Final de la 2ª conferencia de M. Zundel en Bois-Cerf.
“Como la ciencia de un profesor se difunde y es
universal, no por tener un mayor número de alumnos sino por ser más capaz de
ser fuente de luz para todos y cada uno, es necesario que la ciencia esté en él
al máximo para que pueda difundirse, lo mismo la grandeza humana se realiza en lo secreto de cada uno para
convertirse en bien común, en bien universal.
Hay pues una razón, o mejor, más razones que
nunca, de adherir a la castidad que es la única posibilidad de amor auténtico porque
la castidad no sufre daño por la generación. Si dos esposos han verdaderamente
decidido dar la vida, como los padres de Santa Teresa del Niño Jesús, después
de haber hesitado de hacerlo para conservar su virginidad, la virginidad no sufre
daño por la procreación de hijos que uno quiere consagrar al servicio del Señor.
Tenemos pues, nosotros precisamente, que vivir
la castidad como un sacramento del amor más exigente, más magnífico, más
profundo, más eterno. Tenemos que vivir la castidad como una paternidad
y una maternidad universales. Tenemos hijos por doquiera en el mundo si
somos fieles a nuestro compromiso.
No tenemos pues que dejarnos seducir por imágenes,
ya vengan del inconsciente o nos vengan de afuera por la prensa, la televisión,
los afiches, los espectáculos, los cines y todo lo que está en el día de hoy al
servicio del erotismo: todo eso no tiene ningún interés, ¡ninguno, ninguno!
¡Fallamos en lo que queremos lograr! ¡Ni siquiera llegamos al cuerpo, pues
llegamos sólo a las zonas animales en que el hombre se reduce a los órganos
sexuales! ¡Es absurdo!
Es una inmensa gracia vivir en la castidad, es una
gracia inmensa estar llamado a esa libertad, a esa paternidad y maternidad
universales, eso no desvaloriza un amor sacramental, un amor conyugal vivido
con todas sus exigencias, porque las exigencias son las mismas: los esposos
no están dispensados de la castidad si la castidad es lo que acabo de decir,
la personalización del amor. Los esposos tienen máximo interés en la castidad,
ya que es la primera condición de su estima, de su dignidad y de su felicidad.
Entonces, si tenemos alguna dificultad, o
grandes dificultades al respecto, nada de eso nos descalifica: ¡mil tentaciones
no constituyen un pecado! y las tentativas de la naturaleza se producirán en
nosotros, claro está, ya que pertenecemos a la especie, y no tendremos que
vencerla con un golpe de varita mágica, es
un trabajo de toda la vida, pero maravilloso porque consiste en hacerse hombre,
en hacerse “alguien” en vez de seguir siendo algo. “¿Por qué desear ser algo,
decía Flaubert, cuando podemos ser alguien?”
No hay duda pues de que tenemos todas las
razones para perseverar, y Cristo y la Virgen, en su virginidad infinitamente fecunda,
constituyen para nosotros el modelo a imitar.
Cristo y María, la pareja virginal que está al
origen de la humanidad-persona, son la pareja que ilumina el camino y nos
compromete además a seguirlos para colaborar en el advenimiento de una
humanidad-persona.
La caída original impidió, en efecto, a la
humanidad llegar a ser una sociedad de personas. Los hombres en general son
todavía una especie zoológica, se masacran entre sí, levantan continuamente
barreras entre sí, y nunca llegarán a la unidad si no llegan a virginizarse.
Porque sólo la mirada interior, sólo la creación de la persona, hace de cada
uno un valor universal, un bien común, que pueda derribar los muros de
separación.
Entonces regocijémonos de los compromisos que
hemos asumido y pidamos a Jesús y María que podamos mantenerlos con entera
fidelidad”. (Fin de la 2ª conferencia)