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Zundel

16 08 08. Tenemos que darle a nuestro cuerpo nobleza, grandeza y belleza.

 2ª parte de la homilía de Zundel en Lausana en 1960. Cristo evangelizó el cuerpo tanto como el espíritu. Retoma: “Sería un error inmenso imaginar que en el cristianismo hay una especie de enemistad que nos condena a odiar el cuerpo. Y no leo sin temblar de tristeza lo que se dice en la vida de San Pedro de Alcántara, que había hecho un pacto con su cuerpo para no dejarlo en paz hasta la muerte”.Continuación: “Eso me parece poco cristiano, sabe a maniqueísmo, porque en Cristo se ama todo, en Cristo se glorifica todo, en Cristo se transfigura todo y Cristo justamente nos permite entrar en la plenitud de la vida, nos pide coronarnos de gracia y llevar toda la juventud de nuestra vida hasta la muerte para vencerla con Él, y ése es justamente el sentido de la pureza cristiana.El sentido de la pureza cristiana es precisamente reconocer la vocación divina del cuerpo. Nos equivocamos hablando de la pureza y la inmensa mayoría de los cristianos están aplastados bajo un peso perfectamente ilusorio. El sentido de la pureza no está en desconocer el cuerpo, en cubrirse la cara ante él, sino en crear divinamente el cuerpo, coronarlo de gracia, y hacer de él verdaderamente el santuario de la divinidad.El sex appeal resuena hoy por doquiera. Se ha convertido en una manera de atraer la atención y el que desea asegurar a su publicidad un impacto seguro pone en marcha más o menos algo de vibración sensual, pues justamente el hombre no ha comprendido la dignidad infinita del cuerpo que debe ser a la vez cuna del hijo y santuario de la divinidad.Se ha visto en eso un problema físico mal planteado cuando en realidad es un problema metafísico: se trata de una cuestión de existencia: ¿estamos atados al universo? ¿Somos parte de la naturaleza, parte del cosmos, una porción de la especie humana, o algo totalmente diferente?Es claro que los animales no pueden escapar al embrujo de la especie. Para ellos no hay nada más grande que la especie de la cual son un eslabón transitorio, ellos no pueden superar la función reproductora porque para ellos es lo máximo de la vida, porque un animal, perro o gato, no puede añadir nada a su nacimiento, no puede añadir nada a su naturaleza, no puede crear nada nuevo. ¡Para nosotros es lo contrario! So pena de no ser hombre, tenemos que añadir algo a la naturaleza pues justamente la naturaleza del hombre es superar su naturaleza. El hombre no puede quedarse en lo que es, tiene que superarse continuamente. Tiene que añadir sin cesar una nueva dimensión a su estatura, tiene que liberarse, decantarse, transfigurarse, hacerse eterno, en fin, devenir fuente, comienzo, origen creador…Y eso es justamente la pureza, no quedarse sometido al destino de las glándulas y las hormonas, no ser esclavo de las corrientes de universo que el animal acepta sin poder dominarlas, sino al contrario tenemos que recogerlas, pacificarlas, ordenarlas, transfigurarlas, darles un rostro, en fin, crearnos. Tenemos que crearnos como seres libres para que en nosotros surja la vida, nueva, toda cargada de luz y de amor, como conviene a seres que llevan en sí la Vida Divina y por medio de los cuales Dios quiere revelarse y expresarse.Todo eso es lo que hace vibrar en nosotros el dogma de la Asunción, toda esa antropología, esa visión humana que nos llama a la grandeza, a la gracia y la belleza. Es un homenaje esencial que tenemos que rendir a Dios, el homenaje de los cuerpos tranquilizados, el homenaje de los cuerpos transfigurados, el homenaje de los cuerpos hechos miembros de Jesucristo y templo del Espíritu Santo. ¡Jamás podrá decirse toda la belleza que el Evangelio añade a nuestra visión del mundo!¡Verdaderamente, Jesús nos reveló a nosotros mismos! Jamás había sido el hombre restablecido en su unidad, jamás había sido reconciliado consigo mismo como lo hace Jesucristo y, al pedirnos que nos hagamos creadores de nosotros mismos, que venzamos cada día la muerte, inmortalizando la carne, Cristo nos hace entrar justamente en el corazón de nuestra realidad más íntima y nos devuelve el gusto, el gusto de la vida.¡Qué hermoso es vivir!, decía Claudel, ¡qué hermoso es vivir y qué inmensa es la gloria de Dios! ¡Sí! Podemos decirlo justamente porque Cristo vino, porque evangelizó el cuerpo tanto como el espíritu, porque justamente realizó nuestra unidad, porque como lo dice la misa de hoy: “Mi corazón espera en el Señor y en Él mi carne vuelve a florecer” (salmo 28,7) 

 

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