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Notas no revisadas por Zundel, demasiado
elípticas, sobre el matrimonio.
“El amor es el peso que me arrastra”, dice San
Agustín. Si el amor está en su lugar, toda la vida está en su lugar, si no,
todo está desviado.
El hombre y la mujer son dos seres
complementarios y cada vez que se encuentran hay atracción, amor, en el sentido
más amplio (sin que su fin sea el matrimonio), simpatía, amor, que pueden ser
muy profundos y puros.
La fase crítica del amor es el llamado del hijo
que busca su padre, que busca su madre (1). El misterio de la vida es un misterio
de grandeza, de ternura y confianza de parte de Dios.
Mientras más elevada es una función, más grande
será la alegría, el gozo que la acompañan. El placer es divino, si la vida es
divina, todas estas cosas deben ser vistas con inmenso respeto y el amor no
debe jamás ser objeto de risa.
La impureza consiste en tomar para nosotros la
parte del hijo (= tomar, de manera egoísta, lo que corresponde al hijo).
No nos avergoncemos del cuerpo, lo creó Dios, y
todas sus partes son puras. El acto sexual mismo es perfectamente puro, lo que
es impuro es transformarlo de manera sacrílega.
San Agustín quiere que amemos el cuerpo con amor
de caridad, de veneración. Hay que vestirlo como una iglesia, hacerlo
transparente como una catedral, mirarlo como una hostia. Es el templo de la Santísima Trinidad.
¡Amor! ¡Vida! ¡Luz! ¡Qué ascensión maravillosa!
Virginidad en el matrimonio.
Matrimonio = sacramento = participación en la
muerte redentora de Jesús. Matrimonio, sacramento de la Iglesia, es decir signo
que representa y que engendra la
Iglesia.
Nada es más cercano al sacerdocio que el matrimonio, por tanto nada exige
más las virtudes del sacerdocio. Se trata de concebir y engendrar
espiritualmente los hijos del Espíritu, - los hijos de Dios.
La virginidad espiritual, es evidente: no
olvidar que el matrimonio de María y
José es un verdadero matrimonio.
La idea que nos hagamos de la vida es la que
nos hacemos del amor.
Que su corazón no sea seco. Hay que amar, hay
algo divino en el amor, y lo divino del amor es Dios mismo, en Persona. Pero ya
no hay verdadero amor cuando hemos perdido a Dios, porque sólo puede ser divino
por la presencia del Infinito. Cuando cesa esta visión, el amor se vuelve
contra la vida. Por desgracia, el hombre llegó al punto de locura al hacer el
acto creador rehusando la creación. ¡Entonces los esposos se quedan solos!
Es por la maternidad como la mujer realiza la
circumincesión que la hace devenir un solo ser con su marido. El amor no puede
conservarse si no se realiza en espíritu y en verdad. Debe ser un sacramento
que representa el amor de Dios y lo transmite. Las palabras de San Pablo sobre
el tema son admirables: “¡Maridos, amad vuestras mujeres como Cristo amó la Iglesia! Mujeres, amad y someteos
a vuestros maridos…” (Epístola de la
Misa de Matrimonio).
Así yo ya no soy yo, ¡eres tú quien eres yo!
Don infinito. El amor es una locura divina. Si es eso, es santo y santificador,
es la cumbre de la santidad.
Para que sea posible, es necesario llevar el
misterio del amor con respeto. Diría más: de rodillas. Es necesario que el hombre encuentre a la mujer siempre superior a él
en el orden del espíritu, de la pureza, de la santidad. Tiene que sentirse
de rodillas ante ella, y por ella, delante de Dios.
El amor es un sacerdocio y el matrimonio, una
ordenación que despoja de sí mismos a dos seres. Dios y nosotros, don infinito de
donde procede el hijo que es como un resurgimiento del misterio de Jesús y la
imagen analógica de la Santísima Trinidad.
Estado de santidad. Sólo hay sacrilegio cuando
se trata de algo santo. Estado de virginidad también, porque no la perdemos
dando la vida: la confirmamos, no la perdemos sino profanándola.
Pidamos la gracia de respetar los cuerpos, no
hay que avergonzarse de ellos, ni despreciarlos, debemos amarlos y poseerlos
espiritualmente, así ya no hay concupiscencia.
El acto creador es un consentimiento, un
sacrificio de uno al otro, ya no es un acto carnal, sino el acto de vida
eterna, transfigurado en la luz de Dios.
No hay que llamar amor lo que es pecado, acto
vacío y fraudulento.
Toda la nobleza de la mujer le viene de la Santísima Virgen.
Digamos con inmenso reconocimiento estas palabras: “Bendita eres entre todas
las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.
Todos no estamos llamados al matrimonio, pero todos estamos llamados a la paternidad y
maternidad espiritual que a todos es dada. Piénsenlo a la luz de la Virgen Madre, acojan en su
corazón todas las almas que no tienen madre. Maternidad divina para hacer nacer
Jesús en todas las almas.
El amor es el don de sí mismo, hasta morir a sí
mismo.
La pureza es la expresión suprema de la caridad
para con el cuerpo. Ser puro es dar el espíritu al cuerpo para que se haga
capaz de dar más y de obrar mejor. Hagamos
del cuerpo un sacramento de la
Presencia de Dios.
El desapego cristiano es un inmenso amor. No
nos desapegamos de nosotros. El cuerpo lleva la huella de la Sabiduría divina: puede
hacerse luz, hay que inmortalizarlo.
(1) Zundel parece ver entonces el llamado del
hijo en y hacia el padre y la madre aún antes de ser concebido en ellos. ¿No
nos ve San Pablo elegidos, y por lo mismo, existiendo, desde ante de la creación?