Final de la 5ª conferencia dada en Bourdigny en
agosto de 1937. (Según notas).
“Yo no aconsejaría a los recién casados una
cohabitación continua pues creo que si el lazo conyugal se convierte desde el
comienzo en costumbre carnal, es casi imposible superarlo jamás. Creo que hay que comenzar en la virginidad si se
quiere vivir en la virginidad.
Tampoco aconsejaría eso a los esposos cuya vida
ya está organizada. Habría el riesgo de interrumpir la intimidad de su vida por
una especie de decreto-ley, en que uno de los esposos decidiría cambiar,
destruir lo que queda quizás. En esto se necesita una prudencia infinita. Una
mujer, un hombre, no pueden resolver el problema cada uno por su lado, tienen
que resolverlo juntos, en espíritu y en la gracia. Más bien hay que soportar
todo lo que la conciencia no reprueba, haciendo las concesiones más profundas,
más bien que destruir la armonía que existe con un golpe de estado artificial
que arriesgaría no ser ascensión espiritual. Creo pues que es claro. Esta
doctrina no debe ser retroactiva, ni inquietar a nadie.
En su vida conyugal, cada una debe dejarse
conducir con gran rectitud por el Espíritu de Dios, día tras día, sin
inquietudes. Dios las ama, Él es más padre que todas las madres. Si están de
buena fe, pues déjense conducir sencillamente escuchando su conciencia.
No hay solución venida de afuera por
decretos-leyes. ¡Irradien la vida
divina! Que brille a su derredor y haga de sus esposos los sacramentos de la
pureza misma de Dios.
Pero si se trata de comenzar la vida, de
decidir juntos el ritmo de vida, hay que comenzar en la orientación que orienta
todo en la carne como sacramento del espíritu, en el amor como intercambio de
transparencia y de santidad porque entonces, en efecto, no existe en la vida el
problema terrible de la separación, el problema de los hijos que vienen sin ser
deseados, hijos que vienen y cuya vida se detiene. Creo que es mejor – no digo
que sea pecado obrar de otra manera-, pero creo que es mejor ver las cosas como
sacramento, como participación en la
Pasión de Jesús, es decir como una asunción del amor al plano
del espíritu, como una resurrección de la vida en el impulso del espíritu.
Creo que el
matrimonio es algo inmenso, un gran misterio, el misterio mismo de la Santísima Trinidad,
es el mismo misterio incomprensible. Sólo se puede llegar al amor mediante un
acto de fe y todo eso es grande y sobrenatural.
No conozco otra solución al problema del amor.
Eso es lo único que concuerda con el presentimiento, con el esfuerzo del arte
que es una ascensión, de acuerdo con la constatación de las heridas terribles,
los desgarres que despedazan el corazón de tantos hombres y mujeres justamente
porque en vez de encontrar en el amor la
revelación de la persona, han encontrado en él una descomposición de la
persona, una esclavitud de la carne, un reniego de la vida, una represión del
espíritu.
Eso no es lo que Dios quiere para nosotros. Él
nos quiere a Su altura. ¿Nos vamos a quejar si nos asocia a Su vida creadora,
que hace del cuerpo una fuente de vida eterna?
Les ruego que recojan esta enseñanza en lo más profundo
de su corazón, que no minimicen ese misterio tan grande y que pidan a Dios
caridad para sus cuerpos a fin de ofrecérselos como hostias de alabanza.
Somos débiles, y si lo somos en esto, es
precisamente porque es la fuente del don, del hogar de la santidad. No es
difícil porque es impuro, sino porque es tan grande que nos aplasta.
No olviden jamás que cada tentativa del impulso
vital es una proposición que tienen que integrar en el plano del espíritu. Hay
mirarla a los ojos tranquilamente, devolverla a su fuente que es Dios, cada una
de esas tentativas, sabiendo que cada
una de las victorias que logren es una victoria para el universo, una victoria
del universo, al que habrán llevado en los brazos, al que habrán engendrado a
la vida del espíritu.
Y si cincuenta, cien veces al día se renueva la
proposición, no se digan: ¡Esto no se acabará jamás! Díganse más bien: mientras
más grande y poderosa sea la proposición, más me encarga Dios del universo.
Ánimo, tengamos valor, porque se trata de llevar el mundo en el corazón.
Si tienen algún desliz, tengan paciencia y sobre todo, no vean pecados mortales por
doquiera, no hay pecado sin el espíritu, sin intención explícita, sin
consentimiento pleno. Jamás hay falta grave en los estremecimientos que
preceden la intención, y si hubiera falta, no son faltas que nos separan de
Dios. Una proposición no es jamás pecado. A nosotros nos toca juzgarla,
integrarla, asumirla al plano del espíritu, hacer llegar la vida al don
virginal. ¡Es duro, pero es bello y grande! Es lo único digno de Dios y de
nosotros.
Y el mal
no será jamás irreparable mientras no tomemos partido, mientras no hayamos
hecho de la pureza la eclosión de la vida, y no hay que hacer un acto que cubra
el egoísmo de la pasión. Lo único impuro sería hacer de la proposición de la
vida una confiscación del impulso divino, un rechazo del espíritu. Lo único impuro es la sustracción del
cuerpo al espíritu. La impureza consiste en sustraer al espíritu todo lo
que debe vivir de la vida del espíritu. Todo
nuestro ser, el cuerpo y el alma, debe entrar en el mismo plano de la vida
trinitaria y devenir en nosotros mostrador de Cristo. Ustedes aman bastante
a Cristo como para escuchar la enseñanza de San Pablo y comprender que en
efecto, el cuerpo es el Cuerpo de Cristo, y nuestros miembros son miembros de
Jesús.
Si creemos en la ordenación de la vida a la Persona de Dios, si
consideramos todo el misterio de la creación como ordenación a la vida misma de
Cristo, es imposible que caigamos en el desorden y la profanación de los
miembros de Cristo.
Pidamos a Nuestro Señor – que es la Vida y tiene en Sí la Luz y la Vida – pidámosle que nos
integre más profundamente en Su Vida, que respetemos la vida y la comuniquemos
por todas las fibras del cuerpo como vida virginal del espíritu. “Spiritus
Domini replevit orbem terrarum”.
Él es el Espíritu que se comunican eternamente
el Padre y el Hijo en la eterna Luz que ha debe devenir la vida de nuestro
espíritu y nuestro cuerpo: ahora y siempre”.
(Fin de la 5ª conferencia)
Personal: La enseñanza magnífica, totalmente
inédita, de esta instrucción, puede hacernos soñar un poco. Se necesitarán
siglos, quizás milenios, para que el conjunto de los hombres, o inclusive sólo
el conjunto de los cristianos, comiencen a vivirla. Podemos decirnos que Zundel
nos presenta aquí un ideal hacia l cual tender, y que una vida auténticamente
mística por ser auténticamente cristiana es la condición para vivir plenamente
su sentido. Entonces, esta enseñanza puede comenzar a vivirse muy útilmente y
para una felicidad verdadera y durable.
No olvidemos sobre todo las palabras del fin de
la conferencia: “Si tienen algún desliz, tengan paciencia, sin el espíritu no hay pecado, sin intención explícita, sin
consentimiento pleno”. Es indispensable, y Zundel lo hace maravillosamente,
presentar el ideal de pureza de suerte que la castidad perfecta sea luz y
atraiga. No hay que hablar de pecado sino elevar el espíritu, lo que hace San
Pablo cuando dice: “Nuestros cuerpos son templos del Espíritu”.