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Zundel

19 08 08. Sólo es impura la sustracción del cuerpo al espíritu. el matrimonio es algo inmenso, un gran misterio, el misterio mismo de la Santísima Trinidad.

 

Final de la 5ª conferencia dada en Bourdigny en agosto de 1937. (Según notas).

 

“Yo no aconsejaría a los recién casados una cohabitación continua pues creo que si el lazo conyugal se convierte desde el comienzo en costumbre carnal, es casi imposible superarlo jamás. Creo que hay que comenzar en la virginidad si se quiere vivir en la virginidad.

Tampoco aconsejaría eso a los esposos cuya vida ya está organizada. Habría el riesgo de interrumpir la intimidad de su vida por una especie de decreto-ley, en que uno de los esposos decidiría cambiar, destruir lo que queda quizás. En esto se necesita una prudencia infinita. Una mujer, un hombre, no pueden resolver el problema cada uno por su lado, tienen que resolverlo juntos, en espíritu y en la gracia. Más bien hay que soportar todo lo que la conciencia no reprueba, haciendo las concesiones más profundas, más bien que destruir la armonía que existe con un golpe de estado artificial que arriesgaría no ser ascensión espiritual. Creo pues que es claro. Esta doctrina no debe ser retroactiva, ni inquietar a nadie.

En su vida conyugal, cada una debe dejarse conducir con gran rectitud por el Espíritu de Dios, día tras día, sin inquietudes. Dios las ama, Él es más padre que todas las madres. Si están de buena fe, pues déjense conducir sencillamente escuchando su conciencia.

No hay solución venida de afuera por decretos-leyes. ¡Irradien la vida divina! Que brille a su derredor y haga de sus esposos los sacramentos de la pureza misma de Dios.

Pero si se trata de comenzar la vida, de decidir juntos el ritmo de vida, hay que comenzar en la orientación que orienta todo en la carne como sacramento del espíritu, en el amor como intercambio de transparencia y de santidad porque entonces, en efecto, no existe en la vida el problema terrible de la separación, el problema de los hijos que vienen sin ser deseados, hijos que vienen y cuya vida se detiene. Creo que es mejor – no digo que sea pecado obrar de otra manera-, pero creo que es mejor ver las cosas como sacramento, como participación en la Pasión de Jesús, es decir como una asunción del amor al plano del espíritu, como una resurrección de la vida en el impulso del espíritu.

Creo que el matrimonio es algo inmenso, un gran misterio, el misterio mismo de la Santísima Trinidad, es el mismo misterio incomprensible. Sólo se puede llegar al amor mediante un acto de fe y todo eso es grande y sobrenatural.

No conozco otra solución al problema del amor. Eso es lo único que concuerda con el presentimiento, con el esfuerzo del arte que es una ascensión, de acuerdo con la constatación de las heridas terribles, los desgarres que despedazan el corazón de tantos hombres y mujeres justamente porque en vez de encontrar en el amor la revelación de la persona, han encontrado en él una descomposición de la persona, una esclavitud de la carne, un reniego de la vida, una represión del espíritu.

Eso no es lo que Dios quiere para nosotros. Él nos quiere a Su altura. ¿Nos vamos a quejar si nos asocia a Su vida creadora, que hace del cuerpo una fuente de vida eterna?

Les ruego que recojan esta enseñanza en lo más profundo de su corazón, que no minimicen ese misterio tan grande y que pidan a Dios caridad para sus cuerpos a fin de ofrecérselos como hostias de alabanza.

Somos débiles, y si lo somos en esto, es precisamente porque es la fuente del don, del hogar de la santidad. No es difícil porque es impuro, sino porque es tan grande que nos aplasta.

No olviden jamás que cada tentativa del impulso vital es una proposición que tienen que integrar en el plano del espíritu. Hay mirarla a los ojos tranquilamente, devolverla a su fuente que es Dios, cada una de esas tentativas, sabiendo que cada una de las victorias que logren es una victoria para el universo, una victoria del universo, al que habrán llevado en los brazos, al que habrán engendrado a la vida del espíritu.

Y si cincuenta, cien veces al día se renueva la proposición, no se digan: ¡Esto no se acabará jamás! Díganse más bien: mientras más grande y poderosa sea la proposición, más me encarga Dios del universo. Ánimo, tengamos valor, porque se trata de llevar el mundo en el corazón.

Si tienen algún desliz, tengan paciencia y sobre todo, no vean pecados mortales por doquiera, no hay pecado sin el espíritu, sin intención explícita, sin consentimiento pleno. Jamás hay falta grave en los estremecimientos que preceden la intención, y si hubiera falta, no son faltas que nos separan de Dios. Una proposición no es jamás pecado. A nosotros nos toca juzgarla, integrarla, asumirla al plano del espíritu, hacer llegar la vida al don virginal. ¡Es duro, pero es bello y grande! Es lo único digno de Dios y de nosotros.

Y el mal no será jamás irreparable mientras no tomemos partido, mientras no hayamos hecho de la pureza la eclosión de la vida, y no hay que hacer un acto que cubra el egoísmo de la pasión. Lo único impuro sería hacer de la proposición de la vida una confiscación del impulso divino, un rechazo del espíritu. Lo único impuro es la sustracción del cuerpo al espíritu. La impureza consiste en sustraer al espíritu todo lo que debe vivir de la vida del espíritu. Todo nuestro ser, el cuerpo y el alma, debe entrar en el mismo plano de la vida trinitaria y devenir en nosotros mostrador de Cristo. Ustedes aman bastante a Cristo como para escuchar la enseñanza de San Pablo y comprender que en efecto, el cuerpo es el Cuerpo de Cristo, y nuestros miembros son miembros de Jesús.

Si creemos en la ordenación de la vida a la Persona de Dios, si consideramos todo el misterio de la creación como ordenación a la vida misma de Cristo, es imposible que caigamos en el desorden y la profanación de los miembros de Cristo.

Pidamos a Nuestro Señor – que es la Vida y tiene en Sí la Luz y la Vida – pidámosle que nos integre más profundamente en Su Vida, que respetemos la vida y la comuniquemos por todas las fibras del cuerpo como vida virginal del espíritu. “Spiritus Domini replevit orbem terrarum”.

Él es el Espíritu que se comunican eternamente el Padre y el Hijo en la eterna Luz que ha debe devenir la vida de nuestro espíritu y nuestro cuerpo: ahora y siempre”.

(Fin de la 5ª conferencia)

 

Personal: La enseñanza magnífica, totalmente inédita, de esta instrucción, puede hacernos soñar un poco. Se necesitarán siglos, quizás milenios, para que el conjunto de los hombres, o inclusive sólo el conjunto de los cristianos, comiencen a vivirla. Podemos decirnos que Zundel nos presenta aquí un ideal hacia l cual tender, y que una vida auténticamente mística por ser auténticamente cristiana es la condición para vivir plenamente su sentido. Entonces, esta enseñanza puede comenzar a vivirse muy útilmente y para una felicidad verdadera y durable.

No olvidemos sobre todo las palabras del fin de la conferencia: “Si tienen algún desliz, tengan paciencia, sin el espíritu no hay pecado, sin intención explícita, sin consentimiento pleno”. Es indispensable, y Zundel lo hace maravillosamente, presentar el ideal de pureza de suerte que la castidad perfecta sea luz y atraiga. No hay que hablar de pecado sino elevar el espíritu, lo que hace San Pablo cuando dice: “Nuestros cuerpos son templos del Espíritu”.

 

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