Final de la 8ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.
Retoma: “Si la Iglesia
es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es
también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que
colabora con Su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este
aspecto como el misterio de la
Iglesia se convierte en un misterio de resurrección”.
Continuación: “Hemos hablado mucho del sufrimiento de Jesús, conservamos en
el corazón la queja infinita de la soledad divina: “¡Vosotros todos los que pasáis,
mirad y ved si hay un dolor semejante al mío!” (Lam. 1,12). Pero aun
conservando en el fondo del corazón el testimonio de la angustia divina,
podemos alegrarnos viendo en la
Iglesia la respuesta a esa queja, la curación de sus heridas,
el fin de esa soledad, porque finalmente, la Iglesia no es Él solamente, sino Él en nosotros y
nosotros en Él.
En su carta a los colosenses, San Pablo dice que Jesús clavó sobre su cruz
el edicto de nuestra condenación. Pues bien, nosotros podemos clavar en la Cruz para anularlo el edicto
que condena a Cristo. Y en el corazón de la Iglesia, eso es precisamente lo que significa la
liturgia de la Misa:
adherir a Cristo en la Cruz,
alimentarse de la carne y sangre de Jesús, hacer nuestra la Pasión del Salvador, y
entrar con todo el impulso del corazón, comenzar en efecto a destruir la causa
misma de Su suplicio. Puesto que Su suplicio viene de nuestro rechazo de amor, todo acto de amor atenúa el suplicio de
Cristo, lo baja de la Cruz,
es el preludio de Su Resurrección.
Debemos pues ver en el misterio del altar la acción esencial. Es el acto
sublime, no de nuestra Redención sino de la Redención de Dios mismo,
la Redención
que Lo libera de nuestros límites, de nuestro rechazo de amar, del poder
infernal de nuestro egoísmo que tuvo poder sobre Su Vida y Lo mató. Y ahora
nosotros podemos suspender los efectos de ese poder infernal, negar todos
nuestros reniegos, inaugurar el misterio de Su Resurrección.
Creo que les será imposible mirar la santa liturgia bajo este punto de
vista sin tener el deseo imperioso de unirse cada mañana al misterio del altar
para adherir en él al Príncipe de la
Vida que fue crucificado por ustedes, a fin de que Su Vida
brote en ustedes, que sus corazones se abran a los espacios inmensos de la
caridad y Le permitan continuar en ustedes Su reino de Amor.
La Misa no es pues la conmemoración del misterio
de la Cruz, no
es solamente el misterio de nuestra Redención, sino el misterio de Su Redención, es el edicto de la condenación que Lo
crucificó, anulado por el don de nuestra vida, y por eso hay que participar en
el misterio de la Misa
todos los días, aunque estén en estado de sequedad total, aunque no sientan
nada, aunque les parezca que no toman ninguna parte en el misterio del altar, a
condición que Él tenga Su parte, a
condición de que Él pueda vivir en ustedes, que Él encuentre en ustedes todos
los espacios de su corazón. Nuestro amor puede llegar a ese grado de
pureza: renunciar por amor al gozo del amor, a condición de que Él viva en
nosotros.
Y ustedes ven con qué sencillez la santa Iglesia aborda el misterio del
altar, con qué pobreza articula su lenguaje Y cuán sobria es la oración más
elevada de la Misa,
el Canon, justamente porque la
Iglesia no quiso exaltar en la sentimentalidad este encuentro
en el don puro de una fe desnuda en que todo debe ser dado. Si Dios quiere que en
nosotros brote la alegría o que estemos en la sequedad, ¡qué importa! Lo
esencial es que Su gozo sea perfecto. El
misterio de la Iglesia
aparece pues en la santa Liturgia y en todo como el misterio de Su Resurrección.
Y
puesto que Cristo fue herido no solamente en el Corazón y en la Persona sino también en Su
cuerpo místico, en el universo entero, ya que Él es como una madre herida en
sus hijos que no puede tener reposo mientras no hayan recuperado la salud, será
necesario que
el misterio de la
Resurrección,
habiéndose realizado en la
Persona de Cristo, sea el misterio de nuestra participación en el
cuerpo y la sangre del Cuerpo Místico de Cristo, en la difusión de la Buena Nueva,
en la alegría de que Cristo nos encarga para los demás.
