5ª
parte de la 2ª conferencia de M. Zundel en Bois-Cerf en mayo de 1973
… El hombre y la mujer se ignoran
mientras no hayan superado el nivel de la sexualidad
Retoma:
“… hay una maternidad y una paternidad
de la persona inscritas en la castidad consagrada. Ahí es justamente donde
continúa y se realiza la virginidad de Jesús y de María. Es absolutamente
necesario convencerse de ello para ser totalmente fiel a esa exigencia como se
es fiel al amor, y nos ayudará enormemente el hecho de identificar la visión
del amor con una búsqueda de la persona, con un rechazo total de anonimato.”
Continuación:
“La tentación es mucho más fácil de vencer cuando uno se da cuenta de que ceder
termina en el anonimato, cediendo uno
va a caer en un gesto vulgar, en un gesto universal, en un gesto que es común a
los animales y los hombres, en un gesto en que justamente todo lo infinito que
hay en nuestras aspiraciones va a ser totalmente desconocido.
Nuestra época necesita más que nunca
una castidad rigurosa,
y no se trata de hacer trampas ni de darse permisos, ni de querer estar en la
onda diciendo: “qué importan la masturbación, las relaciones prematrimoniales,
la píldora, ¡todo eso está bien, puede resultar finalmente en un buen
matrimonio! ¡Tal razonamiento es
imposible! ¡Es imposible!
Ahí
se ve justamente que la creación que el hombre debe realizar creándose a sí
mismo, no aceptando sufrirse, rehusando someterse a todas sus prefabricaciones,
ahí se ve que esa exigencia se encuentra
por doquiera, y al máximo en el amor, y es trágico ver hasta qué punto el hombre y la mujer se ignoran mientras no
hayan superado el nivel de la sexualidad. ¡Se ignoran!, la mujer sigue
siendo carnada para el hombre, el cual es finalmente humillado si sucumbe a la
carnada, y lo mismo la mujer. “Por ahí los tenemos” me decía una mujer
virtuosa, olvidando añadir: ¡“Sólo por ahí los perdemos también”! Es repugnante
finalmente tener a un hombre “por ahí” porque es mantenerlo en el nivel del
anonimato más llano y más vegetativo.
Se
trata pues de mantener en nosotros esa exigencia y vivirla como una
consagración, como realización de una maternidad divina, de una maternidad de
la persona. Todos los sacrificios que
pueda costarnos valen la pena, pues se trata de dar a luz una humanidad de
personas.
Ven
que en esta perspectiva no se trata de desvalorizar nada, sino de ir hasta el
final de las exigencias del amor.
Sigue
desde luego siendo cierto que existe una
sexualidad en el espíritu, en la
medida en que se encuentra en la criatura inteligente la imagen de la Santísima Trinidad. Es evidente que la mente y la sensibilidad del hombre pueden ser
complementarios y recíprocamente, la mente y la sensibilidad de la mujer; sería
absurdo negarlo, y además, ¿por qué negarlo? Es justamente lo que hace la
belleza de la distinción entre el hombre y la mujer; es una distinción que durará eternamente, creo, en el sentido
de que existe un alma femenina y un alma
masculina, como existe el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo.
No
se trata pues en modo alguno de desconocer esas complementariedades ni su
valor, ni el gozo que pueden dar, sino de mantenerlas rigurosamente al nivel de
la persona. La mujer necesitará más calor, protección, ternura, sobre todo en
igualdad, claro está, entre un hombre y una mujer de la misma grandeza, y el
hombre se realizará más protegiendo ese valor y rodeándola de su solicitud, más
que si, al contrario, se entrega como un bebé a las caricias de su mujer.
Es
pues posible conservar las diferencias y su complementariedad providencial sin
recaer en el magma, en las tinieblas, de la especie y, cuando digo “tinieblas”,
digo necesariamente que se trata de las tinieblas del anonimato, pues lo que el
amor busca son relaciones que no sean intercambiables.
No hay pues que hacer la más mínima
concesión al espíritu actual, que es contrario al espíritu además, y podríamos mantener esta posición
no por motivos tradicionales o porque está prohibido. Yo no digo jamás a la
gente “¡Está prohibido!” ¡Jamás! Jamás los interrogo sobre este plano además,
siempre hablo del amor y de sus exigencias.
Pasternak,
en una página extraordinariamente hermosa de "Doctor Jivago",
hablando de la liturgia rusa, muestra cómo la
Anunciación de
María resulta en un universo de Personas : hasta entonces había
colectividades, se oía el paso de los caballos, el ruido de carrozas, se
escuchaba el oleaje de los pueblos, y de repente, en el silencio, ese diálogo
secreto entre María y el ángel, esa joven que con su “sí” va a decidir del
porvenir del mundo.
En adelante, lo que cuenta es la
persona, lo que
cuenta es lo que se elabora en lo secreto de la conciencia de cada uno. No hay
nada más magnífico. La historia
cristiana es una historia de personas en que justamente lo universal se
elabora en el corazón de cada uno. Lo
universal no es lo que se difunde por doquiera sino que es lo que puede irradiar sobre toda la Creación a partir de
un ser que, ha realizado el don de sí mismo en lo secreto e su corazón”.
(Continuará)