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20 08 08. ¡Dios es más madre que todas las madres! Hay que buscar a Dios por nuestro camino más puro y alegre a fin de llegar al contacto que es comunión personal con nuestro Dios.

  

1ª parte de la 6ª conferencia de Bourdigny, en agosto de 1937.

 

“En una familia, los hijos miran siempre a la madre. Ella es la madre de todos, pero es ante todo y esencialmente la madre de cada uno, y cada uno la mira con su propia mirada, con su propia ternura, que es tan única e incomunicable porque la ternura se comunica a cada uno de manera única. Por eso los hijos no tienen que entrar en competición por la ternura de la mamá, pues cada uno la recibe totalmente ya que el corazón de la madre sigue siendo para cada uno un secreto incomunicable: ante Dios, todos estamos en esa situación, pues Dios es más madre que todas las madres. Él es madre en sentido absoluto.

Dios nos ama cada uno con una ternura única, incomunicable.

Dios no creó el universo en serie, repitiéndose. Él no se repite nunca, y cada uno de nosotros proviene de su Corazón siguiendo una luz única, una luz incomunicable. Pero si cada uno recibe de Dios toda su ternura, ternura única, si cada uno puede verdaderamente, mirar hacia Dios como una madre única, es necesario que cada uno se vuelva hacia Dios siguiendo la dirección de su propia mirada, de su propio camino, que rinda a Dios su propia alabanza y tenga con Dios relaciones únicas e incomunicables.

Se ha estereotipado a Dios, se ha fijado su rostro, se lo ha hecho tan artificial e insípido como el arte de San Sulpicio, se lo ha sacado de sí mismo haciendo de Él un personaje fabricado, tan ajeno a toda pulsación del corazón que nos dan ganas de huir cuando se pronuncia el nombre de Dios.

La mayor parte del tiempo se trata de teólogos, monjes, sacerdotes que hablan de Dios, que escriben sobre Dios, y tienden naturalmente a dar a Dios su propio rostro, sus preocupaciones; hacen de Dios un teólogo, un discípulo que contempla el misterio de su propia predestinación, un monje que recita su breviario. Tienen toda la razón. Esas preocupaciones tienen un lugar tan grande en su vida: la pasión intelectual, el amor de la alabanza, el culto de la liturgia, todo eso puede tener su fuente en Dios, debe haber en Dios todo eso a un grado infinito, Dios debe estar en el centro de la liturgia, todo eso está en Dios. El teólogo cuya madre es Dios, debe encontrar en Dios un eco a todos sus deseos, a todos sus gustos, a todas sus aplicaciones, a todos sus esfuerzos, y es natural que dibujando en su corazón el retrato de Dios lo haga según sus propias aspiraciones, según su propio clima, pero no es sino un aspecto de Dios.

La madre de familia, la esposa, la novia, el poeta, el artista, el obrero, cada uno debe poder encontrar a Dios, situarlo en su propia vida, amar a Dios en su propio clima para que Dios esté en acorde con su vida, es decir con lo que cada uno ha recibido de Dios, y que a través de ella cada uno pueda volver a Dios. Si la madre de familia, la novia, el poeta, el pintor están obligados a entrar en la vida del teólogo, tomar las actitudes del monje, habrá en su concepción algo artificial que no corresponde al don recibido de Dios. Cuántas dificultades vinieron de ahí, de que la mayoría de los cristianos recibieron por eco una mala teología.

Si fuera la gran teología de los místicos estaría muy bien, pero la recibieron como eco de discusiones interminables de escuelas, que endurecieron el rostro de Dios en fórmulas repugnantes ya para los verdaderos teólogos; el rostro de Dios se hizo lejano, hostil, un Dios que acorralaron constantemente preguntándole la razón de sus actos: ¿Por qué hizo Dios tal cosa? ¿Porqué no escucha mi oración?

Todo eso es una idea. ¡Dios no puede ser acorralado! ¡Un Dios que no es concebido como el Amor, como un Dios víctima, no es Dios! Si Dios no es eso, para qué creer en Dios sino para cerrarse a toda posibilidad de esperanza, para luchar con un Dios que es sólo una eclosión de la imaginación.

Miren ya en la Escritura qué diversidad en las expresiones de Dios, y comparen la página de San Pablo en el capítulo 9 de la epístola a los Romanos, sobre la predestinación, compárenla con el capítulo 15 de San Juan: Yo soy la vid… ¡Qué clima tan distinto! Comparen el discurso embarazado de San Pedro cuando tiene que presentar a Jesús al pueblo de Jerusalén. Lo presenta como un hombre a quien Dios rindió testimonio. Comparen con el impulso maravilloso de San Juan que es el cántico del Verbo, comparen el sentido muy práctico de un Santiago con el análisis penetrante, con el himno de la caridad cristiana que es el primer capítulo de la epístola a los corintios. Comparen la teología de los sacerdotes del templo que Jesús nos presenta como pontífices que entran en el santuario para ofrecer a Dios la sangre de los animales, comparen con las parábolas en que Nuestro Señor nos presenta el Reino de Dios.

Y todo eso viene de Dios, es revelación de Dios, inspiración de Dios, y sin embargo, a través del prisma de los personajes que fueron instrumentos de la revelación, ¡cómo se dibuja el rostro de Dios de manera diferente! Pues bien, el Dios de san Pablo, de san Pedro, de Santiago, es el mismo Dios, pero cada uno de esos grandes santos lo percibió a través del prisma de su propia naturaleza transfigurada por la gracia, situó a Dios en su propio ambiente, en su propio espíritu, expresándolo según su propio genio. Es pues necesario que cada uno de nosotros descubra nuevamente a Dios en lo más íntimo de sí mismo.

El conocimiento que cada una de ustedes debe tener de Dios, tiene que sacarlo de su propia experiencia, escuchando su propia naturaleza, escuchando el canto de su alma donde Dios mora, para descubrir el rostro maternal de su Dios, y cada una descubrirá algo único e incomunicable, que será precisamente el rayo de luz que le será dado para volver a Dios con todo el impulso de su alma.

Habiendo puesto al comienzo de toda nuestra vida cristiana la liturgia divina, porque es la condición fundamental de la rectitud de la oración, para injertar toda la alabanza, todo nuestro amor, en la Persona de Cristo, asegurados de la desapropiación, del desinterés de nuestras relaciones con Dios, tomando el fermento divino de la Hostia para que Cristo viva en nosotros Su propia vida, cante Su propio cántico, entonces a lo largo del día, entreguémonos al descubrimiento interior buscando a Dios por nuestro camino más puro y alegre, a fin de llegar inmediatamente al contacto que es comunión personal con nuestro Dios”.

(Continuará)

 

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