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26 09 08. La inmensa crisis de la cristiandad reposa sobre una visión ambigua de Dios.

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3ª parte de la 3ª conferencia de M.Zundel en el Mont des Cats en diciembre de 1971.

 

Retoma: “Existe finalmente otro conocimiento que es un conocimiento interpersonal. Es el conocimiento que rige las relaciones con nosotros mismos en cuanto que debemos asumir nuestra responsabilidad para con nosotros mismos y con los demás, en cuanto que los consideramos y debemos considerarlos como individuos responsables, es decir, precisamente, como seres dotados de espíritu, que tienen una intimidad inviolable en la que no podemos penetrar sin prohibirnos todo conocimiento auténtico”.

Continuación: “Y esto es particularmente importante: el conocimiento interpersonal es un conocimiento que rige todas las relaciones humanas y que es un conocimiento fundado sobre la reciprocidad, un conocimiento fundado sobre la acogida del uno por el otro.

Una mujer casada desde hacía 40 años confesaba que no se atrevía a rezar delante de su marido, que es un buen tipo bastante burdo, pero no se sentía bastante íntima con él como para poder rezar. Era por otra parte una mujer admirable, llena de tacto y de fineza. No quería exponer su oración, que era lo más sagrado que tenía, a la sonrisa y las burlas eventuales de su marido, es decir que él no la conocía de manera suficientemente íntima como para entrar en las profundidades de su alma. Las relaciones conyugales, las relaciones entre marido y mujer, las relaciones entre padres e hijos, entre hijos y padres, entre amigos, en fin, todas las relaciones propiamente humanas están bajo las órdenes de este conocimiento en que conocemos en la medida en que amamos, en que conocemos en la medida en que somos capaces de hacer el vacío para acoger al otro sin limitarlo.

Y este conocimiento es, claro está, el más precioso de todos porque es el único que nos permite llegar a nuestra humanidad y a la de los demás, el único que nos sitúa en el universo del espíritu, pero una vez más, es un conocimiento de reciprocidad. Es pues un conocimiento en que uno se intercambia, un conocimiento en que se puede progresar sólo mediante un don cada vez más generoso de sí mismo.

Una mujer divorciada – por otra parte muy calificada en su vida personal pues, no teniendo hijos ella misma, había concedido el divorcio a su marido para legitimar un hijo que había tenido con otra persona – me decía que encontrar a su marido en la calle no tenía para ella más importancia que encontrar un barrendero o un agente de policía. Ya no tenía la mínima vibración hacia el hombre con quien había vivido en la más profunda intimidad. Ahora bien, el conocimiento interpersonal puede refluir, puede borrarse, obliterarse, desaparecer, como también puede profundizarse hasta un intercambio verdaderamente total.

Entonces, ¿en qué sector o a qué nivel está nuestro conocimiento de Dios? ¿Es conocimiento pasional? No. ¿Es conocimiento objetivo? No. ¿Es conocimiento interpersonal? Sí.

El P. Garrigú-Lagrange del que fui alumno cuando estuve estudiando en Roma (1926), el P. Garrigú-Lagrange que era por otra parte un santo y un ser de gran bondad, en cuya intimidad estaba yo bastante enraizado como para salir con frecuencia a caminar juntos como viejos amigos, el P. Garrigú-Lagrange que era entonces el gran teólogo del Angélico, nos daba un curso sobre la predestinación.

Y el curso quería llevarnos a aceptar la noción tomista de la predestinación física, y estaba centrado en la Causa Primera. Dios es la Causa Primera. Si es la causa primera, absolutamente primera, no puede depender de nadie, no puede recibir nada de nadie, no puede aprender de nadie, nadie lo puede perturbar. Siendo el soberano bien, no puede amar nada sino en relación consigo mismo, porque si amara en relación con algún otro dependería de ese otro. Entonces, ¿cómo conoce a sus elegidos? No puede conocerlos esperando ver qué determinación van a tomar, porque si espera saber sus reacciones por el libre uso de la gracia que se les ofrece, aprendería algo de ellos. Ya no sería la Causa Primera.

Entonces, conoce a sus elegidos porque decide dar a algunos hombres una gracia intrínseca e infaliblemente eficaz que dará infaliblemente sus frutos. Luego, todo parte de Él, de esa elección totalmente independiente de los méritos de los hombres – y entonces los méritos serán fruto precisamente de una gracia intrínseca e infaliblemente eficaz. Él da a unos y no a otros. A los demás les da gracias simplemente suficientes que por definición no son intrínseca e infaliblemente eficaces.

Por otra parte, ese Dios Causa Primera que no tiene necesidad de nadie, ese Dios cuya felicidad es total suceda lo que sucediere, ese Dios glorificado siempre, gana en todos los tableros: si me condeno, glorifico Su Justicia; si soy elegido, glorifico Su Misericordia… pero de todos modos eso le da absolutamente lo mismo ya que su felicidad es plena, total, infinita, imperturbable.

