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Zundel

29 08 2008. ... El misterio de la Iglesia es el misterio de Su resurrección. Estemos seguros de haber permanecido en el amor si la alegría de los demás no ha cesado de brotar en nosotros.

 

Final de la 8ª conferencia de Bourdigny en agosto de 1937.

 

Retoma: “Si la Iglesia es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que colabora con Su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este aspecto como el misterio de la Iglesia se convierte en un misterio de resurrección”.

Continuación: “Hemos hablado mucho del sufrimiento de Jesús, conservamos en el corazón la queja infinita de la soledad divina: “¡Vosotros todos los que pasáis, mirad y ved si hay un dolor semejante al mío!” (Lam. 1,12). Pero aun conservando en el fondo del corazón el testimonio de la angustia divina, podemos alegrarnos viendo en la Iglesia la respuesta a esa queja, la curación de sus heridas, el fin de esa soledad, porque finalmente, la Iglesia no es Él solamente, sino Él en nosotros y nosotros en Él.

En su carta a los colosenses, San Pablo dice que Jesús clavó sobre su cruz el edicto de nuestra condenación. Pues bien, nosotros podemos clavar en la Cruz para anularlo el edicto que condena a Cristo. Y en el corazón de la Iglesia, eso es precisamente lo que significa la liturgia de la Misa: adherir a Cristo en la Cruz, alimentarse de la carne y sangre de Jesús, hacer nuestra la Pasión del Salvador, y entrar con todo el impulso del corazón, comenzar en efecto a destruir la causa misma de Su suplicio. Puesto que Su suplicio viene de nuestro rechazo de amor, todo acto de amor atenúa el suplicio de Cristo, lo baja de la Cruz, es el preludio de Su Resurrección.

Debemos pues ver en el misterio del altar la acción esencial. Es el acto sublime, no de nuestra Redención sino de la Redención de Dios mismo, la Redención que Lo libera de nuestros límites, de nuestro rechazo de amar, del poder infernal de nuestro egoísmo que tuvo poder sobre Su Vida y Lo mató. Y ahora nosotros podemos suspender los efectos de ese poder infernal, negar todos nuestros reniegos, inaugurar el misterio de Su Resurrección.

Creo que les será imposible mirar la santa liturgia bajo este punto de vista sin tener el deseo imperioso de unirse cada mañana al misterio del altar para adherir en él al Príncipe de la Vida que fue crucificado por ustedes, a fin de que Su Vida brote en ustedes, que sus corazones se abran a los espacios inmensos de la caridad y Le permitan continuar en ustedes Su reino de Amor.

La Misa no es pues la conmemoración del misterio de la Cruz, no es solamente el misterio de nuestra Redención, sino el misterio de Su Redención, es el edicto de la condenación que Lo crucificó, anulado por el don de nuestra vida, y por eso hay que participar en el misterio de la Misa todos los días, aunque estén en estado de sequedad total, aunque no sientan nada, aunque les parezca que no toman ninguna parte en el misterio del altar, a condición que Él tenga Su parte, a condición de que Él pueda vivir en ustedes, que Él encuentre en ustedes todos los espacios de su corazón. Nuestro amor puede llegar a ese grado de pureza: renunciar por amor al gozo del amor, a condición de que Él viva en nosotros.

Y ustedes ven con qué sencillez la santa Iglesia aborda el misterio del altar, con qué pobreza articula su lenguaje Y cuán sobria es la oración más elevada de la Misa, el Canon, justamente porque la Iglesia no quiso exaltar en la sentimentalidad este encuentro en el don puro de una fe desnuda en que todo debe ser dado. Si Dios quiere que en nosotros brote la alegría o que estemos en la sequedad, ¡qué importa! Lo esencial es que Su gozo sea perfecto. El misterio de la Iglesia aparece pues en la santa Liturgia y en todo como el misterio de Su Resurrección.

Y puesto que Cristo fue herido no solamente en el Corazón y en la Persona sino también en Su cuerpo místico, en el universo entero, ya que Él es como una madre herida en sus hijos que no puede tener reposo mientras no hayan recuperado la salud, será necesario que el misterio de la Resurrección, habiéndose realizado en la Persona de Cristo, sea el misterio de nuestra participación en el cuerpo y la sangre del Cuerpo Místico de Cristo, en la difusión de la Buena Nueva, en la alegría de que Cristo nos encarga para los demás.

