3ª parte de la 2ª conferencia del Mont des Cats
en diciembre de 1971
El conocimiento de Dios es un conocimiento
nupcial, un conocimiento interpersonal, en que es imposible conocer sin
transformarse, en que se conoce tanto más cuanto más profunda y mayor es la
transformación.
Retoma: "Es pues absolutamente cierto que vivimos en pleno equívoco y que la inmensa crisis de la cristiandad reposa
sobre una visión ambigua de Dios ».
Continuación: “La noción corriente de Dios es
precisamente una mezcla de filosofía de la causa primera, filosofía discutible.
Por otra parte, vemos bien por ejemplo, en
los libros, admirables y profundos de Claude Tresmontant, cómo se plantea
hoy el problema de la existencia de Dios. Vemos bien por su argumentación tan
sabia y profunda, que el mundo es contingente, vemos bien que hay en el
universo, en las bases del universo una inteligencia prodigiosa, pero ¿es buena
o mala esa inteligencia?
Porque, finalmente, existe el mal, hay
catástrofes, convulsiones terrestres, hay terremotos, maremotos, enfermedades
contagiosas, microbios que devoran el cerebro de un genio, existe ese dolor
inmenso, ese río de lágrimas y sangre
que arrastra toda la historia.
Si se quiere argumentar simplemente a partir de
un principio abstracto, se arriesga siempre omitir uno de los aspectos
fundamentales del problema humano.
La noción corriente de Dios es una amalgama de filosofía
imperfecta y parcial, una mezcla de Antiguo Testamento mal digerido en que Dios
aparece como el Dios de un pueblo, el Dios de una nación, el Dios que despoja
las demás naciones en favor de un pueblo elegido, por lo mismo, un Dios limitado,
un Dios forzosamente exterior en
el conjunto de los textos, ya que el
Dios de una colectividad no puede ser un Dios interior, un Dios que es un
secreto de amor, un Dios que tiene relaciones nupciales con cada uno! Es, en
fin, una mezcla de Nuevo Testamento mal asimilado ya que sus elementos no
llegan a corresponder unos con otros.
Existe pues la noción corriente de Dios que es
una amalgama que habría primero que analizar para llegar a una experiencia espiritual
universal que sería para cada uno el descubrimiento deslumbrante de una
Presencia de Amor interior en nosotros.
Ustedes saben muy bien que en teología se
puede, que los doctores pueden hablar
de Dios sin ninguna experiencia personal de Él. Con cierta ductilidad, con
cierta flexibilidad de inteligencia, uno puede jugar con conceptos, uno puede
ir hasta el final de las consecuencias que se pueden sacar una vez que se ha
puesto el principio de que Dios es la causa primera y de que es totalmente
independiente de todo lo que no es Él; se pueden sacar consecuencias a pérdida
de vista, hasta el absurdo, y presentar todo eso en un trabajo sabio en que no
falta ninguna nota ni ningún índice analítico, ¿y entonces?
El hombre, el sacerdote que habrá sido iniciado
en esa teología de objeto, que habrá visto a Dios como un teorema, como objeto
de examen, donde lo sobrenatural es sobreentendido mucho más que enunciado, el
día en que esté en crisis, cuando se haya cansado de los gestos que han perdido
su novedad, cuando por otra parte esté rodeado por la especie de confianza que
se da espontáneamente al sacerdote, cuando sea alabado, exaltado, por mujeres
que lo admiran y lo aman, ¿cómo podrá resistir si Dios no ha sido para él una
pasión devoradora, si Dios no es para él un descubrimiento inagotable, si Dios
no es para él el gran secreto de amor, si no ha entrado en el matrimonio de
amor de que habla San Pablo a los corintios: “Os he desposado con un Esposo
único a fin de presentaros a Cristo como una virgen pura”?
Hemos visto partir tantos cohermanos, casarse,
escribirnos cartas para explicar su matrimonio. Siempre el mismo tono, siempre la
voluntad de ser los profetas del mañana, siempre recriminando contra una
incomprensión de la Iglesia,
contra los errores del Papa que se obstina en mantener una disciplina desueta.
Todo eso lo sabemos y sólo podemos decir una
cosa, y es que no han encontrado a Dios.
