3a parte de la 2a conferencia de M. Zundel en Bois-Cerf
en mayo de 1973.
Retoma: “¿Dónde está el hombre? ¿Dónde está ese
dominio inviolable y cuál es su fundamento? Una vez planteado lo exclusivo, una
vez que el hombre ha tomado pasionalmente conciencia de su dignidad, sin saber
además lo que significa, cuando ha tomado conciencia en el odio y la envidia si
no en la justicia, todas las revoluciones sangrientas son posibles y se han
realizado efectivamente hasta que la revolución desemboque en la dictadura,
porque después de la revolución hay que estructurar una población que rechazó
el antiguo régimen bajo el que vivía, hay que reestructurarla. Mientras más
brutal y sangrienta sea la revolución, más fuerte será la dictadura que va a
rodear la población, que la va a someter al trabajo con el fuete y la matraca
para que la vida sea posible”
Continuación: “Por ejemplo una ciudad de 12
millones de habitantes como Tokio. Si todos los servicios de abastecimiento no
funcionan a pleno rendimiento, habrá hambruna y de nuevo revolución, y de
nuevo, sangre y refuerzo de la dictadura!
Ese es el problema. ¿Cómo resolverlo? Si nos
volvemos hacia la religión, ¿qué solución nos presenta?
Ustedes recuerdan las palabras de Santa
Catalina, o mejor las palabras recibidas por Santa Catalina – que es un Himalaya,
una santa de rarísima grandeza -, las palabras que escucha: “Yo soy el que soy,
tú eres la que no es”. ¿Es una respuesta? Una respuesta válida para ella,
seguramente, y además ella la entendió en un sentido bien diferente de la
letra. ¿Una respuesta para nosotros? No. Si la religión nos coloca frente a un
Dios que es el que es, y si nosotros no existimos delante de Él, sólo tenemos
una cosa para decirle: “¡Nada nos has dado!” “Nada nos has dado si tú eres el
que es y nosotros los que no somos, ¡no nos diste nada! Entonces estamos en paz
contigo y ¡déjanos en paz!" (1) Entonces esa respuesta no nos sirve. Yo
diría que esa respuesta es el fondo de la crisis actual, lo más profundo de la
crisis.
A propósito voy a retomar la lección sobre la
predestinación que escuché en Roma: Dios es la causa primera. El es la causa
primera, primera, primera. Luego, Él no depende de nadie. Luego, no puede
recibir nada de nadie. Luego, no necesita de nadie. Luego, el universo no añade
nada a su ser. La felicidad de Dios es completa, Él es perfecto, él es
imperturbable, él es inmutable, él es eterno. La desgracia del hombre no
conmueve a Dios: la causa primera no puede conmoverse por lo que sucede fuera
de ella.
Más aún: Dios no aprende nada de sí mismo. Él
se ama y ama todo a través de sí mismo. Pues si amara a los demás por ellos
mismos, cesaría de ser la causa primera, dependería de ellos y Él no puede
aprender nada de ellos, ni siquiera el consentimiento necesario a su salvación.
Pues si Dios aprendiera de nuestro consentimiento a las gracias que nos dará,
dependería de nosotros, sacaría su ciencia de nosotros y no de Sí mismo, ¡ya no
sería la causa primera! Entonces ¿cómo sabe quienes son sus elegidos?
Pues simplemente porque él decide dar a algunos
gracias intrínseca en infaliblemente eficaces a las cuales no pueden resistir!
Entonces serán elegidos aquellos a quienes concede, sin ningún mérito de su
parte –puesto que son gracias que serán el fundamento del mérito! Al contrario,
serán elegidos los que recibirán gracias intrínseca e infaliblemente eficaces –
¡que Él decidió libremente darles! y los demás no serán elegidos pues no
recibirán gracias suficientes, que no bastarán para salvarlos, y además, qué
importa ya que los elegidos glorificarán la misericordia de Dios, y los
condenados, su justicia. Todo va bien para Dios. Nada perturbará jamás su
felicidad.
Pues ahí tienen evidentemente el tipo mismo
de la no respuesta al problema. Si
Dios es así, es sádico. Si Dios es así, es el enemigo número uno Si Dios es
así, es el primer profanador de nuestra intimidad, nos encierra en una historia
que él mismo escribió y a la que no podemos cambiar nada, y nos pide que le
demos gracias por ese asesinato! ¡Es invivible! ¡Es invivible!
