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Zundel

August 2008 - Posts

  • 30 08 2008. ¡Que todo en nosotros se convierta en grito de vida, lleve la vida y suscite la luz! La vida sólo puede ser maduración.

     

    Última conferencia de Bourdigny en agosto de 1937. 1ª parte.

     

    “El Apóstol San Pablo nos ordena tratar el cuerpo como templo del Espíritu Santo, como custodia de una Presencia divina. Quiere que comuniquemos la vida divina a todas las fibras de nuestro cuerpo, que lo hagamos vivir espiritualmente a fin de que no solamente sea dado, sino que se dé como una persona.

    Ese es el fin de todas las cosas: la vida de Dios es toda entera un don, un acto eterno de caridad, una vocación de amor, y la vocación de toda criatura es abrirse y llegar a la libertad del espíritu, y habiéndose encontrado, ofrecerse y darse. Y el secreto del cuerpo no puede sernos revelado de otra manera, se nos escapa cuando lo tratamos materialmente en vez de abordarlo con caridad, con respeto, como persona. Y por situarse en ese nivel, el cuerpo está investido de fecundidad divina, virginal, a fin de engendrar la luz y hacer nacer la vida de Dios en nosotros, porque tolo lo que Dios toca se hace fecundo. No se trata de llegar a una castidad estéril sino, al contario, a una castidad que sea una fecundidad virginal que haga nacer en nosotros la luz y el reino de Dios.

    Así es como Dios asume todas las criaturas, les comunica Su Vida y las asocia a Su potencia creadora no solamente para que vivan Su Vida, sino para que La difundan en las demás criaturas, para que difundan Su propia Vida. Ésa es la Buena Nueva del Evangelio, del evangelio que se dirige al espíritu, al cuerpo, a todo nuestro ser y a toda criatura. Y así es como toda criatura debe acoger la buena nueva del evangelio por la que se la llama a vivir de la vida misma de Dios y comunicarla en la medida en que es capaz. Y he aquí que la materia se hace Verbo en los sacramentos, he aquí que la materia recibe la Luz divina en Persona y que la materia nos comunica la Palabra por la que todo fue hecho.

    El universo no es una cosa sino una Persona. Donde nuestros ojos materiales ven cosas, el corazón distingue el corazón del primer Amor. El universo no es una cosa que podríamos conocer por un abrazo material, el universo es un secreto tan profundo e inaccesible, un misterio que sólo podemos encontrar yendo hasta dentro del Corazón de nuestro Dios. La materia se hace Verbo en los sacramentos, el universo es una Persona, la materia estalla, y, en el corazón de la materia Dios nos dice: “Aquí estoy”, y Jesús se da a nosotros  en el misterio de la hostia. El arte del Padre se ha derramado en todas las cosas: Palabra viva que es Jesús. El arte del Padre es el secreto de toda cosa, secreto escondido, secreto que se ignora y que de repente brilla y se hace signo vivo de una vida personal que dice: “Yo, en la Hostia”.

    Todo eso permanece oculto para todos los que no se han dado todavía, para todos los que no escuchan el silencio de Dios y no percibe su resonancia en toda criatura. Todo eso permanece oculto porque Dios no puede aparecer a los ojos de la carne, es imposible que Dios se haga vivo en nosotros antes de que Su Presencia sea asimilada por nosotros, imposible si no vamos a Su encuentro, si la mente no Lo descubre en Su humildad, si el corazón no va a captarlo al último rango de la creación para hacerlo subir al primero de nuestra ternura.

    Dios es Espíritu, y, si es verdad que está presente en el corazón de toda cosa, que el arte del Padre es infundido a toda criatura, si es verdad que Él no deja de golpear a nuestra puerta, también es verdad que sólo podemos percibir la Presencia invitándolo a entrar en lo más profundo de nuestro ser, pidiéndole que invada todas las fibras de nuestro ser, a fin de que no seamos nosotros los que vivimos sino Él en nosotros. El Verbo, la Palabra eterna está siempre presente en el mundo, pero el mundo no está presente y sólo puede llegar a estarlo en nosotros.

    Hay en la Trinidad la misteriosa “dicción” del Verbo por el Padre: Dios Padre enuncia la Palabra que surge de Su Corazón, que Lo expresa perfectamente, y que es Su Hijo Único. Esa conversación misteriosa es el gran secreto eternamente intercambiado, el Verbo, el Hijo único, Jesús. Pues bien, es necesario que en nosotros haya esa “dicción” del Verbo, ese enunciado de la Palabra única, es necesario que la Palabra oculta en el corazón de las cosas surja en nuestro corazón y se manifieste realmente en nosotros y en toda criatura.

    “Eructavit cor meum”, de mi corazón brotó un hermoso canto, la Palabra eterna, el Verbo, la Persona misma de Jesús. Ésa es nuestra vocación, dejar brillar en nuestro corazón el secreto de Dios, dejar que la palabra oculta y silenciosa se haga en nosotros canto de alegría y canto de amor.

    Y así es como entraremos en el universo como creadores de Dios, así crearemos el mundo en Dios y, en cierto modo, creamos a Dios en el universo. Ésa es una doctrina de dulzura, grandeza, y belleza infinitas, que exige de nosotros el don total de nosotros mismos, de la mente, del cuerpo, de nuestra ternura, porque no hay nada en nosotros que no deba darse, nada que no pueda llegar a ser creador de una vida divina.

    Dios no nos condenó a reprimir, a negar la vida sino que quiso que todo en nosotros sea sí como es sí todo en Él, que todo en nosotros se convierta en un grito de vida, lleve la Vida y suscite la Luz. Esta tarea es sin duda formidable y a cada instante sentimos lo urgente que es.

    No hay que olvidar que si ésa es la Verdad misma, el don de Dios, si eso es el cristianismo, la asunción de toda la vida, la transfiguración, la dicción del Verbo en el corazón de las cosas, si eso es la Verdad, sabemos bien que es imposible realizarla totalmente en un solo instante. Puesto que nuestra vida se desarrolla en la duración, el progreso está en la naturaleza de las cosas. La fidelidad misma de nuestra vocación está en realizar el programa paso a paso y no de un solo golpe. Se nos pide ser fieles hoy, a cada instante. “No pido ver horizontes lejanos, un paso a la vez es suficiente para mí”.

    Sería una falta contra la realidad misma de nuestra vida, contra la naturaleza, una falta contra la obediencia que debemos a Dios el querer vivir nuestra vida de una vez. No hay que vivir lo que ya pasó, sino para que toda esa experiencia lleve fruto en el presente. Pero tampoco debemos cargarnos con lo que aún no podemos vivir, no debemos prevenir la vida ni querer vivir mañana cuando estamos hoy. No tenemos la capacidad de vivir mañana lo que es hoy, eso sería absurdo. La vida sólo puede ser maduración. Sería locura querer cosechar antes de que el grano haya germinado. Debemos vivir en el llamado del instante mismo, en la gracia del instante; es lo que se nos pide y es todo lo que podemos dar”.

    (Continuará)

     

  • 29 08 2008. ... El misterio de la Iglesia es el misterio de Su resurrección. Estemos seguros de haber permanecido en el amor si la alegría de los demás no ha cesado de brotar en nosotros.

     

    Final de la 8ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

     

    Retoma: “Si la Iglesia es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que colabora con Su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este aspecto como el misterio de la Iglesia se convierte en un misterio de resurrección”.

    Continuación: “Hemos hablado mucho del sufrimiento de Jesús, conservamos en el corazón la queja infinita de la soledad divina: “¡Vosotros todos los que pasáis, mirad y ved si hay un dolor semejante al mío!” (Lam. 1,12). Pero aun conservando en el fondo del corazón el testimonio de la angustia divina, podemos alegrarnos viendo en la Iglesia la respuesta a esa queja, la curación de sus heridas, el fin de esa soledad, porque finalmente, la Iglesia no es Él solamente, sino Él en nosotros y nosotros en Él.

    En su carta a los colosenses, San Pablo dice que Jesús clavó sobre su cruz el edicto de nuestra condenación. Pues bien, nosotros podemos clavar en la Cruz para anularlo el edicto que condena a Cristo. Y en el corazón de la Iglesia, eso es precisamente lo que significa la liturgia de la Misa: adherir a Cristo en la Cruz, alimentarse de la carne y sangre de Jesús, hacer nuestra la Pasión del Salvador, y entrar con todo el impulso del corazón, comenzar en efecto a destruir la causa misma de Su suplicio. Puesto que Su suplicio viene de nuestro rechazo de amor, todo acto de amor atenúa el suplicio de Cristo, lo baja de la Cruz, es el preludio de Su Resurrección.

    Debemos pues ver en el misterio del altar la acción esencial. Es el acto sublime, no de nuestra Redención sino de la Redención de Dios mismo, la Redención que Lo libera de nuestros límites, de nuestro rechazo de amar, del poder infernal de nuestro egoísmo que tuvo poder sobre Su Vida y Lo mató. Y ahora nosotros podemos suspender los efectos de ese poder infernal, negar todos nuestros reniegos, inaugurar el misterio de Su Resurrección.

    Creo que les será imposible mirar la santa liturgia bajo este punto de vista sin tener el deseo imperioso de unirse cada mañana al misterio del altar para adherir en él al Príncipe de la Vida que fue crucificado por ustedes, a fin de que Su Vida brote en ustedes, que sus corazones se abran a los espacios inmensos de la caridad y Le permitan continuar en ustedes Su reino de Amor.

    La Misa no es pues la conmemoración del misterio de la Cruz, no es solamente el misterio de nuestra Redención, sino el misterio de Su Redención, es el edicto de la condenación que Lo crucificó, anulado por el don de nuestra vida, y por eso hay que participar en el misterio de la Misa todos los días, aunque estén en estado de sequedad total, aunque no sientan nada, aunque les parezca que no toman ninguna parte en el misterio del altar, a condición que Él tenga Su parte, a condición de que Él pueda vivir en ustedes, que Él encuentre en ustedes todos los espacios de su corazón. Nuestro amor puede llegar a ese grado de pureza: renunciar por amor al gozo del amor, a condición de que Él viva en nosotros.

    Y ustedes ven con qué sencillez la santa Iglesia aborda el misterio del altar, con qué pobreza articula su lenguaje Y cuán sobria es la oración más elevada de la Misa, el Canon, justamente porque la Iglesia no quiso exaltar en la sentimentalidad este encuentro en el don puro de una fe desnuda en que todo debe ser dado. Si Dios quiere que en nosotros brote la alegría o que estemos en la sequedad, ¡qué importa! Lo esencial es que Su gozo sea perfecto. El misterio de la Iglesia aparece pues en la santa Liturgia y en todo como el misterio de Su Resurrección.

