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Retoma: “La verdad de la
Palabra de Dios es
la verdad de una relación entre Dios y nosotros. Lo van a comprender con un
ejemplo vivido que es extraordinariamente impresionante.
Continuación: “Había en los Alpes un cazador
furtivo, un hombre de saco y cuerda, armado de fusil, que no hesitaba además en
utilizarlo contra el que pudiera oponerse a sus operaciones. Aunque era cristiano
por nacimiento, este hombre tenía siempre la blasfemia en la boca, y estaba
completamente desligado de toda religión.
Un día en la montaña, a 4000 metros, encontró
un pedazo de papel, lo cual es cosa rara en esos lugares. Tuvo la curiosidad de
recogerlo, y leyó sobre ese pedazo de papel: “Perpetuo Socorro”. Se preguntó:
“¿Qué quiere decir Perpetuo Socorro?” ¿Puede existir eso? ¡Es absolutamente
imposible! Sigue leyendo y ve: “Novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro” y
movido por un instinto espiritual que es una primera gracia considerable,
decide hacer la novena.
Hace pues la novena a la Virgen del Perpetuo Socorro
y al final de la novena toma conciencia de su vida criminal. De repente le
aparecen sus faltas como capitales, mortales, está convencido de su
condenación. Entra en una fase de terror pensando que no hay salvación posible
para él, pues de repente toma conciencia de la enormidad de sus crímenes.
Recomienza la novena y, al final de la segunda
novena tiene el sentimiento de que quizás con miles de años de purgatorio podrá
escapar. Vuelve a comenzar la novena por tercera vez y comienza a creer en el
perdón divino. Vuelve a comenzarla por cuarta vez, y así hasta hacerla siete
veces. Hace pues siete veces la novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y
a cada etapa el sentimiento de la
situación se interioriza. Ve cada vez más su relación con Dios no como una
relación de juez a culpable sino como una relación de hijo con su padre, de
padre a hijo, y al final, cuando termina la séptima novena está tan ardiente en
el amor de Dios, tan desligado de sí mismo, se mira tan poco, está tan ardiente
de amor por Dios que cuando viene a confesarse el confesor conmovido por su
fervor, le pregunta cuál es la fuente de su conocimiento de Dios y él le cuenta
esta historia cuya autenticidad puedo garantizarles.
Ahí tiene pues un proceso realizado
efectivamente por un hombre que vivió todos los niveles de relaciones posibles
del hombre con Dios: relaciones externas
primero, en que siente un Dios que está muy afuera de él, un Dios que está
por encima, un Dios que amenaza, un Dios que va a juzgarlo y condenarlo,
justamente además, hasta comprender que el
infierno es él mismo en su exterioridad respecto a Dios, que es él quien
manda a Dios al infierno, que es él quien crucifica a Dios, y que Dios lo ama
hasta morir por él, y siempre será así por toda la eternidad.
Y finalmente ya no se trata de su salvación
sino del consentimiento de amor nupcial, del
consentimiento al Amor de Dios que finalmente le fue revelado como un don
sin retorno infinitamente gratuito en que Dios aparece como víctima del mal y
no como el que castiga.
En esta experiencia vemos justamente que la
verdad de las relaciones con Dios es precisamente una verdad de relaciones, lo
que corresponde a una situación totalmente real. El sentimiento de estar
condenado, el sentimiento de poder
recibir un castigo infinito en la medida en que soy exterior a mí mismo y a
Dios, no puedo concebir a Dios sino bajo el aspecto de exterioridad.
A medida que descubro el Bien, no es la
conformidad con una ley y la obediencia a un mandamiento sino se trata de Alguien, Alguien a amar, Alguien que es el Amor, mi relación con el Bien se
interioriza y me doy cuenta de que el Bien que es Alguien va a ser víctima
de mis rechazos de amores, que voy a inhibir su Presencia dentro de mis
límites, que voy a interceptar el rayo de Su Luz y de que, finalmente, es Él el
que va a ser víctima de mí. Hay pues un
cambio de perspectivas realizado a medida que mis relaciones se interiorizan.
Y esto es capital para concebir la evolución de
la Revelación :
es evidente que la
Revelación del Antiguo Testamento responde en general a lo
que San Pablo dice en la
Epístola a los gálatas, es decir, que la Ley fue nuestro pedagogo, fue
un medio para encaminarnos hacia la realidad de Cristo, pero que ahora ya no
estamos bajo el pedagogo, que ya hemos llegado al la edad adulta y que en
Jesucristo somos libres de la Ley,
lo cual no quiere decir que la Ley
no fue necesaria en un momento dado: ella corresponde a una situación,
reflejaba exactamente las relaciones del hombre con Dios y era imposible que
las relaciones se expresaran de otra manera que a través de la Ley.
Naturalmente hay una progresión: los Profetas
profundizaron la visión pero finalmente ninguno llegó a la plenitud de Cristo,
si no, Cristo habría sido perfectamente inútil. Si la Revelación culmina en
Cristo, si la Revelación
definitiva es insuperable, es que en
Jesús la humanidad es absolutamente perfecta, totalmente transparente,
absolutamente despojada de sí misma, no es sino el sacramento que subsiste
en Dios y que comunica en su plenitud la Presencia de Dios en persona. Pero en el capítulo
17 de Jeremías tienen una oración en que pide la destrucción de los enemigos.
Corresponde a una experiencia humana: el hombre acorralado, perseguido
injustamente, es natural que pida a Dios en esa situación que el mal que le van
a hacer se vuelva contra sus enemigos.
Evidentemente eso es muy inferior a la oración
de Nuestro Señor en la Cruz
pidiendo, al contrario, el perdón para sus enemigos, “porque no saben lo que
hacen”.
No hay pues que poner la Palabra de Dios en el
mismo nivel según las etapas diferentes de la Revelación. Por
otra parte, puesto que en ciertos momentos, la
Palabra de Dios
corresponde a la verdad de una relación, ella debe necesariamente ser superada cuando se compara la situación con
la provocada por la venida de Jesucristo que nos introduce en el centro de la Intimidad Divina
y que instituye entre Dios y nosotros relaciones esencialmente personales.
(Continuará)