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Zundel

27 08 2008. Nuestro Señor estuvo constantemente al bordo de un secreto.

 

1ª parte de la 8ª conferencia de Bourdigny, en agosto de 1937.

 

“Hay en el Evangelio cierta hesitación que es la explicación más profunda de las contradicciones aparentes que vimos esta mañana. Y la hesitación que encontramos en los textos, la hesitación que origina las aparentes contradicciones viene de que nosotros estamos al bordo de un secreto.

Cuando uno tiene que guardar algo que no puede decir, uno está obligado a dar explicaciones en ciertas circunstancias y siente entonces que el lenguaje es embarazado y tiene el sentimiento de haber traicionado la mitad del secreto, aun tratando de guardar lo esencial.

Ahora bien, Nuestro Señor estuvo constantemente al bordo de un secreto, del secreto que era la suprema revelación de Dios al mundo, pero secreto que el mundo no podía soportar aún. Por eso encontramos con tanta frecuencia en el Evangelio una expresión embarazada que viene de que Cristo, no pudiendo decir de un golpe todo su secreto, y no pudiendo traicionar su misión, estando obligado a preparar las almas a esa revelación, alude a ella sirviéndose del lenguaje habitual y tratando de abrirlo para que las almas adivinen y estén mejor preparadas para recibir el secreto de Dios.

 

¿Se comunicó esta hesitación al alma de Cristo? ¿Lo dejó Dios que lo descubriera con Su ciencia experimental a lo largo de Su misión y lo presintiera? Mientras en el plano de Su ciencia beatífica, divina, intemporal, tenía una certeza absoluta, translúcida, ¿no hay una duda por el lado de su ciencia experimental? Visto que hablaba una lengua humana, ¿no es una hesitación de Su ciencia experimental lo que se comunicó a Su lenguaje? Estas preguntas no podemos resolverlas.

Pero me parecer que afirmando que en Cristo hay una búsqueda misteriosa que embaraza constantemente Su lenguaje, porque está constantemente al bordo de un secreto, tenemos la explicación más conmovedora de las contradicciones aparentes del Evangelio. ¿Cómo decir que el Evangelio se dirige a todas las naciones porque el Corazón de Dios no tiene fronteras? ¿Cómo decir que el Reino de Dios se realizará en el interior de nosotros y que no hay que contar con milagros exteriores? ¿Cómo decir “¡Sí, ha llegado el Reino de Dios!”, sin poder precisar más sino que esta generación será la de la Cruz y que la inteligencia del reino estará centrada en la Cruz, más allá de la Cruz? ¿Cómo decir que el juicio no es el juicio del hombre por Dios, sino el juicio de Dios por el hombre? ¿Cómo hablar de la debilidad de Dios sin suscitar el horror de su auditorio?

Se siente que en toda esa incapacidad de Cristo de hablar hay por una parte la voluntad de no traicionar su misión, Su fidelidad al Mensaje, y por otra parte el conocimiento de Su auditorio que sabe demasiado débil para soportar la verdad. Es quizás uno de los testimonios más magníficos de la fidelidad de los evangelistas el haber conservado huellas de esas incertidumbres.

Miren, cuando Jesús quiere comenzar, después de meses de iniciación, cuando quiere introducir sus discípulos en el secreto de la Cruz, cuando Pedro acaba de declarar: “Tú eres el Mesías”, acabando de elevarse Pedro a esta cima de la vida interior, cuando Jesús comienza a hacerle entrever que el mesianismo desembocará en la Cruz, Pedro dice: “¡Es imposible!” Y Jesús está obligado a gritarle: “¡Retírate, Satanás!”

Con cuánta mayor hesitación deberá Cristo hablar a Su auditorio si inclusive con Sus discípulos no podía decir todo el secreto de Dios. Había tratado de prepararlos, les había mostrado que el Reino de Dios no era de este mundo, les había mostrado que debían estar listos a sufrir, a no utilizar su poder, les había mostrado que era necesario sufrir para que se realizara el Reino de Dios, que había que renunciar al reinado terrestre. Ellos habían escuchado esas historias, las habían grabado, y no habían comprendido. Les había recitado las parábolas, se las había cantado a la orilla del lago para ponerlos en camino, para hacerles entrar en la cabeza que el Reino exigía su colaboración. Se habían dejado encantar por esas parábolas, no habían comprendido la moral del Reino de Dios, pero el dogma, la doctrina fundamental, el secreto de Amor de Dios, no se los había podido confiar.

Y el día que tratará en la sinagoga de Cafarnaún, en una alusión indirecta todavía, el día que los invitará a alimentarse de Su carne, el único resultado será que sus discípulos rehúsen seguirlo. Sólo el grupo de los Apóstoles seguirá estrechamente unido a Su Corazón.

Pero Él rehúsa instruir inclusive  sus Apóstoles y no tendrá nada que añadir cuando les dé la herencia de Su cuerpo y Su sangre. Les dice solamente que no volverá a beber del fruto de la vid sino cuando estén reunidos en el Reino de Su Padre: “No nos separaremos para siempre, el Reino de Dios va a venir, esperadlo”. ¿Pero cómo vendrá? Es la última pregunta de los Apóstoles”.

(Continuará)

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