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Zundel

October 2008 - Posts

  • 26 10 08. La verdad es una persona.

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    Reflexiones de P. Debains

    Deberíamos detenernos ciertamente más en este aspecto, es más que un aspecto, de la verdad. La verdad es Alguien, la verdad es una persona, la verdad es Jesucristo, el cual se identifica con ella cuando dice: “Yo soy la verdad”.

    ¿Qué quiere decir eso? Primero, que no se puede poseer la verdad y que sería un inmenso error, infinitamente perjudicial, seguir pensando como se ha hecho en la Iglesia, que ella tiene la verdad. A Zundel le gustaba decir y repetir que “la verdad, como todo bien del espíritu es imposeíble”.

    La verdad es una persona, eso quiere decir que está toda marcada de misterio, como toda persona, y que jamás habremos terminado de tratar de conocerla, aún en la eternidad, aún el paraíso la búsqueda continua, la perfecta orientación permanente hacia ella constituirá nuestra felicidad en la eternidad.

    Jesucristo vivirá en nosotros, identificándose a cada uno de nosotros en la Iglesia, y nosotros no tendremos otra felicidad sino la de buscar siempre a conocerlo mejor: “¡la verdad es que te conozcan a ti, y al que tú enviaste!” dice Jesús en la oración al Padre al final del discurso después de la Cena.

    Y eso se aplica a todo, tanto a la investigación científica como a la búsqueda del Señor, recordando las palabras de San Agustín: “No me hubieras buscado si no me hubieras ya encontrado”. Todo hombre tiene una aptitud para descubrir un aspecto de ella.

    Es pues necesario añadir que encontraremos la verdad, y seguiremos buscándola eternamente, en cada uno de los elegidos ya que si son vivos y elegidos es porque Jesús habita en ellos. Jesús vive en cada uno de manera siempre diferente y distinta, según la personalidad de cada uno.

    Todas las palabras de San Pablo deben encontrar aquí su sentido pleno: “¡Para mí, vivir es Cristo!” e igualmente las de San Agustín: “Viva será mi vida en adelante toda llena de ti”.

    Y toda la vida debe consistir en adelante a tender hacia el Señor, con todas las fuerzas de nuestra persona y según la personalidad de cada uno, con perseverancia, inclusive con encarnizamiento, nos diría Sor Emmanuel, y no sólo ella.

    Entonces, aunque sin ningún título para ello, podemos plantearnos la cuestión de los monasterios en la actualidad. Aunque deseemos que se multipliquen, podemos desear, como ya lo hemos hecho, que en un futuro más o menos cercano, surjan nuevos monasterios… zundelianos, con una insistencia particular en el silencio y en las condiciones necesarias para que se viva, y también en toda la vida, alternando entre largos momentos de silencio absoluto si posible, y el envío por el mundo entero: no se puede hablar realmente de Jesucristo sino después de esos largos tiempos de silencio. ¡Entonces uno tiene algo que decir! Entonces ya no puede uno seguir hablando sino en silencio, en un silencio continuado porque se lo ha vivido largamente hasta que sea como si hiciera parte de nuestro ser, todo lleno de Jesucristo en su identificación cada vez más real con cada uno de nosotros. “Tibi silentium laus!”.

    Viviendo así no haremos sino imitar el modo de apostolado de los apóstoles mientras caminaban con Jesús durante tres años. Es significativo que Jesús no se contenta con enseñarles, seguramente con largos momentos de silencio, sino que, casi desde el comienzo, los envía de dos en dos en misión, cuando apenas están formados, ¡y esa primera misión va acompañada de signos!

    Leíamos ayer: “Nunca hemos tomado el tiempo de escuchar para descubrir lo esencial y para conspirar, quiero decir, para concurrir con todas las fuerzas de nuestro ser, al brillo de la presencia única”.

    Si nos colocamos al nivel de los sabios, recordaremos que Einstein decía al final de su vida que no había descubierto sino una ínfima parte de la verdad, ya que la proporción entre sus descubrimientos y la verdad era la de una piedrita en la playa comparada con la extensión infinita de las playas de la tierra. Si se trata de descubrir a Jesucristo, eso no puede sino ser más verdadero todavía: necesitaremos la eternidad entera, y no bastará siquiera, para descubrir enteramente la originalidad y la verdad de Su Persona. Jamás habremos terminado ese descubrimiento. Y no lo percibiremos sino como miembro de la Iglesia, relacionado con la humanidad entera.

    El hombre comienza siempre por vivir el deseo de posesión, de propiedad... Jesucristo quiere enseñarnos la desapropiación...

  • 26 10 08. El silencio monástico.

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    Final de la 11a conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

    Naturalmente es deseable que la vida monástica rebase la ambigüedad que no ceso de señalar, que la vida monástica se articule sobre la Trinidad, que entre a fondo en el despojamiento, en la pobreza divina, y que considere en efecto a Dios como el modelo, como la fuente de nuestra libertad, en una liberación que brilla en el corazón mismo de las tres divinas Personas. Pero, de todos modos, si la liberación es vivida, esta enseñanza será dada en forma de vida y eso es lo esencial.

    Naturalmente el silencio sólo podrá ser el silencio del monasterio si cada monje lo lleva en sí, si cada monje lo vive como su tesoro, si cada uno vuelve a él como a su bien más precioso, si cada uno se alimenta del silencio eucarístico, “el misterio de clamor en el silencio de Dios”, como decía Ignacio de Antioquia para expresar el misterio del Verbo Encarnado (Ep.19/1).

    Por otra pare, el silencio sólo será vivido profundamente si el monasterio vive también en un orden perfecto, en rigurosa obediencia, obediencia que significa precisamente la aceptación de la misión apostólica. Porque en la vida monástica la obediencia no es finalmente otra cosa que el envío, el envío dado a cada uno por Cristo, porque toda la vida monástica es apostólica, por ser toda entera enviada, necesita también a cada instante la misión de Cristo porque no se puede anunciar, como dice San Pablo a los Romanos, no se puede predicar si no se es enviado, y la misión apostólica supone entonces la misión dada por Cristo, y en la vida monástica como en la vida cristiana, si es auténticamente vivida, la obediencia es la misión de Jesucristo.

    San Benito en la Regla, ustedes lo recuerdan ya que la conocen de memoria, san Benito prescribe a los monjes respetar los instrumentos del monasterio como vasos sagrados, es decir que sitúa el trabajo de los monjes en el centro de una liturgia. Toda la vida es liturgia, toda la vida es celebración, toda la vida es eucaristía, toda la vida es contemplación, porque toda la vida se realiza en el corazón de la Trinidad, porque toda la vida es testimonio, porque toda la vida es misión.

    Hay que vivir la obediencia como una misión. La obediencia monástica no tiene por objetivo romper nuestra voluntad, romperla como si se tratara de un ejercicio ascético combinado por un maestro estoico que quiere enseñarnos el dominio de nosotros mismos, lo cual es ya algo infinitamente respetable. La obediencia monástica va mucho más al fondo: nos liga a la misión divina: “Como el Padre me envió, así os envío yo”. El monje es enviado a sus trabajos de preparación de la tierra o de fabricación de queso, o de yo no sé qué, a cualquier trabajo, está en misión porque toda su vida es misión, y por consiguiente, necesita por doquiera recibir el envío o la misión de Jesucristo, y lo que hace justamente toda la nobleza de la obediencia monástica es justamente que es acogida de la misión de Cristo.

    El Señor me envía y yo voy. Al realizar mi trabajo, estoy laborando en la viña del Señor en la tierra, me hago presente a toda la cristiandad, a toda la humanidad, a toda la Historia, a todo el universo. Entonces la perfección de mi vida es tanto más exigida cuanto que, precisamente, mediante mi vida realizo mi apostolado. ¡No tengo técnicas, no tengo otro instrumento, no tengo otro medio de ser testigo de Dios sino la fidelidad integral de mi vida.

    Esto es de importancia extrema porque es la única esperanza de la cristiandad. Si la cristiandad no se halla – y se hallará, ya que la cristiandad no puede desaparecer – si la cristiandad no encuentra la autenticidad de la vida cristiana, la pasión de Dios, el gozo de Dios, el corazón a corazón con Dios, la liberación en Dios, la plenitud de la vida a través de Dios, el Evangelio no sería ya el Evangelio. Si el Evangelio es “la Buena Nueva”, es precisamente porque el Evangelio le da a la vida toda su grandeza y toda su belleza.

    Hay un enemigo del cristianismo que es de una ferocidad extraordinaria, que se empeño en destruirlo, que pasó su vida dando testimonio contra él, y es Nietzsche, hijo de pastor, que afiló su inteligencia con erudición, con un sentido del verbo, de la palabra, con una erudición que en su época fue prodigiosa, con encarnizamiento, en una soledad trágica por demás, persiguió el cristianismo con sus invectivas, con su odio, con la acusación repetida constantemente de que el cristianismo es enemigo de la vida, desvaloriza la vida, la desprecia, da preferencia a todo lo que es debilidad, a todo lo escrofuloso y desmirriado, porque tiene miedo, tiene miedo del sol, tiene miedo de la luz, tiene miedo de Dionisos, tiene miedo de la vida en su embriaguez, en su germinación.

    Qué responder a eso sino con el equilibrio feliz de una vida que encuentra plenitud en el matrimonio de amor con Dios, en el cara a cara con Él, en la respiración del silencio.

    En su soledad trágica, Nietzsche encontró la locura, Nietzsche se desintegró en la búsqueda revolucionaria del súper-hombre. Nos queda para oponerle, no las refutaciones sino la realización tranquila y gozosa de una vida que se alimenta de la Presencia de Dios.

    Es seguro que no puede haber gozo auténtico sino en la liberación de sí mismo que hace de toda la vida un impulso hacia el Dios escondido en nosotros y que se pone en nuestras manos y cuya fragilidad está confíada a nuestro amor, ese Dios que todo el Universo espera y que nosotros tenemos que revelar al Universo mediante la autenticidad de nuestra vida. 

    La vida monástica es pues hoy más necesaria que nunca, a condición de ser totalmente auténtica, y es imposible que ustedes sean testigos de la Iglesia contemporánea, de sus problemas, de sus desgarres, de sus esperanzas, de sus esfuerzos, de los desvíos de ciertos miembros suyos, del antiguo equívoco que pesa sobre nosotros por el hecho de que todavía no hemos separado la joya de la Vida Trinitaria como centro de todo.

    Ustedes no pueden ser testigos de la crisis del cristianismo sin sentirse esencialmente concernidos. Y afortunadamente no tienen que entrar en el combate ni a traer argumentos para contra-argumentar. Lo que se les pide es simplemente que vivan integralmente su profesión de monjes e ir hasta el fondo del silencio que está además en el corazón de sus tradiciones más íntimas y que justifica la institución monástica.

    Es necesario que el mundo que los rodea sienta que todo el alrededor de su monasterio constituye, con el monasterio mismo, un centro, un centro de contemplación, un centro de silencio, un centro de encuentro, y que no pueda pasar la puerta del monasterio sin sentirse envuelto en la presencia del Señor que vive en ustedes.

    Si la cristiandad debe dar el cambio, si debe escapar al peligro actual, si debe superar la crisis – y la superará ciertamente – es necesario que eso sea con el mínimo posible de daños y, para recuperar a todos los que se han ido, para llegarles en sus desvíos, si desvíos hay, tenemos que redoblar en fidelidad y amor, tenemos que llevar toda la Iglesia, tenemos que amarla ardientemente, tenemos que compartir sus angustias, tenemos que volver a ponerla bajo la luz pascual, es necesario que Cristo esté tan vivo en nosotros que no tengamos necesidad de hablar de Él. No se puede hablar de Jesús, finalmente, pero si Lo vivimos, si Lo vivimos, es imposible que Su Presencia no resplandezca.

    No olvidemos pues que nuestra vida, la vida monástica, es una vida apostólica, la más apostólica que exista, que es constantemente enviada, que nuestro trabajo no concierne el bien del monasterio, su prosperidad material y su subsistencia, sino que todos los trabajos constituyen una obra apostólica, que toda la vida es un don que debemos hacer al mundo, y que nuestra fidelidad al orden cotidiano, que nuestra fidelidad a la obediencia es una respuesta al llamado de Cristo que nos envía, que los envía, que les pide que sean pescadores de hombres simplemente viviendo auténticamente su vida.

    Acabamos de ver un sabio, que en la simple obediencia de su amor a la verdad, descubrió que el camino de la Verdad es el silencio. Y nosotros que estamos en la escuela de Cristo, ¿cómo no tenerle al silencio un amor de predilección? ¿Cómo no buscar vivir el silencio, ser silencio, hacer silencio en nosotros para percibir en el corazón de la Trinidad “los misterios de clamor que se realizan en el silencio de Dios?”

