16° domingo de Pentecostés Bosquejo de homilía.
Balbuceos.
La Iglesia nos propone hoy las parábolas de la semilla de mostaza, de la cizaña y
de la levadura, pequeña pero capaz de hacer fermentar una masa mucho más
importante.
Tenemos que aprender a dejar hablar en nosotros
las realidades de la creación, de la tierra y del Universo. Hechos por Dios,
nos hablan de él y de nosotros, del sentido de la vida. Cada domingo, la Iglesia, Jesús mismo, nos
llama a abrir nuestro espíritu a las realidades del Espíritu. Un sentido
(¿trinitario?) está inscrito en todas las realidades, aun a nivel de las
“cosas” que nos son más familiares y más cercanas.
Hoy tenemos que detenernos en el pequeño grano
de mostaza, llamémoslo más bien semilla: no tiene apariencia, puede ser
minúsculo, y sin embargo contiene, al menos virtualmente, como parte de su
programa genético, algo, una realidad que lo supera enormemente.
También estamos hoy acostumbrados a ver en lo
infinitamente pequeño, el átomo, un poder extraordinario, capaz de conmover el
universo entero, y a Zundel le gustaba hablarnos de la solidaridad de todos los
elementos de la creación, tanto que toda ella podía ser conmovida si se toca
simplemente a un átomo. ¡Qué misterioso es! Pero finalmente no debería
sorprendernos que todo el Universo, aun en sus elementos más ínfimos, nos hable
de Dios, a condición que nuestra mente se abra a la verdadera realidad. Sabemos
que toda creación lleva la marca del artesano que la hizo; ¿por qué no sería lo
mismo para el Creador?
San Pablo (Romanos 8,28) nos dice que si el
espíritu despierta, si amamos a Dios, todas las realidades de la creación
pueden ser buenas para nosotros y permitirnos, a partir de ellas, llegar a la
felicidad. Es como si el amor de Dios las hiciera cambiar de sentido, a
condición de que les prestemos atención, pues su sentido fue pervertido por el
misterioso pecado original. Creo que es en este sentido y por esa razón que “el
Espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros
con gemidos inefables”, pues la importancia de la restauración de toda la
creación es tan grande (extracto de la lectura del 16° domingo). Esto viene
bien para la clausura de las JMJ de Sydney donde los jóvenes trataron con los
obispos de profundizar el misterio del Espíritu.
Jesús cumple las palabras del profeta: “Les
hablaré en parábolas, anunciaré cosas ocultas desde el comienzo”. E insiste en
que abramos los oídos del corazón: “el que tenga oídos, que escuche”. Es
impresionante cuando uno pone un poco de atención. Dos categorías de personas
están amenazadas: las que hacen caer a los demás y las que hacen el mal. Eso es
tan importante que en cada Misa, después del Padrenuestro, la Iglesia nos pide repetir
la última invocación: ¡Señor, líbranos de todo mal!
Si pensamos, como me siento inclinado a
hacerlo, que en la Trinidad divina cada
Persona pasa eternamente, en el único instante de la eternidad divina, de la
nada a la plenitud absoluta del ser, podemos sin duda ver una inscripción
trinitaria en la naturaleza, aun en las “cosas” de la Creación, cuando algo infinitamente pequeño, o al
menos muy pequeño, se hace como infinitamente grande, al menos considerablemente
más grande como en el caso de la semilla de mostaza que se convierte en una
planta inmensa.
La Humanidad de Cristo puede también parecer infinitamente pequeña, no sólo al
comenzar a existir en el seno de María, sino aún a lo largo de su desarrollo (y
particularmente en el momento de la muerte en la Cruz, despojado de todo,
incluso de su dignidad) comparado con su inmensa importancia ya que esa
humanidad está llamada a ser en todos los hombres lo que les da la vida por
toda la eternidad, la vida misma de Dios, la vida eterna.
En este evangelio está también la parábola de
la cizaña que impide el crecimiento de la vida, yendo hasta sofocar quizá las
semillas que sólo piden crecer, y esta parábola nos lleva hasta el juicio final
con el fuego del infierno. Todos los que hacen el mal, todos los que hacen caer
a los demás, serán atados para ser entregados a ese fuego. “El infierno no
existe”, tenemos tentación de pensar todos; ¿será verdad, de verdad?
(P Paul Debains)