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Zundel

26 07 08. Es necesario ser tomado todo entero.

 

4a parte de la 2a conferencia de M.Zundel en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

 

“Es pues una experiencia del hombre y al mismo tiempo de Dios, la misma y recíprocamente, la una que anuncia la otra, la una que esclarece la otra, indisociables, simultáneas, situadas una y otra en el mismo grado de profundidad o de elevación, y ésa es la única posibilidad para el hombre de hacerse hombre.

Lo que está atrás de nosotros, toda la evolución cósmica, está hecho. Podemos sin duda heredar de esa historia, podemos santificar ese pasado, podemos ofrecerlo, podemos reunirlo alrededor de la Eucaristía, pero finalmente, ya está hecho, está hecho de cierta manera y eso sigue siendo muy oscuro para nosotros: ¿cuándo comenzó el mundo, el mundo actual? ¿Es el fin de otro mundo? ¿Cuándo comenzó? ¿Cómo nació la vida? ¿Cómo se desarrolló? Todo eso permanece muy, muy oscuro.

Sólo conocemos nuestros determinismos. Somos constantemente esclavos de nuestro inconsciente, somos constantemente conducidos por él, estamos constantemente inmergidos en la subjetividad pasional y no hay nada humano en nosotros excepto justamente, de pronto ese surgimiento, ese sentido de un universo inviolable dentro de nosotros, que no nos enseña nada justamente si no hacemos el encuentro en nosotros con la Presencia adorable que se nos revela al revelarnos a nosotros mismos. En ese momento surge nuestro “yo” completamente distinto, y se transforma de yo posesivo en yo oblativo. Entonces ya no somos sino una mirada hacia Él.

Recuerdo una vez, estaba en Florencia en la capilla de los Médicis una mañana, me había refugiado allá con un amigo. Estábamos tan cansados de visitar museos que ya no podíamos mirar nada y habíamos venido a la capilla de los Médicis que prolonga la Iglesia de San Lorenzo donde se encuentran, como ustedes saben, las dos grandes obras de Miguel Ángel, “los sepulcros de Cosme y Julián de Médicis” y “las alegorías del día y la noche, de la aurora y el crepúsculo”.

Ahí estaba yo con mi amigo, silencioso y fatigado. Por fortuna estábamos solos y yo no deseaba ver ni mirar nada, simplemente descansar. Sin embargo, ya que estábamos solos, en silencio, yo no podía no ver esas obras gigantescas que estaban ante mí, y precisamente porque no me descaderaba por admirar, porque me abandonaba, el encanto continuó, muy suave, muy apacible y para terminar, sin que me diera cuenta, yo estaba pendiente de esa Belleza que ya no era la Belleza de la aurora o del crepúsculo, del día o de la noche tal como las organizó Miguel Ángel, ¡sino La Belleza! ¡La Belleza! ¡la Belleza que uno encuentra en todas las obras maestras bajo diferentes apariencias. Era la Belleza de la que yo estaba suspendido, y ya no me veía a mí mismo, ¡ya no me veía a mí mismo! Me sentía presente a través de la Belleza, me sentía presente para la Belleza, y mi admiración misma no era esa especie de entusiasmo exteriorizado, era mucho más un recogimiento, un recogimiento total en que yo me eclipsaba en la Belleza percibiéndome lateralmente y percibiendo mi presencia por cuenta de ella y no por cuenta mía.

Esos momentos, esos momentos en que somos curados de nosotros mismos, esos momentos en que cesamos de vernos cesando de mirarnos, esos momentos en que no somos más que una mirada hacia el Otro en nosotros y en los demás, son esos momentos en que de repente el hombre surge y Dios se revela: todo está ahí.

¡Podemos hablar de Dios todo el día! ¡Es un falso dios si no vivimos la relación nupcial, si no vivimos la reciprocidad de amor! es un falso dios, un hombre falso, y todo es falseado, ¡todo lo que decimos sobre el hombre y sobre Dios, todo es falseado, ¡esa es la crisis!

Esa es la crisis, claro está, para quienes, habiendo aprendido que Dios es la causa primera, que su historia está encerrada en los decretos divinos, que Dios no puede inmutarse porque se condenen, ni alegrarse porque se salven. Porqué no tratarían de aprovechar cuanto puedan de la felicidad terrestre, ya que esa especie de gran máquina que es “la causa primera” no puede controlar su corazón.

Hay que ser tomado todo entero, haber hecho un encuentro real, apasionante, inagotable y verificable a cada instante para que Dios aparezca en efecto como la realidad realísima, lo cual se verifica precisamente en que uno es transformado. Uno no puede equivocarse, ¡es el milagro de los milagros! Pasar del yo posesivo al yo oblativo, dejar de mirarse a sí mismo, verse por cuenta de Dios y en Él, es el milagro de los milagros.

¿Es de ese Dios del que hablamos? ¿Es ese el Dios en que la gente dice creer? ¿y creen? ¿Es ése el Dios que estructura su existencia? ¿el que está a la base de su moral? ¿Es ése el Dios que ilumina sus enfermedades? ¿Es ése el Dios que hace de su muerte un acto de vida?

Tenemos la impresión de que no hemos encontrado aún y de que seguimos en esa amalgama de Antiguo Testamento, de filosofía aristotélica o platónica, de un Nuevo Testamento mal acordado como experiencia central, la experiencia central donde se trata del hombre en su dimensión auténtica, en que se trata de Dios en su interioridad suprema.

Todo eso pasa por encima de la gente. Disertamos, discutimos sin fin, pero ¿de qué se trata? ¿Existimos? ¡Ése es el problema! ¿Es que el hombre existe? ¿Es que va a existir? ¿Es que lo vamos a hacer existir en nosotros y en los demás? ¿Tenemos cómo hacerlo existir? ¿Tiene eso sentido?

Incontestablemente tiene sentido ya que estamos esperando al Hombre. ¡Estamos esperando al Hombre! Estamos siempre decepcionados por el hombre, siempre decepcionados por el hombre cuando no encontramos el Infinito en él. El amor humano es una búsqueda del Infinito y cuando nos apercibimos que al hombre le falta algo, que se engaña, que juega un papel, que es maniobrado por el inconsciente y que las razones que se da son proyecciones de su subjetividad pasional, ¡basta! Nuestro impulso refluye, no podemos amarlo incondicionalmente.

Buscamos el Infinito en el hombre, pero no es otro que el Dios Vivo. Ése es pues el descubrimiento que debemos hacer, ésa es la búsqueda que debemos continuar, y ahí está todo, y nada tiene interés fuera de eso, ¡nada! Ahí está todo”. (Continuará)

 

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