    (Fin de la 11ª conferencia)

  • 25 10 2008. Todo lo grande se realiza en el corazón del silencio.

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    2ª parte de la 11ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.

     

    “Un monasterio, con la diversidad de sus miembros, de sus funciones – y que debe realizar la unidad de una vida escondida en Dios – no puede realizarla sino al precio de un silencio rigurosamente observado, o mejor rigurosamente vivido, porque no se trata de una consigna que uno recibe a la puerta y que abandona cuando la puerta se cierra, o se abre. Se trata de un silencio que es Alguien, de un silencio que es presencia, de un silencio que es verdaderamente la respiración del corazón y de la mente.

    Todo lo grande se debe además realizar en el corazón del silencio y les voy a leer una página de Rostand que es extraordinaria, y que muestra que un sabio, cuando está totalmente en búsqueda de la verdad, llega espontáneamente al silencio. La tomo de un libro que no tiene nada que ver con el silencio, y que se llama: “¿Podemos cambiar el hombre?”, libro en que Jean Rostand estudia el problema de la ectogénesis, es decir la posibilidad de crear hombres en frascos, a partir de gérmenes cultivados in Vitro.

    “¿Qué sostendría al hombre de ciencia, sino la extraña pasión de conocer? A pesar de sus defectos y de sus vicios, decía Carlos Richet, los sabios tienen todos la misma alma, todos tienen el culto de la verdad en sí, todos están animados por un pensamiento común, el amor de la verdad escondida en las cosas. ¡El culto de la verdad en sí! ¡Sí! esos enamorados de la verdad no piensan en las consecuencias, en las implicaciones posibles de lo que quizá van a descubrir, o si piensan es simplemente porque testimonian de complicidad con lo real. Lo que desean, lo que a sus ojos puede justificar el vivir, según la expresión de Ramón y Cajal, es simplemente alcanzar lo que es. La verdad, ellos la aman por sí misma, de manera imperiosa, irracional, incoercible, intransigente, la aman como se ama siempre, porque son ellos, porque es ella”.

    Sugiere entonces que hay una relación interpersonal entre el sabio y la verdad, y que en el fondo la verdad es Alguien.

    “La aman a tal punto que es un honor para ellos y casi un gozo proclamarla cuando va contra su gusto, y por eso no admiten, no soportan que, por cualquier motivo, por cualquier razón, por cualquier causa, por cualquier ideal tan elevado como pueda parecer, se desnaturalice la verdad o simplemente se le añada algo. Ellos están al servicio de la verdad, con una devoción sin escrúpulos, persuadidos de que nunca se puede ir demasiado lejos en el celo que se le dedica y satisfechos de poner a su servicio la pasión, el calor, el furor que en toda otra parte sería su enemigo. Saben que la verdad es ardua, que es frágil como el Dios de Chestov, que se arriesga perderla cuando se la cree poseer y saben que uno no se acerca de ella sin haberse dominado, que ella no es lo que contenta o que calma, como decía Vinci, que ella no está donde se grita, y casi nunca donde se habla” (1).

    Ahí tienen pues un sabio que tiene sentido del silencio, que sabe que la verdad no se alcanza sino superándose y que no se llega jamás a ella sino en la medida en que se hace silencio en sí mismo. Entonces, cuando uno tiene el privilegio de encontrarse con Dios en lo más íntimo de sí mismo, cuando uno ha estado en la escuela de Jesús, cuando uno es introducido en el corazón de la Trinidad, cuando se tiene precisamente la misión de encarnar esa Verdad y de hacer de ella vida humana, uno sabe bien que no puede lograrlo sino el la medida en que mantiene en sí mismo la luz del silencio.

    Un monasterio auténtico, un monasterio ferviente, es un monasterio que es sacramento del silencio. Sería necesario que desde que se entra en él se tenga el sentimiento de respirar el silencio, no un silencio de consigna sino un silencio de vida, un silencio en que brilla el secreto de amor que es Dios en lo más íntimo de nosotros.

    Y de hecho, cuando uno está en contacto con los hombres, cuando los escucha a lo largo del día, uno se da cuenta de que el obstáculo esencial que es necesario superar siempre, son las opciones pasionales que brotan del inconsciente, las opciones pasionales que hacen que se de continuamente soluciones a priori a todos los problemas: uno es de derecha o de izquierda, uno es de tal o cual familia, tiene tal tradición, tal color de piel, habla tal lengua, se alimenta de tal cultura, viene de tal medio, y casi siempre tiene los prejuicios de sus determinismos nativos, de los determinismos de su medio, y se apoya en ellos, los justifica con palabras, y tiene siempre buenos argumentos para afirmarlos! No se ha tomado el tiempo de escuchar para descubrir lo esencial y para conspirar, quiero decir, concurrir, con todas las fuerzas de su ser, al brillo de la presencia Única.

    Escuchando continuamente, uno se puede decir: “Pues bien, ¡esa es la opción pasional que se encuentra detrás de esas palabras! ¿Qué es lo que hace que tal hombre o tal mujer tome partido de tal o tal manera?” Uno siente que nada de eso ha sido pensado, reflexionado, y que si quiere ponerle luz no hay que discutir, oponer argumentos a otros argumentos, lo cual no hace sino confirmar al otro en sus posiciones porque va a resistir tanto más a los argumentos cuanto que se siente herido en sus opciones pasionales. Lo único eficaz es hacer silencio en sí mismo, volver al corazón de la Presencia que es la Verdad en persona, ofrecer al otro un espacio en que no encuentre ya ningún límite.

    Cuando uno dimisiona de sí mismo, cuando renuncia al combate, cuando rehúsa polemicar, cuando evita en lo posible toda discusión, entonces uno puede, sin refutar a nadie y la mayor parte del tiempo sin decir nada, ofrecer una salida al que todavía no tiene conciencia y que obedece a impulsos pasionales, le puede ofrecer una solución interior a él mismo en el encuentro en lo más íntimo suyo con la presencia que es nuestra liberación.

    Hoy la Iglesia tiene infinita necesidad de autenticidad. Tiene necesidad del testimonio de la vida. Y ¿con quién puede contar sino con los monasterios? Precisamente, la misión apostólica del monasterio es llevar a la humanidad de hoy, no con dialécticas, no con discusiones, no con construcción de sistemas, sino en la autenticidad de la vida, la única respuesta que pueda ser adecuada a las aspiraciones de la mente y del corazón humano.

    Si realmente la vida cristiana es plenamente vivida en alguna parte no se necesita de apologética porque el testimonio de la vida no se puede rechazar. Se podrá discutir siempre sobre las variantes de manuscritos, siempre se podrá discutir sobre la manera de percibir los acontecimientos, sobre su interpretación, pero no se podrá discutir del testimonio de una vida que uno tiene ante los ojos y que testimonia de la transfiguración realizada por la Presencia Divina en todos los seres que la viven auténticamente.”

    (Continuará)

    (1) Jean Rostand: ¿Se puede cambiar el hombre? Galimard, 1956, pp. 145-146. Se debería subrayar todo el extracto.

  • 24 10 2008. Es particularmente urgente que el testimonio monástico sea auténtico primero por el silencio de los contemplativos. Sólo conocemos a Dios escuchando a Dios.

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    1ª parte de la 11ª conferencia de M. Zundel a los trapistas del Mont des Cats en diciembre de 1971.  (La 10ª conferencia no fue grabada)

     

    “En un libro exquisito, Dom Morin trató sobre el ideal monástico. Ustedes conocen sin duda ese librito donde muestra que la vida cristiana de la Iglesia naciente es la norma y el ideal de la vida monástica. En el fondo, el monasterio es la reproducción de lo que podía realizar la Iglesia naciente cuando estaba en todo su fervor, verdaderamente entregada a la oración asidua, cuando vivía la caridad intensa, cuando todos los bienes eran comunes.

    Ese cuadro idealizado de la Iglesia naciente no es sin duda totalmente conforme a la historia, pero los rasgos principales que marcaban efectivamente los comienzos de la Iglesia naciente deben encontrarse perfectamente, según Dom Morin, en la vida monástica que no es otra cosa que la vida cristiana vivida plenamente. Es verdad sin duda, pero es necesario añadir un rasgo capital, y es que la vida monástica es una vida consagrada, es decir una vida que responde a una misión eclesial – y ése es un rasgo absolutamente capital: la vida monástica es una de las formas de la misión eclesial.

    Eso quiere decir que la vida cristiana en el monasterio es vida apostólica, vida en que cada monje es enviado, y enviado al mundo entero, con la misión precisamente de realizar la vida cristiana integral. El monje no tiene otro modo de apostolado. No tiene que predicar, no tiene que enseñar, no tiene que catequizar, no tiene que difundir el Evangelio sino viviéndolo, y el hecho de que esa vida corresponda a una misión eclesial, significa que toda vida es vida enviada, que toda vida es vida apostólica. No se trata solamente de cuidar la perfección personal – no me atrevería a decir cuidar la salvación propia – pues todo eso es rebasado en el cuidado de comunicar la Vida divina en la plenitud de la vida cristiana.

    En la Iglesia de hoy la misión de la vida monástica toma un relieve único ya que, en la oposición casi general que vivimos, en la desorientación que se apodera de tantas almas, en la incertidumbre, en el escándalo, en los abandonos, en los matrimonios de sacerdotes, en el cuestionamiento de los dogmas más venerables y más sagrados, es absolutamente necesario que aparezca la vida cristiana en su profundidad y en su santidad, que aparezca realmente vivida integralmente a fin de que el pueblo cristiano tenga una referencia, que sepa lo que significa verdaderamente el Evangelio cuando se lo asume totalmente.

    Naturalmente eso supondría, eso exige que haya en la vida monástica una toma de conciencia, de conciencia cada vez más profunda, del Dios que se revela en Jesucristo. Puesto que la desorientación, la ambigüedad que no ceso de señalar, puesto que la desorientación viene precisamente de que no hemos captado la inmensa novedad del Evangelio, no nos hemos dado cuenta de que el Nuevo Testamento es una novedad infinita porque, justamente, nos conduce a un monoteísmo trinitario que es profundamente diferente de un monoteísmo unitario, porque en la revelación de la Trinidad está la revelación de la santidad más espiritual, más interior, que es la caridad divina que resulta precisamente del hecho de que Dios no tiene control de su ser sino comunicándolo y que el personalismo divino es un altruismo eterno.

    En estos días hemos podido darnos cuenta de que a cada etapa volvemos a encontrar en efecto el Rostro de Dios y que todo se ilumina con su resplandor.

    Ningún problema humano tiene solución si no llegamos a descubrir el camino de la libertad. Se habla de libertad por doquiera, es la “torta con crema”, todos hablan de libertad, todos quieren arrasar la casa, todos quieren romper los moldes ¿y después? Eso no lleva sino al desorden, a la anarquía, a que los instintos pululen, ¡a que los muros desborden! Nadie pudo mostrarnos el camino de la libertad sino Jesucristo precisamente porque Jesucristo nos revela la libertad que es Dios.

    Fueron claro está necesarios siglos y siglos para que nos diéramos cuenta de que eso es así, por la razón, de la cual por otra parte nadie tiene la culpa, por la razón de que hubo constantemente una mezcla inevitable y quizá necesaria entre religión colectiva y religión personal. Hemos continuamente observado que la religión, lo mismo que la moral, es ante todo un fenómeno colectivo, y que una colectividad como tal no puede tener un Dios interior.

    Hombres como Bossuet – ¡y Dios sabe que Bossuet era un contemplativo! que escribió en sus “elevaciones sobre los misterios” las cosas más admirables, tuvo el sentido de la poesía de Dios, amó inmensamente a Dios, escuchó la música del Verbo, pero no pudo despegarse de la sociedad en que vivía, no pudo dejar de ver en cierto modo en el rey Luis XIV la delegación de Dios que justificaba el poder absoluto que se daba el monarca, en fin, que le reconocían, y veía a Luis XIV siempre coronado hasta en el cielo, marcado por la vocación real por no haber percibido quizá, como podemos hacerlo nosotros en la desorientación en que estamos, en que necesitamos ir a lo esencial y a la raíz de la dignidad humana, no podía percibir a Dios como libertad.

    Viniendo después de todas las revoluciones en que se trataba constantemente de liberar al hombre, nosotros vemos que ninguna logró liberarlo, y menos aún la anarquía en la que quieren precipitarnos ahora. Por eso para nosotros nada hay más precioso que encontrar  en el corazón de la Trinidad una libertad que es liberación, una libertad que es la más formidable exigencia de amor que sea, pues se trata de ser libre de sí mismo.

