Última conferencia de Bourdigny en agosto de 1937. 1ª parte.
“El Apóstol San Pablo nos ordena tratar el cuerpo como templo del Espíritu Santo, como custodia de una Presencia divina. Quiere que comuniquemos la vida
divina a todas las fibras de nuestro cuerpo, que lo hagamos vivir
espiritualmente a fin de que no solamente sea dado, sino que se dé como una
persona.
Ese es el fin de todas las cosas: la vida de Dios es toda entera un don, un
acto eterno de caridad, una vocación de amor, y la vocación de toda criatura es
abrirse y llegar a la libertad del espíritu, y habiéndose encontrado, ofrecerse
y darse. Y el secreto del cuerpo no puede sernos revelado de otra manera, se
nos escapa cuando lo tratamos materialmente en vez de abordarlo con caridad,
con respeto, como persona. Y por situarse en ese nivel, el cuerpo está
investido de fecundidad divina, virginal, a fin de engendrar la luz y hacer
nacer la vida de Dios en nosotros, porque tolo lo que Dios toca se hace fecundo.
No se trata de llegar a una castidad
estéril sino, al contario, a una
castidad que sea una fecundidad virginal que haga nacer en nosotros la luz y el
reino de Dios.
Así es como Dios asume todas las
criaturas, les comunica Su Vida y las asocia a Su potencia creadora no solamente para que vivan Su Vida, sino
para que La difundan en las demás criaturas, para que difundan Su propia Vida. Ésa es la Buena Nueva del Evangelio, del
evangelio que se dirige al espíritu, al cuerpo, a todo nuestro ser y a toda
criatura. Y así es como toda criatura
debe acoger la buena nueva del
evangelio por la que se la llama a
vivir de la vida misma de Dios y comunicarla en la medida en que es capaz.
Y he aquí que la materia se hace Verbo
en los sacramentos, he aquí que la materia recibe la Luz divina en Persona y que la
materia nos comunica la
Palabra por la que todo fue hecho.
El universo no es una cosa sino una Persona. Donde nuestros
ojos materiales ven cosas, el corazón distingue el corazón del primer Amor. El
universo no es una cosa que podríamos conocer por un abrazo material, el
universo es un secreto tan profundo e inaccesible, un misterio que
sólo podemos encontrar yendo hasta dentro del Corazón de nuestro Dios. La
materia se hace Verbo en los sacramentos, el universo es una Persona, la
materia estalla, y, en el corazón de la materia Dios nos dice: “Aquí estoy”,
y Jesús se da a nosotros en el
misterio de la hostia. El arte del Padre se ha derramado en todas las cosas:
Palabra viva que es Jesús. El arte del Padre es el secreto de toda cosa,
secreto escondido, secreto que se ignora y que de repente brilla y se hace
signo vivo de una vida personal que dice: “Yo, en la Hostia”.
Todo eso permanece oculto para todos los que no se han dado todavía, para
todos los que no escuchan el silencio de Dios y no percibe su resonancia en
toda criatura. Todo eso permanece oculto porque Dios no puede aparecer a los
ojos de la carne, es imposible que Dios
se haga vivo en nosotros antes de que Su Presencia sea asimilada por nosotros,
imposible si no vamos a Su encuentro,
si la mente no Lo descubre en Su humildad, si el corazón no va a captarlo al
último rango de la creación para hacerlo subir al primero de nuestra ternura.
Dios es Espíritu, y, si es verdad que está presente en el corazón de toda
cosa, que el arte del Padre es infundido a toda criatura, si es verdad que Él
no deja de golpear a nuestra puerta, también
es verdad que sólo podemos percibir la Presencia invitándolo a entrar en lo más profundo
de nuestro ser, pidiéndole que invada todas las fibras de nuestro ser, a fin de
que no seamos nosotros los que vivimos
sino Él en nosotros. El Verbo, la Palabra eterna está siempre presente en el mundo,
pero el mundo no está presente y sólo puede llegar a estarlo en nosotros.
Hay en la Trinidad la misteriosa “dicción”
del Verbo por el Padre: Dios Padre enuncia la Palabra que surge de Su
Corazón, que Lo expresa perfectamente, y que es Su Hijo Único. Esa conversación
misteriosa es el gran secreto eternamente intercambiado, el Verbo, el Hijo
único, Jesús. Pues bien, es necesario
que en nosotros haya esa “dicción” del Verbo, ese enunciado de la Palabra única, es
necesario que la Palabra
oculta en el corazón de las cosas surja en nuestro corazón y se manifieste realmente
en nosotros y en toda criatura.
“Eructavit cor meum”, de mi corazón brotó un hermoso canto, la Palabra eterna, el Verbo, la Persona misma de Jesús.
Ésa es nuestra vocación, dejar brillar en nuestro corazón el secreto de Dios,
dejar que la palabra oculta y silenciosa se haga en nosotros canto de alegría y
canto de amor.
Y así es como entraremos en el
universo como creadores de Dios, así crearemos el mundo en Dios y, en
cierto modo, creamos a Dios en el universo. Ésa es una doctrina de dulzura, grandeza, y belleza infinitas, que exige de nosotros el don total de
nosotros mismos, de la mente, del cuerpo, de nuestra ternura, porque no hay
nada en nosotros que no deba darse, nada que no pueda llegar a ser creador de
una vida divina.
Dios no nos condenó a reprimir, a negar la
vida sino que quiso que todo en
nosotros sea sí como es sí todo en Él, que
todo en nosotros se convierta en un grito de vida, lleve la Vida y suscite la
Luz. Esta tarea es sin duda formidable y a cada instante
sentimos lo urgente que es.
No hay que olvidar que si ésa es la Verdad misma, el don de Dios, si eso es el cristianismo, la asunción
de toda la vida, la transfiguración, la dicción del Verbo en el corazón de las
cosas, si eso es la Verdad,
sabemos bien que es imposible realizarla totalmente en un solo instante. Puesto
que nuestra vida se desarrolla en la duración, el progreso está en la naturaleza de las cosas. La fidelidad misma
de nuestra vocación está en realizar el programa paso a paso y no de un solo
golpe. Se nos pide ser fieles hoy, a
cada instante. “No pido ver horizontes lejanos, un paso a la vez es
suficiente para mí”.
Sería una falta contra la realidad misma de nuestra vida, contra la
naturaleza, una falta contra la obediencia que debemos a Dios el querer vivir
nuestra vida de una vez. No hay que vivir lo que ya pasó, sino para que toda
esa experiencia lleve fruto en el presente. Pero tampoco debemos cargarnos con
lo que aún no podemos vivir, no debemos prevenir la vida ni querer vivir mañana
cuando estamos hoy. No tenemos la capacidad de vivir mañana lo que es hoy, eso
sería absurdo. La vida sólo puede ser
maduración. Sería locura querer cosechar antes de que el grano haya
germinado. Debemos vivir en el llamado del instante mismo, en la gracia del
instante; es lo que se nos pide y es todo lo que podemos dar”.
(Continuará)