La alegría, para terminar, puede ser fruto de todo ese dolor. La primera
alegría será que Él resucite por la mañana en mi corazón, entonces la alegría
fructificará a lo largo del día en el corazón de nuestros hermanos.
La alegría es en sí mejor que el sufrimiento. Dios no ama el sufrimiento,
lo detesta, detesta la muerte. Entre Dios y la muerte hay una enemistad personal,
porque la muerte es la consecuencia del pecado, del rechazo del amor. No fue Él
quien inventó la muerte, el sufrimiento y el pecado, y el sueño de Dios para Sus hijos es un sueño de alegría. Si Sus
hijos no han entrado en la alegría no es por culpa de Dios el cual es la
primera víctima del sufrimiento, del pecado y de la muerte, víctima en Su
Corazón porque es el Corazón del primer Amor y que cada una de nuestras faltas
es una herida infligida al Amor, y víctima del mal y del sufrimiento en el
corazón de Sus hijos, en el cuerpo de Sus hijos en los cuales Él ha sido
desgarrado porque Él es más madre que
todas las madres y la compasión de Dios por sus Hijos es infinita.
El misterio de la resurrección permanece unido al misterio de la Eucaristía. El
misterio de la resurrección se realiza en todo hombre, vive en todas las almas
difuntas que están en el Purgatorio. Ese misterio debe realizarse en toda la
naturaleza, en todo el universo, por doquiera, ¡es necesario que Cristo resucite en todas las fibras de todos los
seres! Esa es nuestra tarea, la obra de la Iglesia: llevar la Alegría. El Evangelio, como su
nombre lo indica, es la Buena Nueva.
La paradoja inefable de la ternura divina es que el Evangelio cuyo centro es la Cruz, el sufrimiento y la
muerte, sea también la Buena Nueva
de la alegría de la resurrección.
Después de haber matado a Dios, tenemos el poder de hacerlo nacer en el
corazón de los hombres y de toda criatura. Somos enviados al mundo, somos la Iglesia, cada uno por su
parte, somos la Iglesia para realizar esa
obra de vida, de alegría y de resurrección.
No debemos cultivar el sufrimiento, como si Dios prefiriera el sufrimiento
al gozo. Si Dios nos da Alegría, que brote en el corazón y desborde sobre el
mundo como un grito de acción de gracias. Si no nos la da, que la dé a los
demás por medio de nosotros.
Si a nosotros nos basta la fe para permanecer en el amor sin la alegría del
amor, no es seguro que los demás, que han recibido menos quizá, que han penetrado
menos en el conocimiento de la gracia de Dios, puedan sostenerse y descubrir Su
rostro si no les aparece como un Rostro de Alegría.
Me parece que entre estos dos polos
está suspendida la vida cristiana: entre la liturgia de la Misa en que Cristo
resucita en nosotros Y la alegría de los
demás donde Él termina de renacer en el corazón de los hermanos. En el
fondo, ahí está todo. Esos son los grandes criterios de nuestra vida: estemos
cada mañana en estado de adhesión al misterio de la Cruz en el misterio del
altar, a fin de que cada tarde podamos dar testimonio de que hemos hecho todos los
esfuerzos para que haya sólo alegría y nunca sufrimiento. Estemos seguros de haber permanecido en el amor si la alegría de los
demás no ha cesado de brotar de nuestra vida.
Pidamos la gracia de ser misioneros de la alegría, embajadores de la buena
nueva, y de entrar en el misterio de la Iglesia como en el misterio de la resurrección.
Entonces tendremos en la vida todo el
secreto de Dios, entraremos en la boda maravillosa propuesta desde el
comienzo en la proposición rechazada por los hombres, crucificada por los
hombres, en la proposición repetida sin cesar en Cristo, en la hostia, en el
misterio de la Iglesia,
a fin de que Su vida vuelva a brotar en
nosotros y que Su muerte se convierta en nosotros en el cántico de Su resurrección.
¡Tenemos que terminar este día con el canto del Exultet que es la coronación
del misterio de la Cruz
en el misterio de la Iglesia!
Que la llama de nuestro amor se convierta en un hermoso cirio pascual: “Lumen
Christi – Deo gratias” (Luz de Cristo –demos gracias a Dios”.
(Fin de la conferencia)