    Entonces es evidente que si la vida cristiana debe ser realizada en su plenitud en la vida monástica, no puede serlo sino en esta dirección. Se trata de manifestar en la vida monástica la liberación de sí mismo, y eso es ciertamente lo más difícil, pero es lo que el mundo espera. ¡No puede recibir la salvación de todas las discusiones, de todas las confrontaciones, de todas las oposiciones, de todo el ruido, de todos los métodos, de todas las técnicas que pululan! Finalmente lo que el mundo necesita ver es la autenticidad de una vida cristiana, es la autenticidad de una vida cristiana, una vida transfigurada por la presencia de Dios, una vida que encuentra toda su armonía, toda su belleza, todo su esplendor, toda su grandeza, en el corazón a corazón con Dios. Si esa vida existe, si se realiza, todos los problemas quedan virtualmente resueltos.

    Y justamente, ese es el testimonio que la vida monástica debe dar hoy, el testimonio de la vida, más allá de las palabras, más allá de los discursos que son totalmente ineficaces si no están apoyados en testimonios de la vida. El juicio final del cristianismo es finalmente la calidad de vida que logra producir.

    Todos los programas, todos los afiches de neón, todas las pretensiones de perfección, todas las recitaciones del sermón de la montaña, no riman con nada si la vida no es su garantía, si no transforman la vida, si el cristiano no es un ser universal, si no está abierto a toda alma, a toda civilización, a toda hambre y sed de justicia, si la presencia de un cristiano no abre un espacio de luz y de amor y si frente a un cristiano cada uno no se siente invitado a encontrar lo mejor de sí mismo, si cada uno no presiente a través de un cristiano la presencia del Dios Vivo. Hay pues en este momento una urgencia particular de que el testimonio monástico sea plenamente auténtico.

    ¿Cómo podría ser plenamente auténtico? ¿Qué es lo que hará que la vida monástica encuentre hoy su centro más íntimo? Ante todo el silencio. Es evidente que, para encontrar a Dios es necesario hacer el vacío en sí mismo, para encontrar a Dios es necesario estar en estado de silencio interior.

    Todo el ruido que hacemos con nosotros mismos, todas las reivindicaciones, todos los resentimientos, en fin, todo lo que emana del yo carnal y posesivo, se opone radicalmente al reino de Dios ya que el reino de Dios es el reino de la divina Pobreza, ya que el reino de Dios es la caridad ardiente en el corazón de la Trinidad, en una desapropiación eterna que constituye la personalidad en Dios.

    El silencio vivido, el silencio respirado, el silencio irradiado, el silencio que es Alguien, el silencio que brilla en la Eucaristía, el silencio en que Dios nos espera, ¡el silencio que salvó todo! Si la Iglesia hubiera sido abandonada al ruido de los hombres y a la multitud innumerable de sus palabras, haría largo tiempo que habría cesado de existir. Lo que ha mantenido a la Iglesia es el silencio de Dios y es el silencio de los grandes contemplativos que vivieron el silencio de Dios. Es pues cierto que la vida monástica, si quiere ir hasta el fondo de sí misma, debe articularse sobre el silencio, alimentarse del silencio eucarístico y hacer de ese silencio su propia respiración.

    Solo conocemos a Dios escuchando a Dios. No podemos alimentarnos de la vida de Cristo sino siendo simple mirada de amor hacia Él. Hay pues que ir hasta el corazón del silencio, volver a conquistar sin cesar el recogimiento para ser instruidos por el Señor mismo, para entrar en la luz nupcial en que nuestra intimidad comunica con la Suya. ¡Ahí es donde todo comienza, ahí es donde continúa, y ahí es donde termina! ¡No se puede hablar de Dios sino deviniendo uno mismo palabra viva de Dios, y todo eso se realiza en el corazón del silencio”.

    (Continuará)

     

  • 23 10 2008. La persona debe ser el fin de la especie. El amor no puede ser descubrimiento siempre nuevo si no es crecimiento permanente de cada esposo por medio del otro en una conquista cada vez más generosa de la persona.

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    Final de la 9ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971. Zundel considera la eventualidad de ordenar personas casadas que hayan vivido el matrimonio como los papás de Santa Teresa.

     

    “Hay pues una legitimación profunda de la castidad consagrada en una perspectiva de liberación. Si aceptamos que es el sentido de la vida, si aceptamos que el hombre debe crearse, que tiene que hacerse, que debe ser origen de sí mismo, que no debe sufrirse, ¿cómo admitir que sufra la especie? ¡Es la mayor derrota! Si sufro la especie, si renuncio a ser yo mismo, me sumerjo en la especie de indefinido cuando la persona debe ser el fin, el fin de la especie, el objetivo de la especie. Lo que se necesita es justamente llegar al Himalaya que es la persona y no repetir indefinidamente el mismo modelo o de manera estereotipada, multiplicar los individuos por miles de millones sin que tengan ninguna significación.

    La castidad es pues una forma de libertad. Es uno de los aspectos esenciales de nuestra liberación. No se opone a un matrimonio de santidad. El matrimonio es un sacramento, pero no puede realizarse sino teniendo en cuenta al máximo sus exigencias ya que se trata de dos seres que tienen que afrontarse a lo largo de toda una vida y que deben completarse uno a otro durante toda una vida. ¿Cómo podrían hacerlo sin tener cada día una dimensión nueva que descubrir el uno en el otro? Se cansarían inmediatamente.

    “¡Pensar que eres vieja y que tengo que dormir contigo!” decía un marido a su mujer. “Me repugnas al fin”. Pero ¿cómo podía decir esas palabras sino confesando que jamás había encontrado a su mujer? ¡Nunca la había visto! Se había apegado a apariencias y había seguido la línea trazada por la especie, y luego los encantos habían desaparecido y sólo le quedaba una obligación repugnante. Es evidente que el amor no puede conservar su libertad si no es liberación. Y no puede ser descubrimiento siempre nuevo si no es crecimiento permanente del uno por el otro en una conquista cada vez más generosa de la persona.

    El matrimonio sólo puede ser matrimonio de santidad, como el celibato consagrado sólo puede ser celibato de santidad. No se trata de oponer el uno al otro sino de mostrar que son dos caminos que conllevan las mismas dificultades, que conllevan las mismas exigencias, porque nadie puede ser dispensado de crearse a sí mismo. Nadie puede ser dispensado de liberarse de la especie. ¡Es una inmensa ilusión creer que los casados tienen permisos especiales! eso sería una fatalidad. ¡Eso sería rehusarles la humanidad! Claro que todo eso es totalmente desconocido porque el problema sexual está siempre en falso.

    Se puede entonces concebir que el celibato siga siendo un compromiso, como el sínodo acaba de confirmarlo además, pero será sin embargo necesario estudiar las condiciones del celibato (las condiciones que lo hacen posible) y es seguro que no basta prescribirlo para que sea posible vivirlo, es necesario que esté rodeado de condiciones que le den sentido. Si el sacerdote vive como un gran burgués, si come ricamente, si no tiene sentido de la pobreza, si no tiene sentido del ascetismo y de la penitencia, su celibato se reduce a una simple defensa y arriesga empequeñecerse y finalmente perder su significación.

    Es pues necesario que el celibato esté integrado en una vida profundamente mística, en una vida ascética, en una vida que no tema la penitencia, en una vida profunda de oración, en fin, en una vida apasionadamente unida a Dios. Y sería necesario – y aquí es donde su vocación puede alcanzar una de las vías más fecundas de realización – sería necesario que el celibato del sacerdote esté integrado a la vida monástica.

    Los sacerdotes son con frecuencia solitarios. Tienen sin duda contactos entre sí, pero muy materiales. Pueden vivir en comunidad pero muy superficialmente. Tendrían necesidad de recargarse en monasterios fervorosos, necesitarían ser admitidos, integrarse en ellos, ir allá como a casa, participar en toda la vida monástica justamente para captar las raíces místicas de su consagración, para comprender la inmensa importancia – hoy más que nunca cuando la demografía es galopante…

    En todo caso, es cierto que el testimonio de la castidad es un testimonio admirable si se trata de realizar una sociedad de personas, si la humanidad no es una masa animal que se reproduce ciegamente, si la humanidad tiene su centro en la persona, si cada uno es el corazón de la humanidad y el centro, si cada uno lleva en sí a todos los demás y es capaz y es llamado a dar el fruto de su generosidad a todos los demás, como un fermento de liberación.

    Una vez más, por otra parte, no pienso que el matrimonio sea de por sí un obstáculo. Se trata de un problema que se limita a esto: ¿es que los que son sacerdotes hoy en día están llamados a casarse? No. Otra cosa es saber si mañana van a ordenar hombres casados. La experiencia del Oriente prueba que es posible vivir un sacerdocio de santidad, viviendo al mismo tiempo un matrimonio de santidad.

    Un ejemplo magnífico es la historia del P. Gheorghim, tal como la escribió el gran novelista rumano en “De la hora veinticinco a la hora eterna”, o la vida de su padre, que es un sacerdote rumano verdaderamente absolutamente evangélico, muestra que hay compatibilidad entre un matrimonio de santidad y un sacerdocio, de campaña además, que fue esencialmente testimonio, ardiente por demás, magnífico e impresionante.

    Que no digan entonces que hay antinomia entre un matrimonio de santidad y el sacerdocio. Llegaremos a eso, creo, cuando el reclutamiento ya no se pueda hacer entre los adolescentes, cuando no se ordene sino personas responsables que tengan competencias humanas probadas y que sean además designados por el medio en el cual van a ejercer su apostolado.

    Pienso que se llegará a ordenar personas casadas que hayan vivido su matrimonio de ese modo en la castidad, como los papás de Santa Teresa del Niño Jesús. Se llegará a eso sin que haya la más mínima disminución del ideal de castidad que deberá mantenerse siempre en la Iglesia de Dios para afirmar precisamente la nueva humanidad que comienza con la pareja virginal de Jesús y María. Si existe una pareja virginal, única, incomparable, es que en efecto la humanidad nacida de Jesucristo, la nueva humanidad, la humanidad personal, es una humanidad que está llamada a crearse, a liberarse, a dejar transparentar en todas sus fibras el rostro del Espíritu.

    Podemos pues entrar a fondo en nuestro celibato consagrado con la certeza de que realizamos una obra universalmente humana y de que, si lo vivimos en espíritu y en verdad, podemos fecundar todos los hogares – fecundar con la vida del Espíritu – podemos purificar todos los amores, podemos ir al encuentro de todos los niñitos, porque en el interior de la oblación, santificamos las fuentes mismas de la vida y afirmamos que el hombre no está totalmente contenido en la especie, que al contrario, es la especie la que está contenida en la persona y que, cuando nace una persona auténtica no necesita posteridad, ella es para sí misma su propia posteridad porque dura eternamente”.

    (Fin de la novena conferencia)

     

  • 22 10 2008. La castidad es trinitaria. Se trata de ordenar la unión de los padres a la 3ª persona que es el hijo, como hicieron los padres de Santa Teresa.

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    2ª parte de la 9ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.

      

    Retoma: “El espermatozoide y el óvulo son ya un ser humano, ya existe en ellos una persona en potencia, es un terreno sagrado que no se debe ignorar nunca: en el dominio sexual hay la tercera persona que es el hijo”.

     

    Continuación: “Y ya en el nivel del espermatozoide y del óvulo, el respeto de la persona puede jugar un papel eminente. Si consideramos que se trata en efecto de una posibilidad de ser humano, es imposible no estar lleno de respeto y no comprender la inmensa responsabilidad que se debe tener respecto de la especie que nos está confiada y que debemos por otra parte liberar de ella misma.

    Pues evidentemente, si la sexualidad debe encontrar su equilibrio en nosotros, si nosotros debemos llegar a comprender el juego de la especie y a liberarnos de él, es necesario que nos liberemos de la especie asumiéndola y personalizándola. Ya que finalmente, si el hombre se reproduce continuamente, si se reproduce sin discriminación como conejos, si se reproduce sin elevar la vida, sin transformarla, sin llevarla a su fin último, sin hacer de cada niño que nace el santuario de la Presencia infinita, la reproducción no significa nada, sigue siendo puramente animal y la humanidad permanece inacabada. Se trata evidentemente de entrar en el movimiento para asumirlo, para encaminarlo hacia la humanidad auténtica, dándole a esa fuerza el rostro del hijo, el rostro del niño-Dios finalmente, el rostro del niño llamado a reflejar la Presencia infinita que lo habita y le confiere la dignidad eterna.

    Se trata pues de encontrar la Trinidad, la Trinidad que es el hombre, la mujer y el hijo, el hijo “ex utroque”, que procede de uno y otro, que procede de la mujer que es el “hijo” o el Verbo porque el impulso de la mujer la lleva a nacer del corazón del hombre.

