1ª parte de la 8ª conferencia de Bourdigny, en
agosto de 1937.
“Hay en el Evangelio cierta hesitación que es
la explicación más profunda de las contradicciones aparentes que vimos esta
mañana. Y la hesitación que encontramos en los textos, la hesitación que
origina las aparentes contradicciones viene de que nosotros estamos al bordo de un secreto.
Cuando uno tiene que guardar algo que no puede
decir, uno está obligado a dar explicaciones en ciertas circunstancias y siente
entonces que el lenguaje es embarazado y tiene el sentimiento de haber
traicionado la mitad del secreto, aun tratando de guardar lo esencial.
Ahora bien, Nuestro
Señor estuvo constantemente al bordo de un secreto, del secreto que era la suprema revelación de
Dios al mundo, pero secreto que el mundo no podía soportar aún. Por eso
encontramos con tanta frecuencia en el Evangelio una expresión embarazada que
viene de que Cristo, no pudiendo decir de un golpe todo su secreto, y no
pudiendo traicionar su misión, estando obligado a preparar las almas a esa
revelación, alude a ella sirviéndose del lenguaje habitual y tratando de
abrirlo para que las almas adivinen y estén mejor preparadas para recibir el
secreto de Dios.
¿Se comunicó esta hesitación al alma de Cristo?
¿Lo dejó Dios que lo descubriera con Su ciencia experimental a lo largo de Su
misión y lo presintiera? Mientras en el plano de Su ciencia beatífica, divina,
intemporal, tenía una certeza absoluta, translúcida, ¿no hay una duda por el
lado de su ciencia experimental? Visto que hablaba una lengua humana, ¿no es
una hesitación de Su ciencia experimental lo que se comunicó a Su lenguaje?
Estas preguntas no podemos resolverlas.
Pero me parecer que afirmando que en Cristo hay
una búsqueda misteriosa que embaraza constantemente Su lenguaje, porque está constantemente
al bordo de un secreto, tenemos la explicación más conmovedora de las
contradicciones aparentes del Evangelio. ¿Cómo decir que el Evangelio se dirige
a todas las naciones porque el Corazón de Dios no tiene fronteras? ¿Cómo decir
que el Reino de Dios se realizará en el interior de nosotros y que no hay que
contar con milagros exteriores? ¿Cómo decir “¡Sí, ha llegado el Reino de Dios!”,
sin poder precisar más sino que esta generación será la de la Cruz y que la inteligencia
del reino estará centrada en la
Cruz, más allá de la
Cruz? ¿Cómo decir que el juicio no es el juicio del hombre
por Dios, sino el juicio de Dios por el hombre? ¿Cómo hablar de la debilidad de
Dios sin suscitar el horror de su auditorio?
Se siente que en toda esa incapacidad de Cristo
de hablar hay por una parte la voluntad de no traicionar su misión, Su
fidelidad al Mensaje, y por otra parte el conocimiento de Su auditorio que sabe
demasiado débil para soportar la verdad. Es quizás uno de los testimonios más
magníficos de la fidelidad de los evangelistas el haber conservado huellas de
esas incertidumbres.
Miren, cuando Jesús quiere comenzar, después de
meses de iniciación, cuando quiere introducir sus discípulos en el secreto de la Cruz, cuando Pedro acaba de
declarar: “Tú eres el Mesías”, acabando de elevarse Pedro a esta cima de la
vida interior, cuando Jesús comienza a hacerle entrever que el mesianismo
desembocará en la Cruz,
Pedro dice: “¡Es imposible!” Y Jesús está obligado a gritarle: “¡Retírate, Satanás!”
Con cuánta mayor hesitación deberá Cristo
hablar a Su auditorio si inclusive con Sus discípulos no podía decir todo el
secreto de Dios. Había tratado de prepararlos, les había mostrado que el Reino
de Dios no era de este mundo, les había mostrado que debían estar listos a
sufrir, a no utilizar su poder, les había mostrado que era necesario sufrir
para que se realizara el Reino de Dios, que había que renunciar al reinado
terrestre. Ellos habían escuchado esas historias, las habían grabado, y no
habían comprendido. Les había recitado las parábolas, se las había cantado a la
orilla del lago para ponerlos en camino, para hacerles entrar en la cabeza que
el Reino exigía su colaboración. Se habían dejado encantar por esas parábolas,
no habían comprendido la moral del Reino de Dios, pero el dogma, la doctrina
fundamental, el secreto de Amor de Dios, no se los había podido confiar.
Y el día que tratará en la sinagoga de Cafarnaún,
en una alusión indirecta todavía, el día que los invitará a alimentarse de Su
carne, el único resultado será que sus discípulos rehúsen seguirlo. Sólo el
grupo de los Apóstoles seguirá estrechamente unido a Su Corazón.
Pero Él rehúsa instruir inclusive sus Apóstoles y no tendrá nada que añadir
cuando les dé la herencia de Su cuerpo y Su sangre. Les dice solamente que no
volverá a beber del fruto de la vid sino cuando estén reunidos en el Reino de
Su Padre: “No nos separaremos para siempre, el Reino de Dios va a venir, esperadlo”.
¿Pero cómo vendrá? Es la última pregunta de los Apóstoles”.
(Continuará)