4ª conferencia, muy breve, de M. Zundel a Bois-Cerf
en mayo de 1973.
“Quisiera decirles una palabra más, una
palabra sobre la obediencia. Muy rápidamente, una palabra sobre la obediencia
que también es criticada hoy por una mala inteligencia de esta virtud. ¡No
se trata, por supuesto, de seguir siendo infantil, no se trata de dejarse manipular
del exterior! se trata de algo infinitamente más importante, que por otra parte
modificará el sentido incluso de la obediencia, llevándola al mismo tiempo a su
principio más profundo que es la misión.
La vida religiosa es un estado canónico,
¿verdad? Desde el siglo IV, digamos, con las reglas monásticas de San Pacomio y
de San Basilio, y en el Occidente, sobre todo con la regla de San Benito en el siglo
VI, la vida religiosa ya no es una devoción privada.
Había, a partir del segundo y tercer siglo,
había vírgenes, había continentes, había hombres y mujeres que habían
renunciado al matrimonio, que vivían por otra parte en el mundo, que se reunían
para orar, pero que no habían sido reconocidos aún como función eclesial en
sentido propio.
Desde la regularización por las grandes reglas
monásticas en Oriente y Occidente, la vida religiosa se convirtió en un estado
canónico, paralelo al sacerdocio, la vida religiosa se convirtió - si lo
quieren - en una forma de sacerdocio, una función eclesial indispensable que
está incluida en la misión apostólica.
Como los apóstoles reciben su misión de Jesús
y la transmiten a los obispos que la transmiten a los sacerdotes y así
sucesivamente, el estado canónico de religiosos y religiosos, de monjes o monjas,
procede de la misión apostólica, es decir, como el sacerdote es enviado, el
monje, el religioso o la religiosa, son enviados, están constantemente bajo la
luz de esta misión apostólica y, como nadie puede darse a sí mismo la misión,
es Jesús el que da la misión, son los apóstoles los que la transmiten, los
obispos la reciben, y la transmiten.
Nadie puede darse la misión, la misión que
viene del Padre, del que habla Jesús que dice que “su comida es hacer la
voluntad del Padre”, esta misión, es necesario recibirla de Cristo por los instrumentos
convenientes que son precisamente los obispos y el obispo de los obispos que es
el Soberano Pontífice. Es eso lo que es necesario ver: la vida religiosa entera
está bajo “la misión apostólica”, lo que se traduce en esta palabra admirable
de la regla de San Benito: “Es necesario que el monje respete las herramientas
del monasterio. Se tratan las herramientas del monasterio como vasos sagrados.
“Eso quiere decir que toda la vida del monje es una liturgia. Que esté al
campo, que esté en el refectorio, o que esté en la iglesia en la celebración eucarística,
por donde vaya, es enviado, por todas partes donde vaya, va en virtud de la
misión apostólica que recibió, porque precisamente toda su vida está cubierta
por la misión.
La obediencia religiosa, como la obediencia
sacerdotal al obispo, como la obediencia de todos los cristianos al Santo
Padre, la obediencia supone el sentido de la misión.
No puedo realizar nada
en la viña del Señor si no se me envía. Es necesario pues que mi trabajo se me
asigne, que me esté asignado en virtud de la misión, y esta misión, la recibo
normalmente de los superiores legítimamente designados para mi comunidad.
Esto me parece de una enorme importancia porque
la obediencia religiosa no tiene en absoluto por objeto vejar el individuo,
mantenerlo a un nivel infantil, controlarlo del exterior impidiéndole alcanzar su
autonomía, tiene simplemente por objeto asignarle su tarea y darle la confianza
una vez que se le asignó su tarea en nombre de Cristo.
Y a la
autoridad - naturalmente - porque es el sacramento de esta misión, se le pide dejar transparentar en ella a Cristo
que es todo amor y toda libertad, y al que recibe la misión se le pide que
la reciba con la plenitud de su amor. Está allí porque lo quiere, está allí
porque se dedicó al Señor, está allí porque quiere contribuir de todo corazón a
la extensión del Reino de Dios, está allí porque quiere trabajar en la viña del
Señor, enviado por el Señor mismo.
Esta visión, esta visión de la obediencia es una ordenación, finalmente, una
ordenación. Es como la imposición de las manos al día de la ordenación: “Lo
enviamos, vaya pues a la Viña
del Señor, su misión comienza”.
Y la pobreza, para concluir con una sola
palabra, la pobreza es una manera de
desapropiación que contribuye a realizar la justicia. La justicia no podrá
nunca establecerse si cada uno no se desapropia de lo que no le es necesario
para su mantenimiento, su subsistencia razonablemente comprendida.
La pobreza al desapropiarlas, si la comprenden
correctamente, puede también contribuir al reino de la justicia. No me apropio nada,
para ser un espacio inmensamente abierto, y esto implica, por supuesto, que mi
comunidad, mi congregación no capitalice, que no acumule los bienes en favor de
la minoría, de la muy pequeña minoría que constituimos en la humanidad, sino
que esté dispuesta, precisamente, a hacer parte a todos los que no pueden
subsistir sin nuestra ayuda y que debe contribuir a una promoción del hombre
que sólo puede realizarse en Dios, ya que finalmente no se encuentra al hombre sino
donde se encuentra a Dios, y es una sola
y misma cosa, un sólo y mismo momento, nacer a su humanidad y renacer en el
Corazón de Dios.
Todo eso debe desembocar para nosotros en la gratitud
y la alegría de un nuevo comienzo ya que, si de verdad estamos comprometidos en
esta vía regia de la castidad, la pobreza y la obediencia, es un privilegio
maravilloso en la medida en que entramos en el espíritu de los votos, y en la medida
en que abarcamos a toda la humanidad que debemos amar apasionadamente puesto
que Dios la amó y la ama hasta morir Él mismo, que debemos amar apasionadamente
precisamente para suscitar la persona fijando nuestra mirada sobre la alegría
de un niñito. ”
Final de la serie de conferencias dictadas en la
clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.