2a parte de la 2a conferencia de M. Zundel a
las religiosas de la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.
“Comenzamos a entrever nuestro problema “Conócete
a ti mismo”. Comenzamos a entrever una solución: el hombre está comprometido en
la guerra en el caso de Koriakov, la guerra es el acto más estúpido, más brutal
que se pueda imaginar. En apariencia, es imposible encontrar ahí al hombre. El
campo de concentración donde muere el P. Kolbe es otra situación donde es
imposible descubrir el hombre, hasta que emerja justamente el Himalaya a través
del heroísmo del P. Kolbe.
Y la escena que nos recuerda Selma Lagerloff en
el hecho que acabo de resumir –la historia de Elga- vemos esa región pequeñita
llena de farisaísmo y de prejuicios, de inconsciencia total hasta que, de
repente, entre toda la población, un solo ser dibuje la figura del hombre y
revele todas sus dimensiones.
Además, si profundizamos el problema a partir
de datos más profundos, a partir del inconsciente, vemos hasta qué punto
nuestra vida se hunde en el universo físico: somos cósmicos,
venimos de la planta, venimos del animal, somos resultado de las inmensas
evoluciones como un pedazo, una migaja del universo, llevamos en el
inconsciente toda la historia del universo, la historia de la especie, sus
reivindicaciones, su voluntad de durar. ¡No hay en nosotros nada que sea de
nosotros! somos un producto prefabricado y, diciendo “yo”, como dice
todo el mundo además, ponemos sólo una etiqueta fraudulenta sobre nada.
No tenemos derecho a decir “Yo” pues no somos
la fuente de nosotros mismos. Nuestro “yo” es prefabricado y todos nos apegamos
a ese “yo” que llevamos siempre en los labios desde la pequeña infancia. Desde
que aprendimos a hablar hemos estado diciendo “yo” y seguimos obsesionados por
el “yo” que defendemos con uñas y dientes sin saber quiénes somos ya que no
hacemos sino soportar un ser del que no somos causa ni origen.
Vemos finalmente entonces que el ser humano es
un producto prefabricado y que lo es de manera particularmente impresionante en
la zona en que cree ser él mismo porque el “yo” con que se anuncia es también
fraudulento, es lo que oculta precisamente todas sus esclavitudes.
Nacemos en un mundo
donde nadie existe,
donde la mayor parte del tiempo la vida se desarrolla de modo letárgico, donde
todas las afirmaciones pretendidamente personales, todos los discursos, toda la
literatura, son afirmaciones de subjetividad pasional. Oh, lean el libro de
Alberes, sinopsis, vista de conjunto de la literatura europea de 1900 a 1970 (o 68): ¡es
absolutamente espantoso! Ese despilfarro de inteligencia ¿para llegar a qué? Es
tan enorme, miles de volúmenes. Todos los problemas evocados, removidos, jamás
resueltos finalmente, para llegar a una especie de relativismo: ¡no sabemos!
¡No sabemos! Entonces ¡tolerémonos
unos a otros, ya que nadie sabe nada! ¿Y el hombre?
De vez en cuando
justamente vemos la historia de Koriakoff, la del P. Kolbe, la de Elga, vemos surgir de repente un
Himalaya, vemos surgir el hombre
auténtico, lo reconocemos y decimos: “¡Eso es! ¡Eso es! ¡Eso es! En esa
dirección deberíamos ir, ¿pero cómo? ¿Cómo llegar?”
Recuerdan el ejemplo dado por Gotfried Keller
en su novela “Enrique el verde”. Enrique el verde es un niño (probablemente el
autor mismo), hijo de una mujer que enviudó y cuya única ternura es él. Ella es
de Berne, protestante, salvo error, en el sentido tradicional más noble. Le
enseñó a su hijo a orar antes de ponerse a la mesa, y claro está, por la mañana
y por la noche. Y un día al regreso de la escuela, el niño se pone a la mesa
sin decir la oración. Su mamá le llama la atención con dulzura. Él finge que no
oye. Ella insiste. Él no escucha todavía. “¿No quieres decir la oración?” –
“No” – “Entonces, ¡anda a la cama sin comer!” Valientemente el niño recoge el
guante y va a la cama sin comer. Llena de remordimientos, la mamá le lleva la
comida a la cama. ¡Demasiado tarde! Desde ese día él dejó de orar. ¿Por qué
dejó de orar? Porque descubrió por primera vez esa noche que tenía una zona
inviolable, un terreno donde su madre no podía penetrar sin su autorización.
