Final de la 2ª conferencia de M. Zundel en la
clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.
Retoma: “Buscamos el Infinito en el hombre,
pero no es otro que el Dios Vivo. Ése es pues el descubrimiento que debemos
hacer, ésa es la búsqueda que debemos continuar, y ahí está todo, y nada tiene
interés fuera de eso, ¡nada! Ahí está todo”.
Continuación: “Todo el dogma, admirable si se
lo toma justamente a partir de una experiencia interior, todo el dogma se reduce a conceptos si no es una experiencia vivida
ardientemente y si no volvemos siempre a la intuición agustiniana: “Tarde
te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Sin embargo, Tú
estabas adentro, era yo el que estaba afuera, donde te buscaba corriendo sin
belleza hacia las bellezas que Tú habías hecho. Tú estabas conmigo, era yo el
que no estaba contigo”. Todo debe llevarnos a esto.
¡Yo leo, leo, leo!, me informo por todas
partes, apasionadamente, pero vuelvo siempre finalmente a descubrir que la última palabra no es una palabra, ¡que
la última palabra es Alguien! La última palabra es la Presencia encontrada a
través de todo el periplo de la ciencia, del arte y del pensamiento, la
presencia adorable que encontramos finalmente después de un largo periplo, que
encontramos en el fondo de nosotros y de los demás, ¡ahí está todo! El Cielo no está allá detrás de las
estrellas, no puede estar sino en nosotros, en nosotros, ¡en nosotros!
En el Evangelio tienen ustedes una escena que
ilustra y aclara de manera magnífica esta meditación, es el Evangelio de la samaritana.
La samaritana representa admirablemente
la crisis de la Iglesia
actual. ¿Quién es la samaritana? Es una pecadora, una mujer en carne y
hueso, que no quiere perder su felicidad, una mujer que vive con un hombre que
no es su marido. Ella lo sabe, ella sabe que eso es contrario a la Ley, pero en fin su felicidad
es una realidad presente. La Ley
es algo exterior, y Dios es un poder lejano, en el cual ella cree pero de
lejos. Viene pues a sacar agua del pozo, y Jesús la está esperando, y la va a
encaminar justamente a descubrir lo esencial. Es una cismática, una hereje, y a
ella le va a revelar uno de los secretos más profundos del Reino: “¡Dame de
beber!” ¡Imposible! ¿Cómo es que un judío entabla diálogo con una samaritana?
Eso no se hace. Ella hace inmediatamente la observación: "¿¡Cómo, siendo
tú judío, me pides de beber a mí que soy samaritana!?” Y a través de esta parábola
del agua justamente, puesto que estamos sobre el brocal del pozo, Jesús va a
evocar el agua interior, la fuente que debe surgir en ella en Vida eterna.
“¡Tú no tienes con qué sacarla!” “Pues
precisamente, el agua que yo daré es un agua que brota en vida eterna, y el que
la beba ya no tendrá necesidad, ya no volverá a tener sed” – “Entonces, dame a
beber de esa agua” (Juan, cap. 4).
Ella no entendió la parábola. Todavía no estaba
interiorizada. Bajo cubierto de imágenes tan admirables, ella no se ha
interiorizado todavía. Jesús sigue golpeando, la pone contra el muro: “Va a
llamar a tu marido”. Es el tema delicado que no conviene tocar. “Yo no tengo marido”. Ella toma la tangente:
“¡Yo no tengo marido!” – “Es verdad, no tienes marido, porque el hombre con
quien vives no es tu marido”. ¡Bueno! ella desvía astutamente la conversación,
era lo que Jesús quería. Y ahora entran en el gran debate: ¿Hay que adorar en
el monte de Garizim, donde tienen el santuario los samaritanos, o en el monte
de Sión donde se levanta hoy (en la época de la samaritana) el Templo con toda
su magnificencia?
“Ni aquí, ni allá, porque Dios es Espíritu”.
Dios es espíritu, Dios no está encerrado en los templos, “Dios es espíritu y
quienes lo adoren deben adorarlo en espíritu y en verdad”.
Ustedes sienten toda la adorable ternura: “Dios
es Espíritu, y tú también lo eres.
Dios es Espíritu, es decir que está en ti como fuente que brota en Vida Eterna”.
No es un extraño, no está en lo alto de una montaña, no está detrás de las
estrellas, Él es la
Presencia que no cesa de esperarte en lo más íntimo de ti
misma.
La samaritana escucha esas maravillas, está colmada
y, olvidando su jarrón sobre el brocal del pozo, corre hacia sus compatriotas:
“¡Vengan a ver a alguien que me ha dicho todo lo que he hecho!”
Pues bien, esta parábola, quiero decir este
capítulo adorable de la samaritana, era nuestra situación. Un Dios exterior, ¡se acabó! Un Dios que domina, que está por
encima, que limita, que amenaza, que obliga, perdió todo crédito.
Entonces buscamos un amor humano como lo
buscaba la samaritana, algo que se pueda tocar, que se pueda experimentar.
Jesús lo comprende. Lo comprende tanto que va a revelar a esta mujer hereje,
cismática y pecadora el más grande secreto del Reino: “Dios está en ti, Dios está en ti, y el amor que estás buscando, lo
que estás buscando en el amor, estás buscando una Presencia que te pueda
colmar, y ¿dónde la vas a encontrar? Los demás son como tú, ¡son como tú! Están
asechando un Infinito que no encuentran en sí mismos. Dios está en ti como lo que estás buscando desesperadamente, y tú eres
capaz de llegar a Él pues tú eres espíritu, pues justamente tu amor carnal
es rebasado por la búsqueda de tu espíritu. A través de los amores carnales,
quieres ir más lejos, lo que quieres es el Infinito. Pues bien, el infinito
está en ti. Búscalo en tu corazón, como una fuente que brota en vida eterna. He
ahí justamente por donde se explica la
crisis, y es por ahí por donde será superada.
Tratemos de volver a la Fuente que brota en Vida
Eterna, de descubrir esa Presencia Adorable escondida en nuestro
interior, para llegar a ser nosotros mismos, porque la maravilla de este
itinerario consagrado por Jesús en el pozo de Jacob, la maravilla de ese itinerario es descubrir a Dios o a sí mismo, es lo mismo,
descubrir a Dios o a sí mismo, es el
mismo instante, la misma experiencia siempre renovable, puesto que entonces nos escapamos del “yo”
prefabricado que es la prisión mejor cerrada, nos escapamos del “yo” que nos
asfixia y que aplasta a los demás. Nos le escapamos en el encuentro con Él, en
lo más íntimo de nosotros.
Podemos pues comprender todas las corrientes,
las contracorrientes, podemos comprender la inmensa rebelión contra Dios (que
es un falso dios) y estamos bien seguros de que, cuando hayan encontrado al verdadero Dios, todos los problemas quedarán
elucidados: el sentido de nuestra Humanidad, el sentido de la Historia, el sentido del
universo, el sentido de la moral, el sentido del Amor, el sentido del
conocimiento, todo será aclarado en la
medida en que ese encuentro sea el fundamento mismo de la existencia y la
respiración del espíritu y del corazón.
Ser hombre, ser (simplemente), “To be or not to
be”. Ahí está todo: ser, ser. Ser origen, comenzar a cada instante, ser origen,
comenzar, no sufrir el pasado, no sufrir la subjetividad pasional, en una
palabra no sufrirse para nacer de nuevo, brotar del encuentro íntimo de corazón a corazón con el Señor que mora en nosotros
y que es el más maravilloso, el más inagotable secreto de amor. “Regina coeli laetare,
¡Alleluia!" (Fin de la conferencia)