    Y puesto que Cristo fue herido no solamente en el Corazón y en la Persona sino también en Su cuerpo místico, en el universo entero, ya que Él es como una madre herida en sus hijos que no puede tener reposo mientras no hayan recuperado la salud, será necesario que el misterio de la Resurrección, habiéndose realizado en la Persona de Cristo, sea el misterio de nuestra participación en el cuerpo y la sangre del Cuerpo Místico de Cristo, en la difusión de la Buena Nueva, en la alegría de que Cristo nos encarga para los demás.

    La alegría, para terminar, puede ser fruto de todo ese dolor. La primera alegría será que Él resucite por la mañana en mi corazón, entonces la alegría fructificará a lo largo del día en el corazón de nuestros hermanos.

    La alegría es en sí mejor que el sufrimiento. Dios no ama el sufrimiento, lo detesta, detesta la muerte. Entre Dios y la muerte hay una enemistad personal, porque la muerte es la consecuencia del pecado, del rechazo del amor. No fue Él quien inventó la muerte, el sufrimiento y el pecado, y el sueño de Dios para Sus hijos es un sueño de alegría. Si Sus hijos no han entrado en la alegría no es por culpa de Dios el cual es la primera víctima del sufrimiento, del pecado y de la muerte, víctima en Su Corazón porque es el Corazón del primer Amor y que cada una de nuestras faltas es una herida infligida al Amor, y víctima del mal y del sufrimiento en el corazón de Sus hijos, en el cuerpo de Sus hijos en los cuales Él ha sido desgarrado porque Él es más madre que todas las madres y la compasión de Dios por sus Hijos es infinita.

    El misterio de la resurrección permanece unido al misterio de la Eucaristía. El misterio de la resurrección se realiza en todo hombre, vive en todas las almas difuntas que están en el Purgatorio. Ese misterio debe realizarse en toda la naturaleza, en todo el universo, por doquiera, ¡es necesario que Cristo resucite en todas las fibras de todos los seres! Esa es nuestra tarea, la obra de la Iglesia: llevar la Alegría. El Evangelio, como su nombre lo indica, es la Buena Nueva. La paradoja inefable de la ternura divina es que el Evangelio cuyo centro es la Cruz, el sufrimiento y la muerte, sea también la Buena Nueva de la alegría de la resurrección.

    Después de haber matado a Dios, tenemos el poder de hacerlo nacer en el corazón de los hombres y de toda criatura. Somos enviados al mundo, somos la Iglesia, cada uno por su parte, somos la Iglesia para realizar esa obra de vida, de alegría y de resurrección.

    No debemos cultivar el sufrimiento, como si Dios prefiriera el sufrimiento al gozo. Si Dios nos da Alegría, que brote en el corazón y desborde sobre el mundo como un grito de acción de gracias. Si no nos la da, que la dé a los demás por medio de nosotros.

    Si a nosotros nos basta la fe para permanecer en el amor sin la alegría del amor, no es seguro que los demás, que han recibido menos quizá, que han penetrado menos en el conocimiento de la gracia de Dios, puedan sostenerse y descubrir Su rostro si no les aparece como un Rostro de Alegría.

    Me parece que entre estos dos polos está suspendida la vida cristiana: entre la liturgia de la Misa en que Cristo resucita en nosotros Y la alegría de los demás donde Él termina de renacer en el corazón de los hermanos. En el fondo, ahí está todo. Esos son los grandes criterios de nuestra vida: estemos cada mañana en estado de adhesión al misterio de la Cruz en el misterio del altar, a fin de que cada tarde podamos dar testimonio de que hemos hecho todos los esfuerzos para que haya sólo alegría y nunca sufrimiento. Estemos seguros de haber permanecido en el amor si la alegría de los demás no ha cesado de brotar de nuestra vida.

    Pidamos la gracia de ser misioneros de la alegría, embajadores de la buena nueva, y de entrar en el misterio de la Iglesia como en el misterio de la resurrección. Entonces tendremos en la vida todo el secreto de Dios, entraremos en la boda maravillosa propuesta desde el comienzo en la proposición rechazada por los hombres, crucificada por los hombres, en la proposición repetida sin cesar en Cristo, en la hostia, en el misterio de la Iglesia, a fin de que Su vida vuelva a brotar en nosotros y que Su muerte se convierta en nosotros en el cántico de Su resurrección.

    ¡Tenemos que terminar este día con el canto del Exultet que es la coronación del misterio de la Cruz en el misterio de la Iglesia! Que la llama de nuestro amor se convierta en un hermoso cirio pascual: “Lumen Christi – Deo gratias” (Luz de Cristo –demos gracias a Dios”.

    (Fin de la conferencia)

  • 28 08 2008. Pentecostés va a desposeer de sí mismos a los Apóstoles... El misterio de la Iglesia.

     

    2ª parte de la 8ª conferencia de Bourdigny en agosto de  1937.

     

    “Ven cómo Jesús estuvo constantemente al bordo de su secreto, y cómo le fue imposible revelarlo antes de que se levantara la Cruz, antes de dejar a sus Apóstoles a fin de que recibieran el Espíritu Santo. Y el día de Pentecostés brilla el gran secreto, ellos comprenden entonces que no se les revelará todo, pero todos los obstáculos de su corazón van a desaparecer, ellos se abrirán al Espíritu. Pentecostés los va a desposeer de sí mismos, ellos van a renunciar a toda su parte y a comprender que su reino debe consistir en darse a Dios y que sólo se trata de amarlo más.

    No lo saben todo, no tienen teología sabia, su lenguaje es torpe, y, cuando Pedro deba anunciar a Jesús, hablará del “hombre que dio testimonio”. Pronto recibirá fuetazos con varas, y se alegrará de haber merecido sufrir por el nombre de Jesús. Sanará al paralítico en el nombre de Jesús: “¡Levántate y marcha!” (Hechos 3,5). Y él es quien encontrará esta expresión magnífica: “Matasteis al Príncipe de la Vida” (Hechos 3,1). Las palabras son aún torpes, pero el corazón está abierto y el Espíritu podrá transformarlos, ellos podrán ser instruidos por el Espíritu y estarán listos para entrar en el secreto de Dios.

    Todavía tienen mucho que aprender. Acostumbraban considerar el Reino de Dios como reservado a Israel y ellos mismos como privilegiados, y ahora, ¡los paganos también están llamados a ser ciudadanos del Reino. Se necesitarán años para que todo eso se convierta verdaderamente en doctrina, y que la igualdad de los gentiles sea reconocida en la comunidad cristiana.

    Y está luego el misterio de la Parusía, espera frustrada, el Señor que no regresa, y los murmullos en las comunidades a las que Pedro dirige su segunda carta. ¡No! ¡Ese falso Dios no va a regresar! Hay que acabar con esta trampa. Para Dios, mil años son como un día, pero atención, dice San Pablo, esperen al Señor pero no renuncien a su trabajo, su venida no es para mañana, esperen. Y esperan hasta la muerte y acabarán por comprender. Y el último de ellos, San Juan, habrá comprendido mejor que los demás, pues los acontecimientos habrán permitido discernir los planos diferentes de la profecía y ver que el regreso del Señor ya se realizó, se realiza todos los días en los corazones que se abren y se dan, y entonces en adelante la Iglesia vivirá llena del gran secreto que es el secreto de la debilidad de Dios.

    “Os desposé con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura”. Se trata de una promesa de Amor, se trata de un matrimonio de elección, y si el desposorio comenzó al origen del mundo, la doctrina del pecado original es el rechazo de la proposición de desposorio de Dios con la humanidad, que fue la primera condenación de Dios por el hombre, el primer juicio de Dios por los hombres.

    Con demasiada frecuencia se ha visto el relato del pecado original como una trampa que Dios le puso al hombre. Era todo lo contrario: Dios que se sometía al juicio del hombre, afirmación de que no fue Dios el que inventó el dolor, el mal y la muerte.

    Dios es la Vida, Dios es Amor, Dios es Santo. Sólo puede amar y ofrecerse en el desposorio con toda la humanidad. La humanidad rehúsa, Dios se deja condenar, pero no renuncia al ofrecimiento, lo renueva por medio de su Verbo, por medio de Cristo, en la sangre del Cordero: “Os desposé con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura”. Ahora la humanidad está en posesión del secreto de Dios. Ese gran secreto es toda la vida, todo el misterio de la Iglesia.

    Ustedes recuerdan cómo aparece en el mundo el misterio de la Iglesia, saben que históricamente hablando, nada es más seguro que la verdad de que Cristo murió, desapareció vencido por el odio, pero que apareció en el mundo más vivo que nunca en forma de Iglesia, definitivamente vencedor en la Iglesia destinada a difundir su Reino en toda la tierra.

    ¿Qué es la Iglesia? Hemos dicho con tanta frecuencia que la Iglesia es Jesús, pero aún tenemos que profundizar esta noción. No debemos cansarnos de entrar en la conciencia de la Iglesia por la cual se realiza una especie de transustanciación. Esos hombres que no sabían nada, que no habían entendido nada, que habían retenido materialmente las palabras pero que nos las transmitieron con fidelidad hasta con el recuerdo de sus hesitaciones, esos hombres que conservaron todo el embarazo del lenguaje en la luz de antes de Pentecostés pero dejándonos sumergir en la Luz de después de Pentecostés, ¿cómo llegaron esos hombres a entender que ellos eran la Iglesia?

    Lo comprendemos sin dificultad cuando lo ponemos en relación con el misterio que se realiza cada mañana y del que la Iglesia saca la Vida, la consagración, la desposesión que le va a permitir actuar como Jesús, que va a hacer resonar la Palabra de Cristo en la boca del sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi sangre”. Ésa es la conciencia de la Iglesia: “No soy yo, es Él”. Y dijimos, y hay que repetirlo sin cesar, mientras no se plantee el problema de la Iglesia, mientras no se lo considere bajo esta luz, es insoluble.

    Todas las discusiones trágicas y dolorosas sobre la Iglesia entre las confesiones cristianas vienen de que la discusión no se hace en este sentido único: si la Iglesia es simplemente una asamblea de hombres que se reúnen en el Nombre de Cristo, entonces, en efecto, ¡no hay Iglesia! ¡O la Iglesia es una creación arbitraria de una humanidad que interpreta por propio esfuerzo las Palabras de Cristo, o al contario, la Iglesia es la aspiración de Dios hacia nosotros! Entonces ahí está todo el problema: ¿Dónde reside Su Palabra, Su Gracia, y dónde se perpetúa Su Presencia? Y cuando la Iglesia de Pedro afirme que no puede no proclamar lo que vio y escuchó, no hará más que declarar su propia naturaleza: “No soy yo, nosotros no somos nada, Él es todo”. Y lo que veis no es sino el sacramento de Su Presencia, de Su Palabra, de Su Acción.

