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2a parte del retiro predicado en Val san
Francisco en agosto de 1933. Notas suscintas.
“Si Dios es una realidad, tenemos que
encontrarla en el corazón de nuestra vida.
Cuando alguien les diga que no cree en Dios, atención,
no se peguen de las palabras, porque todos los hombres buscan a Dios, ya que
buscan la belleza, la bondad.
Las tentaciones son recursos para encontrar a
Dios e inclusive las faltas son búsquedas de Dios abortadas.
El valor de un ser está en dejar pasar a través
de él otra cosa, como San Juan Bautista que decía: Es necesario que Él crezca y
que yo mengüe.
Toda realidad vale en la medida en que reposa
enteramente en Dios.
Las permisiones de Dios son expresión de su
respeto hacia nuestra libertad.
Cada vez que presentamos a Dios a nuestra
medida, como hombres, negamos a Dios. ¡No
hablen de Dios, lo estropearían! Decía el P. Viollet. Dios es inefable, es
decir intraducible.
¿Qué es el mérito? Es la capacidad de amor, y
la recompensa será el Amor: Dios.
Por el amor es como nos acercamos de Dios, dice
San Gregorio. No tratemos de representarnos la eternidad mediante el tiempo adicionado, eso sería negar la
eternidad, que es un total presente.
(Dios) es el eterno inefable, no es un teorema
por resolver. No discutamos.
¡No sabemos nada de Dios sino que es Amor! ¿Y
porqué tenemos que afirmarlo? Porque Dios no puede recibir nada de nosotros y
sus relaciones con nosotros consisten en dar. Todo lo recibimos de Dios y no le
damos sino lo que hemos recibido. Seremos pues juzgados sobre el amor. El
infierno existe solo en la medida en que hemos rehusado amar a Dios, sólo hay
que concebirlo a la luz del amor de Dios.
Dios llama siempre y no rechaza nunca. Sigue
siendo siempre luz y amor. El único obstáculo al amor es el amor orientado
hacia sí mismo.
La revelación que tenemos Dios no podría
intervenir incluso en el infierno. Ya que Dios ama incluso a los condenados
que, ¡sin Su Amor, dejarían de existir! Una revelación recibida vale sólo para
aquí abajo y nada nos da el derecho de decir que por ser privada (y por lo
mismo no tener autoridad de fe) a una mística inglesa lo dejaría suponer, ella
se inquietaba por muchas cosas y Nuestro Señor le habría dicho: “No te
preocupes, todo acabará en el Bien”.
No conocemos el otro lado del velo. Jesús dijo:
“Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden recibirlas”.
Para comprender el infierno, hay que partir del
sentido de nuestras responsabilidades (cuestión de conciencia)
Mostrar que todo acto plenamente consciente (lo
cual es relativamente raro en la mayor parte de las vidas devoradas por la
velocidad y las preocupaciones) implica de por sí una responsabilidad infinita,
ya que todo acto verdaderamente humano es búsqueda de felicidad (infinita) o de
lo que puede llevar a ella.
Concluir de ahí a la necesidad de admitir el
cielo (posesión y gozo del infinito en Dios) y el infierno (búsqueda siempre
frustrada del infinito en sí mismo) (sufrimiento = distancia entre la búsqueda
del infinito y el objeto que encontramos: el yo)
Una voluntad obstinadamente orientada hacia sí
mismo excluye evidentemente el matrimonio con Dios, la vida de Amor que es el
Cielo. No es Dios el que excluye, sino el ego, el yo, bloqueado en la adoración
de sí mismo.
El que no ama permanece en la muerte. La luz
brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron.
¿Puede Dios vencer esa obstinación? No podemos
dudarlo. ¿Intervendría inclusive en el mundo de los desesperados por
obstinación? No lo sabemos. La revelación se limita a proponernos nuestras
responsabilidades, a considerar el orden de las cosas en sí, no excluye, ni
hace alusión a una intervención posible de concebir a este lado del velo.
Pero justamente la revelación hecha aquí abajo
nos propone lo que necesitamos saber aquí, y no lo que puede ser o será al otro
lado del velo. Podemos confiar en el Amor de Dios. (Se sobreentiende que el
Amor tendrá la última palabra. Pero no sabemos como).
Lo único que se nos pide es amor, y si Dios nos
puso tanto amor en el corazón, ¿cómo atreverse a medir el Suyo y a dudar?
Cuando nos preocupamos por la salvación de los que amamos, lo único que tenemos
que hacer es confiarlos a las manos de Dios que es Amor.
Le preguntaban un día a un aviador si no tenía
miedo de caer y respondió: “¿Miedo? ¡No! Sólo puedo caer entre las manos de Dios”.
¡Qué belleza!
¿Tienes tentación de huir lejos de Dios? ¡Huye
hacia Dios! Dice San Agustín”.