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Zundel

23 09 2008. Cómo nace el verdadero hombre. Dios es el único camino hacia nosotros mismos.

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2ª parte de la 1ª conferencia de retiro dado por M. Zundel enn el monasterio del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

 

“Con la historia de la joven de los huertos, un Himalaya acaba de surgir. Lo encontramos también en el martirio del P. Kolbe que acaba de ser beatificado. Es exactamente la misma situación: el campo de Auschwitz, la huida de un polonés, la decisión de castigar cierto número de prisioneros, de castigar la evasión que fue –según la versión del jefe del campo – realizada con la complicidad de todos los prisioneros. Diez hombres morirán pues de hambre y sed, diez hombres designados por el azar. Y tomará todo el tiempo para escogerlos al azar, para que todos puedan sentirse eventualmente designados

Entonces ustedes conocen el resultado, saben cómo escogieron finalmente a los diez y que entre ellos se encuentra un padre de familia, que vino a Roma para la beatificación –o mejor en el momento de la beatificación – y saben que el P. Kolbe, saliendo de su fila, se ofrece para morir por ese hombre, y muere efectivamente en su lugar, no sin habar hecho cantar a sus camaradas aterrorizados, aterrorizados pensando en la muerte que los esperaba, la forma aterradora de muerte de hambre y sed, y que sus voces, desbordando las celdas donde estaban encerrados se difundía en todo el campo, y todo el campo se puso a cantar, tanto que los verdugos alemanes no podían sino hacer esta observación: “Jamás hemos visto cosa igual”

Era de nuevo la revelación del Himalaya: ¡Ese es el hombre! Eso es lo que el hombre es capaz de hacer cuando llega a la cumbre de sí mismo, y cuando llega a la cumbre de sí mismo se hace transparente a la Presencia que vamos a encontrar sin cesar .

Otra experiencia que, en su pequeñez, es extraordinariamente conmovedora es la siguiente: un periodista soviético de nombre Koriakoff escribió un libro llamado “Me puse fuera de la ley” Koriakoff, periodista soviético, educado bajo el régimen actual, que no duda de él, ateo en toda tranquilidad y movilizado como todos los rusos en el momento de la agresión alemana en 1941-42. Es movilizado como simple soldado. Como es extremamente valiente, gana los galones de capitán en los campos de batalla y, durante una licencia encuentra en Moscú un viejo bibliotecario de otra generación cristiana que le regala un Nuevo Testamento.

Lee el Nuevo Testamento Queda deslumbrado. Encuentra a Jesús con inmenso fervor. Se entrega a Él con toda su alma y, de regreso al frente al que está obligado regresar, se propone naturalmente conformar su vida con el Encuentro que acaba de hacer con Cristo. Y en particular toma la decisión – en cuanto su grado se lo permita – de proteger a los civiles contra las brutalidades que podrían alcanzarlos, y en particular de proteger el honor de las mujeres.

El ejército en que está enrolado, pasa muy rápido de Rusia a Polonia, de Polonia a Alemania. Son los últimos días de la guerra. Los alemanes combaten furiosamente aunque saben que la partida está perdida, y, en el sector, la suerte de los hombres sigue incierta. Ahora tienen la ventaja los rusos, ahora los alemanes. Una mañana en que precisamente los rusos llevaban la ventaja, Koriakoff tuvo ocasión de salvar a dos jóvenes alemanas que iban a ser violadas.

 

La suerte de las armas cambió a favor de los alemanes en el curso del mismo día y Koriakoff cayó prisionero junto con su compañía. Fue recibido en el campo alemán por un capitán, oficial que tenía entonces el mismo grado que él, acompañado de un coronel alemán. El capitán alemán da a Koriakoff una bofetada monumental que le hizo caer los lentes, diciendo: “¡Usted es una de esas bestias soviéticas que ultrajan a las mujeres alemanas!”

Al mismo momento apareció una campesina alemana que señala a Koriakoff diciendo: “Ese hombre salvó esta mañana a mis dos hijas”. El desmentido es flagrante, formal, inmediato. Al oírlo, el coronel alemán que no se había movido ante el ultraje infligido al oficial soviético, se inclina, recoge los lentes de Koriakoff y se los devuelve respetuosamente.