    Ustedes no pueden entrar en el misterio de la Iglesia si no entran en el misterio de la Cruz, si no avanzan en la Persona de Jesús para recoger en ella toda la Luz de Su Verdad. Este aspecto les es suficientemente conocido como para que podamos considerar otro.

    Si la Iglesia es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que colabora con Su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este aspecto como el misterio de la Iglesia se convierte en un misterio de resurrección”.

    (Continuará)

     

  • 27 08 2008. Nuestro Señor estuvo constantemente al bordo de un secreto.

     

    1ª parte de la 8ª conferencia de Bourdigny, en agosto de 1937.

     

    “Hay en el Evangelio cierta hesitación que es la explicación más profunda de las contradicciones aparentes que vimos esta mañana. Y la hesitación que encontramos en los textos, la hesitación que origina las aparentes contradicciones viene de que nosotros estamos al bordo de un secreto.

    Cuando uno tiene que guardar algo que no puede decir, uno está obligado a dar explicaciones en ciertas circunstancias y siente entonces que el lenguaje es embarazado y tiene el sentimiento de haber traicionado la mitad del secreto, aun tratando de guardar lo esencial.

    Ahora bien, Nuestro Señor estuvo constantemente al bordo de un secreto, del secreto que era la suprema revelación de Dios al mundo, pero secreto que el mundo no podía soportar aún. Por eso encontramos con tanta frecuencia en el Evangelio una expresión embarazada que viene de que Cristo, no pudiendo decir de un golpe todo su secreto, y no pudiendo traicionar su misión, estando obligado a preparar las almas a esa revelación, alude a ella sirviéndose del lenguaje habitual y tratando de abrirlo para que las almas adivinen y estén mejor preparadas para recibir el secreto de Dios.

     

    ¿Se comunicó esta hesitación al alma de Cristo? ¿Lo dejó Dios que lo descubriera con Su ciencia experimental a lo largo de Su misión y lo presintiera? Mientras en el plano de Su ciencia beatífica, divina, intemporal, tenía una certeza absoluta, translúcida, ¿no hay una duda por el lado de su ciencia experimental? Visto que hablaba una lengua humana, ¿no es una hesitación de Su ciencia experimental lo que se comunicó a Su lenguaje? Estas preguntas no podemos resolverlas.

    Pero me parecer que afirmando que en Cristo hay una búsqueda misteriosa que embaraza constantemente Su lenguaje, porque está constantemente al bordo de un secreto, tenemos la explicación más conmovedora de las contradicciones aparentes del Evangelio. ¿Cómo decir que el Evangelio se dirige a todas las naciones porque el Corazón de Dios no tiene fronteras? ¿Cómo decir que el Reino de Dios se realizará en el interior de nosotros y que no hay que contar con milagros exteriores? ¿Cómo decir “¡Sí, ha llegado el Reino de Dios!”, sin poder precisar más sino que esta generación será la de la Cruz y que la inteligencia del reino estará centrada en la Cruz, más allá de la Cruz? ¿Cómo decir que el juicio no es el juicio del hombre por Dios, sino el juicio de Dios por el hombre? ¿Cómo hablar de la debilidad de Dios sin suscitar el horror de su auditorio?

    Se siente que en toda esa incapacidad de Cristo de hablar hay por una parte la voluntad de no traicionar su misión, Su fidelidad al Mensaje, y por otra parte el conocimiento de Su auditorio que sabe demasiado débil para soportar la verdad. Es quizás uno de los testimonios más magníficos de la fidelidad de los evangelistas el haber conservado huellas de esas incertidumbres.

    Miren, cuando Jesús quiere comenzar, después de meses de iniciación, cuando quiere introducir sus discípulos en el secreto de la Cruz, cuando Pedro acaba de declarar: “Tú eres el Mesías”, acabando de elevarse Pedro a esta cima de la vida interior, cuando Jesús comienza a hacerle entrever que el mesianismo desembocará en la Cruz, Pedro dice: “¡Es imposible!” Y Jesús está obligado a gritarle: “¡Retírate, Satanás!”

    Con cuánta mayor hesitación deberá Cristo hablar a Su auditorio si inclusive con Sus discípulos no podía decir todo el secreto de Dios. Había tratado de prepararlos, les había mostrado que el Reino de Dios no era de este mundo, les había mostrado que debían estar listos a sufrir, a no utilizar su poder, les había mostrado que era necesario sufrir para que se realizara el Reino de Dios, que había que renunciar al reinado terrestre. Ellos habían escuchado esas historias, las habían grabado, y no habían comprendido. Les había recitado las parábolas, se las había cantado a la orilla del lago para ponerlos en camino, para hacerles entrar en la cabeza que el Reino exigía su colaboración. Se habían dejado encantar por esas parábolas, no habían comprendido la moral del Reino de Dios, pero el dogma, la doctrina fundamental, el secreto de Amor de Dios, no se los había podido confiar.

    Y el día que tratará en la sinagoga de Cafarnaún, en una alusión indirecta todavía, el día que los invitará a alimentarse de Su carne, el único resultado será que sus discípulos rehúsen seguirlo. Sólo el grupo de los Apóstoles seguirá estrechamente unido a Su Corazón.

    Pero Él rehúsa instruir inclusive  sus Apóstoles y no tendrá nada que añadir cuando les dé la herencia de Su cuerpo y Su sangre. Les dice solamente que no volverá a beber del fruto de la vid sino cuando estén reunidos en el Reino de Su Padre: “No nos separaremos para siempre, el Reino de Dios va a venir, esperadlo”. ¿Pero cómo vendrá? Es la última pregunta de los Apóstoles”.

    (Continuará)

  • 26 08 2008. Entonces no estaríamos frente a Dios sino frente a un ídolo.

     



    Personal. (Balbuceos)

     

    “Lo primero que se nos pide es un acto de dimisión total. Esto es tan importante. Mientras desconfiemos no estaremos frente a Dios sino frente a un ídolo”

     

    Uno llega a preguntarse si la inmensa mayoría de los hombres no “cultivan” un Dios ídolo, e inclusive si todos los hombres no comienzan necesariamente su relación con Dios por un culto idolátrico, y quizá si la misma devoción eucarística no es (¿con más frecuencia?) idolatría. Esto no quiere decir, evidentemente, que el culto de la Eucaristía carece de sentido o no es salvador.

    Entonces, ¿qué es lo que caracteriza un culto no idolátrico de Dios? El culto deja de ser idolátrico en la medida en que ya no vemos a Dios, al Dios de Jesucristo, como exterior a nosotros: “Dios es puro interior” dirá Zundel, “Dios es espíritu” dirá Jesús a la samaritana. Son dos afirmaciones equivalentes y esenciales.

    La concepción de Dios como exterior al hombre nos es tan natural porque somos cuerpo y alma tanto como espíritu, tanto que inclusive en las oraciones eucarísticas muy antiguas encontramos expresiones que tienden a hacernos pensar en la ofrenda perfecta de Jesús como exterior a la nuestra: “Te ofrecemos este sacrificio puro y santo” (1ª plegaria eucarística).

    Cuando Dios se encarna, parece que debe ser exterior a nosotros, pero en realidad sólo toma la humanidad de Jesucristo, que es primero exterior a nosotros. Su Humanidad es criatura, comenzó a existir en el seno de María. Sólo esa Humanidad, que no es Dios, parece primero exterior a nosotros; pero inclusive esa Humanidad cuando haya resucitado y subido al cielo puede, y debe, ser vista como interior a nosotros, e incapaz en delante de exterioridad. Su Cuerpo se ha hecho puramente espiritual, puramente espíritu, y por eso puede “estar sentado a la derecha del Padre”.

    Y si creemos en la pura interioridad del cuerpo resucitado de Jesús, creemos al mismo tiempo en la pura interioridad de su presencia, plenamente real, en la Eucaristía: la Eucaristía se adapta, si se puede decir, a nuestra interioridad y por eso su presencia está unida a un alimento, signo ya de la interioridad ya que el alimento no es tal sino en cuanto que debe entrar al interior del cuerpo mismo para que lo asimile. Jesús no se encarna en una piedra preciosa, por ejemplo.

     

    ¿Culto idolátrico de Dios, de la Eucaristía? Zundel hablará con frecuencia del culto idolátrico. A este propósito se puede inclusive decir que Jesús se encarna para hacerlo desaparecer del corazón del hombre, como quiere hacerlo en el corazón de la samaritana.

    Esto no se opone a la adoración del santísimo Sacramento pero la sitúa en su verdadero sentido: no se trata de adorar a Jesús como exterior a nosotros, sino a Jesús que se nos ofrece como alimento esencial, como alimento de nuestra “espiritualización”, de nuestra interiorización, sin la cual no hay vida eterna.

    Algunos estarán decepcionados, habrían preferido mil veces que la felicidad del cielo fuera la misma, pero infinitamente mejor, que la que nos dan todas las pequeñas o grandes alegrías unidas al cuerpo (el islamismo la promete).La decepción viene de que no se ha hecho todavía la experiencia del gozo espiritual, inclusive del éxtasis, que rebasa infinitamente todo placer carnal, por ejemplo el de San Pablo que exclama (en la 2ª lectura del domingo pasado, 24 agosto) ante la profundidad del pensamiento de Dios.

    (¿Continuar? ¿Retomar?)

     

  • 25 08 08. Dios sólo quiere liberarnos de nuestros límites para que todo sea gozo, luz y belleza...

     

     Final de la 7a conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

    “Un místico dice admirablemente: “Vi a mi Señor con el ojo de mi corazón y le pregunté: ¿Quién eres?” Me respondió: “Tú”. Esta identificación de Dios con nosotros precede mucho nuestra identificación con Él: Él es más yo en Él que Él en mí.

    Cuando entreguemos a Dios todas nuestras potencias comenzaremos a entrar en la verdadera vía del amor. Mientras tengamos desconfianza, mientras detengamos los golpes de parte de Dios, mientras trampeemos con en sacrificio como si Dios quisiera despojarnos de nuestros bienes, no estaremos ante Dios sino ante un ídolo. Tenemos que dejarlo libre: “¿Qué nos dará? ¿Cómo resolverá los problemas insolubles de nuestra vida?” No lo sabemos pero estamos seguros de que sabrá desenredarse, encontrará una solución imprevisible que conserve en nosotros lo que merezca vivir.

