1ª parte de la 1ª conferencia del retiro
predicado por M. Zundel en Bourdigny (cerca de Ginebra) en agosto de 1937.
(Retiro tomado en estenografía).
Encontrarán aquí una de las mejores maneras de
entrar en retiro cada año, ¿y porqué no cada día?
“Estamos aquí (en retiro) para conocer, para
llegar más plenamente a la
Verdad, con la gracia de Dios. Una magnífica perspectiva para
hacer más plenamente, más alegremente, más íntimamente este encuentro, es
pensar que aquí se nos propone volver a nacer, volver a encontrar la infancia,
volver a comenzar todo”.
¿Qué es la belleza
sino la Presencia,
la Vida, la Persona, la plenitud
infinita, el misterio de silencio? La obra de arte es un sacramento.
«En la iglesia de San José de Ginebra había
anteriormente una estatua de San José junto al pilar derecho del coro. La estatua,
por otra parte, no tenía absolutamente ninguna expresión y pienso que estaba desprovista
de toda belleza. Era tan pobre y miserable que uno terminaba por conmoverse, y
justamente toda esa miseria y toda esa pobreza traducían quizás el misterio de
silencio que había en el alma del santo, padre de Jesús, esposo de la Virgen María, el más grande de
los santos.
Mirando esa estatua con mucha frecuencia al
caer de la tarde, yo terminaba por adaptarme a la fealdad y percibía mejor,
detrás de esa banalidad, todo el misterio tan grave de esa vida, sencilla entre
todas, la expresión de prudencia, de respeto, de confianza, todo ese misterio
de silencio, secreto de esa alma.
Ustedes han experimentado cómo se acostumbra
uno a ciertas cosas, a ciertas almas que no son bellas porque poco a poco nuestra
imaginación, nuestro corazón, nuestra mente, nuestro amor las invaden y
suscitan en ellas toda una vida para hacer de ellas como sacramentos de un
sentimiento, de una emoción, de un recuerdo, de una oración.
Por eso a veces uno hesita en sacrificar obras
sin belleza, precisamente porque están tan cargadas de oración, porque son a
tal punto zonas de descanso de una vida interior, que están como investidas de
otra belleza oculta, más interior, accesible al alma de buena voluntad.
Removiendo estas ideas, yo me volvía a plantea
el problema de la belleza. ¿Qué es la
belleza? ¿Cuándo es bello algo, y cuál es la vocación de la belleza? ¿Qué
criterio va a establecer la belleza? ¿Existe
una belleza absoluta, un canon de la belleza? Es una discusión que dura
desde siempre y que no será terminada jamás.
Sin embargo, todos hemos experimentado la
belleza. Hay obras que nos han arrojado sobre el dintel de una comunicación con
la Belleza.
¿Cuáles son ellas? ¿Qué se necesita para
que una obra sea bella?
Para que una obra sea bella primero tiene que representar un mínimo
de armonía con nuestros sentidos, no agredir los ojos, no herir la
sensibilidad, en fin, tiene que
representar armonía física con nosotros mismos, de tal modo que al
percibirla nos alegremos, encontrando en ella un punto de apoyo que nos dé
reposo. Si la obra de arte nos hiere, si está en desarmonía completa con
nuestra sensibilidad, con los ojos, tanto que no tengamos placer en
contemplarla, no nos pone en comunión con la Belleza.
Por otra parte, el mínimo de armonía puede
variar según los países y los siglos. Podemos adaptarnos a ciertas percepciones
que comienzan por chocarnos y terminan por hacerse familiares, y que
constituyen a partir de ese momento una especie de reposo.
Recuerdo que al mirar ciertas imágenes grabadas
en Alemania, me había impresionado el no reconocer los originales que yo había
visto en un museo de Italia. La luz era diferente, y aunque la reproducción
había sido realizada escrupulosamente, la percepción era sensiblemente
diferente del original, a causa de la luz italiana. Hay pues en las obras de
arte una especie de belleza cósmica, una armonía física que se acuerda con
nosotros y que es una primera condición de la obra de arte.
Es necesario que la obra de arte sea recogida y
justamente en el momento en que el artista comulgó con la Belleza fue cuando logró
penetrar en la belleza, entrar en el
corazón de la materia y comunicarle la vibración que él experimentó en el
contacto de su alma con Dios. Si el artista obró así, estamos en presencia de
una obra de arte total, ella guarda los rastros de ese momento, de esa
comunión.
En ese momento la obra de arte puede ser
primitiva, técnicamente torpe, desmañada, pero puede ser una obra de arte
suprema, en la medida en que el artista obedeció, se eclipsó totalmente delante
de la Belleza
y supo hacerla pasar a la materia de tal manera que, cuando encontramos esa
materia, somos llevados infaliblemente a
ese mismo instante de comunión con la belleza que le dio nacimiento a la obra. ¿Y
qué es la belleza en ese momento? Todos sabemos que es Alguien, una Presencia,
una Persona.
El criterio de la belleza, ése es
el único, es el encuentro con la
Belleza que es Alguien, con la Presencia, con la Vida, con esa Persona que
toda obra de arte expresa y nos hace presente: la Belleza que
está en el centro de las obras de arte y que las supera todas, infinitamente,
porque es para siempre inexpresable, sigue siendo un misterio insondable en
contacto con una obra de arte digna d este nombre.
¿Qué es la Belleza sino esa Presencia, esa Vida, esa
Persona, esa Plenitud infinita, ese misterio de silencio con el cual la obra de
arte nos pone en comunión? La obra de
arte es un sacramento. (1)
¿Creen ustedes que es por azar que el Vaticano
tiene, al lado de la morada de Dios, un museo admirable donde tantas obras
maestras pertenecen al arte profano, pero donde no hay menos esa comunión, ese
encuentro, esa Presencia divina?
Y es quizás un signo ya de la catolicidad de la Iglesia el haber reunido
tantas maravillas en el centro de la cristiandad, todas esas obras maestras
venidas de todas partes son el testimonio, el sacramento de la misteriosa
Belleza que es la Belleza
de Dios: la Belleza
en Persona.
Este misterio ha seducido a los hombres desde
siempre. Ellos han buscado expresar sin comprenderlo por otra parte, han
tentado de encarnarlo en la materia para que brille en ella la luz interior a
fin de hacerlos entrar en comunión con Él.
Eso es pues lo que ustedes han sentido tantas
veces. Quizá lo entienden mejor ahora y sienten por qué la Iglesia ha experimentado
siempre una ternura particular por el arte, porque el arte es una de las vías
más emocionantes por las que el hombre se acerca a Dios, elevando consigo la
materia, infundiendo a la materia esa búsqueda, haciendo participar la materia
en su propia comunión con la Belleza. Lo
que es verdad para el arte lo es también para la verdadera ciencia”.
(Continuará).
Nota (1). Un sacramento, un signo de Diosen
su realidad.