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3ª parte de la 3ª conferencia de M.Zundel
en el Mont des Cats en diciembre de 1971.
Retoma: “Existe finalmente otro conocimiento que
es un conocimiento interpersonal. Es el conocimiento que rige las relaciones
con nosotros mismos en cuanto que debemos asumir nuestra responsabilidad para
con nosotros mismos y con los demás, en cuanto que los consideramos y debemos
considerarlos como individuos responsables, es decir, precisamente, como seres
dotados de espíritu, que tienen una intimidad inviolable en la que no podemos
penetrar sin prohibirnos todo conocimiento auténtico”.
Continuación: “Y esto es particularmente importante:
el conocimiento interpersonal es un conocimiento que rige todas las relaciones
humanas y que es un conocimiento fundado sobre la reciprocidad, un conocimiento
fundado sobre la acogida del uno por el otro.
Una mujer casada desde hacía 40 años
confesaba que no se atrevía a rezar delante de su marido, que es un buen tipo
bastante burdo, pero no se sentía bastante íntima con él como para poder rezar.
Era por otra parte una mujer admirable, llena de tacto y de fineza. No quería
exponer su oración, que era lo más sagrado que tenía, a la sonrisa y las burlas
eventuales de su marido, es decir que él no la conocía de manera
suficientemente íntima como para entrar en las profundidades de su alma. Las
relaciones conyugales, las relaciones entre marido y mujer, las relaciones
entre padres e hijos, entre hijos y padres, entre amigos, en fin, todas las
relaciones propiamente humanas están bajo las órdenes de este conocimiento en
que conocemos en la medida en que amamos, en que conocemos en la medida en que
somos capaces de hacer el vacío para acoger al otro sin limitarlo.
Y este conocimiento es, claro está, el más
precioso de todos porque es el único que nos permite llegar a nuestra humanidad
y a la de los demás, el único que nos sitúa en el universo del espíritu, pero
una vez más, es un conocimiento de reciprocidad. Es pues un conocimiento en que
uno se intercambia, un conocimiento en que se puede progresar sólo mediante un
don cada vez más generoso de sí mismo.
Una mujer divorciada – por otra parte muy
calificada en su vida personal pues, no teniendo hijos ella misma, había
concedido el divorcio a su marido para legitimar un hijo que había tenido con
otra persona – me decía que encontrar a su marido en la calle no tenía para
ella más importancia que encontrar un barrendero o un agente de policía. Ya no
tenía la mínima vibración hacia el hombre con quien había vivido en la más
profunda intimidad. Ahora bien, el conocimiento interpersonal puede refluir,
puede borrarse, obliterarse, desaparecer, como también puede profundizarse
hasta un intercambio verdaderamente total.
Entonces, ¿en qué sector o a qué nivel está
nuestro conocimiento de Dios? ¿Es conocimiento pasional? No. ¿Es conocimiento
objetivo? No. ¿Es conocimiento interpersonal? Sí.
El P. Garrigú-Lagrange del que fui alumno
cuando estuve estudiando en Roma (1926), el P. Garrigú-Lagrange que era por otra
parte un santo y un ser de gran bondad, en cuya intimidad estaba yo bastante
enraizado como para salir con frecuencia a caminar juntos como viejos amigos,
el P. Garrigú-Lagrange que era entonces el gran teólogo del Angélico, nos daba
un curso sobre la predestinación.
Y el curso quería llevarnos a aceptar la
noción tomista de la predestinación física, y estaba centrado en la Causa Primera. Dios es la Causa Primera. Si
es la causa primera, absolutamente primera, no puede depender de nadie, no
puede recibir nada de nadie, no puede aprender de nadie, nadie lo puede
perturbar. Siendo el soberano bien, no puede amar nada sino en relación consigo
mismo, porque si amara en relación con algún otro dependería de ese otro. Entonces,
¿cómo conoce a sus elegidos? No puede conocerlos esperando ver qué
determinación van a tomar, porque si espera saber sus reacciones por el libre
uso de la gracia que se les ofrece, aprendería algo de ellos. Ya no sería la Causa Primera.
Entonces, conoce a sus elegidos porque
decide dar a algunos hombres una gracia intrínseca e infaliblemente eficaz que
dará infaliblemente sus frutos. Luego, todo parte de Él, de esa elección
totalmente independiente de los méritos de los hombres – y entonces los méritos
serán fruto precisamente de una gracia intrínseca e infaliblemente eficaz. Él
da a unos y no a otros. A los demás les da gracias simplemente suficientes que
por definición no son intrínseca e infaliblemente eficaces.
Por otra parte, ese Dios Causa Primera que
no tiene necesidad de nadie, ese Dios cuya felicidad es total suceda lo que
sucediere, ese Dios glorificado siempre, gana en todos los tableros: si me
condeno, glorifico Su Justicia; si soy elegido, glorifico Su Misericordia… pero
de todos modos eso le da absolutamente lo mismo ya que su felicidad es plena,
total, infinita, imperturbable.