Lo han conocido como objeto, no lo han conocido como Amor. ¡No lo han
conocido como libertad y como
liberación! Si no, habrían comprendido que su castidad, su pobreza, su
obediencia eventualmente, eran caminos de liberación, para hacer de sí mismos
un valor infinito, para ser con Dios creadores de un mundo nuevo del que cada
uno a su manera es el centro en el don total de sí mismo, único que puede
cerrar el anillo de las bodas eternas.
No hay pues duda de que de que la cuestión
actual es “¿de qué Dios hablamos? ¿Y a
qué hombre?” (1)
Tenemos que descubrir a Dios, el Dios que se revela en Jesucristo. Tenemos que descubrir el Dios que muere de amor, tenemos que
descubrir el Dios que está de rodillas en el lavatorio de los pies, tenemos que
descubrir el Dios que nos está confiado
y que ha puesto Su vida en nuestras manos. Ese es el descubrimiento esencial,
dado justamente que el conocimiento de Dios se sitúa en un universo interpersonal.
El conocimiento de Dios no es conocimiento de
un objeto que podemos poner delante de nosotros. Dios no puede ser puesto
sino dentro de nosotros, como todo amor. Cuando una pareja se compromete en matrimonio, al comienzo no ha nada.
Parten de cero y en el compromiso que toman uno con el otro, toman el compromiso
de crear un universo que no existe todavía, el universo de su amor, y ese amor
tendrán que descubrirlo cada día, profundizarlo, purificarlo. Cada día deberán
crecer para tener un don más perfecto que comunicarse, un don que hará brotar
el amor con más entera libertad. ¡Si no lo hacen, es a su costo y riesgo! el
amor se va a marchitar, a limitarse, se hará pronto una prisión y finalmente
será como un infierno, porque el conocimiento de una persona, el
conocimiento de un ser humano como tal, es un conocimiento de reciprocidad en
que conocemos en la medida en que damos, en la medida en que amamos.
Y justamente el conocimiento de Dios es un conocimiento que crece en la medida en
que amamos, se restringe y se carga de sombras cuando dejamos de amar,
desaparece totalmente cuando ya no se ama. Nuestro Señor, en el encuentro con
Nicodemo que viene a su encuentro por la noche para informarse de las
condiciones del Reino de Dios, Nuestro Señor trata justamente con un teólogo,
alguien dedicado a las Escrituras, que las conoce de memoria, que ha pasado su
tiempo comentándolas. Le hace cumplimientos por sus milagros y Nuestro señor
corta sus cumplimientos de dos diciendo: “Nadie puede ver el reino de Dios sin
nacer de nuevo”.
Por lo cual, el conocimiento al que Jesús
quiere llevarnos es un nuevo nacimiento, es una transformación de nosotros
mismos. Se necesita una transformación
personal para conocer a Dios.
La revelación no es justamente un teléfono celestial que difunde noticias de la
oficina de informaciones del cielo, que nos daría emisiones regulares.
El conocimiento de Dios es un conocimiento
nupcial, un conocimiento interpersonal en que es imposible conocer sin
transformarse, en que se conoce tanto mejor cuanto más profunda sea la
transformación”.
(Continuará)
Nota (1). Aquí esta mos en el centro de la mística zundeliana. Es capital, es lo
esencial de lo que Zundel dirá en el retiro del Vaticano al cual se le ha dado
justamente ese título. Es esencial porque todos los hombres comienzan
necesariamente por concebir a Dios como exterior a ellos y corren el riesgo,
inclusive en el cristianismo, de quedarse ahí. Jesucristo se hace hombre
justamente para darnos, a partir de esa primera representación, la capacidad de
llegar a la de un Dios “puro interior”, la de Dios puro espíritu, como dirá a
la samaritana.
Es seguro que un cristianismo mal presentado
sigue anclando en la mente humana un Dios exterior al hombre, ahora y en todo
tiempo. Las palabras de esta conferencia, dichas y repetidas con frecuencia,
con todas las consecuencias que conllevan en cuanto a la manera de vivir la fe,
han al parecer penetrado muy poco nuestras mentes. La Eucaristía mal
asimilada arriesga confirmarnos en ese anclaje.