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Retiro de Val San Francisco, en agosto de 1933.
Eucaristía y Misa. Notas muy breves.
“El misterio de Jesús es un problema
infinitamente delicado. Querer establecerlo únicamente desde el punto de vista
histórico sería insuficiente. Se lo debe establecer desde el punto de vista
religioso.
Los milagros no tienen ningún valor si no están
al servicio del Espíritu y vemos que en el Evangelio todos tienen ese fin.
Lean los admirables episodios de la mujer
adúltera y de la samaritana que están llenos de delicadeza y de misericordia. Sólo
Jesús puede hablar así.
Cuando San Pedro dice: “¡Tu eres Cristo, el Hijo
de Dios Vivo!” Jesús le dice: “No son la carne y la sangre los que te lo han
revelado, sino mi Padre que está en los cielos” ¡que nos seduzcan estas
palabras!
Jesús es el instrumento libre y dócil de Dios,
en Él se nos hizo el don de Dios, Su Humanidad es como un sacramento que da a
Dios. “Yo soy el Camino”. La hostia conduce a la Verdad.
Será por medio del Corazón de Cristo como
deberemos darnos a Dios. Dándonos a Jesús nos damos al Amor.
Lean el Evangelio cada día, si posible a la luz
del silencio de Jesús en el Santo Sacramento. Pidámosle el agua viva.
No debemos asistir a la
Santa Misa sino vivirla, entrar en el
misterio de Jesús.
En el Santísimo Sacramento, Jesús no puede ser
captado sino por la fe. Como el pensamiento no puede ser cogido con las manos, tampoco
podemos recibir materialmente la persona de Jesús. La santa hostia nos pone en
relación inmediata con Él, algo así como la radio nos hace presente la voz del
locutor, y la manducación física es el signo de una manducación espiritual. Todo
es Espíritu y Vida.
El misterio de la
Santa Misa es un misterio de agonía, pero
también de Resurrección. ¡Oh, que Jesús los transforme en Sí mismo y haga de
ustedes un pan vivo, y podrán decir con Él la consagración: “Este es mi cuerpo,
esta es mi sangre”!
El Señor esté con ustedes. El Señor está con
ustedes. Jesús puede pedirnos todo, ya que Él es el Don infinito.