vida utilizando la sexualidad sin pensar un solo instante en la reproducción – más aún, excluyéndola formalmente – ya que ahora la moda se difunde universalmente y tratan de difundirla lo más posible, de suspender por todos los medios la fecundidad, ya sea mediante la píldora, ya por la esterilización propiamente dicha.

    Y es imposible ignorar esta situación incontestable: la sexualidad, psíquicamente hablando, está disociada, está separada en la conciencia o en el inconsciente, separada de la fecundidad, separada de la reproducción, de modo que el impulso más vehemente, más pasional, se realiza con mayor frecuencia en la ignorancia absoluta del objetivo y, al contrario, en la exclusión formal del objetivo. Y estamos hoy en ese punto en que la demografía, la multiplicación humana es tan amplia y tan rápida que uno se pregunta dónde va a albergar a todos los individuos que nacerán o que están naciendo y cómo los va a alimentar.

    Por eso hay campañas inmensas contra la natalidad, bajo el nombre de "birth control", de control de nacimientos. Hay una inmensa campaña casi en todas partes, en especial en India, en Bangladesh, en Egipto, en fin, en todos los países donde la fecundidad es tan rápida, donde la población crece con tanta severidad que uno tiene idea de la miseria a que se la expone si no se interviene y, naturalmente, el hecho de haber encontrado en la píldora, no sin inconvenientes además, un medio casi seguro de evitar la fecundación. Todas las barreras desaparecieron y las jovencitas de 15 años se pasean con sus píldoras y además incitan a los muchachos diciéndoles: “No te preocupes, no tengas miedo, ¡tengo la píldora!”

    Este segundo nivel, el nivel psíquico, es el más conocido, el más explotado, el más ostentado: en las novelas, en las películas, en la televisión, no se habla de otra cosa. La inmensa mayoría de las películas representan actos sexuales o los sugieren.

    Afortunadamente existe un tercer nivel, el menos conocido y el único verdaderamente humano, el nivel de la persona, el nivel de la persona que voy a ilustrar con el ejemplo de una mujer ciega y paralítica que conocí tardíamente, cuando estaba ya viuda. Sufrió un ataque de poliomielitis a los 18 años y el joven que la amaba no la abandonó. Más aún, se puso a su servicio, compró un carro para prestarle servicio y finalmente, al cabo de nueve años, cuando ella encegueció, él se casó con ella. ¡Se casó con ese bloque inerte! ella no podía moverse en la cama ni llevar las manos a la boca, ni hacer ningún movimiento. Lo único vivo en ella era la inteligencia.

    Esa fue una mujer amada por ella misma, por su persona. Y ella lo sabía, y fue tan colmada que jamás se quejaba a pesar de que su marido murió repentinamente a su lado muchos años antes de que yo la conociera. Ella había conocido el amor más grande que una mujer pueda conocer, un amor que estaba dirigido a su persona y ella pensaba haber tenido una felicidad bastante grande como para no quejarse de su infortunio físico. Volveremos después al nivel psíquico.

    Entonces existe un nivel personal en que el encuentro se hace justamente a un nivel superior, en que se rebasa el sexo entendido en el nivel psíquico y fisiológico y en que uno encuentra la "presencia", la presencia con la cual se comunica y por la cual uno es colmado.” (Continuará)

     

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