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Zundel

24 07 08. La inviolabilidad que reivindicamos desde la tierna infancia es una vocación, un largo camino por recorrer.


2a parte de la 2a conferencia de M. Zundel a las religiosas de la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

 

“Comenzamos a entrever nuestro problema “Conócete a ti mismo”. Comenzamos a entrever una solución: el hombre está comprometido en la guerra en el caso de Koriakov, la guerra es el acto más estúpido, más brutal que se pueda imaginar. En apariencia, es imposible encontrar ahí al hombre. El campo de concentración donde muere el P. Kolbe es otra situación donde es imposible descubrir el hombre, hasta que emerja justamente el Himalaya a través del heroísmo del P. Kolbe.

Y la escena que nos recuerda Selma Lagerloff en el hecho que acabo de resumir –la historia de Elga- vemos esa región pequeñita llena de farisaísmo y de prejuicios, de inconsciencia total hasta que, de repente, entre toda la población, un solo ser dibuje la figura del hombre y revele todas sus dimensiones.

Además, si profundizamos el problema a partir de datos más profundos, a partir del inconsciente, vemos hasta qué punto nuestra vida se hunde en el universo físico: somos cósmicos, venimos de la planta, venimos del animal, somos resultado de las inmensas evoluciones como un pedazo, una migaja del universo, llevamos en el inconsciente toda la historia del universo, la historia de la especie, sus reivindicaciones, su voluntad de durar. ¡No hay en nosotros nada que sea de nosotros! somos un producto prefabricado y, diciendo “yo”, como dice todo el mundo además, ponemos sólo una etiqueta fraudulenta sobre nada.

No tenemos derecho a decir “Yo” pues no somos la fuente de nosotros mismos. Nuestro “yo” es prefabricado y todos nos apegamos a ese “yo” que llevamos siempre en los labios desde la pequeña infancia. Desde que aprendimos a hablar hemos estado diciendo “yo” y seguimos obsesionados por el “yo” que defendemos con uñas y dientes sin saber quiénes somos ya que no hacemos sino soportar un ser del que no somos causa ni origen.

Vemos finalmente entonces que el ser humano es un producto prefabricado y que lo es de manera particularmente impresionante en la zona en que cree ser él mismo porque el “yo” con que se anuncia es también fraudulento, es lo que oculta precisamente todas sus esclavitudes.

Nacemos en un mundo donde nadie existe, donde la mayor parte del tiempo la vida se desarrolla de modo letárgico, donde todas las afirmaciones pretendidamente personales, todos los discursos, toda la literatura, son afirmaciones de subjetividad pasional. Oh, lean el libro de Alberes, sinopsis, vista de conjunto de la literatura europea de 1900 a 1970 (o 68): ¡es absolutamente espantoso! Ese despilfarro de inteligencia ¿para llegar a qué? Es tan enorme, miles de volúmenes. Todos los problemas evocados, removidos, jamás resueltos finalmente, para llegar a una especie de relativismo: ¡no sabemos! ¡No sabemos! Entonces ¡tolerémonos unos a otros, ya que nadie sabe nada! ¿Y el hombre?

De vez en cuando justamente vemos la historia de Koriakoff, la del P. Kolbe, la de Elga, vemos surgir de repente un Himalaya, vemos surgir el hombre auténtico, lo reconocemos y decimos: “¡Eso es! ¡Eso es! ¡Eso es! En esa dirección deberíamos ir, ¿pero cómo? ¿Cómo llegar?”

Recuerdan el ejemplo dado por Gotfried Keller en su novela “Enrique el verde”. Enrique el verde es un niño (probablemente el autor mismo), hijo de una mujer que enviudó y cuya única ternura es él. Ella es de Berne, protestante, salvo error, en el sentido tradicional más noble. Le enseñó a su hijo a orar antes de ponerse a la mesa, y claro está, por la mañana y por la noche. Y un día al regreso de la escuela, el niño se pone a la mesa sin decir la oración. Su mamá le llama la atención con dulzura. Él finge que no oye. Ella insiste. Él no escucha todavía. “¿No quieres decir la oración?” – “No” – “Entonces, ¡anda a la cama sin comer!” Valientemente el niño recoge el guante y va a la cama sin comer. Llena de remordimientos, la mamá le lleva la comida a la cama. ¡Demasiado tarde! Desde ese día él dejó de orar. ¿Por qué dejó de orar? Porque descubrió por primera vez esa noche que tenía una zona inviolable, un terreno donde su madre no podía penetrar sin su autorización.