    La mujer ama, es su dimensión propia. Toda mujer ama, es su manera de existir. La mujer más cerebral, la más inteligente, la más sabia, una “María Curie” por ejemplo es completamente desorbitada por la muerte de su marido, no vuelve a encontrar jamás la serenidad. La ciencia no le basta, necesita una presencia, necesita un rostro, es en el ser vivo donde la mujer encuentra su terreno, ella necesita, en particular, nacer del corazón del hombre.

    Una doctora, archifeminista además, que reivindicaba continuamente los derechos de las mujeres, me decía, sin darse cuenta del alcance de su confesión: “¡Una mujer puede todo cuando es amada!” Ella puede todo, es capaz de toda entrega, de todos los sacrificios, a condición de ser amada. La mujer busca una cuna en el corazón del hombre, quiere nacer de él como el Hijo en el seno del Padre finalmente. Es la mediadora entre el hijo y el hombre, o entre el hombre y el hijo que es “ex utroque”, que participa de uno y otra y que tiene necesidad del uno y la otra.

        La dificultad está precisamente en que el hombre y la mujer no esperan lo mismo, que son profundamente diferentes hasta en las células sanguíneas, muy profundamente diferentes. Todas sus estructuras son diferentes, su sensibilidad es diferente. La mujer es infinitamente más tierna en general, tiene más necesidad de caricias que de sexualidad propiamente tal. El hombre por su parte está mucho más orientado, con precisión muy determinada hacia el acto sexual porque él es el que debe ser en cierto modo el elemento activo de la unión que va a decidir del porvenir de la especie.

    Por eso, por una parte es extremamente difícil que se comprendan y se encuentren perfectamente, y por otra es todavía más difícil que escapen al embrujo sexual, es decir, que lleguen a descubrirla persona el uno en el otro. Esto tiene inmensa importancia, de larga duración. Evidentemente, en el primer momento, el encanto del encuentro, la embriaguez del vértigo que secretan las glándulas endocrinas, todo eso hace que uno no se plantee problemas, parece que el acuerdo es espontáneo pero a partir del momento en que cohabitan, cuando haya responsabilidades comunes, cuando haya dificultades, cuando se perciban los límites del cuadro y de la organización y del presupuesto, y sobre todo los límites de los temperamentos y de los caracteres, uno se va a dar cuenta de que con frecuencia se ha dejado enredar en un engaño, que finalmente el ser al que se ha unido es “uno” entre millones, millones de otros y que no hay razón de estar unido a él más bien que a otro.

    E inclusive si no llega hasta allá, es extremamente raro que se llegue hasta la persona, que se llegue a superar el vértigo que hace que uno está interesado por las diferencias sexuales de su pareja, que no la ve en su libertad creadora, que no la ve en su eternidad de valor, que no la percibe en el punto focal en que está toda contenida en una luz espiritual, ¡nada es más difícil que el amor!

    Como dice Rilke, que además falló en su matrimonio: “El amor es la gran prueba”, ¡precisamente en razón de todas las facilidades aparentes que da el instante! “El amor es la gran prueba”. Si uno quiere vivirlo, tiene que realizar lo que se prescribe Kierkegaard cuando dice: “la proximidad absoluta está en la distancia infinita”, es decir que se necesitan abismos de respeto para entrar en contacto auténticamente personal, lo cual supone justamente que uno haya superado todos los prestigios de la sexualidad, que haya interiorizado todo el ser, que no se engañe por las apariencias sexuales, que haya recreado el cuerpo, porque es necesario crear el cuerpo.

    Ahora bien, el cuerpo no es distinto del espíritu como entidad separable sino, como el hombre no existe y tiene que hacerse existir, como tiene que crearse: tiene que crearse físicamente, corporalmente, sexualmente, debe crearse humanamente, es necesario que su sexualidad se humanice, que tome rostro trinitario, que se ordene hacia el niño-Dios, que sea tal finalmente que el hijo, si pudiera escoger nacer, quisiera realmente nacer de esos padres, de estos padres que habrían preparado en el corazón la cuna para su nacimiento.

    Con esa condición los padres podrían hablar a sus hijos de su concepción y de su nacimiento. En efecto, si habían preparado el nacimiento de sus hijos en un espíritu de consagración total, si habían tomado la responsabilidad de la personalidad de sus hijos, si habían ordenado su unión hacia esa tercera persona – como los padres de Santa Teresa del Niño Jesús lo hicieron respecto de sus hijos, entonces sí, los padres habrían podido hablar a sus hijos de su origen, sin asustarse por esa confidencia ya que todo habría estado ordenado hacia el hijo, el cual habría encontrado desde antes de nacer un amor ilimitado para acogerlo.

    Es cierto que la castidad es trinitaria, que la castidad considera las tres personas y que la castidad da al espermatozoide y al óvulo, y a los órganos que los transmiten el rostro del hijo, el rostro de la tercera persona en toda su inocencia y en toda su belleza. Personificar esos elementos, darles rostro de persona, es orientarse inmediatamente hacia un respeto infinito.

    En cuanto a las relaciones hombre-mujer, naturalmente no se trata de tenerle miedo a la mujer, al contrario hay que amarla, pero amarla, amarla no quiere decir desearla, lo cual es totalmente diferente: hay justamente que amarla más allá de todo deseo, hay que amarla como persona, hay que amarla con la mirada de María, con la mirada virginizada de la Santísima Virgen, hay que amarla sin engañarse, hay que amarla volviéndole su vocación de santidad. Hay que testimoniarle tanto respeto que se sienta llevada a descubrir ella misma en lo más profundo de su alma la Presencia de Dios que la virginiza, la consagra y le asegura una fecundidad personal.

    En esta perspectiva es como podemos considerar el problema del matrimonio que se plantea actualmente en la Iglesia, el de los sacerdotes”.

    (Continuará)

     

  • 21 10 2008. Hay una sexualidad físico-química y una sexualidad psíquica…

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    1ª parte de la 9ª conferencia del Mont des Cats en diciembre 1971.

     

    ¿Hay una moral sexual? ¿Podemos descubrir esa moral a partir de una búsqueda de nuestra liberación?

    El problema sexual es el más difícil de plantear. En el fondo no ha sido jamás planteado de manera equilibrada porque, evidentemente, implica tan profundamente a todo ser humano en todas sus posibilidades, ya que estamos atados a la especie y que la especie quiere durar, la especie utiliza todas las estratagemas posibles para proseguir su carrera.

    Nos hallamos en efecto ante la paradoja de la vida: la vida es una empresa contradictoria en el sentido que tal como la conocemos, la vida es a la vez un “para sí”, es decir que el ser vivo constituye una unidad preocupada de sí misma en la cual todas las funciones están precisamente ordenadas a la supervivencia de esa unidad, un “para sí” entonces, y al mismo tiempo, a pesar de la voluntad feroz de autonomía y de perseverancia en el ser, una dependencia total, ya que la vida no puede subsistir un segundo sin préstamos.

    No hay empresa más arriesgada que la vida, ya que no puede durar ni un segundo sin concurso de la atmósfera, sin concurso del oxígeno, sin concurso del alimento, sin concurso del sol, sin concurso finalmente de todos los agente cósmicos.

    La vida vive de préstamos, y gracias a los préstamos puede proseguir su carrera, pero los préstamos tienen fin precisamente porque la vida se infecta por la duración, se envenena, se intoxica y finalmente los aparatos que permiten la comunicación con el mundo exterior, los aparatos que aseguran el aprovisionamiento, se embotan, se llenan, se gastan, envejecen y se hacen incapaces de servir de canal entre el organismo y el universo, es decir que la vida está necesariamente condenada a muerte.

    Lucha contra la muerte desde el primer instante de su existencia, y termina por sucumbir y se detendría necesariamente en el planeta, se detendría, dejaría de continuar, si el individuo no tuviera la capacidad de reproducirse. La reproducción asegura pues la permanencia de la vida, la permanencia de la especie.

    Muerto el individuo, la especie puede durar gracias a la reproducción, pero esta condición es extremadamente rigurosa porque, en efecto, la vida dura solamente a través del delgado telón de las generaciones actuales. Todas las generaciones pasadas fueron sumergidas. Las generaciones futuras no existen todavía. La vida persevera pues a través del telón delgado de las generaciones contemporáneas, y entonces tiene que subsistir y asegurar su permanencia precisamente mediante la reproducción.

    La reproducción comporta naturalmente innumerables matices, según que la vida se reproduzca por división como en las bacterias que se reproducen cada 20 minutos desde hace 20 mil millones de años o más, y se reproducen regularmente, regularmente, regularmente cada 20 minutos por división, o si es por reproducción hermafrodita como en los moluscos, o también por sexos netamente separados como en todos los animales superiores, y cuando la fecundidad se realiza en el cuerpo materno, como sucede precisamente en los animales superiores, hay naturalmente la unión de los portadores de gérmenes diferentes.

    La sexualidad encuentra entonces su desarrollo supremo cuando dos individuos llevan cada uno un germen diferente cuya unión es indispensable a la continuación de la vida, y naturalmente los dos individuos deben unirse y, para unirse, es necesario que tengan el impulso de hacerlo, es pues necesario que su psiquismo, que su psiquismo los induzca a la copulación. Y es un punto crucial extremamente importante: en el fondo, para la especie, lo único que cuenta es el matrimonio físico-químico del espermatozoide y el óvulo. Cuando esto queda asegurado, el futuro de la especie está asegurado.

    Ustedes saben por otra parte que ciertas larvas de ciertos insectos procrean antes inclusive de la madurez, antes de haber alcanzado plenamente la edad adulta, justamente porque para la especie lo que cuenta es el matrimonio físico-químico del espermatozoide y el óvulo.

    Pero entonces los individuos maduros, los individuos que han alcanzado el pleno desarrollo no tienen interés en ese matrimonio físico-químico mismo, y por eso en todas las especies superiores, asistimos a un inmenso desarrollo de la sexualidad en el psiquismo.

    Hay una sexualidad físico-química a la cual acabo de hacer alusión, que concierne el matrimonio del espermatozoide y el óvulo, y hay una sexualidad psíquica que es mucho más importante en el sentido de que la atracción del óvulo y del espermatozoide, la atracción físico-química se traduce en el nivel psíquico por un impulso vertiginoso, indefinido, que impregna todo el ser y lo inclina a una unión con la pareja del otro sexo, sin ninguna consideración ni por la reproducción ni por la especie, lo que viene a ser lo mismo.

    Tienen de ello una prueba o una contraprueba fácil de comprender: todas las canciones de amor que podemos escuchar, que se difunden por la radio, todas las canciones de amor conciernen rigurosamente las dos partes de la pareja y jamás la tercera, que es el hijo. En las canciones de amor no se habla nunca del hijo, o casi nunca.

    Entonces, al nivel psíquico, lo que cuenta es la unión de las dos partes en una especie de vértigo y de espejismo infinito que los inclina a la unión física sin que tengan que pensar en la generación y cuando piensan en ella, es con más frecuencia para excluirla. Eso no les interesa, eso no cuenta, precisamente porque la sexualidad psíquica constituye un mundo que se basta, un mundo pasional que determina una cantidad tal de vértigo, de complacencia, de complicidad, de ilusiones, de llamados, de promesas, de gozo, de embriaguez, que es un mundo inagotable. Finalmente todas las literaturas están llenas de cantos de amor, llenas de ese encanto, de la nostalgia que dura todavía. No existe cancionero que no cante cánticos de amor, es lo único que se acepta todavía en el terreno del sentimiento, aunque esas canciones sean con frecuencia de una profunda vulgaridad.

    Es cierto que en el plano psíquico no hay solución, justamente porque la sexualidad psíquica no es clara en sí misma ya que determina una atracción indefinida que simula el infinito, que da la impresión realmente de un océano de misterio, de descubrimiento y de beatitud, la sexualidad psíquica está tan llena de promesas que parece bastarse, y, de hecho todos los que entran en esta dirección, todos los que se dejan agarrar por ese espejismo, mientras estén bajo la dominación de ese vértigo, están sin recurso, sucumben necesariamente porque todo otro valor queda obliterado mientras dure la pasión con la plenitud sin reserva y sin crítica.

    Vemos entonces, por otra parte, en la especie humana que la pasión amorosa puede sobrevivir y sobrevive con mucha frecuencia a la menopausia. Cuando las mujeres dejan de ser fecundas no dejan por lo mismo de tener un apetito carnal o un apetito amoroso muy virulento. A veces al contrario el apetito se exaspera después de la menopausia.

