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1ª parte de la 1ª conferencia de retiro por M. Zundel a los trapistas de la
abadía del Mont des Cats en diciembre de 1971.
Zundel comienza el retiro contando una serie de « parábolas » ya
oídas, y nunca contadas exactamente del mismo modo. Nos da más lejos la razón
de por qué las cuenta.
“Es
extremamente importante a través de estas parábolas, a través de estas
evocaciones, a través de los versos de Agustín, es extremamente importante
observar, tomar conciencia de que el encuentro del hombre consigo mismo y el
encuentro del hombre con Dios es el mismo encuentro. Se hace en el mismo
momento, tiene la misma importancia, la misma profundidad. Estamos tan lejos de
nosotros como de Dios, tan cercanos de nosotros como de Dios, según la etapa en
que nos encontramos, pero cuando nos encontramos, hemos cambiado de yo, ¡ya no
es un yo que sufrimos, ya no es un yo posesivo, ya no es un yo que es prisión,
ya no es un yo atolladero, ya no es un yo invitación de todos los deseos, ya no
es un yo centro del universo, que quiere hacerse dueño de todo! ¡Es un yo que
es solo ofrenda, un yo oblativo en que la libertad se ha hecho liberación!
Comienzo de la conferencia.
“Un autor austriaco llamado Peter Rosegger, que es un poco el Alfonso
Daudet de la lengua alemana, escribió cuentos encantadores en que cuenta su
infancia (en “en la época de mi juventud”, 1895), una infancia muy
extraordinaria que se sitúa en Estiria, la provincia oriental de Austria,
alrededor de 1800. Vivía en esa región en que nadie sabía leer ni escribir
excepto el cura y él, él que era entonces aprendiz de sastre y que no imaginaba
que iba s ser un día escritor notable. En ese país en que todos se amaban, en
que jamás había diferendos, jamás oposiciones ni hostilidad, la fraternidad era
tan grande que cuando alguien le debía a otro y no tenía con qué pagar, el
acreedor le enviaba simplemente sus hijos en pensión y cuando conseguía con qué
pagar, devolvía los niños del acreedor con el dinero.
El pequeño Rosegger mismo tenía un papel considerable que jugar ya que, no
queriendo molestar al cura, la gente iba a él para escribir las cartas que
salían del pueblito y para leer las que llegaban.
Además, el cura lo había encargado, dándole un libro enorme escrito por el
P. Mateo Coshem de la Orden
de los Capuchinos, le había confiado la misión al pequeño Rosegger, de ir a
hacerles la lectura a los enfermos. Y el P. Mateo Coshem tenía el sentido de la
justicia y naturalmente podía presentar el infierno con los colores más aterradores,
y el pequeño Rosegger, cuando se daba cuenta de que el enfermo estaba lleno de
terror, quitaba algunas brasas del infierno y sacaba de su cabeza un texto más
suave. Era por otra parte muy devoto, muy penetrado del sentido de Dios, como
ustedes van a verlo.
Y había en el pueblito un hombre extremamente pobre, y que a partir de nada
había construido una casita. En su cuarentena, tenía la casa más hermosa de la
aldea y todo el mundo se había alegrado porque no la debía sino a su valentía y
a su trabajo. Y toda la aldea había celebrado la inauguración de la casa que
habían decorado con pinos y guirnaldas.
Pero en la noche que siguió la inauguración, estalló en la región una
tormenta formidable y cayó un rayo precisamente sobre la casa y la redujo a
cenizas. Toda la aldea consternada acudió a lugar del siniestro, el pequeño
Rosegger lo mismo que los demás, acompañando a su padre que murmuraba entre los
dientes: “¡Yo no menciono a nadie, pero eso da asco!” Evidentemente se rebelaba
contra una providencia que le parecía injusta pues golpeaba a un hombre que iba
a quedar privado de todo recurso, de todo recurso pues en la época no existían
seguros, como tampoco bombas contra incendio, y que por lo mismo, todo el fruto
de su trabajo quedaba reducido a nada.
El pequeño Rosegger le dio citas del Mateo Coschem, pero en vano porque su
padre no dejó de murmurar hasta que llegaron juntos al lugar del siniestro. Y
toda la aldea se había reunido, muda de estupor delante la extensión de la
catástrofe. El constructor de la casa estaba sentado sobre troncos de árbol, la
cabeza entre las manos. Y el pequeño Rosegger, que era ya poeta sin saberlo,
trataba de entrar en el drama del hombre que había perdido todo. Trataba de
imaginar el rencor, la ira de ese hombre, esperaba a todo momento verlo
levantarse en medo de la multitud que lo rodeaba y blasfemar ante el cielo por
la suerte injusta que acababa de golpearlo.
