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Zundel

29 07 08. Una palabra sobre la obediencia y la pobreza religiosa.

 
4ª conferencia, muy breve, de M. Zundel a Bois-Cerf en mayo de 1973.

 

“Quisiera decirles una palabra más, una palabra sobre la obediencia. Muy rápidamente, una palabra sobre la obediencia que también es criticada hoy por una mala inteligencia de esta virtud. ¡No se trata, por supuesto, de seguir siendo infantil, no se trata de dejarse manipular del exterior! se trata de algo infinitamente más importante, que por otra parte modificará el sentido incluso de la obediencia, llevándola al mismo tiempo a su principio más profundo que es la misión.

La vida religiosa es un estado canónico, ¿verdad? Desde el siglo IV, digamos, con las reglas monásticas de San Pacomio y de San Basilio, y en el Occidente, sobre todo con la regla de San Benito en el siglo VI, la vida religiosa ya no es una devoción privada.

Había, a partir del segundo y tercer siglo, había vírgenes, había continentes, había hombres y mujeres que habían renunciado al matrimonio, que vivían por otra parte en el mundo, que se reunían para orar, pero que no habían sido reconocidos aún como función eclesial en sentido propio.

Desde la regularización por las grandes reglas monásticas en Oriente y Occidente, la vida religiosa se convirtió en un estado canónico, paralelo al sacerdocio, la vida religiosa se convirtió - si lo quieren - en una forma de sacerdocio, una función eclesial indispensable que está incluida en la misión apostólica.

Como los apóstoles reciben su misión de Jesús y la transmiten a los obispos que la transmiten a los sacerdotes y así sucesivamente, el estado canónico de religiosos y religiosos, de monjes o monjas, procede de la misión apostólica, es decir, como el sacerdote es enviado, el monje, el religioso o la religiosa, son enviados, están constantemente bajo la luz de esta misión apostólica y, como nadie puede darse a sí mismo la misión, es Jesús el que da la misión, son los apóstoles los que la transmiten, los obispos la reciben, y la transmiten.

Nadie puede darse la misión, la misión que viene del Padre, del que habla Jesús que dice que “su comida es hacer la voluntad del Padre”, esta misión, es necesario recibirla de Cristo por los instrumentos convenientes que son precisamente los obispos y el obispo de los obispos que es el Soberano Pontífice. Es eso lo que es necesario ver: la vida religiosa entera está bajo “la misión apostólica”, lo que se traduce en esta palabra admirable de la regla de San Benito: “Es necesario que el monje respete las herramientas del monasterio. Se tratan las herramientas del monasterio como vasos sagrados. “Eso quiere decir que toda la vida del monje es una liturgia. Que esté al campo, que esté en el refectorio, o que esté en la iglesia en la celebración eucarística, por donde vaya, es enviado, por todas partes donde vaya, va en virtud de la misión apostólica que recibió, porque precisamente toda su vida está cubierta por la misión.

La obediencia religiosa, como la obediencia sacerdotal al obispo, como la obediencia de todos los cristianos al Santo Padre, la obediencia supone el sentido de la misión.

No puedo realizar nada en la viña del Señor si no se me envía. Es necesario pues que mi trabajo se me asigne, que me esté asignado en virtud de la misión, y esta misión, la recibo normalmente de los superiores legítimamente designados para mi comunidad.

Esto me parece de una enorme importancia porque la obediencia religiosa no tiene en absoluto por objeto vejar el individuo, mantenerlo a un nivel infantil, controlarlo del exterior impidiéndole alcanzar su autonomía, tiene simplemente por objeto asignarle su tarea y darle la confianza una vez que se le asignó su tarea en nombre de Cristo.

Y a la autoridad - naturalmente - porque es el sacramento de esta misión, se le pide dejar transparentar en ella a Cristo que es todo amor y toda libertad, y al que recibe la misión se le pide que la reciba con la plenitud de su amor. Está allí porque lo quiere, está allí porque se dedicó al Señor, está allí porque quiere contribuir de todo corazón a la extensión del Reino de Dios, está allí porque quiere trabajar en la viña del Señor, enviado por el Señor mismo.

Esta visión, esta visión de la obediencia es una ordenación, finalmente, una ordenación. Es como la imposición de las manos al día de la ordenación: “Lo enviamos, vaya pues a la Viña del Señor, su misión comienza”.

Y la pobreza, para concluir con una sola palabra, la pobreza es una manera de desapropiación que contribuye a realizar la justicia. La justicia no podrá nunca establecerse si cada uno no se desapropia de lo que no le es necesario para su mantenimiento, su subsistencia razonablemente comprendida.

La pobreza al desapropiarlas, si la comprenden correctamente, puede también contribuir al reino de la justicia. No me apropio nada, para ser un espacio inmensamente abierto, y esto implica, por supuesto, que mi comunidad, mi congregación no capitalice, que no acumule los bienes en favor de la minoría, de la muy pequeña minoría que constituimos en la humanidad, sino que esté dispuesta, precisamente, a hacer parte a todos los que no pueden subsistir sin nuestra ayuda y que debe contribuir a una promoción del hombre que sólo puede realizarse en Dios, ya que finalmente no se encuentra al hombre sino donde se encuentra a Dios, y es una sola y misma cosa, un sólo y mismo momento, nacer a su humanidad y renacer en el Corazón de Dios.

Todo eso debe desembocar para nosotros en la gratitud y la alegría de un nuevo comienzo ya que, si de verdad estamos comprometidos en esta vía regia de la castidad, la pobreza y la obediencia, es un privilegio maravilloso en la medida en que entramos en el espíritu de los votos, y en la medida en que abarcamos a toda la humanidad que debemos amar apasionadamente puesto que Dios la amó y la ama hasta morir Él mismo, que debemos amar apasionadamente precisamente para suscitar la persona fijando nuestra mirada sobre la alegría de un niñito. ”

Final de la serie de conferencias dictadas en la clínica de Bois-Cerf en mayo de 1973.

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