    Lo que se nos pide en primer lugar es el acto de dimisión global, de confianza completa para que haga en nosotros lo que quiera. Me parece que eso es tan importante porque es la primera de todas las libertades (la primera condición para ser realmente libres).

    Somos tan minusválidos, llevamos el peso del día, estamos prisioneros de un trabajo que no escogimos, tenemos que ganar el pan ¡y eso es duro!, no podemos procurarnos todos los espacios materiales, no podemos ir donde quisiéramos, conocer las ciencias que desearíamos profundizar. Estamos muy rodeados de límites de toda clase, sin contar con todos los que nos imponemos a nosotros mismos limitando así a Dios.

    Un salmo dice: “Limitaron a Dios”. Es lo que hicimos y, limitando a Dios, nos metimos en una cautividad sin salida, y si alguien nos quiere libres, si quiere que cada acto nuestro sea libre, es Él. Él no quiere sino liberarnos del egoísmo para que en nosotros todo sea gozo, luz y belleza.

    Miren lo que pueden hacer en este orden tan humilde que consiste por ejemplo en poner la mesa. ¡Es una maravilla lo que en ese gesto puede caber de ternura, de arte, de belleza y de gracia! Pues bien, todo eso, ese gesto muy humilde en relación con una necesidad material, se convierte en una obra maestra de belleza y de gracia, en un don sacramental que nos hace comulgar en la Caridad divina. Si cada gesto del día estuviera abierto y dado para dejar transparentar la Presencia del Rostro de Dios, se haría universal.

    Los pintores representan con frecuencia naturalezas muertas, por ejemplo frutas sobre una mesa. Los ven y eso es la fuente de su obra maestra. ¡Qué maravilloso es que el ser humano, a partir de nada, por la mera atención y el resplandor de su ternura, sea capaz de orientar hacia el interior todas las necesidades materiales, de darles un aspecto espiritual y hacer de ellas una liturgia, una eucaristía!

    Ustedes saben que pueden arreglar su maquillaje delante del espejo, darle un poco más de elegancia: ese orden ustedes lo conocen bastante como para que yo no insista. En toda la vida hay eso: ese detalle que es la marca de nuestra humanidad, la huella de la libertad, la apertura de nuestra vida a La Vida. Eso es lo que Cristo quiere darnos. Quiere que en todo pongamos ese orden, esa elegancia, esa gracia que hace de la necesidad una obra maestra de Dios mismo.

    La obra maestra nace casi siempre de una necesidad, si no, la belleza es como añadida, como los capiteles que no sostienen nada y que sólo son añadidos a la arquitectura. Al contrario, la obra maestra del arte en una basílica está en que todo sostiene y cumple su función: la gracia brota de la necesidad que se vuelve entonces interior. Eso es lo que se necesita: que todas las necesidades se vuelvan interiores, que todas las obligaciones sean libres, que todas las accione sean un canto de amor. Creo que en esta visión hay un programa suficientemente hermoso como para que tratemos de realizarlo.

    Los verdaderos artistas son los que siempre supieron obedecer a una necesidad. Casi todas las obras del Renacimiento son fruto de una orden: había que hacer un fresco y organizarse de modo que la obra maestra se equilibrara con la arquitectura. Obedeciendo a la necesidad de la orden llegaron los artistas a abrir los espacios maravillosos que permiten comulgar con la belleza.

    Todo el problema de nuestra vida está ahí: partiendo del terreno de la criatura, partiendo del terreno de la plenitud de la vida para tratar de interiorizarla en una comunión de amor con la soledad en que Dios mora, y en comunión con los demás, hay que devolverle a la palabra “católico” su amplitud maravillosa, restituirle su valor creador.

    Dios no nos pide sino que jamás nos encerremos en nuestros límites, que estemos siempre en estado de apertura, a fin de hacer de nuestros gestos, gestos católicos que resplandecen en el mundo entero para hacer brillar el Rostro de fiesta de Cristo Jesús”.

    (Fin de la conferencia)

     

  • 24 08 08. El dogma es una Persona. La liturgia es una adhesión a Alguien, una comunicación con una Persona.

      

    3ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

     

    “Mientras los hombres quieran poseer contra los demás, oponiendo la represa de sus derechos a la sumisión de los demás, el espíritu de posesión exasperará al otro en la misma medida.

    Pero no se trata de posesión, no se trata de tener, sino de dar. La competencia que se nos propone, competencia en el don, en la pobreza y todos somos llevados a la soledad para que podamos descubrir en ella la dignidad humana que es la presencia en nosotros del primer Amor, de la Verdad, de la pura ternura de Dios mismo. Entonces en Presencia de ese Dios, ¿qué más se puede hacer sino callarse? ¿Qué más se puede comprender sino que de todo lo recibido debemos hacer una oblación de amor, un canto de alegría?

    La Iglesia nos conduce a la soledad de la oración, a la soledad del pensamiento, porque la verdad que nos propone es una Persona: el dogma es una Persona que nos es imposible asimilar sin darnos personalmente.

    Es otra paradoja, que el dogma que parece barrera para la inteligencia, sea exactamente lo contrario. El dogma es una eucaristía que se asimila por un don personal de cada uno porque la Eucaristía en la liturgia no tiene ninguna eficacia si no la recibe cada uno con su impulso personal. Cada dogma debe brillar en nosotros, debe dar su luz de manera única e incomunicable.

    Ustedes saben que las palabras en el lenguaje humano tienen color, están cargadas de la experiencia propia de cada uno. Las palabras de la Revelación del Amor de Dios no pueden comprenderse sino con todo el amor y toda la luz del hombre que se ha entregado totalmente a Dios. Si abordamos todo eso secamente, de afuera y sin amor, no solamente no entenderemos nada, sino que no debemos entender nada, ya que sería querer coger el espíritu con las manos, entrar sin amor en una confidencia de amor.

    El dogma es una Persona, y la Persona del primer Amor. Y la Iglesia es Él. Y la Liturgia es una adhesión a Alguien, una comunicación con una Persona, nos hace interior al espíritu de los demás, pero dejándonos de rodillas ante el misterio de su alma.

    En fin, la Iglesia nos lleva a la soledad de la acción. La virtud que ella nos enseña no es un gesto conformista. No nos enseña una teoría por la cual uno se pondría a hacer el bien en serie. El único bien que ella nos revela es el bien de la caridad, del amor, el don de todo el ser, la re-creación de toda la vida en conformidad con Dios. Ella nos enseña que no hay virtud que no venga del amor. Podríamos estar conformes con todas las reglas de la honestidad aun siendo extranjeros a Dios si el corazón no ha sido recreado, si no estamos desposeídos de nosotros mismos. La acción no puede ser sino relación personal con Dios. Es una vez más, una relación a establecer a la vez en la soledad y en comunicación con todos los seres.

    Y llegamos a otro aspecto del problema, más práctico quizá, y quizás también el más emocionante.

    Y es que, si Dios nos atrae así a la soledad, si Dios nos quiere con todo lo que somos, ¿por qué temer a Dios? ¿Qué hay que temer de parte de Dios?

    Estamos constantemente delante de Dios en un estado de total estupidez porque lo tomamos como rival que va a quitarnos algo, que va a pedirnos tal sacrificio, tal prueba que no podemos soportar, y resistimos, nos aferramos a lo que poseemos, no queremos soltar lo que creemos ser la felicidad. Pues bien, justamente esa misma actitud nos aleja del verdadero Dios, esa misma actitud transforma en ídolo al verdadero Dios.

    ¿Quién es más celoso que Dios de lo que somos, puesto que Él nos creó cada uno llamándonos por nuestro nombre, puesto que nos confía un aspecto de Sí mismo, es decir un aspecto de Su Amor? Él quiere que el don que debemos hacer fructificar alcance en nosotros todo su valor y toda su belleza. ¿No es Dios celoso, celoso como un artista? ¡Él es celoso como un artista que quiere que su obra sea toda luz y belleza!

    Sean cuales fueren nuestras tendencias y conflictos, sean cuales fueren nuestros deseos y pecados, nuestro primer confidente debe ser Dios mismo. Nadie como Dios puede comprendernos, nadie como Dios lleva nuestra agonía, es crucificado por nuestra muerte, nadie como Dios es humillado por nuestra debilidad, nadie como Dios tiene sed de nuestra felicidad.

    Si todo no funciona en el mundo según el orden perfecto, no es que Dios no quiera el orden y la alegría, sino que Dios es víctima de Su criatura, víctima de todos nuestros rechazos de amor, víctima del dolor, del pecado y de la muerte.

    Todo el lado positivo, todo lo que grita por la vida y la plenitud, es el llamado mismo que Dios inscribió en nosotros. Hacia Él debemos volvernos. Esta mañana, cada una de ustedes debería hacer el gesto de distensión para entregarse a Él, sin condición, diciéndole: Yo no sé lo que soy, ni lo que quiero, todo en mí está dividido, pero Tú que eres la unidad de mi ser, Tú que eres la Fuente de mi vida, el Amor de todas mis ternuras, haz en mí el discernimiento entre lo que es el amor y lo que es el egoísmo, y acaba en mí tu Cruz”.

    (Continuará)

     

  • 23 08 08. El que quiere poseer es esclavo de sí mismo.

     

    2ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

     

    Retoma: “Si la humanidad es el conjunto de los hombres con sus vicios, no. Aunque sumáramos millones con millones de hombres, eso no daría una humanidad digna de respeto.

    La humanidad digna de respeto es una humanidad que no existe aún, es un germen puesto en el corazón de cada uno y que debe desarrollarse mediante el don de toda nuestra vida”.

    Continuación: “El marxismo cambió la humanidad de calidad en humanidad de cantidad, poniendo el acento sobre la calidad material y no sobre la calidad analógica que hace que cada uno de nosotros deba darse totalmente. No hay más igualdad entre los hombres que el privilegio de darse al Amor. Eso es un error fundamental.

    ¿De qué sirven las reformas más magníficas si desembocan en el materialismo más peligroso de las que los suburbios de todas las ciudades nos muestran un ejemplo visible? ¡Todas esas casas amontonadas, todas iguales, hechas en serie, con el mismo color, las mismas disposiciones, la misma capacidad, los mismos radio-receptores, que difunden los mismos horrores, toda esa gente que lee el mismo periódico, pertenecen al mismo partido, toman el mismo tren, toda esa gente que está siempre junta, que hacen los mismos gestos, se levantan al mismo tiempo por la mañana! ¿Es eso la humanidad?