El tiempo pasaba, el tiempo pasaba. A medida que el tiempo pasaba, el drama
del niñito se hacía más trágico, y de repente, el hombre herido en todos sus
bienes, el hombre que acababa de perder su casa, se levantó. El niño lo siguió
con su mirada, el corazón latiendo. El hombre se acercó a los últimos tizones
de la casa, encendió su pipa y se fue a fumarla sobre sus roncos de árbol.
Entonces el pequeño Rosegger tuvo la revelación de la grandeza del hombre.
Tuvo la revelación pascaliana de la grandeza del hombre. He ahí lo que es el
hombre! es más grande que el rayo, más grande que los acontecimientos, más
grande que las catástrofes: “Aunque el mundo lo aplastara, como dice Pascal, él
es más grande que el mundo porque sabe que el mundo lo aplasta y el mundo no lo
sabe”.
Me parece extremamente importante, y por eso recito esta parábola, me parece extremamente importante tomar la medida
del hombre. El pequeño Rosegger, sin palabras, sin explicación, sin
filosofía, a través de un ejemplo vivido, a través de una grandeza auténtica, a
través del coraje heroico de un hombre que perdió todo y encendió su pipa con
un tizón humeante de su casa destruida, el pequeño Rosegger tuvo la revelación
de la grandeza del hombre.
En efecto, si no creemos en el hombre es
imposible creer en Dios, porque si el hombre no es más que un insecto, si
no tiene dimensión infinita, si no es más que entrañas y vísceras, si el hombre
es fruto del azar, como dice Jacques Monod, si su vida no tiene sentido,
entonces no hay problema porque el hombre no existe. Importa pues tomar la
medida del hombre.
Y aquí tenemos otra parábola, de Selma Lagerloff, escritora sueca, genial y
transparente. La montaña domina un pueblo que es capital de distrito. La huerta
es una montaña. La montaña domina el pueblo, capital del distrito. En la huerta vive una pareja de jornaleros, un
hombre y una mujer extremamente pobres y de gran dignidad, que no alcanzan a
terminar su mes, que no tienen sino un tesoro, su hija llamada Elga. La hija
está asociada a la miseria de los papás. Con ellos lucha contra la corriente. Y
llega a la adolescencia, y como la miseria no deja de crecer, sus padres deben
pensar en ponerla a trabajar. En la región sólo hay una posibilidad si ella
quiere ganar su vida o contribuir al presupuesto de la pareja: tiene que
hacerse empleada doméstica.
Los padres son conscientes del peligro que corre la joven y quieren
asegurarse de que va a caer en buenas manos. Toman informaciones y llegan a
saber finalmente que en el pueblo hay una pareja en que la mujer acaba de
sufrir apoplejía y está desde entonces medio paralítica, no puede ocuparse de
su hogar, y esa mujer necesita ayuda. Se informan y llegan a saber que la
pareja tiene fama de ser muy honorable, que el marido es un pilar del templo,
un gran lector de la Biblia,
que su reputación es perfectamente honorable y por lo mismo ofrece todas las
garantías para que los papás le puedan confiar a su hija.
La muchacha está en pleno crecimiento, en pleno desarrollo, ella no lo
sabe, no se ha mirado en un espejo, y además, en su casa no hay espejos. Ignora
todo acerca de la vida y de la sexualidad. Es fresca y pura como el agua del
glaciar. Entra pues al servicio de la pareja y el hombre no tarda a darse
cuenta de la belleza de la joven. Se apasiona por ella y quiere poseerla.
Comprende por otra parte que es una empresa difícil, que hay que domesticarla,
darle confianza. La rodea de mil cuidados, le hace creer que lo motiva
solamente un afecto paternal y cuando siente que la confianza de la joven es
total, le afirma que todas las muchachas de su edad se dan a un hombre, que eso
completa su educación y que es la cosa más inocente del mundo.
La joven que no sabe nada, que ha depositado en él toda su confianza, se
deja convencer, se entrega a él y habría sido la felicidad completa para el
hombre si al cabo de una semanas la muchacha no hubiera quedado encinta.
Delante de esta situación no hay evidentemente sino una posibilidad, o mejor,
dos posibilidades: asumir la paternidad del hijo, y eso significa arruinar su
matrimonio y desacreditarse delante de la comunidad y del distrito, o simular
que la muchacha se entregó a otro, que era una sinvergüenza hasta la médula de
los huesos, y echarla a la calle haciendo pesar sobre ella todo el descrédito
público. Naturalmente, escogió la segunda solución: la echó, y en la región
inmediatamente todo el mundo la señalaba con el dedo y la designaba como una
completa sinvergüenza. En tal situación, evidentemente, no puede encontrar
trabajo en ninguna parte y regresa a casa de sus padres, que consternados deben
acogerla ya que es su hija. Y cuando nace el hijo es la catástrofe, puesto que
habrá en adelante que alimentar cuatro bocas y no solamente tres.
