2ª parte de la 8ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.
“Ven cómo Jesús estuvo constantemente al bordo de su secreto, y cómo le fue
imposible revelarlo antes de que se levantara la Cruz, antes de dejar a sus
Apóstoles a fin de que recibieran el Espíritu Santo. Y el día de Pentecostés brilla el gran secreto, ellos comprenden
entonces que no se les revelará todo, pero todos los obstáculos de su corazón
van a desaparecer, ellos se abrirán al Espíritu. Pentecostés los va a desposeer de sí mismos, ellos van a renunciar
a toda su parte y a comprender que su reino debe consistir en darse a Dios y
que sólo se trata de amarlo más.
No lo saben todo, no tienen teología sabia, su lenguaje es torpe, y, cuando
Pedro deba anunciar a Jesús, hablará del “hombre que dio testimonio”. Pronto
recibirá fuetazos con varas, y se alegrará de haber merecido sufrir por el
nombre de Jesús. Sanará al paralítico en el nombre de Jesús: “¡Levántate y
marcha!” (Hechos 3,5). Y él es quien encontrará esta expresión magnífica:
“Matasteis al Príncipe de la Vida”
(Hechos 3,1). Las palabras son aún torpes, pero el corazón está abierto y el
Espíritu podrá transformarlos, ellos podrán ser instruidos por el Espíritu y
estarán listos para entrar en el secreto de Dios.
Todavía tienen mucho que aprender. Acostumbraban considerar el Reino de
Dios como reservado a Israel y ellos mismos como privilegiados, y ahora, ¡los
paganos también están llamados a ser ciudadanos del Reino. Se necesitarán años
para que todo eso se convierta verdaderamente en doctrina, y que la igualdad de
los gentiles sea reconocida en la comunidad cristiana.
Y está luego el misterio de la
Parusía, espera frustrada, el Señor que no regresa, y los
murmullos en las comunidades a las que Pedro dirige su segunda carta. ¡No! ¡Ese
falso Dios no va a regresar! Hay que acabar con esta trampa. Para Dios, mil
años son como un día, pero atención, dice San Pablo, esperen al Señor pero no
renuncien a su trabajo, su venida no es para mañana, esperen. Y esperan hasta
la muerte y acabarán por comprender. Y el último de ellos, San Juan, habrá
comprendido mejor que los demás, pues los
acontecimientos habrán permitido discernir los planos diferentes de la profecía
y ver que el regreso del Señor ya se
realizó, se realiza todos los días en los corazones que se abren y se dan,
y entonces en adelante la
Iglesia vivirá llena del gran secreto que es el secreto de la
debilidad de Dios.
“Os desposé con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen
pura”. Se trata de una promesa de Amor, se trata de un matrimonio de elección,
y si el desposorio comenzó al origen del mundo, la doctrina del pecado original es el rechazo de la proposición de desposorio
de Dios con la humanidad, que fue la primera condenación de Dios por el
hombre, el primer juicio de Dios por los hombres.
Con demasiada frecuencia se ha visto el relato del pecado original como una
trampa que Dios le puso al hombre. Era todo lo contrario: Dios que se sometía
al juicio del hombre, afirmación de que no fue Dios el que inventó el dolor, el
mal y la muerte.
Dios es la Vida,
Dios es Amor, Dios es Santo. Sólo puede amar y ofrecerse en el desposorio con
toda la humanidad. La humanidad rehúsa, Dios se deja condenar, pero no renuncia
al ofrecimiento, lo renueva por medio de su Verbo, por medio de Cristo, en la
sangre del Cordero: “Os desposé con un esposo único para presentaros a Cristo
como una virgen pura”. Ahora la
humanidad está en posesión del secreto de Dios. Ese gran secreto es toda la
vida, todo el misterio de la
Iglesia.
Ustedes recuerdan cómo aparece en el mundo el misterio de la Iglesia, saben que
históricamente hablando, nada es más seguro que la verdad de que Cristo murió, desapareció vencido por
el odio, pero que apareció en el mundo
más vivo que nunca en forma de Iglesia, definitivamente vencedor en la Iglesia destinada a
difundir su Reino en toda la tierra.
¿Qué es la Iglesia?
Hemos dicho con tanta frecuencia que la Iglesia es Jesús, pero aún tenemos que
profundizar esta noción. No debemos
cansarnos de entrar en la conciencia de la Iglesia por la cual se realiza una especie de
transustanciación. Esos hombres que no sabían nada, que no habían entendido
nada, que habían retenido materialmente las palabras pero que nos las
transmitieron con fidelidad hasta con el recuerdo de sus hesitaciones, esos hombres que conservaron todo el
embarazo del lenguaje en la luz de antes de Pentecostés pero dejándonos
sumergir en la Luz
de después de Pentecostés, ¿cómo llegaron esos hombres a entender que ellos
eran la Iglesia?
Lo comprendemos sin dificultad cuando lo ponemos en relación con el misterio
que se realiza cada mañana y del que la Iglesia saca la Vida, la consagración, la desposesión que le va a permitir actuar como Jesús, que va a
hacer resonar la Palabra
de Cristo en la boca del sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi sangre”. Ésa
es la conciencia de la Iglesia: “No soy yo, es
Él”. Y dijimos, y hay que repetirlo sin cesar, mientras no se plantee el problema
de la Iglesia,
mientras no se lo considere bajo esta luz, es insoluble.
Todas las discusiones trágicas y dolorosas sobre la Iglesia entre las
confesiones cristianas vienen de que la discusión no se hace en este sentido
único: si la Iglesia
es simplemente una asamblea de hombres que se reúnen en el Nombre de Cristo,
entonces, en efecto, ¡no hay Iglesia! ¡O la Iglesia es una creación arbitraria de una
humanidad que interpreta por propio esfuerzo las Palabras de Cristo, o al
contario, la Iglesia
es la aspiración de Dios hacia nosotros! Entonces ahí está todo el problema:
¿Dónde reside Su Palabra, Su Gracia, y dónde se perpetúa Su Presencia? Y cuando
la Iglesia de
Pedro afirme que no puede no proclamar lo que vio y escuchó, no hará más que
declarar su propia naturaleza: “No soy yo, nosotros no somos nada, Él es todo”.
Y lo que veis no es sino el sacramento de Su Presencia, de Su Palabra, de Su
Acción.
Ustedes no pueden entrar en el misterio de la Iglesia si no entran en el
misterio de la Cruz, si no avanzan
en la Persona
de Jesús para recoger en ella toda la
Luz de Su Verdad. Este aspecto les es suficientemente
conocido como para que podamos considerar otro.
Si la Iglesia
es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también
nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que
colabora con Su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este
aspecto como el misterio de la
Iglesia se convierte en un misterio de resurrección”.
(Continuará)