    Hay pues una ruptura entre la fisiología propiamente dicha, entre el matrimonio físico-químico del espermatozoide y el óvulo, que en sí es muy inocente. Si lo observan en laboratorio, ese matrimonio es algo muy inocente. Hay una especie de corriente eléctrica que hace que uno de los gametos es aspirado por el otro. Hay pues una especie de separación entre el dominio biológico y el dominio psicológico, y se comprende porque si las parejas, si el hombre y la mujer, digamos si el macho y la hembra fueran conscientes de que se trata de la especie no entrarían en el juego en la mayoría de los casos porque no se sentirían implicados en darse finalmente sucesores y se condenan a dejar el lugar y morir. Si la vida perdura, es precisamente en razón de ese vértigo que da muy claramente a las parejas la impresión de que está en juego su propio bien.

    Y esto es verdad en todas las especies donde la diferencia de sexos es suficientemente acusada para que haya un psiquismo amoroso. Un cisne del Lago Lemán, un cisne macho puede perfectamente matar a su pareja, o mejor a su rival, matarlo a picotazos, si ronda alrededor de una hembra que él desea, porque tiene el claro sentimiento de que es una cuestión personal, la sexualidad le parece como su bien. No se preocupa por el bien de la especie, no la conoce, pero la posesión de la hembra es su bien, y es lo que sucede en la especie humana.

    Puede haber celos, rivalidades terribles, porque el hombre considera la sexualidad como su bien y no como el bien de la especie, aunque juegue sin saberlo el juego de la especie. Es evidente que la efusión de esperma en el seno de la mujer no tiene ningún significado fuera de la generación. En sí, no se ve porqué ese gesto expresaría el amor si la especie no estuviera vitalmente interesada en ello, y lo está. De hecho, estadísticamente, eso funciona maravillosamente ya que la humanidad no se reproduce sino demasiado. ¡Pronto no se sabrá dónde meter los hombres de tanto proliferar!

    Entonces, de hecho, la especie gana ampliamente en todos los planos y el hombre se deja engañar por ella creyendo dominar el juego pero, una vez más, toda especie de consideración no sirve absolutamente de nada si nos quedamos en el terreno de la pasión. La pasión puede estallar en los seres aparentemente más invulnerables, la pasión puede desencadenarse de repente, arrastrar a un padre de familia, a una madre, que eran hasta entonces perfectamente rectos en su hogar según todas las apariencias, atentos a todos sus deberes, enamorados de su marido o de su mujer, extremamente dedicados a sus hijos, todo eso puede ser barrido en un segundo si de repente la pasión despierta en ellos una forma de sexualidad que no conocían todavía, cuya violencia cósmica los conmueve y los priva de todos los medios de resistencia dándoles justamente  el sentimiento de entrar en una creación colosal, de ser demiurgos, de ser verdaderamente la fuente misma del nacimiento de los mundos.

    Porque la imaginación erótica no está nunca falta de argumentos, inventa, inventa, inventa, está dotada de una retórica inagotable, tiene siempre argumentos, no hay nada que no pueda justificar, ninguna traición, ningún abandono parece culpable a los ojos de una inteligencia que está totalmente imantada por un erotismo que penetra todas las fibras del ser, y es evidente que nada es más difícil que dominar esa fuerza y ponerla en su puesto. ¡No se trata, claro está, de negarla ni de despreciarla! Todos comenzamos por ser un óvulo y un espermatozoide, no tenemos que negar nuestro origen. Al contrario, lo que debemos comprender es precisamente que el espermatozoide y el óvulo son ya un ser humano, que hay en ellos ya una promesa de vida, una persona en potencia, y que es un terreno sagrado, y que precisamente en el dominio sexual no se debe ignorar nunca la tercera persona que es el hijo”.

    (Continuará)

     

  • 20 10 2008. En el centro de toda vida humana hay una presencia que me está confiada, una formidable exigencia que estructura toda la vida. Nosotros somos la providencia del Dios escondido en el fondo de toda realidad.

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    Final de la 8ª conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

     

    “Hay que hablar de una moral de liberación, pero no en el sentido anárquico en que libertad significa “hacer lo que se quiera”. Hay que hablar de una moral de liberación en que se trata realmente de liberarse de todos los determinismos transformándolos, haciendo de las pasiones el teclado de las virtudes, ordenando todas esas fuerzas tumultuosas, haciendo de ellas una música interior, yendo hasta el final de mis decisiones para que cada una concurra a mi origen y haga de mí un bien común, un bien universal.

    San Pablo nos dijo magníficamente en la carta a los romanos que la presencia del mandamiento era una invitación a la trasgresión: basta con que me digan “no desearás” para que yo desee, porque siento que tengo que ser autónomo, ¡autónomo! Siento justamente que no puedo ser esclavo, que no puedo someterme a una ley dictada puramente del exterior. ¿Cómo salirme entonces? No hay que salir, la salida, está indicada por la experiencia. Autónomo, sí, sí. Independiente, ciertamente. No sufrir nada, pero ¡ante todo, no sufrirme a mí mismo!

    Y justamente la inmensa mayoría de los hombres que reivindican la autonomía en el día de hoy en todos los sectores, no ven lo que es no sufrir la coacción colectiva – de todos modos la sufrimos, la rebelión no puede ser sino parcial y esporádica hasta que llegue la dictadura, pero si queremos llegar a una verdadera libertad, es necesario no sufrirse a sí mismo, porque la peor esclavitud es ésa. ¿De qué me sirve poder marchar libremente en la calle? Es, desde luego, una ventaja, pero si estoy atado interiormente por mis determinismos, si soy un animal, si estoy corrompido interiormente, si en mi soledad estoy trampeando, ¿para qué me sirve? Es necesario liberarme interiormente para existir.

    Toda la moral se concentra en una palabrita: “¡Ser!” Ser, pero afortunadamente la moral puede también transformarse o mejor, afirmarse en otra palabra: “Ama y haz lo que quieras” porque, en efecto, para ser, no puedo ser, no puedo escapar a mis determinismos, no puedo escapar a una moral de obligación, no puedo llegar a una moral de liberación, en fin, no puedo ser creador, no puedo ser origen de mí mismo si no me doy totalmente a esa Persona amada que es mi luz, que es el espacio en que respira mi libertad, que está confiada a mi amor. Y en eso se resume todo finalmente.

    Liberarme de mí mismo es interesante, pero descubro que “yo es Otro”, descubro que no llego a mí mismo sino dándome, descubro que soy verdaderamente yo – es decir fuente y creador – sólo cuando no soy sino mirada de amor hacia Él que me es más íntimo que lo más íntimo mío.

    Y ahí finalmente estamos en el centro de toda vida propiamente humana, en el centro de toda vida irradiante y creadora, en el centro de toda vida espiritual: hay en mí una Presencia que me está confiada, y si debo renunciar a mis servidumbres, a mis límites, a mis tinieblas, es porque soy portador de esa Presencia y que todo lo que queda en mí de servidumbres, de tinieblas, de límites, de opciones pasionales, impide la manifestación de esa Presencia.

    Finalmente toda la moral se vuelve acto de generosidad. Toda la elección creadora termina en asumir la Vida divina en el interior mío.

    Nada hay más frágil que Dios porque nada hay más precioso, nada es más frágil que Dios porque basta que yo esté distraído para que Su existencia sea como eliminada. (1)

    Hay pues una exigencia formidable que estructura toda la vida, que va más lejos que todos los decálogos, que pide infinitamente más que todas las morales, es la exigencia de ser, de ser espacio, de ser origen, de ser fuente, de ser creador, de no sufrir nada sino, dando todo, dando todo al Amor que lo da todo y que, dentro de mí quiere comunicarse a todo el universo, a condición de que yo le ofrezca la transparencia indispensable para que Él brille.

    Finalmente, porque somos la providencia de ese Dios escondido en el fondo de nosotros, en el fondo del corazón de los demás, en el fondo de toda realidad, porque somos la providencia de ese Dios, no podemos detenernos jamás de progresar, de purificarnos, porque se trata de Su Vida, ¡se trata de Su Vida! Dios nos está confiado y, como decía admirablemente Parmore: “¿Qué es Dios? Es el que tiene al hombre en Su mano. ¿Y qué es el hombre? Es el que tiene a Dios en sus manos ».

    (Fin de la 8a conferencia)

     

    Nota (1). De ahí la exigencia de oración incesante que Jesucristo pide en el Evangelio.

     

  • 19 10 2008. Entonces comienzo a existir, entonces se produce una transformación extraordinaria, se trata de ser, y punto. A cada instante tengo que crearme todo entero.

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    3a parte de la 8a conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.  

     

    Retoma: “La inviolabilidad no tiene sentido sino de ser el relicario o el santuario de un valor infinito, de un valor que me está confiado, de un valor que me ilumina, me libera, me transforma, que hace de mí un bien común, un bien universal, un bien que el mundo entero tiene interés en defender. Porque si existe realmente una inviolabilidad auténtica en cada uno, si puede liberarse, si ése es el bien humano por excelencia, entonces todos los hombres tienen interés en que ese bien universal sea respetado, sea puesto en valor y pueda ejercer su poder de irradiación”.

     

    Continuación: “Si llego efectivamente a descubrir eso, si entro en el silencio, arrodillado en mi propia intimidad como Agustín lo hace al encontrar “la belleza tan antigua y tan nueva”, si de repente se revela dentro de mí una Presencia infinita. Si mi interior me aparece como un santuario donde no puedo penetrar sino en el más profundo respeto, entonces comienzo a existir, a existir, precisamente en la medida en que todo mi ser, en vez de ser sufrido, brota como un don respecto de la Presencia que acabo de descubrir como la Vida de mi vida.

    Entonces se produce una transformación extraordinaria, porque en ese descubrimiento con una Presencia en la cual respira mi libertad, se centra todo mi ser, se centra en un punto focal, en un punto que es el foco de toda luz y en que mi ser todo entero se revela y se resume en cierta manera.

    Ustedes debieron hacer esa experiencia: si la mirada es interior, una mirada hacia los demás es virginal, si busca en el otro ese punto focal, ese centro de luz, si busca captar al otro en su raíz más íntima, allá precisamente donde el ser se enraíza en el corazón de Dios, entonces conocemos el ser en un solo punto resplandeciente de luz, en un solo punto virginal donde se revela todo entero, donde todas las fibras de la carne se interiorizan, se transfiguran, donde el ser todo entero no es sino el Rostro, el Rostro de la Presencia infinita.

    Entonces me escapo de la dispersión de mis órganos, escapo a las diferencias sexuales y a todo lo que hace de mi vida simplemente una floración de fuerzas puramente biológicas. Si mi vida se concentra en esa presencia, se reduce a ese punto focal, se reduce al centro que es la clave de mi dignidad y de mi inmortalidad. Hay pues una dirección infinitamente precisa: se trata de existir, y punto. ¡Se trata de ser, de ser!

    Sólo existe una moral finalmente, que ya no es moral, sino ontología: tengo que crearme, tengo que hacer mi ser. En vez de sufrir el ser, lo cual hace de mí una cosa y un objeto, tengo que existir escogiendo ser, y puedo existir de esa manera creadora sin sufrir nada si me tomo todo entero dándome todo entero a esa Presencia que funda mi inviolabilidad.

    Nada me parece más evidente que la inviolabilidad del hombre en el sentido de que hay en el hombre algo que no se puede coger con las manos, que no se puede coger del exterior, algo que no existe todavía la mayor parte del tiempo, pero que puede existir, algo que va a surgir si rodeo a los demás de bastante respeto y amor para que no se les impida descubrir el tesoro que llevan en sí mismos.

    Si este dato existe de verdad, si el hombre lleva en sí ese valor infinito, ¡hay una exigencia radical! Ya no hay ley, ya no hay obligaciones, sino una exigencia total, total, siempre, a cada instante, y que me exige totalmente, todo entero, ya que precisamente ¡se trata de existir, de no sufrir nada! ¡A cada instante tengo que crearme todo entero!

    Cada decisión mía implica mi ser todo entero, cada acto libre tiene un valor original, sea lo que fuere lo que decida – coger flores o cortar leña, o ir a caminar – si mi decisión es totalmente libre, compromete mi ser hasta la raíz, constituye una decisión original. Toda decisión verdaderamente libre es un acto original y toda falta cometida con plena libertad es una falta original que decide mi origen o que constituye un rechazo original.

    Hay pues una dirección extremamente firme: “To be or not to be, that is the question”, “ser o no ser, esa es la cuestión”. A cada instante tengo que decidir si voy a ser o no, si voy a sufrir o no, si voy a ser libre o esclavo, si voy a respetar mi inviolabilidad o si voy a tentar sacrílegamente de profanarla. Hay pues que hablar de una moral de liberación en la cual se trata de liberarse de todos los determinismos transformándolos…”

    (Continuará)

     

  • 18 10 2008. El mundo que nos interesa es un mundo que no existe todavía y que debemos crear creándonos. Nuestra inviolabilidad sólo tiene el sentido de ser el relicario o el santuario de un valor infinito.

