3ª
parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.
Muy hermosa página, inédita, sobre el encuentro sexual ordenado hacia el
hijo en que el esposo se hace padre, la esposa la madre desde el primer
instante después de la concepción hacia la cual está ordenado el
acoplamiento, e inclusive antes si se ve ya a alguien, si se ve personas
en potencia en el espermatozoide y el óvulo que llevan los cónyuges y hacen su
encuentro en la esposa.
Retoma: “Es tiempo de abordar el amor
trinitario que es el hombre, la mujer y el hijo, porque de toda evidencia, no
podremos jamás mirar de frente la sexualidad, la unión del espermatozoide y el
óvulo, si no vemos todo eso a través de un rostro de niño.
Todos fuimos un espermatozoide que fecundaba un
óvulo, y esos elementos son ya alguien, "es alguien en persona, es ya una persona
humana en potencia, que exige nuestro respeto desde que, justamente, vemos en
el amor una trinidad: el hombre que es el Padre, la mujer que es el Verbo, el
hijo que es el Espíritu Santo".
Continuación : “El hijo sale del uno y la otra como
el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. La mujer busca nacer del corazón del hombre, ella busca la ternura del hombre,
ternura infinitamente respetuosa en que encuentra verdaderamente su cuna. La mujer es mediadora entre el
hombre y el hijo, (es necesario pasar por ella para que el hijo exista) como el Verbo es mediador entre el
Padre y el Espíritu Santo
(1). (Para
nosotros los hombres, toda la comunicación del Padre con el Espíritu pasa por
el Hijo, hay que pasar por el Hijo para que el Espíritu brote del Padre y del
Hijo sobre los hombres, fue por medio del Hijo encarnado como vino a nosotros
el Espíritu el día de Pentecostés)
Cuando
hay tres personas uno respira porque entonces todo lo que es propiamente
sexual, todas las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer, se
orientan hacia la tercera persona y, en esa tercera persona, toman un rostro de
niño, un rostro de inocencia, un rostro de belleza, un rostro de eternidad.
Entonces todo se clarifica y en esta
perspectiva, el hombre y la mujer se “interfieren” (se refuerzan mutuamente en su humanidad y en su feminidad) y son confiados el uno al otro para
virginizarse.
No
se trata ya justamente de entregarse en un enceguecimiento absurdo, absurdo, ¡absurdo!
¿Entonces para qué ese gesto del acoplamiento que es un gesto fecundador,
cuando todo ha sido calculado para evitar la fecundidad? Es completamente
tonto. Lo sería para el hombre y la mujer si, justamente, no estuvieran
enceguecidos en el nivel psíquico por el impulso de la especie, si no fueran
negocio de la especie creyendo hacer su negocio personal.
Cuando
se ha encontrado la tercera persona que es el hijo, uno respira, respira, y
concibe entonces que en efecto los esposos, en vez de cohabitar continuamente,
lo que es desastroso, se encuentran, al contrario, solamente en los períodos en que están decididos a propagar la vida
y cuando han preparado largamente en sí mismos la cuna del hijo. Sería
necesario que pudieran decir al hijo el día en que lo concibieron y cómo y por
qué, y con qué voluntad de consagración fue concebido, y que no nació por azar
ni por voluptuosidad, de la sangre y la carne, sino que nació verdaderamente de una voluntad de hombre, o más bien de una voluntad del espíritu, y que el
acto fue una consagración de sus padres à la vida.
Sería necesario que la concepción fuera trinitaria, que el hijo fuera traído al mundo
en esta perspectiva de amor que lo concierne y le revela sus padres como
creadores conscientes e infinitamente dignos de respeto y de amor.
Si
queremos pues tomar distancia respecto de la sexualidad, es necesario considerarla bajo el ángulo de la "Persona". Lo malo no son los
espermatozoides y los óvulos. El matrimonio químico es perfectamente inocente. Lo
malo no es la atracción de un sexo hacia el otro, es simplemente un nivel en
que la especie trata de atraer a los consortes indispensables para la
propagación de la vida, a condición de que no nos detengamos ahí y que
continuemos para llegar a la persona, la persona que es nuestra
capacidad de Infinito, única capaz de satisfacernos, ya que nada es más
mortalmente aburridor que un amor convertido en prisión (en que cada uno encierra al otro), nada es más detestable que un
amor que es un yugo que uno arrastra sin osar liberarse. Si uno quiere
un amor personal, si quiere evitar el anonimato, es necesario llegar a la
castidad.
Hay una virginidad del amor que es
indispensable al amor
digan lo que digan, y todo lo que cuentan es pura basura, todo lo que cuentan,
todas esas descripciones eróticas, toda esa ostentación de la desnudez, son
absurdas. No podemos ver el cuerpo si no
somos dignos de verlo. ¡El cuerpo hay que hacerlo primero, hay que crearlo! El
cuerpo debe ser creado, ser humanizado como todo lo demás en nosotros.
Lo
mismo que el "yo" debe hacerse yo oblativo, el cuerpo debe hacerse cuerpo virginal. Si no lo interiorizamos,
rehusamos al cuerpo su humanidad, ya no tiene ningún interés, es una cosa, un
objeto, y si excita el deseo es en el nivel en que la mirada es mirada de la
especie y no mirada de la persona. Todo eso carece de interés si no hay
justamente un respeto infinito por la persona, cuando el cuerpo está revestido del alma y cuando lo vemos de adentro y
no de afuera. De adentro, quiero decir interiorizado
e intocable porque no lo podemos entender de otra manera sino como nos
acercamos a una persona. No podemos captar con las manos el misterio de la
persona, no podemos captar el misterio de la persona sino con su respeto y su
generosidad.
No
se trata pues de poner el sexo en entredicho, sino de comprenderlo en todos sus
niveles, de comprenderlo con todas sus exigencias de humanidad”. (Continuará)