3ª parte de la 7ª conferencia de Bourdigny en agosto
de 1937.
“Mientras los hombres quieran poseer contra los
demás, oponiendo la represa de sus derechos a la sumisión de los demás, el
espíritu de posesión exasperará al otro en la misma medida.
Pero no
se trata de posesión, no se trata de tener, sino de dar. La competencia que
se nos propone, competencia en el don, en la pobreza y todos somos llevados a
la soledad para que podamos descubrir en ella la dignidad humana que es la
presencia en nosotros del primer Amor, de la Verdad, de la pura ternura de Dios mismo.
Entonces en Presencia de ese Dios, ¿qué más se puede hacer sino callarse? ¿Qué
más se puede comprender sino que de todo lo recibido debemos hacer una oblación
de amor, un canto de alegría?
La Iglesia nos conduce a la soledad de la oración, a la soledad del pensamiento,
porque la verdad que nos propone es una Persona: el dogma es una Persona que nos es imposible asimilar sin darnos
personalmente.
Es otra paradoja, que el dogma que parece
barrera para la inteligencia, sea exactamente lo contrario. El dogma es una eucaristía que se asimila
por un don personal de cada uno porque la Eucaristía en la
liturgia no tiene ninguna eficacia si no la recibe cada uno con su impulso
personal. Cada dogma debe brillar en nosotros, debe dar su luz de manera única
e incomunicable.
Ustedes saben que las palabras en el lenguaje humano tienen color, están cargadas de la experiencia propia de
cada uno. Las palabras de la Revelación del Amor de Dios no pueden comprenderse sino
con todo el amor y toda la luz del hombre que se ha entregado totalmente a
Dios. Si abordamos todo eso
secamente, de afuera y sin amor, no solamente no entenderemos nada, sino que no
debemos entender nada, ya que sería querer coger el espíritu con las manos,
entrar sin amor en una confidencia de amor.
El dogma es una Persona, y la Persona del primer Amor. Y
la Iglesia es
Él. Y la Liturgia
es una adhesión a Alguien, una comunicación con una Persona, nos hace
interior al espíritu de los demás, pero dejándonos de rodillas ante el misterio
de su alma.
En fin, la Iglesia nos lleva a la soledad de la acción. La
virtud que ella nos enseña no es un gesto conformista. No nos enseña una teoría
por la cual uno se pondría a hacer el bien en serie. El único bien que ella nos
revela es el bien de la caridad, del amor, el don de todo el ser, la
re-creación de toda la vida en conformidad con Dios. Ella nos enseña que no hay
virtud que no venga del amor. Podríamos estar conformes con todas las reglas de
la honestidad aun siendo extranjeros a Dios si el corazón no ha sido recreado,
si no estamos desposeídos de nosotros mismos. La acción no puede ser sino
relación personal con Dios. Es una vez más, una relación a establecer a la vez
en la soledad y en comunicación con todos los seres.
Y llegamos a otro aspecto del problema, más
práctico quizá, y quizás también el más emocionante.
Y es que, si Dios nos atrae así a la soledad,
si Dios nos quiere con todo lo que somos, ¿por qué temer a Dios? ¿Qué hay que
temer de parte de Dios?
Estamos constantemente delante de Dios en un
estado de total estupidez porque lo tomamos como rival que va a quitarnos algo,
que va a pedirnos tal sacrificio, tal prueba que no podemos soportar, y
resistimos, nos aferramos a lo que poseemos, no queremos soltar lo que creemos
ser la felicidad. Pues bien, justamente esa misma actitud nos aleja del
verdadero Dios, esa misma actitud transforma en ídolo al verdadero Dios.
¿Quién es más celoso que Dios de lo que somos,
puesto que Él nos creó cada uno llamándonos por nuestro nombre, puesto que nos
confía un aspecto de Sí mismo, es decir un aspecto de Su Amor? Él quiere que el
don que debemos hacer fructificar alcance en nosotros todo su valor y toda su
belleza. ¿No es Dios celoso, celoso como un artista? ¡Él es celoso como un
artista que quiere que su obra sea toda luz y belleza!
Sean cuales fueren nuestras tendencias y
conflictos, sean cuales fueren nuestros deseos y pecados, nuestro primer
confidente debe ser Dios mismo. Nadie como Dios puede comprendernos, nadie como
Dios lleva nuestra agonía, es crucificado por nuestra muerte, nadie como Dios
es humillado por nuestra debilidad, nadie como Dios tiene sed de nuestra
felicidad.
Si todo no funciona en el mundo según el orden
perfecto, no es que Dios no quiera el orden y la alegría, sino que Dios es
víctima de Su criatura, víctima de todos nuestros rechazos de amor, víctima del
dolor, del pecado y de la muerte.
Todo el lado positivo, todo lo que grita por la
vida y la plenitud, es el llamado mismo que Dios inscribió en nosotros. Hacia
Él debemos volvernos. Esta mañana, cada una de ustedes debería hacer el gesto
de distensión para entregarse a Él, sin condición, diciéndole: Yo no sé lo que
soy, ni lo que quiero, todo en mí está dividido, pero Tú que eres la unidad de
mi ser, Tú que eres la Fuente
de mi vida, el Amor de todas mis ternuras, haz en mí el discernimiento entre lo
que es el amor y lo que es el egoísmo, y acaba en mí tu Cruz”.
(Continuará)