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Zundel

28/ 09 08. El verdadero problema, el único problema definitivo y central.

Final de la 2ª conferencia de M. Zundel en el Mont des Cats, en diciembre de 1971.

 

El conocimiento de Dios es un conocimiento nupcial, un conocimiento interpersonal en que es imposible conocer sin transformarse, en que se conoce tanto mejor cuanto más profunda sea la transformación”.

Se ha aplicado finalmente al conocimiento de Dios lo que no soportaríamos que se aplicara al conocimiento del hombre. Cuando se habla del hombre como de un objeto, se siente ofendido. Cuando se lo reduce al estado de objeto (1), protesta con razón. Es lo que causa la rebelión del esclavo, es lo que siente en el hecho de ser tratado como instrumento, una rebelión que es la primera revelación de su dignidad. Siente que no puede ser instrumento, que no pude reconocer como suyo sino un acto decidido por él, que es fruto maduro de su libertad.

Claro está que no es capaz de definir la libertad, pero siente fuertemente que es inaceptable que lo traten como instrumento. Si un hombre no acepta que lo traten como objeto… Malraux dice muy justamente en sus “Anti-memorias” que lo más horrible que existe en los campos de concentración de todas las regiones del mundo, no era tanto las privaciones materiales sino el hecho de que sistemáticamente todo estaba ordenado hacia el desprecio del hombre. Se quería poner al hombre fuera de combate, lo querían pisotear en su dignidad para hastiarlo de sí mismo, como ese pobre misionero chino, o mejor, en China, que sufrió un lavado de cerebro con los pies encadenados, con las manos esposadas atrás, y que sólo podía comer lamiendo sus comidas como un perro y que, puesto que se le caía, lo obligaban a echarse al suelo para recoger sus alimentos del suelo con la lengua…

En esas situaciones voluntarias, es decir impuestas voluntariamente a un hombre, hay una voluntad de deshonrarlo y de arrancarle su dignidad a sus propios ojos.

¿Y no hemos hecho finalmente de dios un objeto, es decir un ser exterior al hombre, un ser del que podemos disertar y discutir sin tener relaciones personales con Él, cuando ya en las relaciones humanas no podemos llegar al otro sino arrodillándonos con respeto?

Y eso es precisamente lo que hay que establecer. El verdadero problema, que no se trata jamás, el único problema definitivo y central, cuya solución es imperiosa y sin la cual no se logrará sino aumentar los equívocos, es: “¿De qué Dios hablamos?”

Si es verdad que nuestro Dios es la respiración de la libertad, si es verdad que nuestro Dios es un espacio infinito dentro de nosotros, si es verdad que nuestro Dios se propone siempre sin jamás imponerse, si es verdad que estuvo esperando a Agustín hasta 33 años, estando siempre presente, (era Agustín el que no estaba presente y por lo mismo no podía reconocer el don de Dios) entonces todo cambia, todo queda cambiado… El mundo volverá a encontrar a Dios cuando vuelva a encontrar al hombre, ya que es finalmente lo mismo encontrar al hombre y encontrar a Dios porque sólo se puede encontrar al hombre en la región del silencio donde se reconoce al hombre como santuario de Dios. ¿Qué seríamos? ¿Qué sería el hombre, con sus vísceras y sus tripas, qué sería con su sexo y toda su fisiología si no fuera el portador de la Presencia Adorable que nos está confiada y que nos está esperando a cada uno como el mayor secreto de amor que pueda ser confiado a un corazón humano?

No cabe duda que, cuando nuestros contemporáneos y los hombres de Iglesia hayan clarificado este problema, no cabe duda que cuando se haya vuelto a promulgar el Evangelio de la samaritana, no cabe duda de que los hombres ya no se sentirán heridos y comprenderán que Dios no es u límite ni una amenaza, una dependencia en contradicción con su autonomía, sino al contrario, el único camino hacia ellos mismos, el único camino hacia ellos mismos…

 

Nota (1). Perdonen la comparación burda. Supongamos que le preguntan a un marido si conoce bien a su mujer y que responde: La conozco muy bien, pesa 80 kg, mide 1.70, tiene talla 110. Evidentemente, si eso responde justamente en cierto modo a la pregunta hecha, en realidad no responde en modo alguno, y sería injurioso para la mujer. El conocimiento que muchos tienen de Dios puede ser del mismo orden si sólo tenemos de Él un conocimiento externo.

Dios no tiene exterioridad ni puede tenerla, es puro interior. No tiene verdadera existencia al exterior del hombre y eligió desde toda eternidad a cada uno de nosotros, mucho antes de la creación del mundo,  como dice San Pablo expresamente. Podemos ir hasta afirmar que no hay un solo instante de la eternidad divina (y no hay en realidad sino uno) del que el hombre, cada uno de nosotros, esté ausente.

Por eso la Redención, extremamente costosa para Él, en la que se compromete, y hace parte del instante único de la eternidad divina trinitaria, trata infinitamente más de El que de nosotros.

Por eso el pensamiento de ver toda la historia de la creación y redención del hombre al interior del misterio de la Trinidad, llegando el hombre a ser operador de lo que se hace y realiza en ella eternamente, y hace que Dios sea Dios, y sea el Dios Trino. Dios puede parecernos entonces infinitamente más cercano e íntimo de lo que podemos imaginar, “más íntimo a mí que lo más íntimo mío”.

“La Vida eterna es que te conozcan a Ti, Padre, y al que Tú enviaste”. Conocer puede tomar aquí el sentido más fuerte y significar “nacer con”, “hacer nacer con”.

 

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