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24 08 08. El dogma es una Persona. La liturgia es una adhesión a Alguien, una comunicación con una Persona.

  

3ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

 

“Mientras los hombres quieran poseer contra los demás, oponiendo la represa de sus derechos a la sumisión de los demás, el espíritu de posesión exasperará al otro en la misma medida.

Pero no se trata de posesión, no se trata de tener, sino de dar. La competencia que se nos propone, competencia en el don, en la pobreza y todos somos llevados a la soledad para que podamos descubrir en ella la dignidad humana que es la presencia en nosotros del primer Amor, de la Verdad, de la pura ternura de Dios mismo. Entonces en Presencia de ese Dios, ¿qué más se puede hacer sino callarse? ¿Qué más se puede comprender sino que de todo lo recibido debemos hacer una oblación de amor, un canto de alegría?

La Iglesia nos conduce a la soledad de la oración, a la soledad del pensamiento, porque la verdad que nos propone es una Persona: el dogma es una Persona que nos es imposible asimilar sin darnos personalmente.

Es otra paradoja, que el dogma que parece barrera para la inteligencia, sea exactamente lo contrario. El dogma es una eucaristía que se asimila por un don personal de cada uno porque la Eucaristía en la liturgia no tiene ninguna eficacia si no la recibe cada uno con su impulso personal. Cada dogma debe brillar en nosotros, debe dar su luz de manera única e incomunicable.

Ustedes saben que las palabras en el lenguaje humano tienen color, están cargadas de la experiencia propia de cada uno. Las palabras de la Revelación del Amor de Dios no pueden comprenderse sino con todo el amor y toda la luz del hombre que se ha entregado totalmente a Dios. Si abordamos todo eso secamente, de afuera y sin amor, no solamente no entenderemos nada, sino que no debemos entender nada, ya que sería querer coger el espíritu con las manos, entrar sin amor en una confidencia de amor.

El dogma es una Persona, y la Persona del primer Amor. Y la Iglesia es Él. Y la Liturgia es una adhesión a Alguien, una comunicación con una Persona, nos hace interior al espíritu de los demás, pero dejándonos de rodillas ante el misterio de su alma.

En fin, la Iglesia nos lleva a la soledad de la acción. La virtud que ella nos enseña no es un gesto conformista. No nos enseña una teoría por la cual uno se pondría a hacer el bien en serie. El único bien que ella nos revela es el bien de la caridad, del amor, el don de todo el ser, la re-creación de toda la vida en conformidad con Dios. Ella nos enseña que no hay virtud que no venga del amor. Podríamos estar conformes con todas las reglas de la honestidad aun siendo extranjeros a Dios si el corazón no ha sido recreado, si no estamos desposeídos de nosotros mismos. La acción no puede ser sino relación personal con Dios. Es una vez más, una relación a establecer a la vez en la soledad y en comunicación con todos los seres.

Y llegamos a otro aspecto del problema, más práctico quizá, y quizás también el más emocionante.

Y es que, si Dios nos atrae así a la soledad, si Dios nos quiere con todo lo que somos, ¿por qué temer a Dios? ¿Qué hay que temer de parte de Dios?

Estamos constantemente delante de Dios en un estado de total estupidez porque lo tomamos como rival que va a quitarnos algo, que va a pedirnos tal sacrificio, tal prueba que no podemos soportar, y resistimos, nos aferramos a lo que poseemos, no queremos soltar lo que creemos ser la felicidad. Pues bien, justamente esa misma actitud nos aleja del verdadero Dios, esa misma actitud transforma en ídolo al verdadero Dios.

¿Quién es más celoso que Dios de lo que somos, puesto que Él nos creó cada uno llamándonos por nuestro nombre, puesto que nos confía un aspecto de Sí mismo, es decir un aspecto de Su Amor? Él quiere que el don que debemos hacer fructificar alcance en nosotros todo su valor y toda su belleza. ¿No es Dios celoso, celoso como un artista? ¡Él es celoso como un artista que quiere que su obra sea toda luz y belleza!

Sean cuales fueren nuestras tendencias y conflictos, sean cuales fueren nuestros deseos y pecados, nuestro primer confidente debe ser Dios mismo. Nadie como Dios puede comprendernos, nadie como Dios lleva nuestra agonía, es crucificado por nuestra muerte, nadie como Dios es humillado por nuestra debilidad, nadie como Dios tiene sed de nuestra felicidad.

Si todo no funciona en el mundo según el orden perfecto, no es que Dios no quiera el orden y la alegría, sino que Dios es víctima de Su criatura, víctima de todos nuestros rechazos de amor, víctima del dolor, del pecado y de la muerte.

Todo el lado positivo, todo lo que grita por la vida y la plenitud, es el llamado mismo que Dios inscribió en nosotros. Hacia Él debemos volvernos. Esta mañana, cada una de ustedes debería hacer el gesto de distensión para entregarse a Él, sin condición, diciéndole: Yo no sé lo que soy, ni lo que quiero, todo en mí está dividido, pero Tú que eres la unidad de mi ser, Tú que eres la Fuente de mi vida, el Amor de todas mis ternuras, haz en mí el discernimiento entre lo que es el amor y lo que es el egoísmo, y acaba en mí tu Cruz”.

(Continuará)

 

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