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Zundel

30 08 2008. ¡Que todo en nosotros se convierta en grito de vida, lleve la vida y suscite la luz! La vida sólo puede ser maduración.

 

Última conferencia de Bourdigny en agosto de 1937. 1ª parte.

 

“El Apóstol San Pablo nos ordena tratar el cuerpo como templo del Espíritu Santo, como custodia de una Presencia divina. Quiere que comuniquemos la vida divina a todas las fibras de nuestro cuerpo, que lo hagamos vivir espiritualmente a fin de que no solamente sea dado, sino que se dé como una persona.

Ese es el fin de todas las cosas: la vida de Dios es toda entera un don, un acto eterno de caridad, una vocación de amor, y la vocación de toda criatura es abrirse y llegar a la libertad del espíritu, y habiéndose encontrado, ofrecerse y darse. Y el secreto del cuerpo no puede sernos revelado de otra manera, se nos escapa cuando lo tratamos materialmente en vez de abordarlo con caridad, con respeto, como persona. Y por situarse en ese nivel, el cuerpo está investido de fecundidad divina, virginal, a fin de engendrar la luz y hacer nacer la vida de Dios en nosotros, porque tolo lo que Dios toca se hace fecundo. No se trata de llegar a una castidad estéril sino, al contario, a una castidad que sea una fecundidad virginal que haga nacer en nosotros la luz y el reino de Dios.

Así es como Dios asume todas las criaturas, les comunica Su Vida y las asocia a Su potencia creadora no solamente para que vivan Su Vida, sino para que La difundan en las demás criaturas, para que difundan Su propia Vida. Ésa es la Buena Nueva del Evangelio, del evangelio que se dirige al espíritu, al cuerpo, a todo nuestro ser y a toda criatura. Y así es como toda criatura debe acoger la buena nueva del evangelio por la que se la llama a vivir de la vida misma de Dios y comunicarla en la medida en que es capaz. Y he aquí que la materia se hace Verbo en los sacramentos, he aquí que la materia recibe la Luz divina en Persona y que la materia nos comunica la Palabra por la que todo fue hecho.

El universo no es una cosa sino una Persona. Donde nuestros ojos materiales ven cosas, el corazón distingue el corazón del primer Amor. El universo no es una cosa que podríamos conocer por un abrazo material, el universo es un secreto tan profundo e inaccesible, un misterio que sólo podemos encontrar yendo hasta dentro del Corazón de nuestro Dios. La materia se hace Verbo en los sacramentos, el universo es una Persona, la materia estalla, y, en el corazón de la materia Dios nos dice: “Aquí estoy”, y Jesús se da a nosotros  en el misterio de la hostia. El arte del Padre se ha derramado en todas las cosas: Palabra viva que es Jesús. El arte del Padre es el secreto de toda cosa, secreto escondido, secreto que se ignora y que de repente brilla y se hace signo vivo de una vida personal que dice: “Yo, en la Hostia”.

Todo eso permanece oculto para todos los que no se han dado todavía, para todos los que no escuchan el silencio de Dios y no percibe su resonancia en toda criatura. Todo eso permanece oculto porque Dios no puede aparecer a los ojos de la carne, es imposible que Dios se haga vivo en nosotros antes de que Su Presencia sea asimilada por nosotros, imposible si no vamos a Su encuentro, si la mente no Lo descubre en Su humildad, si el corazón no va a captarlo al último rango de la creación para hacerlo subir al primero de nuestra ternura.

Dios es Espíritu, y, si es verdad que está presente en el corazón de toda cosa, que el arte del Padre es infundido a toda criatura, si es verdad que Él no deja de golpear a nuestra puerta, también es verdad que sólo podemos percibir la Presencia invitándolo a entrar en lo más profundo de nuestro ser, pidiéndole que invada todas las fibras de nuestro ser, a fin de que no seamos nosotros los que vivimos sino Él en nosotros. El Verbo, la Palabra eterna está siempre presente en el mundo, pero el mundo no está presente y sólo puede llegar a estarlo en nosotros.

Hay en la Trinidad la misteriosa “dicción” del Verbo por el Padre: Dios Padre enuncia la Palabra que surge de Su Corazón, que Lo expresa perfectamente, y que es Su Hijo Único. Esa conversación misteriosa es el gran secreto eternamente intercambiado, el Verbo, el Hijo único, Jesús. Pues bien, es necesario que en nosotros haya esa “dicción” del Verbo, ese enunciado de la Palabra única, es necesario que la Palabra oculta en el corazón de las cosas surja en nuestro corazón y se manifieste realmente en nosotros y en toda criatura.

“Eructavit cor meum”, de mi corazón brotó un hermoso canto, la Palabra eterna, el Verbo, la Persona misma de Jesús. Ésa es nuestra vocación, dejar brillar en nuestro corazón el secreto de Dios, dejar que la palabra oculta y silenciosa se haga en nosotros canto de alegría y canto de amor.

Y así es como entraremos en el universo como creadores de Dios, así crearemos el mundo en Dios y, en cierto modo, creamos a Dios en el universo. Ésa es una doctrina de dulzura, grandeza, y belleza infinitas, que exige de nosotros el don total de nosotros mismos, de la mente, del cuerpo, de nuestra ternura, porque no hay nada en nosotros que no deba darse, nada que no pueda llegar a ser creador de una vida divina.

Dios no nos condenó a reprimir, a negar la vida sino que quiso que todo en nosotros sea sí como es sí todo en Él, que todo en nosotros se convierta en un grito de vida, lleve la Vida y suscite la Luz. Esta tarea es sin duda formidable y a cada instante sentimos lo urgente que es.

No hay que olvidar que si ésa es la Verdad misma, el don de Dios, si eso es el cristianismo, la asunción de toda la vida, la transfiguración, la dicción del Verbo en el corazón de las cosas, si eso es la Verdad, sabemos bien que es imposible realizarla totalmente en un solo instante. Puesto que nuestra vida se desarrolla en la duración, el progreso está en la naturaleza de las cosas. La fidelidad misma de nuestra vocación está en realizar el programa paso a paso y no de un solo golpe. Se nos pide ser fieles hoy, a cada instante. “No pido ver horizontes lejanos, un paso a la vez es suficiente para mí”.

Sería una falta contra la realidad misma de nuestra vida, contra la naturaleza, una falta contra la obediencia que debemos a Dios el querer vivir nuestra vida de una vez. No hay que vivir lo que ya pasó, sino para que toda esa experiencia lleve fruto en el presente. Pero tampoco debemos cargarnos con lo que aún no podemos vivir, no debemos prevenir la vida ni querer vivir mañana cuando estamos hoy. No tenemos la capacidad de vivir mañana lo que es hoy, eso sería absurdo. La vida sólo puede ser maduración. Sería locura querer cosechar antes de que el grano haya germinado. Debemos vivir en el llamado del instante mismo, en la gracia del instante; es lo que se nos pide y es todo lo que podemos dar”.

(Continuará)

 

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