    Uno quisiera ver un poco de diversidad en las casas, reflejo del espíritu de los que las habitan como el rostro de la persona. Sería magnífico que cada uno tuviera su casa, dispuesta a su imagen, reflejo de las bellezas y de los secretos de su ser. Esa diversidad sería magnífica: genio de la persona que se expresa. Esa especie de identidad material en que no hay nada venido de adentro, en que todo viene de afuera, en que los gestos no son sino restitución de un automatismo limitado por todos los medios de la prensa, del sindicato, de la información, del cine, del afiche.

    No, la reforma del marxismo no es bastante profunda, hay una reforma más profunda, es la de Cristo que nos vuelve cada uno a la soledad y que nos pide ser personas, ser fuente de algo único que es la Belleza del mundo: el esplendor del Rostro de Dios en nuestros propios rasgos. ¡Esa es la única línea de separación entre nosotros y el comunismo! No hay que condenar el comunismo para canonizar la situación actual. Ese no es el sentido de las condenaciones pontificales.

    La Iglesia quiere salvar la realeza de Dios en el mundo, salvar la dignidad del hombre, su libertad, salvar el carácter único de cada persona humana. Ella pide que la sociedad se construya para que cada uno sea totalmente liberado de las necesidades materiales y pueda por fin encontrar su alma y darse a Dios, creando el universo en sí mismo por su capacidad de amar.

    La Iglesia nos lleva a la soledad, y llevándonos a la soledad personal, nos conduce al universo por su catolicidad.

    No podemos amar el universo, no podemos darnos a cada criatura si no somos llevados a la soledad personal, la soledad que es también comunión tanto más profunda cuanto más perfecto es el don y más absoluta la transparencia.

    Toda la razón de amar está en poder encontrar en todo ser – en la medida en que hemos encontrado a Dios – encontrar en todos los seres el pensamiento que es la fuente de todo ser, el Amor que es la cuna de toda criatura, el misterio que es la presencia única en toda criatura en comunión con Dios, presencia de la que toda alma tiene la vida, presencia interior a toda criatura.

    Estoy seguro de que, si supieran que de eso se trata, los comunistas serían todos cristianos. Si conocieran esta maravilla, si comprendieran que lo que Jesús vino a traer al mundo fue el sentido del don.

    Cuando se les diga: “venimos a ustedes, no para darles bienes, no para enseñarles a recibir y a poseer, sino para que aprendan y puedan darse a Dios. El que quiere poseer es esclavo de sí mismo y de las cosas que posee, pero el que se da se hace libre”. Entonces comprenderían”.

    (Continuará)

  • 22 08 08. El gran milagro de la liturgia. El comunismo ignora el valor de la soledad.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } 1ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto de  1937.

     

    “Si la liturgia debe ser la medida de nuestra piedad, si toda la vida espiritual debe brotar del misterio del altar, es porque la santa liturgia nos lleva continuamente a la soledad y nos introduce en el gran acto de amor de la comunión con Dios.

    Es el gran milagro de la liturgia, reunirnos en un mismo lugar, reunirnos juntos para llevarnos a cada uno a la soledad.

    No existe otro libro más patético, más emocionante y divino que el misal romano, precisamente porque todas las oraciones incluidas en la misa son sacramentos de la soledad.

    Si no estamos acostumbrados a la oración litúrgica, la encontramos impregnada de cierta sequedad, nos impacta la banalidad de ciertas oraciones, pero si hemos vivido al menos un poco la liturgia, estamos penetrados de admiración hacia la Iglesia por habernos dado una oración que nos deja enteramente libres de hacer el encuentro con Dios y que es para cada uno un encuentro solitario.

    Si la Iglesia nos hubiera dado oraciones todas llenas de sentimientos, penetradas de emoción experimentada por otros – todas esas expresiones que traducen cierto estado de alma que fue sincero pero único, no podríamos revestirlos, no podríamos encontrar en ellos la expresión del encuentro único que debe ser el encuentro con Dios. Pero esas palabras tan discretas, tan reservadas, llenas de espacio y de silencio, no pueden sino reunirnos creando alrededor de nosotros una atmósfera, un llamado a la soledad para que en ella cada uno haga el encuentro con Dios.

    Y todas esas oraciones son de una sencillez tan sobria, son tan pobres con pobreza evangélica, que cada día podemos recitarlas con sinceridad, en la obediencia del Amor, sin sentir una emoción que no viene de cada día. La oración de la Iglesia es un sacramento de oración, una fuente de oración que hace nacer en nosotros justamente una oración personal e inefable. No conozco nada más hermoso, no conozco milagro más conmovedor que ése.

    Tenemos absoluta necesidad de estar juntos, y eso es quizás lo más profundo del misterio del catolicismo, que significa universal, tenemos que estar presente a toda criatura, estar abierto a toda realidad, estar con el universo entero, pero al mismo tiempo tenemos que permanecer en secreto contemplando el rostro maternal que se nos revela bajo un aspecto único. Desarrollando esta verdad comprenderemos por qué la Iglesia se separó del comunismo.

    Hay una necesidad absoluta de estar solo, y nunca estamos tan bien juntos como cuando estamos solos en comunión con la Verdad y el Amor. Cuando dejamos de permanecer con la Hermosura viva – aunque estemos juntos – estamos solos, no con una soledad rica, sino en una soledad desolada, estéril como el desierto, y la Iglesia nos lleva juntos a la soledad donde florece toda la vida de Dios, y nos permite encontrarlo, cada uno a su manera, descubriendo el Rostro que es único para cada uno. En el comunismo hay sin duda cosas buenas y entre los comunistas hay grandes valores, pensadores, hombres heroicos que se dedicaron con un fervor muy grande a lo que creían verdad, pero lo que separa la Iglesia del comunismo es que el comunismo ignora el valor de la soledad.

    No es que no aspire a la dignidad humana, la vida de Lenín fue heroica y estas palabras son de Geheno, un escritor comunista: “Qué importa la felicidad que nos dan si nos rehúsan la dignidad”. Los comunistas no serían hombres si no tuvieran sentido de la dignidad humana.

    Podemos estar de acuerdo con la rebelión de Marx contra la religión "opio del pueblo", contra la religión que encuentra que todo está bien ya que unos poseen todo y los demás tienen solo la compensación del paraíso futuro, después de la resignación.

    Se comprende que Marx se rebelara contra el rechazo de realizar las reformas necesarias, so pretexto de que la vida eterna arreglará todo: es un crimen. Pero la rebelión habría debido ir hasta adentro y profundizarse. Pues si hay un crimen contra la dignidad humana, ¿dónde está entonces la dignidad del hombre?

    ¿Por qué no se puede uncir un hombre, como un animal, a una carroza sin cometer un crimen? No es en razón de la masa del hombre sino en razón de la dignidad interior que es la posibilidad de que Dios viva de nuevo en él, que renazca en su libertad. Es el destino de Dios lo que está comprometido en esa alma.

    Queriendo devolver a la humanidad su dignidad, Marx no supo ver que la dignidad del hombre era su soledad. Voluntariamente o no, cayó en la confusión entre la humanidad en el sentido de la masa de los hombres y la humanidad que es la cualidad de ser humano, de tener que ser hombre, y que hace de esta exigencia un deber para cada uno de nosotros.

    La humanidad es nuestra dignidad humana, el poder de darnos, de crear infinito dejando a Dios expresarse en nosotros.

    Si la humanidad es el conjunto de los hombres con sus vicios, no. Aunque sumáramos millones con millones de hombres, eso no daría una humanidad digna de respeto.

    La humanidad digna de respeto es una humanidad que no existe aún, es un germen puesto en el corazón de cada uno y que debe desarrollarse mediante el don de toda nuestra vida”.

    (Continuará)

     

  • 21 08 08. Cada uno debe ir a Dios siguiendo la luz del rayo único que brilla para cada uno.

      v\:* {behavior:url(#default#VML);} o\:* {behavior:url(#default#VML);} w\:* {behavior:url(#default#VML);} .shape {behavior:url(#default#VML);} Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Final de la 6ª conferencia dada en Bourdigny en  agosto de 1937. Según notas.

     

    “¿Qué más pleno, más riguroso, más admirable que los ejercicios de san Ignacio? Muchas almas se han santificado por ese medio, ¡pero hay tantos otros caminos! La poesía, por ejemplo. Si le gusta la poesía, abra un libro de poemas y cante los poemas de Claudel y tantos otros poetas, que hacen brotar las fuentes de la alegría.

    Si es artista, vaya a un museo, mire las magníficas fotografías que suscitan la oración en usted, medite sobre Miguel Ángel o sobre Rafael, contemple esa belleza y déjese llevar hasta las puertas del paraíso.

    Si es música, toque una fuga de Bach o cante una de las melodías gregorianas y entre así en comunión con Dios por esa puerta de luz que le está abierta.

    Si tiene un bebé, al bañarlo mire sus miembros que son miembros de Cristo, escuche el cántico de la carne.

    Si le gusta la naturaleza, mire el sol que se inmaterializa en la luz de la tarde o la mañana.

    O si tiene novio, mire sus ojos para leer en ellos toda la ternura del rostro de Dios.

    Si está casada, procure ser siempre fuente de gozo para su marido, para encontrar en retorno, reflejada en su rostro, la revelación del rostro de Dios.

    El viacrucis, el rosario, son tesoros inagotables, pero no todos pueden sacar de ahí su alimento, y no es absolutamente necesario.

    La Iglesia es católica, universal, tiene precisamente la sabiduría de abrir todos los caminos, de bendecirlos todos, de invitar cada montaña a cantar el cántico de Dios. Ella nos llama a subir hacia Dios por la vía de todas las criaturas.

    Me parece que cada una de ustedes debería volver a la fuente de su religión, interrogarse a sí misma sobre el descubrimiento que hizo de Dios y abandonar las imágenes, todos los recuerdos que se han esclerosado, que dejaron de estar vivos, y que la fijaron en una actitud artificial. ¡Que cada una comulgue simplemente con Dios por el camino que se le abre ahora, en este instante, en su interior!

    Y mirando los dos criterios de la divina liturgia en la cima del día y de la alegría de los demás a lo largo del día, pueden utilizar la oración sin fórmulas, sin articular jamás una oración vocal, simplemente estando presentes para escuchar en estado de apertura, de descubrimiento, de alegría si se puede, de adhesión siempre, a condición de que a través de ustedes se exprese Dios de la manera que quiere comunicarse a ustedes y que debe ser un secreto entre ustedes y Dios.