Es un acontecimiento que me parece colosal porque, en ese gesto infinitesimal está el nacimiento del hombre. En el fondo, es claro que el coronel alemán no habría pensado un segundo antes que sería capaz, siendo alemán, de inclinarse delante de un eslavo, para él un subproducto de humanidad, ante un capitán, siendo él coronel, ante un cautivo, siendo él su vencedor, al menos por el momento.

Entonces, si hizo ese gesto, fue que los muros de separación se derrumbaron, fue que de repente se sintió solidario de ese hombre, reconoció en él al hombre, - al Hombre con mayúscula –, reconoció en él una dignidad, un valor común, un valor idéntico al que tenía en sí mismo, un valor que debía proteger en el otro como en sí mismo, un valor respecto del cual debía hacer ese gesto de reparación porque, justamente, el valor del otro y era el mismo que el suyo propio. Es imposible no ver en efecto que ese pequeño acontecimiento nos hace asistir al nacimiento del hombre y al nacimiento de Dios.

Otra experiencia – me doy prisa porque el reloj avanza – otra experiencia que ustedes conocen bien y que va en el mismo sentido, una experiencia admirable, una experiencia expresada en el lenguaje más perfecto, más profundo, más sencillo, más universal, más humano, es la de San Agustín.

San Agustín, ustedes lo sitúan: ven ese gran profesor, ven ese temperamento africano, ardiente, sensual. Ven ese hombre que devora libros, que ha leído todo, que es platónico después de haber sido maniqueo. Ven ese hombre que ha leído todos los libros. Ven ese hombre que busca la verdad, peroque es incapaz de dominar su sensualidad a pesar de la cercanía de su madre, a pesar de sus oraciones, a pesar de frecuentar al Obispo Ambrosio – y que, de repente se convierte, hace el encuentro esencial y nos dice bajo qué aspecto se realiza el encuentro.

Ustedes conocen esos versículos admirables, los saben de memoria: “Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva. Tarde te amé, y sin embargo Tú estabas dentro de mí: era yo el que estaba afuera y te buscaba corriendo tras las bellezas que Tú hiciste. Tú estabas conmigo. Pero yo no estaba contigo”. Estas palabras de Agustín resumen el itinerario que nos trazan las parábolas que acabo de recitar, estas palabras de Agustín nos hacen sensible el descubrimiento de Dios como Vida de nuestra vida.

Porque Agustín toma precisamente conciencia y expresa magníficamente que el encuentro con Dios es el encuentro consigo mismo, el primer encuentro consigo mismo, y de que justamente ahí él había sido extranjero para sí mismo, que nunca se había encontrado, que jamás había podido entrar en su alma porque no se entra en el alma como en un molino.

En la tragedia de Lady Macbeth, Shakespeare nos muestra esa mujer que es la ambición hecha mujer, que quiso ser reina y llegar a la cumbre del poder, empujando a su marido a asesinar al rey y a todos los que podían impedir su ascensión al trono, vemos esa mujer cuando finalmente sus crímenes se hicieron patentes y públicos – pues no se puede esconder una serie de crímenes, siempre algo se filtra – cuando ella descubre que ya nadie cree en su realeza, la realeza que debía ponerla en las nubes, hacer de ella la primera dama de Escocia, cuando se da cuenta de que los cortesanos ya no creen, que ya no encuentra sino desprecio y deseo de venganza en sus miradas, ¡ella también deja de creer!

Se desinfla y ¿qué puede hacer? Todo el mundo exterior, sobre el cual quiso construir su vida se le escapa, el mundo interior le es totalmente desconocido, no puede apoyarse en el mundo exterior que la abandona, no puede huir hacia el mundo interior en el cual no ha penetrado jamás, entonces, suspendida entre dos mundos que le son igualmente inaccesibles, ¡se vuelve loca y se mata!

¡Shakespeare expresó magníficamente la imposibilidad para el hombre de ir hasta sí mismo! La distancia de nosotros a nosotros mismos es infinita, y es imposible franquearla sino encontrando a Dios, lo que San Agustín llama la Belleza siempre antigua y siempre nueva.

