Final
de la 7a conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.
“Un
místico dice admirablemente: “Vi a mi Señor con el ojo de mi corazón y le
pregunté: ¿Quién eres?” Me respondió: “Tú”. Esta identificación de Dios con
nosotros precede mucho nuestra identificación con Él: Él es más yo en Él que Él en mí.
Cuando
entreguemos a Dios todas nuestras potencias comenzaremos a entrar en la
verdadera vía del amor. Mientras tengamos desconfianza, mientras detengamos los
golpes de parte de Dios, mientras trampeemos con en sacrificio como si Dios
quisiera despojarnos de nuestros bienes, no estaremos ante Dios sino ante un
ídolo. Tenemos que dejarlo libre: “¿Qué nos dará? ¿Cómo resolverá los problemas
insolubles de nuestra vida?” No lo sabemos pero estamos seguros de que sabrá
desenredarse, encontrará una solución imprevisible que conserve en nosotros lo
que merezca vivir.
Lo que se nos pide en primer lugar es el acto de dimisión global, de
confianza completa para que haga en nosotros
lo que quiera. Me parece que eso es tan importante porque es la primera de
todas las libertades (la primera
condición para ser realmente libres).
Somos
tan minusválidos, llevamos el peso del día, estamos prisioneros de un trabajo
que no escogimos, tenemos que ganar el pan ¡y eso es duro!, no podemos
procurarnos todos los espacios materiales, no podemos ir donde quisiéramos,
conocer las ciencias que desearíamos profundizar. Estamos muy rodeados de límites
de toda clase, sin contar con todos los que nos imponemos a nosotros mismos
limitando así a Dios.
Un
salmo dice: “Limitaron a Dios”. Es lo que hicimos y, limitando a Dios, nos metimos
en una cautividad sin salida, y si alguien nos quiere libres, si quiere que
cada acto nuestro sea libre, es Él. Él
no quiere sino liberarnos del egoísmo para que en nosotros todo sea gozo, luz y
belleza.
Miren
lo que pueden hacer en este orden tan humilde que consiste por ejemplo en poner la mesa. ¡Es una maravilla lo que
en ese gesto puede caber de ternura, de arte, de belleza y de gracia! Pues
bien, todo eso, ese gesto muy humilde en relación con una necesidad material,
se convierte en una obra maestra de belleza y de gracia, en un don sacramental
que nos hace comulgar en la
Caridad divina. Si cada
gesto del día estuviera abierto y dado para dejar transparentar la Presencia del Rostro de
Dios, se haría universal.
Los
pintores representan con frecuencia naturalezas muertas, por ejemplo frutas sobre una mesa. Los ven y eso es la fuente de su
obra maestra. ¡Qué maravilloso es que el
ser humano, a partir de nada, por la mera atención y el resplandor de su
ternura, sea capaz de orientar hacia el
interior todas las necesidades materiales, de darles un aspecto espiritual
y hacer de ellas una liturgia, una eucaristía!
Ustedes
saben que pueden arreglar su maquillaje delante del espejo, darle un poco más
de elegancia: ese orden ustedes lo conocen bastante como para que yo no
insista. En toda la vida hay eso: ese
detalle que es la marca de nuestra humanidad, la huella de la libertad, la
apertura de nuestra vida a La Vida. Eso es lo que Cristo quiere darnos. Quiere que en todo pongamos ese orden,
esa elegancia, esa gracia que hace de la necesidad una obra maestra de Dios
mismo.
La
obra maestra nace casi siempre de una necesidad, si no, la belleza es como
añadida, como los capiteles que no sostienen nada y que sólo son añadidos a la
arquitectura. Al contrario, la obra maestra del arte en una basílica está en
que todo sostiene y cumple su función: la
gracia brota de la necesidad que se vuelve entonces interior. Eso es lo que
se necesita: que todas las necesidades se vuelvan interiores, que todas las
obligaciones sean libres, que todas las accione sean un canto de amor. Creo que
en esta visión hay un programa suficientemente hermoso como para que tratemos
de realizarlo.
Los verdaderos artistas son los que siempre supieron obedecer a una
necesidad. Casi
todas las obras del Renacimiento son fruto de una orden: había que hacer un
fresco y organizarse de modo que la obra maestra se equilibrara con la
arquitectura. Obedeciendo a la necesidad de la orden llegaron los artistas a
abrir los espacios maravillosos que permiten comulgar con la belleza.
Todo
el problema de nuestra vida está ahí: partiendo del terreno de la criatura,
partiendo del terreno de la plenitud de la vida para tratar de interiorizarla
en una comunión de amor con la soledad en que Dios mora, y en comunión con los
demás, hay que devolverle a la palabra “católico” su amplitud maravillosa,
restituirle su valor creador.
Dios no nos pide sino que jamás nos encerremos en nuestros límites, que estemos
siempre en estado de apertura,
a fin de hacer de nuestros gestos, gestos católicos que resplandecen en el
mundo entero para hacer brillar el Rostro de fiesta de Cristo Jesús”.
(Fin de la conferencia)