    ¡Y creo que ese Dios, vivo, es el verdadero Dios! Ese Dios que está en el corazón de su vida les será cada vez más apreciado. Ya no habrá obstáculos, no habrá problemas, no habrá cuestiones, ni desesperanza, porque habrán vuelto a Dios a través de lo más puro, más hermoso y santo que hay en ustedes. ¿Cómo fue que se necesitó tanto tiempo para darse cuenta de que todo lo que sea mezquinaría, estrechez, no puede existir en Dios?  ¡Cuántas almas no cesan de fabricarse un Dios inferior a lo que puede hacer la santidad humana!

    ¡Es imposible! Dios está siempre más allá, infinitamente más allá de lo más tierno, más alegre que hay en nosotros, infinitamente más allá se sitúa el verdadero Dios y yendo en la dirección de nuestra mayor grandeza es como tendremos la suerte de encontrarlo.

    Se lo suplico, ¡libérense de los ídolos! Recuerden que nuestro Dios es el Dios de los vivos. Jesús vino al mundo para que tengamos la vida en abundancia.

    Recuerden que no deben dar a los demás el Dios de ustedes. Déjenlos descubrir a Dios siguiendo el propio rayo de luz que se les dio. No sólo hemos cometido el error de encerrar a Dios en un ídolo, sino que quisimos proponerlo a los demás. ¡No! Tenemos que llevar a los demás la respiración libre de la vida de Dios mismo, para que vuelvan a descubrir su propia libertad, para que” se sientan en confianza con Dios.

    Cada uno de nosotros debe volver a descubrir el rostro maternal de Dios, ir a Dios siguiendo la luz del rayo único que brilla para cada uno, y que le ha sido dado para que el rostro de Dios siga siendo un secreto entre él y Dios”.

    (Fin de la conferencia)

     

  • 20 08 08. ¡Dios es más madre que todas las madres! Hay que buscar a Dios por nuestro camino más puro y alegre a fin de llegar al contacto que es comunión personal con nuestro Dios.

      

    1ª parte de la 6ª conferencia de Bourdigny, en agosto de 1937.

     

    “En una familia, los hijos miran siempre a la madre. Ella es la madre de todos, pero es ante todo y esencialmente la madre de cada uno, y cada uno la mira con su propia mirada, con su propia ternura, que es tan única e incomunicable porque la ternura se comunica a cada uno de manera única. Por eso los hijos no tienen que entrar en competición por la ternura de la mamá, pues cada uno la recibe totalmente ya que el corazón de la madre sigue siendo para cada uno un secreto incomunicable: ante Dios, todos estamos en esa situación, pues Dios es más madre que todas las madres. Él es madre en sentido absoluto.

    Dios nos ama cada uno con una ternura única, incomunicable.

    Dios no creó el universo en serie, repitiéndose. Él no se repite nunca, y cada uno de nosotros proviene de su Corazón siguiendo una luz única, una luz incomunicable. Pero si cada uno recibe de Dios toda su ternura, ternura única, si cada uno puede verdaderamente, mirar hacia Dios como una madre única, es necesario que cada uno se vuelva hacia Dios siguiendo la dirección de su propia mirada, de su propio camino, que rinda a Dios su propia alabanza y tenga con Dios relaciones únicas e incomunicables.

    Se ha estereotipado a Dios, se ha fijado su rostro, se lo ha hecho tan artificial e insípido como el arte de San Sulpicio, se lo ha sacado de sí mismo haciendo de Él un personaje fabricado, tan ajeno a toda pulsación del corazón que nos dan ganas de huir cuando se pronuncia el nombre de Dios.

    La mayor parte del tiempo se trata de teólogos, monjes, sacerdotes que hablan de Dios, que escriben sobre Dios, y tienden naturalmente a dar a Dios su propio rostro, sus preocupaciones; hacen de Dios un teólogo, un discípulo que contempla el misterio de su propia predestinación, un monje que recita su breviario. Tienen toda la razón. Esas preocupaciones tienen un lugar tan grande en su vida: la pasión intelectual, el amor de la alabanza, el culto de la liturgia, todo eso puede tener su fuente en Dios, debe haber en Dios todo eso a un grado infinito, Dios debe estar en el centro de la liturgia, todo eso está en Dios. El teólogo cuya madre es Dios, debe encontrar en Dios un eco a todos sus deseos, a todos sus gustos, a todas sus aplicaciones, a todos sus esfuerzos, y es natural que dibujando en su corazón el retrato de Dios lo haga según sus propias aspiraciones, según su propio clima, pero no es sino un aspecto de Dios.

    La madre de familia, la esposa, la novia, el poeta, el artista, el obrero, cada uno debe poder encontrar a Dios, situarlo en su propia vida, amar a Dios en su propio clima para que Dios esté en acorde con su vida, es decir con lo que cada uno ha recibido de Dios, y que a través de ella cada uno pueda volver a Dios. Si la madre de familia, la novia, el poeta, el pintor están obligados a entrar en la vida del teólogo, tomar las actitudes del monje, habrá en su concepción algo artificial que no corresponde al don recibido de Dios. Cuántas dificultades vinieron de ahí, de que la mayoría de los cristianos recibieron por eco una mala teología.

    Si fuera la gran teología de los místicos estaría muy bien, pero la recibieron como eco de discusiones interminables de escuelas, que endurecieron el rostro de Dios en fórmulas repugnantes ya para los verdaderos teólogos; el rostro de Dios se hizo lejano, hostil, un Dios que acorralaron constantemente preguntándole la razón de sus actos: ¿Por qué hizo Dios tal cosa? ¿Porqué no escucha mi oración?

    Todo eso es una idea. ¡Dios no puede ser acorralado! ¡Un Dios que no es concebido como el Amor, como un Dios víctima, no es Dios! Si Dios no es eso, para qué creer en Dios sino para cerrarse a toda posibilidad de esperanza, para luchar con un Dios que es sólo una eclosión de la imaginación.

    Miren ya en la Escritura qué diversidad en las expresiones de Dios, y comparen la página de San Pablo en el capítulo 9 de la epístola a los Romanos, sobre la predestinación, compárenla con el capítulo 15 de San Juan: Yo soy la vid… ¡Qué clima tan distinto! Comparen el discurso embarazado de San Pedro cuando tiene que presentar a Jesús al pueblo de Jerusalén. Lo presenta como un hombre a quien Dios rindió testimonio. Comparen con el impulso maravilloso de San Juan que es el cántico del Verbo, comparen el sentido muy práctico de un Santiago con el análisis penetrante, con el himno de la caridad cristiana que es el primer capítulo de la epístola a los corintios. Comparen la teología de los sacerdotes del templo que Jesús nos presenta como pontífices que entran en el santuario para ofrecer a Dios la sangre de los animales, comparen con las parábolas en que Nuestro Señor nos presenta el Reino de Dios.

    Y todo eso viene de Dios, es revelación de Dios, inspiración de Dios, y sin embargo, a través del prisma de los personajes que fueron instrumentos de la revelación, ¡cómo se dibuja el rostro de Dios de manera diferente! Pues bien, el Dios de san Pablo, de san Pedro, de Santiago, es el mismo Dios, pero cada uno de esos grandes santos lo percibió a través del prisma de su propia naturaleza transfigurada por la gracia, situó a Dios en su propio ambiente, en su propio espíritu, expresándolo según su propio genio. Es pues necesario que cada uno de nosotros descubra nuevamente a Dios en lo más íntimo de sí mismo.

    El conocimiento que cada una de ustedes debe tener de Dios, tiene que sacarlo de su propia experiencia, escuchando su propia naturaleza, escuchando el canto de su alma donde Dios mora, para descubrir el rostro maternal de su Dios, y cada una descubrirá algo único e incomunicable, que será precisamente el rayo de luz que le será dado para volver a Dios con todo el impulso de su alma.

    Habiendo puesto al comienzo de toda nuestra vida cristiana la liturgia divina, porque es la condición fundamental de la rectitud de la oración, para injertar toda la alabanza, todo nuestro amor, en la Persona de Cristo, asegurados de la desapropiación, del desinterés de nuestras relaciones con Dios, tomando el fermento divino de la Hostia para que Cristo viva en nosotros Su propia vida, cante Su propio cántico, entonces a lo largo del día, entreguémonos al descubrimiento interior buscando a Dios por nuestro camino más puro y alegre, a fin de llegar inmediatamente al contacto que es comunión personal con nuestro Dios”.

    (Continuará)

     

  • 19 08 08. Sólo es impura la sustracción del cuerpo al espíritu. el matrimonio es algo inmenso, un gran misterio, el misterio mismo de la Santísima Trinidad.

     

    Final de la 5ª conferencia dada en Bourdigny en agosto de 1937. (Según notas).

     

    “Yo no aconsejaría a los recién casados una cohabitación continua pues creo que si el lazo conyugal se convierte desde el comienzo en costumbre carnal, es casi imposible superarlo jamás. Creo que hay que comenzar en la virginidad si se quiere vivir en la virginidad.

    Tampoco aconsejaría eso a los esposos cuya vida ya está organizada. Habría el riesgo de interrumpir la intimidad de su vida por una especie de decreto-ley, en que uno de los esposos decidiría cambiar, destruir lo que queda quizás. En esto se necesita una prudencia infinita. Una mujer, un hombre, no pueden resolver el problema cada uno por su lado, tienen que resolverlo juntos, en espíritu y en la gracia. Más bien hay que soportar todo lo que la conciencia no reprueba, haciendo las concesiones más profundas, más bien que destruir la armonía que existe con un golpe de estado artificial que arriesgaría no ser ascensión espiritual. Creo pues que es claro. Esta doctrina no debe ser retroactiva, ni inquietar a nadie.

    En su vida conyugal, cada una debe dejarse conducir con gran rectitud por el Espíritu de Dios, día tras día, sin inquietudes. Dios las ama, Él es más padre que todas las madres. Si están de buena fe, pues déjense conducir sencillamente escuchando su conciencia.

    No hay solución venida de afuera por decretos-leyes. ¡Irradien la vida divina! Que brille a su derredor y haga de sus esposos los sacramentos de la pureza misma de Dios.

    Pero si se trata de comenzar la vida, de decidir juntos el ritmo de vida, hay que comenzar en la orientación que orienta todo en la carne como sacramento del espíritu, en el amor como intercambio de transparencia y de santidad porque entonces, en efecto, no existe en la vida el problema terrible de la separación, el problema de los hijos que vienen sin ser deseados, hijos que vienen y cuya vida se detiene. Creo que es mejor – no digo que sea pecado obrar de otra manera-, pero creo que es mejor ver las cosas como sacramento, como participación en la Pasión de Jesús, es decir como una asunción del amor al plano del espíritu, como una resurrección de la vida en el impulso del espíritu.