La situación se agrava tanto que la vida del niño está en peligro. ¿Qué
hacer en tal situación? Sólo hay una solución para la jovencita, y es reclamar
discretamente, por vía judicial, la pensión que el padre le debe al niño. Es lo
que ella emprende, con el corazón destrozado además, pero sin rencor alguno y
sin ningún resentimiento, presionada solamente por la necesidad de defender la
vida de su hijo.
En una región tan pequeña, evidentemente, no tarda en conocerse tal
decisión, y se desencadena la furia contra la mujer que no solamente es una
corrompida hasta la médula de los huesos sino que pone en peligro la reputación
mejor fundada de los hombres más honorables.
Toda la región se promete una venganza cuando termine el proceso y que el
juicio lleve a confusión a esa chantajista. Y esperan en efecto el
acontecimiento que llena las crónicas. Y a pesar de la lentitud de los
procedimientos, llega finalmente el día. Elga desciende de su montaña para
afrontar lo que nunca había hecho en su vida, afrontar un tribunal. En camino
encuentra un joven campesino que iba también a la audiencia, como todo el
mundo. El no la conoce ni ella tampoco. Viendo en camino a la joven, la hace
subir a su carreta, sin saber quién es ella, y finalmente, adivinando que es
ella, y adivinando ella que el adivina, se baja de la carreta para no
incomodarlo y llega sola al tribunal donde encuentra una audiencia o mejor una
sala llena hasta desbordar, donde la fusila con miradas de desprecio toda la
población que espera la apertura de la audiencia.
Aparece el juez. Es el amigo del burgués. Le presenta excusas por tener que
untarse en este asunto, naturalmente protestando que está absolutamente seguro
que él es inocente como un recién nacido. Y comienza la audiencia. El juez
explica. Durante ese tiempo, Elga es incapaz de pensar en nada, está totalmente
pasiva, en espera de los acontecimientos que se van a desarrollar. Comienza a
escuchar cuando el juez dirigiéndose al burgués le dice: “Conforme a la ley
sueca, nada es más sencillo: usted tiene sólo que jurar sobre la Biblia que no tuvo ninguna
relación íntima con ella”.
Elga revive entonces toda la situación, revive la seducción, revive el
éxtasis del hombre cuando su sensualidad queda satisfecha, revive la echada de
la casa, la vergüenza pública de que la culpó, el abandono al que está reducido
el hijo y le parece imposible que jure en falso. Perjurar significaría que se
condena inmediatamente al infierno. Es imposible que cometa semejante crimen y
que se pierda hasta ese punto, hay que impedirle a todo precio perderse, eso no
puede suceder y no sucederá.
La
Biblia está
bajo una montaña de papeles, el secretario la exhibe, la coloca entre el juez y
la joven. El juez hojea su código civil para saber cuál es la fórmula ritual
que debe decir y que el burgués deberá repetir después de él. Todo está listo.
El burgués no tiene sino una solución, hacerse perjuro.
Tiende la mano. Entonces Elga se arroja sobre la Biblia, la arranca de
delante del juez, la aprieta con todas sus fuerzas contra el pecho. Toda la
sala tiembla de indignación: “¡Esa mujer está completamente loca, es incapaz de
controlarse inclusive ante un tribunal!” Furioso, el juez la fulmina con la
mirada. El secretario se precipita para proteger la Biblia pero ella la
defiende con tal fuerza que, a menos de utilizar la violencia, es imposible
quitársela.
A medida que dura el combate, se despierta en el juez una inquietud: ¿Sería
que su amigo es un criminal? ¿Sería él quien condenó esta mujer a la deshonra,
que la abandonó como un cobarde y que pretende triunfar hoy sobre ella delante
todo el distrito? Entonces el juez la interroga con la mirada y la joven
responde: “¡No quiero que sea perjuro! ¡No quiero que sea perjuro!” Esas
palabras que salen naturalmente del fondo de ella misma, esas palabras tienen
sello de autenticidad y producen en la mente del juez una convicción
irresistible. Comprende la grandeza de esa mujer que quiere preservar del
perjurio al hombre al que se había decidido.
Entonces le dice: “Y entonces” – “Entonces, responde ella, retiro mi queja.
Retiro mi queja”. El juez suspira de desahogo y se vuelve hacia el burgués: “Creo
que es mejor para usted”. Y baja de su estrado, aprieta la mano de la joven
mujer con la mayor emoción y cuando Elga sale del tribunal, creyendo haber
cometido un error que la va a llevar a la cárcel, toa la sala se levanta en un
temblor silencioso de admiración. Porque acaban de ver surgir un Himalaya.
“¡Ah! ¡Eso es el hombre! ¡Eso es la humanidad! ¡Es capaz de tanta
grandeza!” Y todos se inclinan ante esa grandeza que acaba de revelares ante
ellos, y el campesino que la había dejado la sigue, o mejor, marcha detrás de
ella, y al salir del tribunal le pide que le dé el honor de dejarlo acompañarla
a casa.
Un Himalaya acaba de surgir.”
(Continuará)