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1ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto
de 1937.
“Si la liturgia debe ser la medida de nuestra piedad,
si toda la vida espiritual debe brotar del misterio del altar, es porque la
santa liturgia nos lleva continuamente a la soledad y nos introduce en el gran
acto de amor de la comunión con Dios.
Es el gran milagro de la liturgia, reunirnos en un mismo lugar, reunirnos juntos para llevarnos a cada uno a la soledad.
No existe otro libro más patético, más
emocionante y divino que el misal romano, precisamente porque todas las
oraciones incluidas en la misa son sacramentos de la soledad.
Si no estamos acostumbrados a la oración
litúrgica, la encontramos impregnada de cierta sequedad, nos impacta la
banalidad de ciertas oraciones, pero si hemos vivido al menos un poco la
liturgia, estamos penetrados de admiración hacia la Iglesia por habernos dado
una oración que nos deja enteramente libres de hacer el encuentro con Dios y
que es para cada uno un encuentro solitario.
Si la Iglesia nos hubiera dado oraciones todas llenas
de sentimientos, penetradas de emoción experimentada por otros – todas esas
expresiones que traducen cierto estado de alma que fue sincero pero único, no
podríamos revestirlos, no podríamos encontrar en ellos la expresión del
encuentro único que debe ser el encuentro con Dios. Pero esas palabras tan
discretas, tan reservadas, llenas de espacio y de silencio, no pueden sino
reunirnos creando alrededor de nosotros una atmósfera, un llamado a la soledad
para que en ella cada uno haga el encuentro con Dios.
Y todas esas oraciones son de una sencillez tan
sobria, son tan pobres con pobreza evangélica, que cada día podemos recitarlas con
sinceridad, en la obediencia del Amor, sin sentir una emoción que no viene de
cada día. La oración de la
Iglesia es un sacramento de oración, una fuente de oración
que hace nacer en nosotros justamente una oración personal e inefable. No
conozco nada más hermoso, no conozco milagro más conmovedor que ése.
Tenemos absoluta necesidad de estar juntos, y eso es
quizás lo más profundo del misterio del catolicismo, que significa universal,
tenemos que estar presente a toda criatura, estar abierto a toda realidad,
estar con el universo entero, pero al mismo tiempo tenemos que permanecer en
secreto contemplando el rostro maternal que se nos revela bajo un aspecto
único. Desarrollando esta verdad comprenderemos por qué la Iglesia se separó del
comunismo.
Hay una necesidad
absoluta de estar solo, y nunca
estamos tan bien juntos como cuando estamos solos en comunión con la Verdad y el Amor. Cuando
dejamos de permanecer con la
Hermosura viva – aunque estemos juntos – estamos solos, no
con una soledad rica, sino en una soledad desolada, estéril como el desierto, y
la Iglesia
nos lleva juntos a la soledad donde florece toda la vida de Dios, y nos permite
encontrarlo, cada uno a su manera, descubriendo el Rostro que es único para
cada uno. En el comunismo hay sin duda cosas buenas y entre los comunistas hay
grandes valores, pensadores, hombres heroicos que se dedicaron con un fervor
muy grande a lo que creían verdad, pero lo
que separa la Iglesia
del comunismo es que el comunismo ignora el valor de la soledad.
No es que no aspire a la dignidad
humana, la vida de Lenín fue heroica y estas palabras son de Geheno, un
escritor comunista: “Qué importa la felicidad que nos dan si nos rehúsan la
dignidad”. Los comunistas no serían hombres si no tuvieran sentido de la
dignidad humana.
Podemos estar de acuerdo con la
rebelión de Marx contra la religión "opio del pueblo", contra la
religión que encuentra que todo
está bien ya que unos poseen todo y los demás tienen solo la compensación del
paraíso futuro, después de la resignación.
Se comprende que Marx se rebelara contra el
rechazo de realizar las reformas necesarias, so pretexto de que la vida eterna arreglará
todo: es un crimen. Pero la rebelión habría debido ir hasta adentro y
profundizarse. Pues si hay un crimen contra la dignidad humana, ¿dónde está entonces
la dignidad del hombre?
¿Por qué no se puede uncir un hombre, como un
animal, a una carroza sin cometer un crimen? No es en razón de la masa del
hombre sino en razón de la dignidad interior que es la posibilidad de que Dios
viva de nuevo en él, que renazca en su libertad. Es el destino de Dios lo que
está comprometido en esa alma.
Queriendo devolver a la humanidad su dignidad,
Marx no supo ver que la dignidad del hombre era su soledad. Voluntariamente o
no, cayó en la confusión entre la humanidad en el sentido de la masa de los
hombres y la humanidad que es la cualidad de ser humano, de tener que ser
hombre, y que hace de esta exigencia un deber para cada uno de nosotros.
La humanidad es nuestra dignidad humana, el
poder de darnos, de crear infinito dejando a Dios expresarse en nosotros.
Si la humanidad es el conjunto de los hombres
con sus vicios, no. Aunque sumáramos millones con millones de hombres, eso no
daría una humanidad digna de respeto.
La humanidad digna de respeto es una humanidad
que no existe aún, es un germen puesto en el corazón de cada uno y
que debe desarrollarse mediante el don de toda nuestra vida”.
(Continuará)