En el fondo de la rebelión actual está esa
teología de la “causa primera”. ¡Causa primera! ¡Causa primera de la que
dependemos inexorablemente! todo eso sobre un fondo de Antiguo Testamento,
amalgamado con un Nuevo Testamento sin que se llegue a conciliarlos.
Entonces un malestar
atroz: ¿Porqué Dios es Dios y yo no? De ahí las palabras de
Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?” Y es
también la niñita que esperaba su turno para ser Dios porque le habían dicho
que era tan maravilloso ser Dios, ¡y entonces no era justo que fuera siempre el
mismo!
Estamos pues en el hoyo y vemos que el impase
es insuperable si no encontramos una experiencia de Dios como la de Koriakoff, la
de Kolbe, la de Elga, como la de Agustín.
San Agustín se convirtió justamente en una
perspectiva esencialmente diferente: "Tarde te amé, Belleza tan
antigua y tan nueva, tarde te amé. Sin embargo, Tú estabas adentro, era yo el
que estaba afuera donde Te buscaba corriendo tras las bellezas que Tú creaste.
Tú estabas conmigo, era yo el que no estaba contigo” (Confesiones, libro 10°,
cap. 27).
¡Ah! ¡Comenzamos a respirar! "Tarde Te
amé, Belleza tan antigua y tan nueva, ¡tarde Te amé!”
Emplea la palabra Belleza a la cual somos tan
sensibles, y esa Belleza, ¿dónde la descubre? En lo más íntimo de sí mismo.
Ella está en el interior, no allá arriba. No nos domina, no obliga, no amenaza,
está adentro, no dice nada, está adentro, no se impone, no reivindica, ¡está
adentro y espera! ¡Y un día el encuentro se realiza y Agustín descubre que
hasta entonces él estaba afuera! ¡Oh! ¡Afuera!
¡Qué luz! ¡Qué
luz extraordinaria! Hasta entonces él estaba afuera. Hasta entonces era
extranjero para sí mismo. Hasta entonces era una cosa, un objeto. Hasta
entonces estaba dominado por su subjetividad pasional. Hasta entonces era esclavo
de todo lo que en él era prefabricado. Hasta entonces era incapaz de dominar su
sensualidad. ¡Hasta entonces era esclavo de la especie! ¡Y ahora el horizonte
se deshace!
Pasa de afuera a dentro. ¿Y cómo pasa de afuera
a dentro? Justamente al ser arrojado al corazón de su propia intimidad, a
través de la intimidad de esa Belleza tan antigua y tan nueva que reconoce
ahora como el Corazón de su corazón, y está tan colmado que no tendrá palabras
para celebrar ese encuentro nupcial, no encuentra palabras suficientemente
hermosas: “¡Tú eres la vida de mi vida! ¡Me eres más íntimo que lo más íntimo
mío! y ¡viva estará mi vida en adelante, toda llena de Ti!”.
¡Ah, por fin! Aquí estamos en el corazón de una experiencia que debemos hacer a cada
instante, que es la experiencia fundamental, que es la experiencia
simultánea de nosotros mismos y de Dios, ¡la misma, la misma! ¡Y esta
experiencia nos hace entender lo que defendemos, lo que tenemos que defender
cuando defendemos esa dignidad, esa inviolabilidad! Lo que defendemos, lo que
tenemos que defender es el santuario de una presencia silenciosa que San Juan
de la Cruz llama
“música callada”, la música silenciosa, el santuario de la Presencia que no se puede descubrir justamente
sino en el silencio de sí mismo.
¡Un descubrimiento fantástico! Hay una creación interior que es todo,
una creación interior que es el único bien común, el único bien universal de
los hombres y, si hay que asegurarles a todos el pan, el techo, la libertad
respecto de las necesidades físicas, es para que cada uno sea capaz de la
creación interior en ese frente a frente, en esa intimidad con la Presencia de la Belleza tan antigua y tan
nueva que hizo pasar a Agustín del exterior al interior, como lo hace con
nosotros, y que, de repente, le revela quién es él en la relación nupcial con
el Amor que lo espera sin forzarlo y lo colma sin fin, una vez que ha sido
descubierto”. (Continuará)
Nota (1). ¡Y cantamos todavía “yo no soy
nada”!, cuando Dios no creó solamente “nadas”. ¡Eso no le rinde mucha honra!