2ª parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en
el retiro de las religiosas enfermeras de Bois-Cerf en mayo de 1973.
Contra una corriente muy fuerte favorable a la
permisividad, hay que situarse en el campo de la persona y del verdadero amor. Entrar
profundamente en el misterio de la
Trinidad lo permite.
Se constatará al menos que Zundel no es ignorante de las “cosas” del
sexo, sino que queriendo ser realista quizá, las ve demasiado “negras”. Nos
detendremos al final de este texto donde M. Zundel nos dice que es tiempo de
abordar el amor trinitario (único finalmente que sea del orden del verdadero
amor) que es el hombre, la mujer y el hijo. Uno de los medios de disminuir finalmente la
atracción sexual y de guardar la castidad es sin duda la atención profunda y
frecuente a ese misterio, la entrada en sus profundidades, que hace descubrir
el secreto de la persona.
Retoma: “Existe
un nivel personal en que el encuentro se hace justamente a un nivel superior,
en que se rebasa el sexo entendido en el nivel psíquico y fisiológico y en que uno encuentra la
"presencia", la presencia con la cual se comunica y por la cual uno
es colmado.”
Continuación: “Ese amor, ese amor que Maritain
por ejemplo conoció con Raísa, el amor angélico evidentemente es muy raro, y es
tanto más precioso. Es tan raro que la mayoría de los hombres no lo conocen ni
de oídas, que la inmensa mayoría de las personas a quienes se les cuenta no
creen. Piensan que les cuentan pamplinas, que eso no existe, que un hombre y
una mujer sólo pueden encontrarse durmiendo juntos (visión singularmente pesimista), que ese es el término natural de
la aventura. Ustedes saben qué insidiosas son estas nociones, cuánto invaden la
imaginación y la sensibilidad.
Asistimos al fracaso de tantas vocaciones,
vimos exhibirse en la televisión tantos religiosos, tantos sacerdotes que venían
a defender su causa o a gloriarse de sus hazañas, o a hablar de un profetismo
al que se sentían llamados para preparar un porvenir más humano en la Iglesia, y hablaron con
tanta elocuencia que los fieles de hoy ya casi no ven motivo de extrañarse:
¿Por qué no, después de todo, por qué no?
¿Porqué no? ¿Porqué no se casarían los
sacerdotes? ¿Porqué no se casarían los monjes? ¿Porqué no se casarían las
religiosas? Es la corriente natural, está inscrita en el inconsciente, es un
llamado de todas las fibras de nuestro ser. ¿Porqué querer hacer el ángel,
corriendo el riesgo de hacer la bestia?
Y ustedes saben que hay en el clero, en los
profesores de moral, una corriente totalmente favorable a todas esas nociones,
al placer sexual como algo totalmente inocente, o inclusive totalmente benéfico
y que es inútil culpabilizarlo.
¿Porqué culpabilizar las funciones sexuales de
las que nacimos? Entonces se escucha entre bastidores, o en público, inclusive
en misiones populares, a sacerdotes que osan permitir o al menos autorizar la
píldora (la mayoría de los que la
autorizan no lo hacen verdaderamente sino cuando no hay otra posibilidad),
o que ocultan que está prohibida, a pesar de las advertencias del Santo Padre,
y que sonríen ante la moral “tradicional” como algo pueril que desconocía las
leyes más elementales de la psicología. ¡No se trata, desde luego, de
multiplicar los escrúpulos y de ver en la inclinación de la carne el pecado por
excelencia! Ni se trata de situarse en el campo del pecado; hay que situarse, pienso yo, primero en el campo de la “persona” y en el
campo del amor.
En el campo del amor se utiliza la expresión
horrible “hacer el amor", como si el amor pudiera hacerse, como si el amor
no comprometiera personas. ¿De qué se trata? ¿De alcanzar la unidad, la unión
total? ¿Pero unión total de qué y de quién?
Rainer Maria Rilke, el gran poeta
checoeslovaco, que además fracasó en su matrimonio y se separó de su mujer y de
su hija, observaba en sus “Cartas a un joven poeta” cuán difícil es comunicar.
Y ante todos esos jóvenes que se unen precozmente, hacía esta observación
amarga: "Se mezclan pero no tienen
nada que darse". Se mezclan como productos químicos, pero no tienen
nada que comunicarse porque no existen
todavía.
Y ese es en efecto el criterio absoluto de que
estoy cada día más convencido, cuya fuerza y poder reconozco cada día más: aunque
psicológicamente la atracción sexual esté en efecto completamente separada de
la vida – excepto en los casos en que los esposos quieren un hijo, lo que
afortunadamente sucede aún a veces, (exageración
humorística) – aunque ese impulso esté totalmente separado de la vida, no
lo está de la unión recíproca. Todavía hay esperanzas de encontrarse.
Era Alain, el filósofo, el que planteaba la
cuestión: "¿Podría un hombre amar a una mujer loca?" Y respondía:
"No". Un hombre puede amar una mujer loca que era normal y se volvió loca,
pero la amó en condiciones normales. Un hombre no puede enamorarse de una mujer
loca desde el comienzo, porque, aun en el amor más instintivo, busca a alguien,
busca una persona, busca una intimidad, busca un misterio. Diríamos pues que
busca el Infinito.