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    2ª parte de la 8ª conferencia en el Mont des Cats en diciembre de 1971.

     

    Retoma: “Sea como fuere, podemos entregarnos a mil consideraciones, es un hecho que la moral está perdiendo terreno, es un hecho que el moralismo es sospechoso, que pasa por aburrido, es un hecho que los hombres de Iglesia toman y dejan, es un hecho que ya no hay pecado, es un hecho que ya la gente no se confiesa, o cada vez menos, que está desapareciendo el sentimiento de culpabilidad, que cada uno se da la absolución y va a comulgar sin confesarse”. 

    Continuación: “¿Va a durar esta situación? ¿Es posible encontrar un fundamento para la moralidad? ¿Se puede remplazar una moral de obligación por una moral de liberación?” Creo que es el caso y, en efecto, la única moral que pueda conmovernos y comprometernos hasta el fondo del ser es una moral de liberación.

    ¿En qué se funda la moral de liberación? Pues lo voy a decir, precisamente en el hecho de que nuestra vida no está totalmente contenida en el universo de los instintos y que nosotros tenemos que tomar una iniciativa. Toda la dificultad está en determinar el sentido de esa iniciativa. ¿Será simplemente la búsqueda de la felicidad?

    Un hombre desea una mujer, la toma a su marido y ya está. ¡Él tiene derecho a la felicidad! ¿Qué reclama el otro? O bien, una mujer abandona a sus hijos para irse con un amante, ¡eso no tiene importancia! Dios mío, después de todo, ella tiene deberes consigo misma, ¿por qué preocuparse de los hijos?

    ¿Es allá donde vamos a llegar? Es evidente que es necesario volver a encontrar una raíz que nos dé cierta luz, tenemos que descubrir el sentido de nuestra iniciativa.

    Si tenemos que intervenir, ¿en qué sentido hacerlo? El esclavo rebelde sabe generalmente porqué se rebela, lo siente con poder inmenso, sabe que no puede aceptar que lo traten como instrumento, y rompe su servidumbre, pero ¿qué va a hacer al día siguiente? Sintió muy fuerte, en lo indigno del trato de que era objeto, sintió muy fuerte el sentido de su dignidad, pero ¿dónde radica esa dignidad?

    Un novelista suizo alemán, de gran valor además, del siglo pasado cuenta la historia que es probablemente un relato autobiográfico, de un hijo único de una mujer viuda, a la que sólo le queda él, y que le prodiga toda su ternura, lo educa lo mejor que puede en un protestantismo muy tradicional, le enseñó a orar por la mañana y por la noche, y antes de las comidas, y el niño que tiene nueve años vuelve de la escuela y se pone a la mesa sin rezar. La mamá le recuerda que no ha rezado. Él finge no escuchar; ella insiste y él no escucha todavía. Entonces ella lo pone contra el muro: “¿No quieres rezar?” – “¡No!” – “Pues entonces anda a la cama sin comer!” Valientemente, el muchacho recoge el guante y se va a la cama sin comer. A la mamá le da remordimiento y finalmente le lleva la comida a la cama. Demasiado tarde, ¡demasiado tarde! Desde ese día el niño dejó de rezar.

    Esa es una observación extremamente importante, extremamente importante. El niño descubrió pues su autonomía. Hay en él una zona inviolable donde su madre no podrá penetrar. ¡Es un descubrimiento sensacional! ¿Pero cómo se justifica? Encontró en sí mismo una zona inviolable donde su madre no puede penetrar sin su consentimiento, ¿pero qué es lo que lo hace inviolable? ¿Qué hizo para ello? ¡Nada! ¡Es prefabricado de los pies a la cabeza! Y el sentido de una inviolabilidad no puede ser sino una vocación, un llamado y no algo realizado por una decisión, no es una realidad originada en una iniciativa creadora de parte suya, sino simplemente una indicación de que hay en él, en efecto, un territorio por descubrir, un territorio por realizar que es inviolable.

    Se dará cuenta en seguida por otra parte de que ese dominio es inviolable para él mismo, como lo vimos a propósito de Lady Macbeth en la tragedia de Shakespeare: nadie puede entrar en su alma como en un molino, nuestra intimidad se nos escapa como Agustín nos lo mostró magníficamente: “Tú estabas adentro, era yo el que estaba afuera!”

    Hay entonces una indicación que nos vuelve siempre finalmente al problema: ¿existe el hombre? ¿Existe el hombre? A lo cual respondo: “No, no existe, pero puede existir”. No existe en el sentido de que está terminado, que fue arrojado al mundo sin quererlo, que no eligió nada, que tiene una herencia impuesta, ¡que está arrojado en un mundo que lo rodea y lo condiciona sin que él lo haya escogido! participa en una cultura, en un lenguaje, en creencias, en tradiciones de familia, tiene cierto color de piel, lleva en sí todo el pasado de sus ancestros, lleva en sí mucho más todavía: todo el pasado de la tierra, toda la evolución animal y vegetal, todo eso está en su fondo, es decir en el fondo de nosotros.

    Somos pues esencialmente condicionados, prefabricados, y no hay nada en nosotros que sea de nosotros. Yo existo, pero no por causa mía. Entonces, ¿cómo equilibrar esta constatación: yo existo, pero no es obra mía, vivo, y no por causa mía? Puedo caer de apoplejía en un segundo, no sé absolutamente lo que me va a suceder, no llevo la vida, mi vida orgánica está comprometida en un universo cósmico, me alimentan fuerzas cósmicas, estoy en contacto con ellas mediante una especie de cordón umbilical que me une al oxígeno del aire, que me une a los alimentos que puedo asimilar, que me pone en contacto con las energías del universo hasta que el cordón se rompa por algún accidente, hasta que todos los aparatos se gasten y no sean ya capaces de sacar la savia alimenticia del suelo, del universo.

    ¿Qué hay pues en mí que sea de mí? Nada. Y el yo, el yo de que me enorgullezco, no lo elegí tampoco. Digo “yo”, “yo”, ¡como si conociera ese “yo”! no lo conozco, lo sufro, es una obsesión, es un límite, un vértigo, un muro de separación entre yo y mí mismo, entre yo y los demás. Entonces, ¿dónde existo? ¿Dónde situar mi existencia? Precisamente como lo indicaba ayer, en un mundo que no existe todavía. El mundo que nos importa es un mundo que no existe todavía y que tenemos que crear creándonos.

    Entonces el hombre aun no existe pero ya que puede constatar que no existe todavía, ya que puede constatar que sufre la existencia, que es esclavo de datos cósmicos, ¡puede también rechazar todo el paquete! ¿Porqué reconocerme en todo eso puesto que no lo escogí? ¿Porqué aceptar decir “yo” sobre datos que se me imponen? Es pues necesario, o bien que haya la posibilidad de hacer una entrada de luz a través de todos los determinismos, o bien que el hombre definitivamente no pueda existir.

    Pero si el hombre puede existir, eso será en virtud de una nueva creación cuyo artífice será él mismo, en virtud de una nueva creación que va justamente a liberar su inviolabilidad, que va en efecto a poner en relieve el núcleo infinitamente precioso del que presentía que era eso lo esencial, porque el niño que descubrió de repente que su madre no podía penetrar en cierta zona de su ser, descubrió en efecto una dimensión de sí mismo que podrá contemplar a todo lo largo de su existencia.

    ¿Qué significa entonces la inviolabilidad? Ya lo vimos, la inviolabilidad no tiene sentido sino de ser el relicario o el santuario de un valor infinito, de un valor que me está confiado, de un valor que me ilumina, me libera, me transforma, que hace de mí un bien común, un bien universal, un bien que el mundo entero tiene interés en defender. Porque si existe realmente una inviolabilidad auténtica en cada uno, si puede liberarse, si ése es el bien humano por excelencia, entonces todos los hombres tienen interés en que ese bien universal sea respetado, sea puesto en valor y pueda ejercer su poder de irradiación”.

    (Continuará)

     

  • 17 10 2008. ¿Existe todavía una moral?

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    1ª parte de la 8ª conferencia de M. Zundel en el Mont des Cats en diciembre de 1971.

     

    Zundel no hablaría ya de esta manera. Yo hesité inclusive a publicar esta conferencia. Aunque pueda parecer que las cosas han empeorado después de 1971, testigo la legislación del aborto, podemos ver sobre todo, como lo confirmó la reciente visita de Benedicto 16, una renovación del cristianismo, incluso en la juventud numerosa venida a escuchar la voz del papa. La laicidad positiva, aceptada hoy por todos es nueva en un sentido, es la manera inteligente de entenderla bien. El verdadero remedio a la libertad de costumbres ya no es hablar mucho de ella y denunciar con frecuencia su perversidad, sino llevar por todos los medios posibles a nuestros contemporáneos a un descubrimiento de la mística cristiana. Ya no podemos contentarnos con un catecismo elemental y con la fe del carbonero.

     

    Comienzo de la conferencia: “Una de las influencias más considerables que se haya ejercido sobre nuestra época es evidentemente la de Freud. El freudismo está difundido por doquiera, su vocabulario llegó a ser bien común. Todos hablan de complejos, de represión, de Edipo y de todas las categorías en que se trata de inconsciente, y se ha convertido en una especie de eslogan que es necesario educar hijos sin complejos. No hay que traumatizarlos, y claro está, uno toma y deja, uno se da toda suerte de permisos, renuncia a todo pudor, los padres exponen su desnudez delante de los hijos para que no tengan complejos.

    Eso, por desgracia, no quiere decir que exijamos de nosotros mismos una rectitud total y que la exigencia interior que tendríamos frente a nosotros mismos podría ejercer un contagio de luz sobre los hijos. Tomamos y dejamos pero es evidente que el freudismo redujo las tensiones morales, nos inclina a aceptar todo, entre otras cosas la homosexualidad que reivindica sus derechos hasta un reconocimiento legal de matrimonio ente hombres o mujeres. Y todo eso naturalmente penetra en todos los medios – incluso cristianos – ¡y se ha vuelto moda hablar mal de la moral!

    ¡La moral es aburridora, la moral es estúpida, la moral es cuento de viejos! ¡El moralismo es la llaga del cristianismo, es la llaga de la Iglesia! Hay que vivir la vida, que cada uno se defienda como pueda. Si la píldora puede regularizar las relaciones conyugales, mantenerlas en la euforia, en la felicidad, ¿por qué no? Todos los tabúes son absurdos. Que cada uno viva su vida, a condición de no hacer mal a los demás y que deje en paz a los vecinos, eso ya es mucho.

    Es cierto que la moralidad encuentra mucha oposición y que ahora ya no se habla sino de ayuda al tercer mundo, de hacer la revolución. Ya no se habla de Dios, ¡no está de tono! Se habla del tercer mundo, de la revolución brasileña ¡y de la necesidad de liberar a los hombres de la esclavitud en que los mantienen! Existe pues una especie de desorden fundamental del pensamiento, una insurrección contra toda moral en la que no se ve muy bien qué parte le queda al Evangelio.

    En otras palabras y de la manera más simple, asistimos a la decadencia de la moral colectiva, hay cada vez menos moral colectiva. Todavía se protesta contra la tortura. Y se admite todo lo demás. Se admite la homosexualidad, como acabo de decir, como algo que no se discute. Se admite naturalmente el adulterio. Se admite el divorcio. Se admite el aborto y se lo reclama cada vez más por todas partes. Se quiere despenalizar el aborto para hacer de él una simple cuestión terapéutica sometida a los médicos.

    Hay pues un desorden total, completo, que alcanza a todo el mundo y que gangrena la mente de los hombres de Iglesia. Se comprende por otra parte que una moral colectiva, precisamente, cuando la colectividad misma está disociada, dividida, cuando ya no hay opinión común, cuando no hay sino reivindicaciones personales que se producen en sectores diferentes y opuestos unos a otros, se comprende muy bien que la moral colectiva que era grosso modo la del Decálogo, la cual era finalmente la reproducción de una moral usual, ya que encontramos en los textos del Libro egipcio de los muertos más o menos las mismas exigencias. El muerto que se confiesa en el más allá enumera en síntesis las obligaciones que tuvo si quiere defenderse y pretender a una recompensa, enumera más o menos todas las exigencias del Decálogo.

