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25 08 08. Dios sólo quiere liberarnos de nuestros límites para que todo sea gozo, luz y belleza...

 

 Final de la 7a conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

“Un místico dice admirablemente: “Vi a mi Señor con el ojo de mi corazón y le pregunté: ¿Quién eres?” Me respondió: “Tú”. Esta identificación de Dios con nosotros precede mucho nuestra identificación con Él: Él es más yo en Él que Él en mí.

Cuando entreguemos a Dios todas nuestras potencias comenzaremos a entrar en la verdadera vía del amor. Mientras tengamos desconfianza, mientras detengamos los golpes de parte de Dios, mientras trampeemos con en sacrificio como si Dios quisiera despojarnos de nuestros bienes, no estaremos ante Dios sino ante un ídolo. Tenemos que dejarlo libre: “¿Qué nos dará? ¿Cómo resolverá los problemas insolubles de nuestra vida?” No lo sabemos pero estamos seguros de que sabrá desenredarse, encontrará una solución imprevisible que conserve en nosotros lo que merezca vivir.

Lo que se nos pide en primer lugar es el acto de dimisión global, de confianza completa para que haga en nosotros lo que quiera. Me parece que eso es tan importante porque es la primera de todas las libertades (la primera condición para ser realmente libres).

Somos tan minusválidos, llevamos el peso del día, estamos prisioneros de un trabajo que no escogimos, tenemos que ganar el pan ¡y eso es duro!, no podemos procurarnos todos los espacios materiales, no podemos ir donde quisiéramos, conocer las ciencias que desearíamos profundizar. Estamos muy rodeados de límites de toda clase, sin contar con todos los que nos imponemos a nosotros mismos limitando así a Dios.

Un salmo dice: “Limitaron a Dios”. Es lo que hicimos y, limitando a Dios, nos metimos en una cautividad sin salida, y si alguien nos quiere libres, si quiere que cada acto nuestro sea libre, es Él. Él no quiere sino liberarnos del egoísmo para que en nosotros todo sea gozo, luz y belleza.

Miren lo que pueden hacer en este orden tan humilde que consiste por ejemplo en poner la mesa. ¡Es una maravilla lo que en ese gesto puede caber de ternura, de arte, de belleza y de gracia! Pues bien, todo eso, ese gesto muy humilde en relación con una necesidad material, se convierte en una obra maestra de belleza y de gracia, en un don sacramental que nos hace comulgar en la Caridad divina. Si cada gesto del día estuviera abierto y dado para dejar transparentar la Presencia del Rostro de Dios, se haría universal.

Los pintores representan con frecuencia naturalezas muertas, por ejemplo frutas sobre una mesa. Los ven y eso es la fuente de su obra maestra. ¡Qué maravilloso es que el ser humano, a partir de nada, por la mera atención y el resplandor de su ternura, sea capaz de orientar hacia el interior todas las necesidades materiales, de darles un aspecto espiritual y hacer de ellas una liturgia, una eucaristía!

Ustedes saben que pueden arreglar su maquillaje delante del espejo, darle un poco más de elegancia: ese orden ustedes lo conocen bastante como para que yo no insista. En toda la vida hay eso: ese detalle que es la marca de nuestra humanidad, la huella de la libertad, la apertura de nuestra vida a La Vida. Eso es lo que Cristo quiere darnos. Quiere que en todo pongamos ese orden, esa elegancia, esa gracia que hace de la necesidad una obra maestra de Dios mismo.

La obra maestra nace casi siempre de una necesidad, si no, la belleza es como añadida, como los capiteles que no sostienen nada y que sólo son añadidos a la arquitectura. Al contrario, la obra maestra del arte en una basílica está en que todo sostiene y cumple su función: la gracia brota de la necesidad que se vuelve entonces interior. Eso es lo que se necesita: que todas las necesidades se vuelvan interiores, que todas las obligaciones sean libres, que todas las accione sean un canto de amor. Creo que en esta visión hay un programa suficientemente hermoso como para que tratemos de realizarlo.

Los verdaderos artistas son los que siempre supieron obedecer a una necesidad. Casi todas las obras del Renacimiento son fruto de una orden: había que hacer un fresco y organizarse de modo que la obra maestra se equilibrara con la arquitectura. Obedeciendo a la necesidad de la orden llegaron los artistas a abrir los espacios maravillosos que permiten comulgar con la belleza.

Todo el problema de nuestra vida está ahí: partiendo del terreno de la criatura, partiendo del terreno de la plenitud de la vida para tratar de interiorizarla en una comunión de amor con la soledad en que Dios mora, y en comunión con los demás, hay que devolverle a la palabra “católico” su amplitud maravillosa, restituirle su valor creador.

Dios no nos pide sino que jamás nos encerremos en nuestros límites, que estemos siempre en estado de apertura, a fin de hacer de nuestros gestos, gestos católicos que resplandecen en el mundo entero para hacer brillar el Rostro de fiesta de Cristo Jesús”.

(Fin de la conferencia)

 

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