La alegría, para terminar, puede ser fruto de todo ese dolor. La primera alegría será que Él resucite por la mañana en mi corazón, entonces la alegría fructificará a lo largo del día en el corazón de nuestros hermanos.

La alegría es en sí mejor que el sufrimiento. Dios no ama el sufrimiento, lo detesta, detesta la muerte. Entre Dios y la muerte hay una enemistad personal, porque la muerte es la consecuencia del pecado, del rechazo del amor. No fue Él quien inventó la muerte, el sufrimiento y el pecado, y el sueño de Dios para Sus hijos es un sueño de alegría. Si Sus hijos no han entrado en la alegría no es por culpa de Dios el cual es la primera víctima del sufrimiento, del pecado y de la muerte, víctima en Su Corazón porque es el Corazón del primer Amor y que cada una de nuestras faltas es una herida infligida al Amor, y víctima del mal y del sufrimiento en el corazón de Sus hijos, en el cuerpo de Sus hijos en los cuales Él ha sido desgarrado porque Él es más madre que todas las madres y la compasión de Dios por sus Hijos es infinita.

El misterio de la resurrección permanece unido al misterio de la Eucaristía. El misterio de la resurrección se realiza en todo hombre, vive en todas las almas difuntas que están en el Purgatorio. Ese misterio debe realizarse en toda la naturaleza, en todo el universo, por doquiera, ¡es necesario que Cristo resucite en todas las fibras de todos los seres! Esa es nuestra tarea, la obra de la Iglesia: llevar la Alegría. El Evangelio, como su nombre lo indica, es la Buena Nueva. La paradoja inefable de la ternura divina es que el Evangelio cuyo centro es la Cruz, el sufrimiento y la muerte, sea también la Buena Nueva de la alegría de la resurrección.

Después de haber matado a Dios, tenemos el poder de hacerlo nacer en el corazón de los hombres y de toda criatura. Somos enviados al mundo, somos la Iglesia, cada uno por su parte, somos la Iglesia para realizar esa obra de vida, de alegría y de resurrección.

No debemos cultivar el sufrimiento, como si Dios prefiriera el sufrimiento al gozo. Si Dios nos da Alegría, que brote en el corazón y desborde sobre el mundo como un grito de acción de gracias. Si no nos la da, que la dé a los demás por medio de nosotros.

Si a nosotros nos basta la fe para permanecer en el amor sin la alegría del amor, no es seguro que los demás, que han recibido menos quizá, que han penetrado menos en el conocimiento de la gracia de Dios, puedan sostenerse y descubrir Su rostro si no les aparece como un Rostro de Alegría.

Me parece que entre estos dos polos está suspendida la vida cristiana: entre la liturgia de la Misa en que Cristo resucita en nosotros Y la alegría de los demás donde Él termina de renacer en el corazón de los hermanos. En el fondo, ahí está todo. Esos son los grandes criterios de nuestra vida: estemos cada mañana en estado de adhesión al misterio de la Cruz en el misterio del altar, a fin de que cada tarde podamos dar testimonio de que hemos hecho todos los esfuerzos para que haya sólo alegría y nunca sufrimiento. Estemos seguros de haber permanecido en el amor si la alegría de los demás no ha cesado de brotar de nuestra vida.

Pidamos la gracia de ser misioneros de la alegría, embajadores de la buena nueva, y de entrar en el misterio de la Iglesia como en el misterio de la resurrección. Entonces tendremos en la vida todo el secreto de Dios, entraremos en la boda maravillosa propuesta desde el comienzo en la proposición rechazada por los hombres, crucificada por los hombres, en la proposición repetida sin cesar en Cristo, en la hostia, en el misterio de la Iglesia, a fin de que Su vida vuelva a brotar en nosotros y que Su muerte se convierta en nosotros en el cántico de Su resurrección.

¡Tenemos que terminar este día con el canto del Exultet que es la coronación del misterio de la Cruz en el misterio de la Iglesia! Que la llama de nuestro amor se convierta en un hermoso cirio pascual: “Lumen Christi – Deo gratias” (Luz de Cristo –demos gracias a Dios”.

(Fin de la conferencia)

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