    El Decálogo no es nuevo en lo que inculca del punto de vista moral. Su gran novedad es la novedad cultual, la prohibición de imágenes, la adoración de un Dios único e invisible, la santificación del sábado y el respeto del nombre de Dios, pero en cuestión de exigencias propiamente morales, respecto de la vida humana, las encontramos en todas partes un poco semejantes, y es sin duda porque responden a exigencias que ya no son sentidas hoy en día, dado que ya no vivimos en un clan, en una tribu en que los seres son muy cercanos unos de otros y en que se vigilan muy estrechamente unos a otros. Cada uno lleva su vida dentro de su conejera y hace lo que quiere, después de todo a nadie le importa. Y ahí es donde está confrontado con una moral de la que quiere naturalmente liberarse, si eso no trae consecuencias fuera de su vida privada. Solamente lo que lleva a la prisión – y eso puede todavía ser muy honorable – solamente lo que lleva a la prisión sigue siendo prohibido, al menos a condición de que uno no se deje coger. ¡Si podemos escapar a la ley sin hacernos coger, el acto deja de ser delictuoso!

    ¿Existe una moral? ¿Hay exigencias? ¿Hay que abandonar la moral tradicional? ¿Hay que renunciar al Decálogo? ¿Hay que vituperar su moralidad? ¿Hay sobre todo que evitar crear complejos y represiones? ¿Hay que dejar que cada uno siga las inspiraciones de sus fantasías? ¿Hay que aceptar todo si la vida pública no es profundamente perturbada? Esa es la cuestión.

    Es evidente que el principio de la moral proviene del hecho que el hombre no está suficientemente determinado por los instintos. No está suficientemente determinado al punto de no poder ejercer ninguna iniciativa. Los animales parecen estar enteramente contenidos en el universo de los instintos. No pueden superarlos. Para ellos entonces no hay problema: no pueden ponerse ante la vida, tomar distancia respecto de ella y decidir un modo de actuar que resultaría de su iniciativa.

    Si el hombre estuviera totalmente contenido en el universo de los instintos, si los impulsos irresistibles regularan todas sus acciones, no habría problema. La dificultad está en que, siendo muy instintivo, siendo un manojo de instintos, sus instintos no cierran el anillo: hay un momento en que puede intervenir, en que debe intervenir, y no sabe muy bien en qué sentido, y eso es lo que hace todo el drama humano finalmente, esa potencia instintiva que pone al hombre al nivel de todos los seres vivos, y al mismo tiempo la falla del instinto en cierto momento, que requiere una iniciativa, sin que por otra parte el sentido de la iniciativa le esté prescrito o impuesto a priori.

    Hay como un hueco en el universo instintivo, una falla, y eso es lo que provoca toda la inquietud humana y es lo que introduce la moral. Antes mismo que los hombres puedan definir la libertad, - ¡todavía ahora son incapaces de hacerlo! – antes mismo de que los hombres hayan podido plantear el problema de la libertad, sintieron el peligro, sintieron que el individuo podía romper el pacto social – quiero decir romper la disciplina del grupo, poner en peligro el grupo, el clan, la familia primitiva, patriarcal, ponerla en peligro, y era necesario prevenir la anarquía o las insurrecciones anárquicas de esa libertad imposible de definir pero presentida inmediatamente como peligro.

    Miren la República de Platón. Platón, en su República ideal, exige que cada uno permanezca en su lugar, que el alfarero siga siendo alfarero, es inútil que piense en salir de ahí, en seguir otra carrera porque si cada uno quiere evadirse de su carrera, habrá perturbación, confusión, y la república será inmediatamente derribada.

    Se necesita pues un orden establecido, respetado, so pena de introducir inmediatamente intervenciones anárquicas de una libertad que no se conoce pero que es bastante poderosa como para destruir el orden existente. Desde el comienzo pues se ha entrabado la libertad, se han prevenido los impulsos anárquicos mediante usos y costumbres, mediante tradiciones, mediante una disciplina de grupo, como por ejemplo la prohibición del incesto que se encuentra por doquiera, la prohibición del incesto: un hombre no se casará con su madre, un padre no se casará con su hija. Se sintió que esta prohibición era indispensable para evitar una promiscuidad destructora de la vida social. Esta prohibición fue pues generalmente respetada. No puede tener oposiciones aun hoy cuando se protesta contra todo.

    Es pues cierto que la libertad cuya intervención es indispensable para cerrar el anillo, para hacer que los instintos alcancen un estatuto humano suficientemente creador, es cierto que la libertad fue sentida como peligro y que se previnieron las explosiones anárquicas mediante la institución de una moral que se incorporó en una religión porque evidentemente no se puede asegurar la observancia de la moral poniendo un gendarme detrás de cada individuo. El gendarme será la divinidad. Si una divinidad es testigo, una divinidad que tome sanciones contra todo el que viole el orden moral, el orden moral estará bien asegurado. Y todo eso, una vez más, era legítimo y necesario precisamente como los instintos en el hombre no regulan todo, fue necesario que las iniciativas de la libertad fueran reguladas y encerradas en justos límites bajo custodia de una moral incluida en una religión.

    Era un fenómeno inevitable, un fenómeno colectivo que naturalmente, al extenderse el grupo, al diferenciarse las funciones sociales, al diferenciarse los diversos oficios, en una palabra, al llegar a la civilización urbana en que ya el individuo no esté obligado a producir todo, a construir su vida con sus propias manos asegurando por sí mismo su alimento cogiendo frutos o cazando, al llegar la división del trabajo con la civilización urbana, llega también la posibilidad de reflexionar, y habrá hombres especializados en escritura, en copiar libros o en redactarlos, habrá pensadores, y todo eso hará naturalmente que ciertos hombres pongan en duda todos los usos, toda la moral y toda la religión.

    Bien o mal, a través de todas las generaciones se mantendrá un mínimo de exigencias sin las cuales la vida sería imposible. Si tomamos una ciudad como Tokio que tiene 12 millones de habitantes, ¡es un mundo! ¿Cómo habría sido posible esa ciudad sin una cadena fiable que asegure el alimento de los doce millones de hombres?

    Es absolutamente imposible que una vida civilizada se mantenga sin disciplina y por ende sin cierta moralidad, moralidad que afortunadamente no tiene oposición de parte de los humildes, de parte de las pequeñas manos que trabajan y aseguran nuestro sustento. Si la crítica se apoderara de todos esos hombres, si todos los obreros se plantearan problemas, si pusieran en duda sus deberes, la vida se detendría y por otra parte, surgiría inmediatamente una dictadura de hierro que impondría el regreso al trabajo suprimiendo toda libertad, como lo vemos por doquiera donde la revolución se ha hecho en nombre del proletariado y no en nombre de la libertad. Esas revoluciones se han siempre soldado por una dictadura que vemos como dura en Rusia, más terrible que nunca, después de 53 años.

    Sea como fuere, podemos entregarnos a mil consideraciones, es un hecho que la moral está perdiendo terreno, es un hecho que el moralismo es sospechoso, que pasa por aburrido, es un hecho que los hombres de Iglesia toman y dejan, es un hecho que ya no hay pecado, es un hecho que ya la gente no se confiesa, o cada vez menos, que está desapareciendo el sentimiento de culpabilidad, que cada uno se da la absolución y va a comulgar sin confesarse”.  (Continuará)

  • 15 10 2008. Nada es más importante que descubrir la Iglesia bajo este aspecto. La Iglesia es una Persona, es Jesús oculto para ser descubierto por el Amor. Tenemos que devolver a la Iglesia el rostro místico.

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    Final de la 7ª conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

     

    La Iglesia no es una institución, es una Persona. Nosotros somos los sacramentos de la presencia de Jesús y no podemos serlo sino en una total dimisión. La fuente de toda misión es la dimisión de sí mismo

     

    Retoma: “Es imposible que la Iglesia que perpetúa la Presencia de Jesús sea otra cosa que un instrumento y un sacramento de liberación”.

     

    Continuación: “Eso vale en todos los planos, incluso el dogmático. A propósito del bandido y su terror ante la condenación a la que se sentía condenado, vimos que a medida que se interiorizaba su relación con Dios, en la misma medida era también liberado de sus terrores y que el temor al que llegó no era ya el de ser sumergido en una desgracia infinita, sino el de herir ese Amor adorable que se ha puesto en sus manos. Entonces ve cada vez más que el sentido de la responsabilidad, al interiorizarse, adquiere una dignidad cada vez mayor y que el sentido de la responsabilidad llega finalmente a la maternidad divina que evocábamos esta mañana: “El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”, una libertad que es, claro está, exigencia cada vez más profunda de purificación, de don, de amor, de dimisión de sí mismo, ya que en la dimisión es como se realiza la libertad. Nada es más importante que descubrir la Iglesia bajo este aspecto.

    La Iglesia es Alguien, la Iglesia es una Persona, la Iglesia no es una institución como las demás, la Iglesia es el sacramento que sólo la fe puede reconocer ya que sólo el cuerpo místico tiene mirada mística y puede descubrir ese aspecto esencial y constitutivo de la Iglesia.

    La Iglesia es Alguien, es Jesús oculto, para ser descubierto precisamente por el amor, oculto para no imponerse a nadie, oculto para seguir siendo secreto de amor, pero presente realmente, dando a cada uno la ocasión de un encuentro personal con Él, sin ninguna interposición de los límites humanos.

    Pues el hombre que es el sacramento eclesial, sea Pedro, Santiago o Juan, sea Pablo o Apolos, sea el fiel más desconocido y más anónimo, cada miembro de la Iglesia no es la Iglesia sino en la medida en que se eclipsa todo en la persona de Jesucristo, al menos a los ojos de la fe, y cuando el hombre de Iglesia no es eso, pues se convierte en lo que Nuestro Señor dice a Pedro: “¡Satanás!”

    En efecto, el hombre de Iglesia no es hombre de Iglesia sino en la medida en que realiza la obra de Cristo en una dimisión de todo su ser en Él. Cuando quiere hacer sus negocios bajo el nombre de Cristo, cuando bajo el nombre de Cristo quiere desviar a Cristo de su verdadera misión, o desviar el Evangelio de su verdadero significado, deja de ser la Iglesia y entra en la calidad de “Satán”.

    El mismo hombre puede ser “Pedro”, la piedra sobre la que se funda la Iglesia por los siglos de los siglos, y al mismo tiempo, si se deja ir a sus propias inclinaciones, si no quiere entrar en las profundidades de la cruz, si no tiene inteligencia de la libertad en la dimisión, puede oponerse al designio de Cristo y ser tratado por Él como tentador. Entonces el cristiano no trata con Pedro como tal, y cuando Pedro quiere ser Simón, hijo de Juan, cuando quiere retomar su identidad primera, deja de ser Iglesia.

    Jesús pues nos liberó al máximo de toda limitación humana revelándonos, o revelándose a Saulo en el camino de Damasco, como la Presencia eternamente viva que se perpetúa a través de toda la historia bajo el velo del misterio de la Iglesia.

    Nuestros límites pueden, claro está, arrojar una sombra, retardar en cierto modo, desgraciadamente, el reconocimiento del misterio de la Iglesia – eso es demasiado cierto – y por eso tenemos que concentrar todos los esfuerzos en la manifestación del misterio de la Iglesia. Tenemos que volver a encontrar el bautismo de fuego de Pentecostés, tenemos que volver a encontrar las lenguas que ponen en movimiento el lenguaje interior, tenemos que tomar conciencia de que somos los sacramentos de la Presencia de Jesús y de que no podemos serlo sino en estado de total dimisión.

    Todo lo que podamos hacer no significa nada, ¡nada! Podemos hacer obras sin cesar, si son simplemente una manera de expresarnos, de hacer brillar con complacencia nuestros dones y talentos! El único testimonio irrechazable es el de la pobreza de espíritu, el de la dimisión, el de ser transparentes a Jesús! Es el único testimonio, y este testimonio no necesita de obras, no necesita signos, basta con que sea.

    Nada me impresionó más en El Cairo que este hecho: una basílica levantada en honor de Santa Teresa del Niño Jesús (1), construida en parte con dinero de los musulmanes, el permiso había sido dado porque se trataba de una basílica en honor de Santa Teresa y, en ese barrio que se vacía de cristianos, el barrio de Choubra que había sido un barrio cristiano por excelencia, en ese barrio en que los griegos, o los italianos, o los malteses, o incluso los coptos se hacen cada vez más raros, ¿qué es lo que llena esa iglesia?, mujeres musulmanas, mujeres del pueblo, mujeres que no saben leer, ¿y porqué vienen? ¿Que vienen a buscar en una basílica cristiana cerca de la efigie de Santa Teresa? ¡No lo saben ellas mismas! Se sienten bien ahí, se sienten bien, y eso constituye la vida de esa iglesia, las mujeres musulmanas que vienen a escuchar el llamado misterioso, más de 75 años después, vienen a escuchar el llamado de una extranjera de la que ignoran la lengua, muerta a los 24 años, que no hizo sino darse, ofrecerse y eclipsarse en la Persona del Señor.

