Retiro del Val San Francisco, agosto de 1933.
Notas sobre la Trinidad.
“El amor es la identificación de una persona con
otra, al mismo tiempo que la distinción de las personas. Así en la Trinidad Santa hay distinción
de personas e Identidad total de una misma Vida.
Altruismo y circumincesión:
Al alma que se pregunta cómo el Amor de Dios
puede ejercerse en relación con Dios y retrocede ante la idea de un
egocentrismo infinito, la fe responde: la toma de conciencia personal en
Dios es altruismo, impulso hacia el otro. El yo es todo efusión, don total,
y la Persona
es el don mismo, el impulso como un
pájaro que sería sólo vuelo.
El Padre toma conciencia de Sí engendrando
al Hijo, y es ese engendramiento mismo.
Es sólo paternidad, mirada viva hacia el Otro, éxtasis subsistente hacia el
Hijo que es total impulso hacia Él. Siendo extático el conocimiento, el amor lo
es también.
Para el Padre y el Hijo, amar (la Deidad), es comunicar en un
éxtasis supremo cuyo término es el Espíritu Santo, beso vivo en que se encarna
el Amor del Padre y del Hijo, no pudiendo el Espíritu quererse sino como lazo
subsistente entre el Padre y el Hijo.
Es decir que el yo en Dios, en vez de separar, une, y que sólo es eso: relación,
referencia, impulso, altruismo. Y siendo el yo puro don, la intimidad de los
Tres es absoluta y se expresa por la palabra circumincesión, habitación de una
en la otra, fusión hasta la identidad total, abrazo absoluto en que los
términos que distinguen son los agentes mismos, los ejes de la coincidencia.
Así se encuentra realizada, una vez en su plenitud, la exigencia del amor.
Ser varios en uno. El Amor, en efecto, a menos
de ser egocéntrico, supone al menos dos términos (el Amor es altruista, tiende
hacia el otro) y busca su identificación. Aquí abajo, el amor no lo logra jamás
completamente. En Dios, es la
Trinidad en un presente eterno en que el intercambio es
siempre actual. Sólo allá realizaremos plenamente nuestro amor un día.
“Que sean uno en Ti, Padre, como Tú y yo somos
Uno”. Pasando por el Corazón de Dios, entrando en la circumincesión de las
Personas Divinas, realizaremos la circumincesión de las almas, la indispensable
habitación de la una en la otra.
Todos los desgarres del amor sólo buscan la
completa desapropiación del yo que impide la total circumincesión.
Entonces se produce la resurrección en la
visión de la fe y el retorno de los seres amados en la unidad de un solo ser. Eso
es lo que se puede decir del Inefable. Dios no ama, ES el Amor.
Dios es SÍ, jamás no, en Él no hay rechazo. La creación es como el surgimiento de Su
Amor, y la vocación esencial de toda criatura es volver al Creador por vía
de amor.
El Amor de Dios no es concebible como un
egocentrismo que sería inadmisible, sino como efusión total.
El misterio de la gracia es el enraizamiento de la Santa Trinidad en
nosotros.
La circumincesión de las Personas divinas
encuentra su expresión en la circumincesión de las almas que es la comunión de
los Santos. Las almas no tienen sino una sola vida en Jesús, la eternidad es su
lazo, y nosotros podemos llegar a la identificación total del amor a través del
misterio de la Santa Trinidad.
La Creación es no solamente creada sino creadora. Mientras más se acerca uno de
Dios, más capaz es de hacer nacer a Dios en el corazón de la creación.
La vocación del alma cristiana es ser madre de
Dios.
Nuestro Señor dijo: “¿Quién es mi padre, mi
madre, mis hermanos?”
¡Qué interés apasionado tiene la vida! Con una
mirada, un apretón de manos, Dios puede crecer en un alma. Debemos imprimir en cada alma la impronta de Cristo Jesús.
La vida es un sacramento. Todo lo que hacemos,
es Dios quien lo hace en nosotros, eso es la vida católica: abrazar el universo
entero para hacerlo subir al Corazón de Dios.
Miren cómo los está esperando el universo, cada
criatura puede recibir de ustedes la presencia de Dios. ¡Ni un latido del
corazón les pertenece, y toda alma que se eleva, eleva el mundo!