Este sistema perfectamente riguroso, de
una lógica tan total, suscitó de parte de un cohermano del P. Garrigú, el P.
Marín Solá, profesor entonces en la Universidad de Friburgo, una pequeña cuestión muy
humilde que el P. Marín Solá había formulado así: “¿No podría un acto de
contrición imperfecta ser emitido con una gracia simplemente suficiente y o
intrínseca e infaliblemente eficaz?” Había planteado la cuestión con mucha humildad,
para abrir una pequeña brecha en el sistema, para dejar una partecita a la
iniciativa humana.
El P. Garrigú se puso furioso. Entró en
una ira santa. El P. Garrigú escribió contra el M. Marín Solá: “Eversio
thomismi!” “El derrumbamiento del tomismo”. Sí, el derrumbe del tomismo, el
derrumbe de la teología, el derrumbe del cristianismo, porque todo reposa
finalmente sobre la Causa Primera.
Y el P. Garrigú me decía: “¡Son ellos los que atacan! ¡Son ellos los que ponen
en duda la tradición tomista!” y finalmente la querella incendió toda la orden
dominicana, y el P. General arregló la cuestión retirando al P. Mari Sola su cátedra,
y mandándolo a las Filipinas donde murió…
¿Qué sistema es ése? Que no disminuye en
nada la santidad del P. Garrigú que era el consolador de las Carmelitas
afligidas, y que me decía: “¿Pero qué quiere? las pobres no pueden ponerse el
sombrero y salir a pasear ya que están detrás de la clausura. Hay que llevarles
de vez en cuando una palabra de amistad!” y lo hacía con inmensa generosidad.
Ahí tienen pues un caso, me parece, en que
se ve claro – y lo digo con toda la veneración que siento hacia el P. Garrigú –
en que se ve claramente un conocimiento que se pretende riguroso y que termina
por hacer de Dios un objeto, una causa primera, primera… luego… luego… luego…
luego… se puede deducir a priori una
serie ilimitada de conclusiones manejando silogismos que harán de Dios un
perfecto objeto. Es totalmente indiferente a lo que pueda sucedernos, ¡como
nosotros podemos ser totalmente indiferentes a lo que le pasa a Él, pues no le
pasa nada! Su felicidad está bien protegida, imperturbable, ¿qué importa entonces
que yo escoja el bien o el mal? Eso no le importa, yo no disminuyo su felicidad
si no lo amo. Tomo una mala decisión y me expongo a una suerte fatal. Pero eso
no le hace nada, pues Él gana en todos los tableros, y que de todos modos mi
condenación lo glorifica tanto como mi elección.
Si me permito citar este caso es ante todo
porque corresponde a una experiencia vivida. Tuve que adaptarme a cierta manera
de presentar a Dios en un discurso perfectamente coherente en virtud de una
lógica horizontal que termina por caer en el absurdo.
Es evidente que no se puede alinear una teología
de este tipo, que no retrocede ante ninguna consecuencia, después de haberse
encerrado en la causalidad primera: no podemos alinear esa teología con el
arrodillamiento de Nuestro Señor para el lavatorio de los pies. Si Nuestro
Señor está de rodillas en el lavatorio de los pies, es que Dios no es esa causa
primera, primera, primera, primera, primera, totalmente insensible a todo o que
no es ella misma, que crea un mundo que es totalmente indiferente para Él, y
que no puede absolutamente nada para ella y que, de todos modos, es manipulado
por ella sin ninguna consideracón por su interioridad ya que, si el mundo es
espíritu, si el hombre es espíritu, se concibe entonces en efecto que Jesús
esté de rodillas ante él para suscitar una respuesta que sea enteramente libre.
Es evidente, ¿verdad?, que si los hombres
estuvieran constantemente frente a un Dios que es el Dios de San Agustín el día
de su conversión, si los hombres estuvieran continuamente frente a un Dios que
es el espacio que se abre dentro de ellos, el espacio de luz y de amor que les
revela su libertad y la realiza, no habría que hacer valer ningún argumento
contra ese Dios – puesto que no les sería impuesto. Sería un Dios que los
invita a encontrarse, a descubrir el infinito que está en ellos, un Dios que
los llama, como los llamó efectivamente Nuestro Señor, a ser lo que es Él, no
para someterlos, no para limitarlos, sino para introducirlos en el corazón de
Su Propia Intimidad revelándoles su propia intimidad de ellos como Santuario de
Su Presencia.
Porque todas las catedrales no son nada junto
al santuario íntimo al que Jesús nos da entrada cuando nos revela a Dios como la Vida de nuestra vida, como
una fuente interior, que brota en nosotros y fluye hasta la Vida Eterna.
Es pues absolutamente cierto que vivimos en plena época equívoca y que la
inmensa crisis de la cristiandad reposa sobre una visión ambigua de Dios.
(Continuará)