Personal. (Balbuceos)
“Lo primero que se nos pide es un
acto de dimisión total. Esto es tan importante. Mientras desconfiemos no
estaremos frente a Dios sino frente a un ídolo”
Uno llega a preguntarse si la
inmensa mayoría de los hombres no “cultivan” un Dios ídolo, e inclusive si
todos los hombres no comienzan necesariamente su relación con Dios por un culto
idolátrico, y quizá si la misma devoción eucarística no es (¿con más frecuencia?)
idolatría. Esto no quiere decir, evidentemente, que el culto de la Eucaristía carece de sentido
o no es salvador.
Entonces, ¿qué es lo que caracteriza
un culto no idolátrico de Dios? El culto deja de ser idolátrico en la medida en
que ya no vemos a Dios, al Dios de Jesucristo, como exterior a nosotros: “Dios
es puro interior” dirá Zundel, “Dios es espíritu” dirá Jesús a la samaritana.
Son dos afirmaciones equivalentes y esenciales.
La concepción de Dios como exterior
al hombre nos es tan natural porque somos cuerpo y alma tanto como espíritu, tanto
que inclusive en las oraciones eucarísticas muy antiguas encontramos expresiones
que tienden a hacernos pensar en la ofrenda perfecta de Jesús como exterior a
la nuestra: “Te ofrecemos este sacrificio puro y santo” (1ª plegaria
eucarística).
Cuando Dios se encarna, parece que
debe ser exterior a nosotros, pero en realidad sólo toma la humanidad de
Jesucristo, que es primero exterior a nosotros. Su Humanidad es criatura,
comenzó a existir en el seno de María. Sólo esa Humanidad, que no es Dios,
parece primero exterior a nosotros; pero inclusive esa Humanidad cuando haya
resucitado y subido al cielo puede, y debe, ser vista como interior a nosotros,
e incapaz en delante de exterioridad. Su Cuerpo se ha hecho puramente
espiritual, puramente espíritu, y por eso puede “estar sentado a la derecha del
Padre”.
Y si creemos en la pura interioridad
del cuerpo resucitado de Jesús, creemos al mismo tiempo en la pura interioridad
de su presencia, plenamente real, en la Eucaristía: la Eucaristía se adapta,
si se puede decir, a nuestra interioridad y por eso su presencia está unida a
un alimento, signo ya de la interioridad ya que el alimento no es tal sino en
cuanto que debe entrar al interior del cuerpo mismo para que lo asimile. Jesús
no se encarna en una piedra preciosa, por ejemplo.
¿Culto idolátrico de Dios, de la Eucaristía? Zundel hablará
con frecuencia del culto idolátrico. A este propósito se puede inclusive decir
que Jesús se encarna para hacerlo desaparecer del corazón del hombre, como
quiere hacerlo en el corazón de la samaritana.
Esto no se opone a la adoración del
santísimo Sacramento pero la sitúa en su verdadero sentido: no se trata de adorar
a Jesús como exterior a nosotros, sino a Jesús que se nos ofrece como alimento
esencial, como alimento de nuestra “espiritualización”, de nuestra
interiorización, sin la cual no hay vida eterna.
Algunos estarán decepcionados, habrían
preferido mil veces que la felicidad del cielo fuera la misma, pero
infinitamente mejor, que la que nos dan todas las pequeñas o grandes alegrías
unidas al cuerpo (el islamismo la promete).La decepción viene de que no se ha
hecho todavía la experiencia del gozo espiritual, inclusive del éxtasis, que
rebasa infinitamente todo placer carnal, por ejemplo el de San Pablo que exclama
(en la 2ª lectura del domingo pasado, 24 agosto) ante la profundidad del
pensamiento de Dios.
(¿Continuar? ¿Retomar?)