Ese es un primer esbozo, un primer relámpago de
humanidad. Descubrió de repente que tenía una zona inviolable. Necesitará toda
la vida para descubrir el sentido de esa primera experiencia, ya que, finalmente,
¿qué puede reivindicar, ese niño de 8-9 años, que no ha hecho nada, que ha sido
llevado por la vida, que vino al mundo sin quererlo, que no ha decidido nada,
que ha sido mimado por su madre, que ha sido llevado hasta ahora? ¿cómo puede oponerse de repente a su madre
como quien tiene derecho, como dependiente de sí mismo, como autónomo, como
alguien cuya conciencia debe ser respetada como terreno inviolable? ¿Quién es
él? ¿Qué ha hecho? ¡No ha hecho absolutamente nada! La inviolabilidad que reclama él, con razón además, y que es su
primera revelación de su humanidad, es
una vocación, un camino por recorrer y bajo este aspecto se puede decir que
esa revelación está extremamente difundida. Toda la descolonización finalmente
procede del rechazo de estar sometido a otros, de la toma de conciencia por la
cual un ser humano no puede reconocer como suyos sino los actos de que es
origen. Todos los esclavos, desde Espartaco, que en 73 antes de Cristo levantó
un ejército de 60000 esclavos que fueron además crucificados todos, reivindicaron su inviolabilidad.
Si Espartaco siendo esclavo llega a levantar un
ejército de esclavos contra la república romana en esa época, es que
evidentemente cada uno de esos esclavos es sensible a esa voz. Cuando toma
conciencia de ser esclavo, ¡sólo puede rehusar su condición! Ser esclavo es ser
instrumento de otro, es decir, una cosa, ¡un objeto! El que se da cuenta de esa
situación ya supera la esclavitud, ya no puede ser esclavo. Esa toma de
conciencia negativa, el rechazo de la indignidad en que se anuncia la dignidad
– porque por ahí comienza todo, es en un trato indigno cuando de repente el ser
humano toma conciencia de su dignidad.
Pero realizado esto, ¿dónde va a situar su
dignidad? Ahí está todo el problema. ¡Nadie lo sabe! Y el primer descubrimiento
extremamente importante de ese niño, de un dominio inviolable, en él, y en
nosotros, ese primer descubrimiento capital no lleva a ninguna parte si no
encuentra el camino, pues la consecuencia inmediata será la de afirmarme contra
el dueño que quiere mantenerme esclavo, ¡afirmarme contra él hasta destruirlo!
¿Y después? ¿Y después? Aunque llegue a destruir a los autores de mi esclavitud
– suponiendo que nací en la esclavitud - ¿dónde encontraré mi dignidad? ¿¡Qué
fundamento tiene, si no me he creado a mí mismo!? Puesto que no hay nada en mí
que sea de mí mismo, no podré finalmente exaltarme en ese “yo”, embriagarme en
él, enarbolarlo, llevarlo en triunfo, afirmarlo contra los demás, ¡encerrarme
en mi subjetividad pasional para tener siempre razón contra ellos! Llegaré a
una especie de paranoia, a una exaltación de la cual Nietzsche nos dio un
ejemplo trágico y magnífico: me afirmo como creador de mí mismo, como autor de
todos los valores y miraré desde arriba la humanidad servil y embrutecida
mientras me impulsaré hacia el súper hombre aunque yo mismo me vuelva loco.
¿Dónde está el hombre? ¿Dónde está ese dominio
inviolable y cuál es su fundamento? Una vez planteado lo exclusivo, una vez que
el hombre ha tomado pasionalmente conciencia de su dignidad, sin saber además
lo que significa, cuando ha tomado conciencia en el odio y la envidia si no en
la justicia, todas las revoluciones sangrientas son posibles y se han realizado
efectivamente hasta que la revolución desemboque en la dictadura, porque
después de la revolución hay que estructurar una población que rechazó el
antiguo régimen bajo el que vivía, hay que reestructurarla. Mientras más brutal
y sangrienta sea la revolución, más fuerte será la dictadura que va a rodear la
población, que la va a someter al trabajo con el fuete y la matraca para que la
vida sea posible”. (Continuará)