4ª
parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en la clínica de Bois-Cerf, en mayo de 1973.
Nuestra sensibilidad debe ser virginizada por la presencia divina. Se
ama con amor total cuando se ama en el despojamiento de sí mismo. Las mujeres
no pueden conservar su belleza sino mediante la reestructuración interior. El
celibato consagrado se inscribe en la línea del más alto amor… Existe una
maternidad y una paternidad de la persona inscritas en la castidad consagrada.
“Cristo
es virgen y la
Santísima Virgen es virgen, ¡no es por nada!, y justamente la
humanidad comienza en ellos una carrera personal. Ya no es la especie la que
está en el centro, sino la persona. Eso es pues lo que hay que mostrar, mostrarnos
a nosotros mismos, desconfiando de la sensibilidad mientras no esté virginizada
por la Presencia Divina.
No se trata de no amar sino de amar verdaderamente y mientras uno siga
embrujado por la especie, no ama verdaderamente, no ama con amor supremo, no
ama con amor total. Se ama con amor
total cuando se ama en el despojamiento de sí mismo y cuando uno se hace
para el otro un espacio ilimitado donde se virginiza y puede adquirir toda su
estatura comunicando a Dios, que es el lazo y el misterio, el secreto finalmente
de todas las ternuras.
Lo
maravilloso en el amor es que es un sacramento de la Presencia
Divina (1) – o nada. Sólo
ese amor puede durar, si no, envejece tan pronto, ¡tan pronto! Las mujeres con todos sus artificios,
envejecen tan pronto, tan pronto, ¡tan pronto!, y no pueden conservar su belleza, como tampoco el hombre, sino mediante
la reestructuración interior, mediante la belleza inmortal que esculpe
todos rasgos en la luz de Dios.
Eso
es pues lo que hay que mostrar a los jóvenes. No hay que hablarles de
prohibiciones y pecado, sino hablarles
de una exigencia del amor que es infinita, que no admite excepciones, que
no admite que se haga trampa porque nada es más sagrado que el amor, y nada es
más difícil.
Es
lo que decía Rilke: "El amor es la prueba más difícil". ¡Cuánta razón
tenía! Es justamente la prueba más difícil cuando se hace intolerable y se
revela no ser el Amor, a menos de una ascensión cada día más perfecta.
Es
pues en la escala del sacramento, como lo quiso Nuestro Señor, donde el amor
encuentra su coronamiento, en la escala del sacramento del matrimonio, donde la
dimensión divina es explícitamente afirmada como condición de su
indisolubilidad. Si Dios en efecto no se comunica, siendo Él el único
Infinito Vivo, el amor está condenado a muerte desde el principio.
El celibato consagrado
se inscribe justamente en la línea del más alto amor que es el Amor en Persona.
Se inscribe en la línea del más alto amor porque busca no utilizar jamás el
sexo para sí mismo, y por consiguiente, reconocer inmediatamente su valor
trinitario, sabiendo
que todo lo que es propiamente sexual en el orden físico está ordenado hacia el
hijo y que, si uno no está llamado a tener hijos, y hoy más que nunca, tiene que
haber seres que no estén llamados a tener hijos propios ya que la humanidad
debe controlar los nacimientos, y no puede controlarlos humanamente sino
mediante la castidad. Gandi, además, hizo a los 37 años, voto de castidad pues
comprendió que, habiendo ya engendrado tres hijos y no queriendo más, no tenía
ya ninguna legitimación de una vida sexual.
Y
naturalmente, la castidad consagrada
que es el respeto de la vida en sus fuentes, el respeto de la persona, el
respeto de las tres personas en el acto creador, está ordenada al nacimiento de la persona, como la virginidad de
Nuestro Señor y la de la Santísima Virgen,
como la virginidad de todos los santos, de todos los fundadores de órdenes que
se dedicaron a engendrar personas y no a propagar la especie. Es infinitamente
más importante que una sola persona nazca en la persona de San Francisco d Asís
o de San Juan de la Cruz,
más bien que multiplicar por millones los individuos mediocres.
La virginidad consagrada está
pues, como la de Nuestro Señor y de su Santísima Madre, ordenada hacia una humanidad de personas, y es la fecundidad
esencial, la maternidad de María es una maternidad de la Persona. Jesús es engendrado en
María como fruto de su contemplación. Jesús es conocido por su Nombre antes de
ser concebido virginalmente. Toda la persona de María está ordenada hacia Él y
esa ordenación de toda la persona de María se despliega en una fecundidad en
que la naturaleza viene después de la persona. En Jesús, la Persona es primera y la
naturaleza segunda; Él se hace hombre bajo el aspecto de una Persona mientras
que en la inmensa mayoría de los nacimientos, es la naturaleza lo que viene
primero.
Una
pareja no sabe quién será su hijo. "¿Nos reconoceremos?" preguntaba
un papá cuya esposa esperaba un hijo, "¿Nos reconoceremos?" Sabía
bien que el ser que estaba en camino era desconocido y que sería lo más difícil
conocerse y reconocerse.
Entonces
las maternidades ordinarias comienzan por la naturaleza, y todo lo mejor que
puede esperar una madre embarazada es que el hijo sea normal, bien conforme y
que no le falte ningún atributo de la naturaleza humana, pero ¿cuál será su
carácter, su personalidad, que además aún no existe? Es imposible saberlo. Pero
la madre finalmente, si quiere criar
a su hijo después de haberle dado la vida, deberá
realizar la maternidad de la persona,
deberá comprometerse con lo más profundo y lo más íntimo de sí misma si quiere
que su hijo no se quede en el estadio de animal.
Hay pues una maternidad y una
paternidad de la persona inscritas en la castidad consagrada. Ahí es justamente donde continúa y
se realiza la virginidad de Jesús y de María. Es absolutamente necesario
convencerse de ello para ser totalmente fiel a esa exigencia como se es fiel al
amor, y nos ayudará enormemente el hecho de identificar la visión del amor con
una búsqueda de la persona con un rechazo total de anonimato.”
(Continuará)