En efecto, el hombre que desea a una mujer, o
la mujer que desea a un hombre, (generalmente no sucede del mismo modo, pero en
fin es tan fuerte para las dos partes!), el hombre que desea a una mujer tiene
que verla, en cierto modo, la mujer tiene que sexualizarse a sus ojos, los
elementos sexuales deben prevalecer en ella sobre los demás, y finalmente ella debe
convertirse en una especie de célula, de óvulo inmenso en que todo el ser esté
contenido. Cuando el acto ha sido consumado y ha caído el impulso, ¿qué es lo
que queda? El ser no ha cambiado, está ahí con su mediocridad, con sus límites,
con sus necesidades, con sus nervios, con sus impaciencias, está ahí con sus
iras y toda la atracción está muda. Se acabó todo, hasta que de nuevo la sangre
renueve el deseo, y así sucesivamente, y el ciclo continúa.
Después llega un momento en que todo es “banal”,
ya no tiene la mínima atracción y el hombre dice a su mujer, como me contaba
una mujer, que naturalmente divorció de su marido: “¡Escúchame, vieja! la
atracción ya no existe, toma tu libertad y déjame la mía!", o el hombre
que estaba demasiado viejo como para divorciar en condiciones satisfactorias:
"Pensar que estás vieja y que tengo que dormir contigo!", sentimiento
de asco, verdad, ante la mujer que había perdido todos sus encantos y con la
cual tenía que cohabitar.
No hay pues duda de que el amor que permanece
en el plano psíquico, que no va más allá, que no hace una entrada de luz hacia
“la persona”, se va a atascar, chocará con límites, con límites que, según las
sensibilidades son más o menos percibidos.
Muchos hombres, Dios mío, son mediocres, se
duermen, se aburguesan y llevan por accidente una existencia coja, porque su
vida quedó sin resorte, porque ya están medio muertos, pero los seres que
tienen reflejos poderosos, los seres que tienen una toma de conciencia aguda no
tardan en apercibir las taras, las deficiencias, los límites del ser que
idolatraron antes en un impulso carnal y se preguntan porqué: ¿Porqué estoy
apegado a esta mujer, o a este hombre, entre miles de millones de otros?
¿Porqué él o ella y no otro u otra? ¿Porqué esta prisión? ¿Porqué estas
cadenas? ¿Porqué esta cautividad? ¿Porqué estas obligaciones que ya no
corresponden a nada? Es que, justamente, no
se puede jugar con el Infinito.
Lo que me disgusta precisamente en el erotismo,
lo que me disgusta en todas esas alusiones, en todas esas canciones, en todas
esas representaciones, en todas esas alusiones a la sexualidad, es que se daña
el Infinito, es que el Amor deviene imposible, porque entonces el amor echa afuera la persona, porque la persona es única, porque la persona debe realizar el Infinito en
ella misma.
¿Cómo quieren que un hombre que ha percibido
los límites de una mujer, la mediocridad, aunque sea una sola vez, no comience
a dudar de ella, a decirse: “¡Cómo! ¡Ella es así, y no me había dado cuenta! ¡Tiene
esos aspectos y yo no lo sabía! Y me uní a ella y ¿no tengo derecho de mirar a
otra parte y de volver a comenzar a descubrir otro amor más perfecto?”
No podemos persuadirnos demasiado de esta
verdad: que justamente la sexualidad con toda su violencia, es el grito de
la especie, el grito de la especie
que se burla de nosotros, el grito de la especie que moviliza a los individuos
como briznas de paja porque quiere durar, y que el individuo es sólo un
pretexto para su duración.
Entonces, evidentemente, ¿qué significa toda
esa cinematografía, todo ese vértigo? ¡El juego de la especie! Y los individuos
que se precipitan en ese juego, completamente ignorantes, se dejan engañar y
finalmente quedan encadenados uno a otro sin tener nada en común, y llegan al
odio, al odio feroz, feroz, que encontré en ciertas parejas, feroz, brutal,
tiránico, monstruoso, hasta poner micrófonos invisibles en todas partes para
sorprender a la mujer, para saber lo que dijo en ausencia del marido. ¡Odioso!
Es inevitable porque, si no podemos amar a una
mujer loca, si el amor busca a “alguien”, la más terrible decepción es
encontrar una cosa.
Ahí es justamente donde la castidad deviene
exigencia para todo el mundo, exigencia rigurosa en nombre del amor, del
amor humano, para que el Infinito no sufra daño definitivo. Pero para la
inmensa mayoría de los hombres, el encuentro con el Infinito es el encuentro
con el amor, o por lo menos es lo que esperan.
Sería una suerte prodigiosa si, justamente,
como la mujer ciega y paralítica que evocaba ahora, sería maravilloso si
hicieran la experiencia del Infinito, la experiencia de Dios a través de un
amor suficientemente perfecto como para darles cada día la posibilidad de un
nuevo descubrimiento. Ese nuevo descubrimiento es indispensable: si no hay cada
día algo nuevo que admirar, el amor se deteriora, se marchita y muere.
Cuando una pareja se mantiene por razones
sociales, por conveniencia, cuando cada uno de los cónyuges tiene derecho de
buscar su gozo en otra parte, aunque sea en los hijos, y que el marido o la
mujer lo ignora, el hogar está en peligro y no existe finalmente sino una
fachada.
Es pues tiempo de abordar el amor trinitario
que es el hombre, la mujer y el hijo, porque de toda evidencia, no podremos
jamás mirar de frente la sexualidad, la unión del espermatozoide y el óvulo, si
no vemos todo eso a través de un rostro de niño.
Todos fuimos un espermatozoide
que fecundaba el óvulo, y esos elementos son ya alguien, "es alguien en persona, es ya
una persona humana en potencia que exige nuestro respeto desde que, justamente,
vemos en el amor una trinidad: el hombre que es el Padre, la mujer que es el Verbo,
el hijo que es el Espíritu Santo". (Continuará)