    Creo que el matrimonio es algo inmenso, un gran misterio, el misterio mismo de la Santísima Trinidad, es el mismo misterio incomprensible. Sólo se puede llegar al amor mediante un acto de fe y todo eso es grande y sobrenatural.

    No conozco otra solución al problema del amor. Eso es lo único que concuerda con el presentimiento, con el esfuerzo del arte que es una ascensión, de acuerdo con la constatación de las heridas terribles, los desgarres que despedazan el corazón de tantos hombres y mujeres justamente porque en vez de encontrar en el amor la revelación de la persona, han encontrado en él una descomposición de la persona, una esclavitud de la carne, un reniego de la vida, una represión del espíritu.

    Eso no es lo que Dios quiere para nosotros. Él nos quiere a Su altura. ¿Nos vamos a quejar si nos asocia a Su vida creadora, que hace del cuerpo una fuente de vida eterna?

    Les ruego que recojan esta enseñanza en lo más profundo de su corazón, que no minimicen ese misterio tan grande y que pidan a Dios caridad para sus cuerpos a fin de ofrecérselos como hostias de alabanza.

    Somos débiles, y si lo somos en esto, es precisamente porque es la fuente del don, del hogar de la santidad. No es difícil porque es impuro, sino porque es tan grande que nos aplasta.

    No olviden jamás que cada tentativa del impulso vital es una proposición que tienen que integrar en el plano del espíritu. Hay mirarla a los ojos tranquilamente, devolverla a su fuente que es Dios, cada una de esas tentativas, sabiendo que cada una de las victorias que logren es una victoria para el universo, una victoria del universo, al que habrán llevado en los brazos, al que habrán engendrado a la vida del espíritu.

    Y si cincuenta, cien veces al día se renueva la proposición, no se digan: ¡Esto no se acabará jamás! Díganse más bien: mientras más grande y poderosa sea la proposición, más me encarga Dios del universo. Ánimo, tengamos valor, porque se trata de llevar el mundo en el corazón.

    Si tienen algún desliz, tengan paciencia y sobre todo, no vean pecados mortales por doquiera, no hay pecado sin el espíritu, sin intención explícita, sin consentimiento pleno. Jamás hay falta grave en los estremecimientos que preceden la intención, y si hubiera falta, no son faltas que nos separan de Dios. Una proposición no es jamás pecado. A nosotros nos toca juzgarla, integrarla, asumirla al plano del espíritu, hacer llegar la vida al don virginal. ¡Es duro, pero es bello y grande! Es lo único digno de Dios y de nosotros.

    Y el mal no será jamás irreparable mientras no tomemos partido, mientras no hayamos hecho de la pureza la eclosión de la vida, y no hay que hacer un acto que cubra el egoísmo de la pasión. Lo único impuro sería hacer de la proposición de la vida una confiscación del impulso divino, un rechazo del espíritu. Lo único impuro es la sustracción del cuerpo al espíritu. La impureza consiste en sustraer al espíritu todo lo que debe vivir de la vida del espíritu. Todo nuestro ser, el cuerpo y el alma, debe entrar en el mismo plano de la vida trinitaria y devenir en nosotros mostrador de Cristo. Ustedes aman bastante a Cristo como para escuchar la enseñanza de San Pablo y comprender que en efecto, el cuerpo es el Cuerpo de Cristo, y nuestros miembros son miembros de Jesús.

    Si creemos en la ordenación de la vida a la Persona de Dios, si consideramos todo el misterio de la creación como ordenación a la vida misma de Cristo, es imposible que caigamos en el desorden y la profanación de los miembros de Cristo.

    Pidamos a Nuestro Señor – que es la Vida y tiene en Sí la Luz y la Vida – pidámosle que nos integre más profundamente en Su Vida, que respetemos la vida y la comuniquemos por todas las fibras del cuerpo como vida virginal del espíritu. “Spiritus Domini replevit orbem terrarum”.

    Él es el Espíritu que se comunican eternamente el Padre y el Hijo en la eterna Luz que ha debe devenir la vida de nuestro espíritu y nuestro cuerpo: ahora y siempre”.

    (Fin de la 5ª conferencia)

     

    Personal: La enseñanza magnífica, totalmente inédita, de esta instrucción, puede hacernos soñar un poco. Se necesitarán siglos, quizás milenios, para que el conjunto de los hombres, o inclusive sólo el conjunto de los cristianos, comiencen a vivirla. Podemos decirnos que Zundel nos presenta aquí un ideal hacia l cual tender, y que una vida auténticamente mística por ser auténticamente cristiana es la condición para vivir plenamente su sentido. Entonces, esta enseñanza puede comenzar a vivirse muy útilmente y para una felicidad verdadera y durable.

    No olvidemos sobre todo las palabras del fin de la conferencia: “Si tienen algún desliz, tengan paciencia, sin el espíritu no hay pecado, sin intención explícita, sin consentimiento pleno”. Es indispensable, y Zundel lo hace maravillosamente, presentar el ideal de pureza de suerte que la castidad perfecta sea luz y atraiga. No hay que hablar de pecado sino elevar el espíritu, lo que hace San Pablo cuando dice: “Nuestros cuerpos son templos del Espíritu”.

     

  • 18 08 08. El cuerpo es todo puro en su fuente. O bien la vida es espíritu y don, y una persona, o bien no es nada. El matrimonio es por excelencia un estado de castidad, un intercambio de virginidad.

     

    3ª parte de la 5ª conferencia dada en Bourdigny en agosto de 1937.

     

    Retoma: “La impureza no está en los órganos creadores. Ahí justamente reside la sede de la santidad porque lo más santo y sagrado que existe corre más riesgo de ser profanado, porque esa es la fuente de la vida, el foco del amor. El cuerpo es santo si debe participar en el recogimiento del espíritu, en la dignidad de la persona, en la Presencia de Dios.

    Ustedes recuerdan la imagen de la parábola, la imagen del océano cuyas fuerzas son inmensas, tumultuosas, magníficas, pero ciegas. El ojo de un niñito es también un océano, pero en la serenidad de la luz porque el océano ha llegado a ser en él una mirada espiritual, una mirada de claridad. Debemos entonces reunir las pulsaciones cósmicas, todo ese tumulto, esa fuerza ciega, para  que se haga en nosotros luz y don”.

     

    Continuación: “Se lo suplico, borren de la mente todas las asociaciones malsanas, no se trata de despreciar la creación, de avergonzarse del cuerpo, sino de comenzar a amar con amor de caridad para tratarlo como algo divino, con el respeto que conviene a la majestad divina cuyo sacramento es. ¿No es algo admirable? ¿No se atenta a la dignidad del cuerpo cuando se lo sustrae del reino del espíritu? ¿No sufre cuando se lo hace incapaz de acceder a la luz, de vibrar?

    En los mejores momentos de nuestra vida, todos hemos sentido que el cuerpo es capaz de vibrar con las vibraciones mismas del alma. Entonces, justamente, todo el ser es sólo una armonía en la que todos los planos se funden en la unidad por estar bajo la dominación de la misma luz. ¡Esa es la vida que estamos llamados a transmitir! pero qué duelo por la vida, que contiene todo eso y que se desenvuelve en la mediocridad, con puntos de exaltación en la cuna de la vida, y de la que nada brota, nada emerge, mientras que Dios nos propone que dejemos brotar la Vida en Persona, la vida que es sólo Vida y Alegría. Sé muy bien que eso es para nosotros una tarea que nos crucifica, un esfuerzo inmenso, un esfuerzo creador, pero ¿porqué no hacer el esfuerzo? Se trata de crear un universo de creadores creado por Dios.

    Yo quisiera que ustedes sientan, que guarden en la mente la orientación de esta doctrina. Todo eso es tan formidable y grande que nosotros podemos sentirnos sumergidos por tal inmensidad. No seré yo el que les diga que es fácil. Es difícil, es heroico, pero esa es precisamente la vocación del hombre, ser divino! Lo que yo quisiera sobre todo borrar de sus mentes son dos cosas: primero, que la impureza no está en el cuerpo. El cuerpo no es impuro, es totalmente puro en sus fuentes.

    La segunda idea que quisiera borrar de sus mentes es esta: podemos decirnos, después de todo, ¿porqué no tentar la aventura (de la impureza)? ¿Es correcto reprimir el impulso vital? ¿No sería más sencillo y armonioso relajar el sistema nervioso en un acto carnal? ¡Pues no, y no! O bien la vida es espíritu y don, la vida es una Persona, o bien no es nada. ¿Para qué escribir Amor con mayúscula si es una aventura que se reduce a nada? ¿Para qué esperar en la nada?

    Si caemos, ¡que no sea canonizando las debilidades y las miserias! ¡Si cedemos, que sea con humildad! El impulso vital es tan formidable que el hombre solo no puede dominarlo. Para hacerse dueño de sí mismo hay que acercarse a la vida que es una Persona, integrarse en Su Luz, dejarla apoderarse de todo nuestro ser y de todo el impulso vital para recogerlo en Él.

    No hay que pensar que el matrimonio permite todo. El matrimonio no da ninguna licencia. Es un estado de santidad. No hay estado que exija más respeto de la vida, no hay mirada más virginal que el estado de matrimonio, totalmente ordenado a la vida, que debe repercutir todo el misterio de la vida divina. El matrimonio es por excelencia un estado de castidad, un intercambio de virginidad.

    Yo sé que se lo puede concebir de otra manera. No digo que no se lo pueda comprender diferentemente. Sé que no se entra fácilmente en la plenitud de nuestra vocación divina, sé que no existe un concepto de la vida antes y otro después del matrimonio sino que es la misma vida, y si somos individualmente miembros de Cristo, ¿cómo quieren que dos esposos, que tienden a la unidad de una sola vida, cómo podrían ellos no ser el uno para el otro sacramento del respeto de la libertad, de la libración que es la personificación de toda vida?

    Claro está, todo eso no se puede entender sino a la luz de la fe, y les concedo sin dificultad que fuera de la fe no existe solución. Si no se ha entrado en el misterio del espíritu, si no se ha entrado en unión con el ser divino, si no se ha entendido que sólo existe un Amor, que es Dios en Persona, en efecto, la castidad no tiene sentido, no es sino represión, decreto arbitrario, y no una creación espiritual, recogimiento de todo el impulso difuso en la pulsación cósmica, se convierte en una negación imposible de sostener por largo tiempo. No se trata de represión sino de creación, de ascensión de la vida, del triunfo del espíritu, del nacimiento de Jesús, porque sólo existe un hijo, como sólo existe un Amor”.