Ese es un primer esbozo, un primer relámpago de humanidad. Descubrió de repente que tenía una zona inviolable. Necesitará toda la vida para descubrir el sentido de esa primera experiencia, ya que, finalmente, ¿qué puede reivindicar, ese niño de 8-9 años, que no ha hecho nada, que ha sido llevado por la vida, que vino al mundo sin quererlo, que no ha decidido nada, que ha sido mimado por su madre, que ha sido llevado hasta ahora? ¿cómo puede oponerse de repente a su madre como quien tiene derecho, como dependiente de sí mismo, como autónomo, como alguien cuya conciencia debe ser respetada como terreno inviolable? ¿Quién es él? ¿Qué ha hecho? ¡No ha hecho absolutamente nada! La inviolabilidad que reclama él, con razón además, y que es su primera revelación de su humanidad, es una vocación, un camino por recorrer y bajo este aspecto se puede decir que esa revelación está extremamente difundida. Toda la descolonización finalmente procede del rechazo de estar sometido a otros, de la toma de conciencia por la cual un ser humano no puede reconocer como suyos sino los actos de que es origen. Todos los esclavos, desde Espartaco, que en 73 antes de Cristo levantó un ejército de 60000 esclavos que fueron además crucificados todos, reivindicaron su inviolabilidad.

Si Espartaco siendo esclavo llega a levantar un ejército de esclavos contra la república romana en esa época, es que evidentemente cada uno de esos esclavos es sensible a esa voz. Cuando toma conciencia de ser esclavo, ¡sólo puede rehusar su condición! Ser esclavo es ser instrumento de otro, es decir, una cosa, ¡un objeto! El que se da cuenta de esa situación ya supera la esclavitud, ya no puede ser esclavo. Esa toma de conciencia negativa, el rechazo de la indignidad en que se anuncia la dignidad – porque por ahí comienza todo, es en un trato indigno cuando de repente el ser humano toma conciencia de su dignidad.

Pero realizado esto, ¿dónde va a situar su dignidad? Ahí está todo el problema. ¡Nadie lo sabe! Y el primer descubrimiento extremamente importante de ese niño, de un dominio inviolable, en él, y en nosotros, ese primer descubrimiento capital no lleva a ninguna parte si no encuentra el camino, pues la consecuencia inmediata será la de afirmarme contra el dueño que quiere mantenerme esclavo, ¡afirmarme contra él hasta destruirlo! ¿Y después? ¿Y después? Aunque llegue a destruir a los autores de mi esclavitud – suponiendo que nací en la esclavitud - ¿dónde encontraré mi dignidad? ¿¡Qué fundamento tiene, si no me he creado a mí mismo!? Puesto que no hay nada en mí que sea de mí mismo, no podré finalmente exaltarme en ese “yo”, embriagarme en él, enarbolarlo, llevarlo en triunfo, afirmarlo contra los demás, ¡encerrarme en mi subjetividad pasional para tener siempre razón contra ellos! Llegaré a una especie de paranoia, a una exaltación de la cual Nietzsche nos dio un ejemplo trágico y magnífico: me afirmo como creador de mí mismo, como autor de todos los valores y miraré desde arriba la humanidad servil y embrutecida mientras me impulsaré hacia el súper hombre aunque yo mismo me vuelva loco.

¿Dónde está el hombre? ¿Dónde está ese dominio inviolable y cuál es su fundamento? Una vez planteado lo exclusivo, una vez que el hombre ha tomado pasionalmente conciencia de su dignidad, sin saber además lo que significa, cuando ha tomado conciencia en el odio y la envidia si no en la justicia, todas las revoluciones sangrientas son posibles y se han realizado efectivamente hasta que la revolución desemboque en la dictadura, porque después de la revolución hay que estructurar una población que rechazó el antiguo régimen bajo el que vivía, hay que reestructurarla. Mientras más brutal y sangrienta sea la revolución, más fuerte será la dictadura que va a rodear la población, que la va a someter al trabajo con el fuete y la matraca para que la vida sea posible”. (Continuará)

 

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