Este sistema perfectamente riguroso, de una lógica tan total, suscitó de parte de un cohermano del P. Garrigú, el P. Marín Solá, profesor entonces en la Universidad de Friburgo, una pequeña cuestión muy humilde que el P. Marín Solá había formulado así: “¿No podría un acto de contrición imperfecta ser emitido con una gracia simplemente suficiente y o intrínseca e infaliblemente eficaz?” Había planteado la cuestión con mucha humildad, para abrir una pequeña brecha en el sistema, para dejar una partecita a la iniciativa humana.

El P. Garrigú se puso furioso. Entró en una ira santa. El P. Garrigú escribió contra el M. Marín Solá: “Eversio thomismi!” “El derrumbamiento del tomismo”. Sí, el derrumbe del tomismo, el derrumbe de la teología, el derrumbe del cristianismo, porque todo reposa finalmente sobre la Causa Primera. Y el P. Garrigú me decía: “¡Son ellos los que atacan! ¡Son ellos los que ponen en duda la tradición tomista!” y finalmente la querella incendió toda la orden dominicana, y el P. General arregló la cuestión retirando al P. Mari Sola su cátedra, y mandándolo a las Filipinas donde murió…

¿Qué sistema es ése? Que no disminuye en nada la santidad del P. Garrigú que era el consolador de las Carmelitas afligidas, y que me decía: “¿Pero qué quiere? las pobres no pueden ponerse el sombrero y salir a pasear ya que están detrás de la clausura. Hay que llevarles de vez en cuando una palabra de amistad!” y lo hacía con inmensa generosidad.

Ahí tienen pues un caso, me parece, en que se ve claro – y lo digo con toda la veneración que siento hacia el P. Garrigú – en que se ve claramente un conocimiento que se pretende riguroso y que termina por hacer de Dios un objeto, una causa primera, primera… luego… luego… luego… luego… se puede deducir a priori una serie ilimitada de conclusiones manejando silogismos que harán de Dios un perfecto objeto. Es totalmente indiferente a lo que pueda sucedernos, ¡como nosotros podemos ser totalmente indiferentes a lo que le pasa a Él, pues no le pasa nada! Su felicidad está bien protegida, imperturbable, ¿qué importa entonces que yo escoja el bien o el mal? Eso no le importa, yo no disminuyo su felicidad si no lo amo. Tomo una mala decisión y me expongo a una suerte fatal. Pero eso no le hace nada, pues Él gana en todos los tableros, y que de todos modos mi condenación lo glorifica tanto como mi elección.

Si me permito citar este caso es ante todo porque corresponde a una experiencia vivida. Tuve que adaptarme a cierta manera de presentar a Dios en un discurso perfectamente coherente en virtud de una lógica horizontal que termina por caer en el absurdo.

Es evidente que no se puede alinear una teología de este tipo, que no retrocede ante ninguna consecuencia, después de haberse encerrado en la causalidad primera: no podemos alinear esa teología con el arrodillamiento de Nuestro Señor para el lavatorio de los pies. Si Nuestro Señor está de rodillas en el lavatorio de los pies, es que Dios no es esa causa primera, primera, primera, primera, primera, totalmente insensible a todo o que no es ella misma, que crea un mundo que es totalmente indiferente para Él, y que no puede absolutamente nada para ella y que, de todos modos, es manipulado por ella sin ninguna consideracón por su interioridad ya que, si el mundo es espíritu, si el hombre es espíritu, se concibe entonces en efecto que Jesús esté de rodillas ante él para suscitar una respuesta que sea enteramente libre.

Es evidente, ¿verdad?, que si los hombres estuvieran constantemente frente a un Dios que es el Dios de San Agustín el día de su conversión, si los hombres estuvieran continuamente frente a un Dios que es el espacio que se abre dentro de ellos, el espacio de luz y de amor que les revela su libertad y la realiza, no habría que hacer valer ningún argumento contra ese Dios – puesto que no les sería impuesto. Sería un Dios que los invita a encontrarse, a descubrir el infinito que está en ellos, un Dios que los llama, como los llamó efectivamente Nuestro Señor, a ser lo que es Él, no para someterlos, no para limitarlos, sino para introducirlos en el corazón de Su Propia Intimidad revelándoles su propia intimidad de ellos como Santuario de Su Presencia.

Porque todas las catedrales no son nada junto al santuario íntimo al que Jesús nos da entrada cuando nos revela a Dios como la Vida de nuestra vida, como una fuente interior, que brota en nosotros y fluye hasta la Vida Eterna.

Es pues absolutamente cierto que vivimos en plena época equívoca y que la inmensa crisis de la cristiandad reposa sobre una visión ambigua de Dios.

(Continuará)

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