    (Continuará)

  • 17 08 08. La impureza reprime el espiritu.

    2ª parte de la 5ª conferencia de Bourdigny en agosto de1937. Retoma: “¿No creen ustedes que el hombre tiene más necesidad de belleza que de alimentos? ¿Qué es el arte sino la asunción de la materia al plano del espíritu?Continuación: «Si la humanidad se ha orientado constantemente en esta dirección, es que comprendió que la nobleza suprema de la materia consistía en devenir el lugar donde reposa el espíritu. La humanidad ha creído y creerá siempre en el valor del espíritu.Si eso es la vida, si tiende hacia el espíritu, si sólo puede llegar a la manifestación del espíritu, si todo lo que se refiere a la vida lleva el sello del espíritu, y si entonces el impulso vital está todo lleno del impulso de la inspiración del espíritu, el secreto del impulso, de ese instinto, es un secreto espiritual, interior, que no se puede coger con las manos.Y esa es precisamente la característica de la impureza, resistir a la ascensión del espíritu, “cosificar” el impulso vital en vez de personificarlo, es una posesión opaca de lo que tendía hacia el don.Comprenden pues que la creación es absurda si el espíritu no existe, si ella no vuelve al espíritu, si no llega al pensamiento, si no encuentra su salida en el amor.La creación es un fracaso para Dios si no deviene espíritu y pensamiento, don y transparencia, luz como Dios.La impureza reprime el espíritu, rechaza el rostro de Dios, se opone a la Persona, la Persona única, la única Personalidad, la de Dios. Es una descomposición de la persona humana ya que en ella el cuerpo deviene extranjero para el alma, el cuerpo deviene extranjero para sí mismo. El cuerpo humano,  lo que los artistas captan por el interior, a través del cual han hecho palpitar el misterio de luz, el cuerpo humano hay que crearlo, nos es confiado para devenir esa obra maestra de luz.Si debemos asumir la materia, todo el universo, para transformarlo en gozo, luz y don, con mayor razón, en primer lugar, estamos encargados de la obra maestra que es el cuerpo para interiorizarlo, para comunicarle la nobleza y la eternidad del espíritu.No conocemos ni conoceremos jamás el cuerpo antes de haberlo interiorizado hasta el punto de haber devenido totalmente claridad, pensamiento, ternura, armonía y que el cuerpo no nos aparezca del exterior sino del interior, como el mostrador de la Presencia divina.Ustedes conocen las palabras de San Pablo, tan trágicas y que van tan lejos: “¿Tomaré yo los miembros de Cristo para hacer de ellos miembros de una prostituta?” (1 Cor., 6,15)Los miembros de Cristo, eso es en el fondo. En ese cristocentrismo se sitúa la doctrina cristiana de la caridad, siempre únicamente en relación con la Persona de Jesús, y el cuerpo ha sido llamado a esa nobleza infinita de ser Cuerpo de Jesucristo, tanto que si traicionamos en nosotros la Presencia de Cristo, hacemos de nuestros miembros los de una prostituta, sustraemos el cuerpo al reino del espíritu, rechazamos de nuestro cuerpo el Rostro de Cristo.Y precisamente, porque la Iglesia cree con toda el alma en la dignidad humana, en la colaboración creadora que tenemos que realizar con Dios, por eso la Iglesia nos pide la castidad y nos propone el privilegio inaudito de la castidad que tiende a hacer del cuerpo mismo el sacramento de una creación espiritual.Recuerdan el artículo de Santo Tomás que pregunta si debemos amar el cuerpo con amor de caridad, y para Santo Tomás “amar de caridad” es amar con un amor que tiene por motivo la vida divina de Dios. Es propio de una virtud teologal tener por principio y motivo la Vida divina. Preguntar si el hombre debe amar el cuerpo es preguntar si el cuerpo del hombre debe entrar en el orden de las relaciones trinitarias por la gracia divina, si debe entrar en los abismos de Dios, si participa en el misterio de la vida de Dios, y Santo Tomás, sin hesitación, dice sí, y con amor de caridad que tiene a Dios por objeto, dice que el hombre debe amar su cuerpo precisamente porque sus miembros son miembros de Cristo, llamados a devenir fuente de la Vida divina.Ven ustedes que no hay doctrina más alejada que esa de una doctrina de represión. No se trata de despreciar el impulso vital, de sonrojarse de él. No se trata de cubrirse la cara ante las instituciones divinas, de avergonzarse de los órganos creadores, sino de amar el cuerpo como Dios lo ama, de amarlo hasta ese extremo, hasta el corazón de la Trinidad, como algo divino, porque entró en un orden de grandeza al que sólo la fe puede llegar, con una mirada sacramental. La fe nos lleva a mirar el cuerpo con amor sacramental, como misterio de Dios, tal como vemos el Cuerpo de Jesús en el Santísimo Sacramento.El cuerpo nos escapa, no podemos tomar conciencia de él sino en el abismo del corazón de Dios, si lo hemos abordado en el pensamiento cristiano, si lo hemos comprendido como condensación del impulso vital del universo para que llegue a nosotros al reino del espíritu, que por medio de él nos demos a Dios con el universo. Ven que esta doctrina sitúa la pureza en la mirada del espíritu.La impureza no está en los órganos creadores, ahí justamente es donde reside la sede de la santidad, porque lo que hay de más santo, más sagrado, arriesga más ser profanado por ser la fuente de la vida, el foco del amor. El cuerpo es santo si debe participar en el recogimiento del espíritu, en la dignidad de la persona, en la Presencia de Dios.Ustedes recuerdan la imagen de la parábola, la imagen del océano cuyas fuerzas son inmensas, tumultuosas, magníficas, pero ciegas. El ojo de un niñito es también un océano, pero en la serenidad de la luz porque el océano ha llegado a ser en él una mirada espiritual, una mirada de claridad.Debemos entonces reunir las pulsaciones cósmicas, todo ese tumulto, esa fuerza ciega, para  que se haga en nosotros luz y don”.(Continuará)

     

  • 16 08 08. Tenemos que darle a nuestro cuerpo nobleza, grandeza y belleza.

     2ª parte de la homilía de Zundel en Lausana en 1960. Cristo evangelizó el cuerpo tanto como el espíritu. Retoma: “Sería un error inmenso imaginar que en el cristianismo hay una especie de enemistad que nos condena a odiar el cuerpo. Y no leo sin temblar de tristeza lo que se dice en la vida de San Pedro de Alcántara, que había hecho un pacto con su cuerpo para no dejarlo en paz hasta la muerte”.Continuación: “Eso me parece poco cristiano, sabe a maniqueísmo, porque en Cristo se ama todo, en Cristo se glorifica todo, en Cristo se transfigura todo y Cristo justamente nos permite entrar en la plenitud de la vida, nos pide coronarnos de gracia y llevar toda la juventud de nuestra vida hasta la muerte para vencerla con Él, y ése es justamente el sentido de la pureza cristiana.El sentido de la pureza cristiana es precisamente reconocer la vocación divina del cuerpo. Nos equivocamos hablando de la pureza y la inmensa mayoría de los cristianos están aplastados bajo un peso perfectamente ilusorio. El sentido de la pureza no está en desconocer el cuerpo, en cubrirse la cara ante él, sino en crear divinamente el cuerpo, coronarlo de gracia, y hacer de él verdaderamente el santuario de la divinidad.El sex appeal resuena hoy por doquiera. Se ha convertido en una manera de atraer la atención y el que desea asegurar a su publicidad un impacto seguro pone en marcha más o menos algo de vibración sensual, pues justamente el hombre no ha comprendido la dignidad infinita del cuerpo que debe ser a la vez cuna del hijo y santuario de la divinidad.Se ha visto en eso un problema físico mal planteado cuando en realidad es un problema metafísico: se trata de una cuestión de existencia: ¿estamos atados al universo? ¿Somos parte de la naturaleza, parte del cosmos, una porción de la especie humana, o algo totalmente diferente?Es claro que los animales no pueden escapar al embrujo de la especie. Para ellos no hay nada más grande que la especie de la cual son un eslabón transitorio, ellos no pueden superar la función reproductora porque para ellos es lo máximo de la vida, porque un animal, perro o gato, no puede añadir nada a su nacimiento, no puede añadir nada a su naturaleza, no puede crear nada nuevo. ¡Para nosotros es lo contrario! So pena de no ser hombre, tenemos que añadir algo a la naturaleza pues justamente la naturaleza del hombre es superar su naturaleza. El hombre no puede quedarse en lo que es, tiene que superarse continuamente. Tiene que añadir sin cesar una nueva dimensión a su estatura, tiene que liberarse, decantarse, transfigurarse, hacerse eterno, en fin, devenir fuente, comienzo, origen creador…Y eso es justamente la pureza, no quedarse sometido al destino de las glándulas y las hormonas, no ser esclavo de las corrientes de universo que el animal acepta sin poder dominarlas, sino al contrario tenemos que recogerlas, pacificarlas, ordenarlas, transfigurarlas, darles un rostro, en fin, crearnos. Tenemos que crearnos como seres libres para que en nosotros surja la vida, nueva, toda cargada de luz y de amor, como conviene a seres que llevan en sí la Vida Divina y por medio de los cuales Dios quiere revelarse y expresarse.Todo eso es lo que hace vibrar en nosotros el dogma de la Asunción, toda esa antropología, esa visión humana que nos llama a la grandeza, a la gracia y la belleza. Es un homenaje esencial que tenemos que rendir a Dios, el homenaje de los cuerpos tranquilizados, el homenaje de los cuerpos transfigurados, el homenaje de los cuerpos hechos miembros de Jesucristo y templo del Espíritu Santo. ¡Jamás podrá decirse toda la belleza que el Evangelio añade a nuestra visión del mundo!¡Verdaderamente, Jesús nos reveló a nosotros mismos! Jamás había sido el hombre restablecido en su unidad, jamás había sido reconciliado consigo mismo como lo hace Jesucristo y, al pedirnos que nos hagamos creadores de nosotros mismos, que venzamos cada día la muerte, inmortalizando la carne, Cristo nos hace entrar justamente en el corazón de nuestra realidad más íntima y nos devuelve el gusto, el gusto de la vida.¡Qué hermoso es vivir!, decía Claudel, ¡qué hermoso es vivir y qué inmensa es la gloria de Dios! ¡Sí! Podemos decirlo justamente porque Cristo vino, porque evangelizó el cuerpo tanto como el espíritu, porque justamente realizó nuestra unidad, porque como lo dice la misa de hoy: “Mi corazón espera en el Señor y en Él mi carne vuelve a florecer” (salmo 28,7) 

     

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