2ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto
de 1937.
Retoma: “Si la humanidad es el conjunto de los
hombres con sus vicios, no. Aunque sumáramos millones con millones de hombres,
eso no daría una humanidad digna de respeto.
La humanidad digna de respeto es una humanidad
que no existe aún, es un germen puesto en el corazón de cada uno y
que debe desarrollarse mediante el don de toda nuestra vida”.
Continuación: “El marxismo cambió la humanidad
de calidad en humanidad de cantidad, poniendo el acento sobre la calidad
material y no sobre la calidad analógica que hace que cada uno de nosotros deba
darse totalmente. No hay más igualdad entre los hombres que el privilegio de darse al Amor. Eso es un error fundamental.
¿De qué sirven las reformas más magníficas si
desembocan en el materialismo más peligroso de las que los suburbios de todas
las ciudades nos muestran un ejemplo visible? ¡Todas esas casas amontonadas,
todas iguales, hechas en serie, con el mismo color, las mismas disposiciones,
la misma capacidad, los mismos radio-receptores, que difunden los mismos
horrores, toda esa gente que lee el mismo periódico, pertenecen al mismo
partido, toman el mismo tren, toda esa gente que está siempre junta, que hacen
los mismos gestos, se levantan al mismo tiempo por la mañana! ¿Es eso la
humanidad?
Uno quisiera ver un poco de diversidad en las
casas, reflejo del espíritu de los que las habitan como el rostro de la
persona. Sería magnífico que cada uno tuviera su casa, dispuesta a su imagen,
reflejo de las bellezas y de los secretos de su ser. Esa diversidad sería
magnífica: genio de la persona que se expresa. Esa especie de identidad
material en que no hay nada venido de adentro, en que todo viene de afuera, en
que los gestos no son sino restitución de un automatismo limitado por todos los
medios de la prensa, del sindicato, de la información, del cine, del afiche.
No, la reforma del marxismo no es bastante
profunda, hay una reforma más profunda,
es la de Cristo que nos vuelve cada uno a la soledad y que nos pide ser
personas, ser fuente de algo único que es la Belleza del mundo: el
esplendor del Rostro de Dios en nuestros propios rasgos. ¡Esa es la única línea de separación entre nosotros y el comunismo!
No hay que condenar el comunismo para canonizar la situación actual. Ese no es
el sentido de las condenaciones pontificales.
La Iglesia quiere salvar la realeza de
Dios en el mundo, salvar la dignidad del hombre, su libertad, salvar el carácter único de cada
persona humana. Ella pide que la sociedad se construya para que cada uno sea
totalmente liberado de las necesidades materiales y pueda por fin encontrar su
alma y darse a Dios, creando el universo en sí mismo por su capacidad de amar.
La Iglesia nos lleva a la soledad, y llevándonos a la soledad personal, nos
conduce al universo por su catolicidad.
No podemos amar el universo, no podemos darnos
a cada criatura si no somos llevados a la soledad personal, la soledad que es
también comunión tanto más profunda cuanto más perfecto es el don y más
absoluta la transparencia.
Toda la razón de amar está en poder encontrar
en todo ser – en la medida en que hemos encontrado a Dios – encontrar en todos los seres el pensamiento
que es la fuente de todo ser, el Amor que es la cuna de toda criatura, el
misterio que es la presencia única en
toda criatura en comunión con Dios, presencia de la que toda alma tiene la
vida, presencia interior a toda criatura.
Estoy seguro de que, si supieran que de eso se
trata, los comunistas serían todos cristianos. Si conocieran esta maravilla, si
comprendieran que lo que Jesús vino a traer al mundo fue el sentido del don.
Cuando se les diga: “venimos a ustedes, no para
darles bienes, no para enseñarles a recibir y a poseer, sino para que aprendan
y puedan darse a Dios. El que quiere
poseer es esclavo de sí mismo y de las cosas que posee, pero el que se da se
hace libre”. Entonces comprenderían”.
(Continuará)