Y justamente, el descubrimiento de San Agustín es que hasta ahora estaba afuera, extanjero a sí mismo, y que ahora estaba adentro, y había descubierto su alma, descubriéndose a sí mismo, pero como mirada hacia esa Presencia adorable que llamará más tarde "Vita vitarum”, la vida de nuestra vida. Descubre a Dios como Vida de su vida, descubre a Dios como más íntimo que lo más íntimo de sí mismo – y escribe esas palabras ardientes: “¡Viva estará mi vida en adelante, toda llena de Ti!” “¡Viva estará mi vida en adelante, toda llena de Ti!”.

A través de estas parábolas, a través de estas evocaciones, a través de los versos de San Agustín, es extremamente importante notar, tomar conciencia de que el encuentro del hombre consigo mismo y el encuentro del hombre con Dios es el mismo encuentro. Tiene lugar en el mismo momento, tiene la misma importancia, la misma profundidad. Estamos tan lejos de nosotros mismos como de Dios, y tan cerca de nosotros mismos como de Dios, según la etapa en que nos encontremos, pero cuando nos encontramos, es que hemos cambiado de yo : ya no es un yo que sufrimos, no es ya un yo posesivo, no es ya un yo que es prisión, ya no es un yo que es atolladero, no es ya un yo que invita a todos los deseos, no es un yo que se hace centro del universo, que quiere apoderarse de todo, es en adelante un yo que no es sino ofrenda, es un yo oblativo en que la libertad se ha hecho liberación, liberación de sí mismo frente a un Dios que se revela en lo más íntimo de nosotros como el Amor, el Amor que estaba esperando, el Amor que se ofrecía, el Amor que se proponía sin imponerse nunca.

Y justamente es esencial para nosotros en este itinerario, esencial frente a la crisis actual, que, siendo idénticos el encuentro consigo mismo y el encuentro con Dios, en la experiencia que Agustín expresa de manera tan perfecta, Dios no aparece como un dueño que limita, un dueño que opone, un dueño que ordena, un dueño que amenaza, un dueño que castiga, un dueño que es frontera, un dueño del que dependemos y hacia el cual tenemos que reconocer nuestra dependencia, en la experiencia de Agustín, como en las que evocaba yo a través de las parábolas, Dios aparece como Aquél en quien el hombre encuentra por fin su libertad.

Es imposible saber lo que significa la libertad si no hemos comprendido, quiero decir si no hemos experimentado que la libertad es la liberación de sí mismo. No se trata de hacer lo que uno quiera y de entregarse a todas las fantasías, la libertad no tiene sentido si no es liberación de sí mismo.

Y ¿cómo liberarse de sí mismo? ¿Qué puedo hacer yo de este ser que no escogí, que no creé yo mismo? Porque vine al mundo sin decidirlo y todo lo que soy es prefabricado. ¡En mí no hay nada de mí! ¿Cómo puedo yo no sufrir mi vida puesto que no soy su fuente? Sólo hay un medio, darla. Si la doy, si la cojo toda entera para hacer una ofrenda de amor, soy libre frente a mi existencia, circulo en ella como en un espacio de luz porque justamente he cortado toda adhesión al espíritu de posesión.

¿Y cómo dar mi vida? ¿Y a quién? ¡No puedo darla a los demás que son como yo, cautivos de su yo posesivo! Sólo puedo darlo a un amor que es libre de sí mismo, que es el Amor Infinito, que es más íntimo a mí mismo que lo más íntimo mío y que Agustín encuentra como la Belleza siempre antigua y siempre nueva, que está adentro cuando él estaba afuera.

Hay pues un punto de unión, una experiencia radical que podemos hacer a cada instante de la Presencia Divina que es también la presencia a nosotros mismos, es la misma. No siendo el hombre de sí mismo sino a través de Dios, Dios es el único camino hacia nosotros mismos. Dios es la Vida de nuestra vida y “viva, como dice Agustín, viva será mi vida en adelante toda llena de Ti”.

Continuará



[1] St. Augustin, “Confessions”, X xxviii, 39.

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