    Por otra parte, no por nada la hicieron patrona de l as misiones porque nunca salió del convento, ¡porque había que mostrar justamente que la fuente de toda misión es la dimisión de sí mismo!

    Pues bien, en la época en que vivimos, en el desorden, en el tumulto, en la desorientación de los clérigos, de los sacerdotes, de los monjes, de las religiosas que se preguntan para qué pueden servir sin ver que son más necesarios que nunca, que precisamente su misión es dar a Cristo en persona y que esa es su misión irremplazable: ¡dar a Cristo en persona! ¡No tienen que trasmitir signos, palabras, una doctrina, una enseñanza o una filosofía! Tienen que comunicar a “Alguien” que ama a cada uno hasta la muerte en la Cruz y que quiere ser en cada uno la Vida de su vida.

    Nada hay más importante para nosotros: ¡hay que devolverle a la Iglesia el rostro místico! tiene que parecer a través de nosotros como el cuerpo místico del Señor. Es necesario que, en la transparencia de nuestra vida, brille el Rostro de Jesús.

    ¡Imposible esperar nada de las técnicas, de los métodos, de todas las organizaciones, de todas las proclamaciones, de todos los medios de comunicación, si Jesús no vive en el fondo de nuestros corazones! ¡Todo eso no hará sino ruido, diversión de las mentes, alejarlas del centro y herir el cuerpo místico del Señor!

    Tenemos pues que reaccionar, y es necesario que siguiendo a Santa Teresa del niño Jesús, acumulemos el silencio interior y nos hagamos portadores del diálogo con Cristo, único que puede ser luz del mundo.

    La Iglesia es Alguien. La Iglesia es una Persona. La Iglesia es una Presencia. La Iglesia es Jesús. No podemos pues ser auténticamente de Iglesia sino dimitiéndonos de nosotros mismos con una voluntad obstinada de dejar transparentar a través de nosotros el Rostro de Jesús por el cual suspira la tierra entera”.

    (Fin de la 7ª conferencia)

     

    Nota (1): muy curioso testimonio de Zundel que vivió cierto tiempo en El Cairo donde pudo constatar hace más de 30 años el avance del Islam, que no ha dejado de progresar hasta hoy. El testimonio silencioso de Santa Teresa fue reconocido al menos implícitamente inclusive por los musulmanes. Y si la Iglesia beatifica ahora en Lisieux, el 19 de octubre, a Zelia y Luis Martin, es por la misma razón, por su fidelidad silenciosa hasta en las pruebas muy grandes que marcaron sus vidas.

    Cristo, durante su vida en medio de nosotros, vivió una suprema dimisión de sí mismo, revelándonos así una dimisión infinitamente misteriosa vivida por Él, y por el Padre y el Espíritu en la Trinidad. Y mediante esa dimisión de sí mismo es como el hombre comienza a ser realmente a imagen y semejanza del Dios Trino, respondiendo así al proyecto creador y redentor de Dios al crear el “modelo” y al “redimir” al hombre.

    Toda esta segunda parte de la 7ª conferencia nos llama a un cambio, en la Iglesia, y para ser sus miembros vivos, un cambio tan profundo posible, como el realizado en los apóstoles en Pentecostés, cambio nunca terminado, cambio que quiere llevarnos a una interiorización de toda realidad, de todos los misterios de Jesús percibido ahora como interior en nosotros, y de todo lo que nos suceda.

    El Dios Trino es pura interioridad. Ninguna Persona divina tiene exterioridad, ni siquiera Jesús al encarnarse, aunque Su humanidad, que es creada, que no es Dios, tuvo necesariamente que aparecer primero como exterior a nosotros cuando se hizo uno de  nosotros. Resucitado, ya no tiene ahora ninguna exterioridad, sólo puede habitar nuestra interioridad. Entonces en la Eucaristía toma las apariencias más modestas, su visibilidad queda reducida a casi nada, pues una ínfima parte de hostia lo contiene todo entero.

    “Sólo podemos ser auténticamente de Iglesia dimitiéndonos de nosotros mismos con una voluntad obstinada de dejar transparentar a través de nosotros el rostro de Jesús por el cual suspira la tierra entera”.

     

  • 14 10 2008. Texto capital sobre el misterio de Jesús y de la Iglesia.

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    2ª parte de la 7ª conferencia del Mont des Cats en diciembre de 1971.

     

    ¡Hoy y mañana vamos a presentar una enseñanza absolutamente capital de la cual deberá tomar cada vez más conciencia la Iglesia en los decenios que vienen! Es una enseñanza que estamos más o menos tentados de rechazar por lo menos en sus consecuencias, y en que se hace evidente que nuestra interioridad es absolutamente capital para entrar en el misterio de Jesús y de la Iglesia. Una enseñanza de la cual se sigue que ese misterio está unido a una entrada cada vez más profunda en el misterio de la Santísima Trinidad. Se debería subrayar todo.

     

    Retoma: “Lo más impresionante del misterio de Pentecostés puede ser que el Jesús que los apóstoles habían visto delante de ellos, ahora Lo perciben, Lo encuentran dentro de sí mismos y comprenden el verdadero valor de Su Humanidad, ya que Su Humanidad era justamente el sacramento puro inseparablemente unido a la Divinidad, el sacramento de la Presencia personal de Dios”.

     

    Continuación: “La humanidad de Jesús era pues toda interiorizada, toda concentrada en la luz divina y en el fondo no se podía tocar. Nuestro Señor dice a la Magdalena: “¡No me toques!” Eso vale sin duda no solamente para Su vida de resucitado sino para Su vida en general, en el sentido de que no se llegaba a la verdad de su Humanidad sino tomándola del interior en su unión personal con la divinidad que la transfiguraba, tal como se manifestará en el día de la Transfiguración.

    Entonces la verdadera percepción de la Humanidad de Nuestro Señor se realiza el día de Pentecostés mediante la interiorización de Su Presencia en el corazón de los discípulos. Ellos son en cierto modo desposeídos de sí mismos, curados de sus límites, y lo que no se habían atrevido a hacer, se van a atrever hasta el martirio! Y el hombre tímido, el hombre que lo había negado después de haber prometido ir hasta la muerte, el hombre que ante una sirvienta había jurado no conocer a su maestro, será el primero en afrontar la muchedumbre, en afrontar las autoridades, en afrontar la prisión, hasta afrontar el martirio.

    Un cambio extremamente profundo se realizó pues en ellos y ese cambio se puede traducir por la interiorización de la Presencia de Jesús en ellos. ¡Ya no están solos! Están habitados por Él, van a hablar en Su Nombre, son como sacramentos Suyos y por eso toda clase de miedo los ha abandonado, ya no le tienen miedo a nada, están listos a dar la vida y van a encontrar las palabras, como Cristo les había prometido, encontrarán las palabras adecuadas para responder delante de los tribunales a las acusaciones o a las prohibiciones que les van a oponer. Esa transformación profunda nos hace participar en el nacimiento de la Iglesia.

    El nacimiento de la Iglesia tiene una importancia infinita para nosotros y para el futuro del mundo, para toda la historia, precisamente porque el nacimiento de la Iglesia es el acontecimiento que inscribe en la historia la historia de Jesús.

    Jesús no escribió nada. En el plano de la publicidad, de su vida pública, su vida termina en una catástrofe. ¡Nada habría sobrevivido de Su acción y de Su presencia si no hubiera sido continuada a través del misterio de la Iglesia! El misterio de la Iglesia es el que va a retomar la acción – o mejor, el que va a perpetuar esa Presencia, y la Iglesia no puede cumplir la misión, no puede perpetuar la Presencia de Jesús precisamente sino porque es el sacramento de esa Presencia.

    Es de última importancia que establezcamos el lazo entre el misterio de la Iglesia y el misterio de Jesús. Todo lo que sabemos de Jesús nos viene por la Iglesia. Las Escrituras del Nuevo Testamento son obra de la Iglesia que comenzó además su acción sin otra escritura que la del Antiguo Testamento, que era insuficiente para anunciar el misterio de Cristo.

    Entonces Jesús entró efectivamente en la historia para transformarla hasta el fin de los tiempos, Jesús entró efectivamente en la historia bajo el aspecto del misterio de la Iglesia. Era, además, otra manera de realizar la misión que se dirigía a todos los hombres, de extender a todos los hombres el misterio de la Encarnación, de hacerlos participar a todos para que realizaran juntos la unidad divina del género humano y de la Creación en la irradiación de Su Presencia.

    Es pues totalmente imposible ir hasta Jesús más allá de la Iglesia, más allá de los documentos que nos ofrece la tradición de la Iglesia, más allá de los documentos del Nuevo Testamento, más allá de su tradición oral que está inscrita en los documentos sin estar por otra parte encerrada en ellos.

    El testimonio de la Iglesia es el testimonio que Jesús da de Sí mismo. Ese testimonio es repetido bajo el sello del Espíritu Santo y fuera de esa no hay otra posibilidad de comunicar con Cristo, a condición de no olvidar – y eso es esencial – que Jesús en persona permanece en la Iglesia, prosigue su carrera en la historia bajo el velo del organismo sacramental que es justamente el misterio de la Iglesia.

    No bastaba en efecto que los discípulos dieran testimonio de lo que vieron y escucharon, primero porque lo que vieron y oyeron no agota la Revelación (1) ya que Nuestro Señor se adaptó a ellos forzosamente, porque ellos mismos no siempre entendieron en el nivel supremo las palabras del Señor. En los Evangelios, pasando de los Sinópticos a San Juan, vemos bien que hay una progresión, que el cuarto Evangelio es generalmente más interior, supone una experiencia cristiana ya más profunda. No podemos pues limitar nunca la revelación a los textos de que disponemos, diciendo: La revelación entera está en estas palabras (1).

    La misión del Señor, tan corta como haya sido, no se agota evidentemente en las pocas centenas de páginas del Nuevo Testamento. La revelación de Jesús es Jesús mismo. La revelación es inagotable y por otra parte, aunque tuviéramos una revelación completa, totalmente consignada en las palabras escritas o habladas, faltaría comprenderlas, comentarlas, y sabemos que los comentarios separados del maestro, los comentarios de los discípulos, pueden ser imperfectos, limitados, y reflejan lo que el discípulo entiende de la doctrina del maestro, y esto puede ser un límite impuesto al pensamiento del maestro.

    Hay pues que tener por absolutamente cierto que la revelación es el testimonio que Jesús sigue dando de sí mismo en Su Presencia real en el corazón del misterio de la Iglesia (1). San Pablo nos lo afirma absolutamente con su testimonio.

    La teología de la Iglesia y de su identificación con Cristo, la teología de la Iglesia tiene evidentemente un fermento magnífico en la conversión de San Pablo, el enemigo que, en su clarividencia fue el primero en ver, mucho antes que los apóstoles, como rabino, como discípulo de Gamaliel, como testigo y cómplice de la muerte de Esteban, San Pablo fue el primero que con celo santo percibió la incompatibilidad entre la sinagoga y la Iglesia cuando fue derribado por la gracia a las puertas de Damasco, y oyó la voz del Señor que se identificaba con la Iglesia que él quería ahogar en el huevo, que quería exterminar: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Percibió pues en el mismo momento, en la misma luz, la identidad de Jesús con la Iglesia, conoció a Jesús en la Iglesia y a la Iglesia en Jesús y es imposible ir más lejos en la identificación. Esta identificación es infinitamente preciosa, pues nos garantiza que en efecto la revelación sigue estando en la Persona, sigue consistiendo en la Persona de Jesucristo.

    No dependemos de los comentarios, no dependemos de la comprensión parcial que los apóstoles puedan tener de Su enseñanza. Tenemos un testimonio que no cesa de explicarse en la Presencia misma de Jesús, tanto que hasta el fin de los siglos cada alma está llamada y tiene el privilegio de encontrar a Jesús en Persona por medio del sacramento eclesial.

    La consecuencia de esto es que todo lo que no es Jesús – si la Iglesia es Jesús, según el testimonio mismo de las palabras del Señor a Pablo a las puertas de Damasco, si la Iglesia es Jesús, eso quiere decir que todo lo que no es Jesús en la Iglesia es sólo signo de Jesús, signo y sacramento de Jesús, y que la Iglesia no tiene sino una posibilidad, la de testimoniar de Jesús y comunicar la Presencia de Jesús. Esto quiere decir que la misión de la Iglesia no puede cumplirse sino en estado de total dimisión.

    En la Iglesia no hay poder que dé a los jerarcas dominación sobre los demás considerados como súbditos: en la Iglesia toda misión es dimisión, toda misión corresponde a la vocación de pobreza que brilla en el corazón de la Trinidad divina, que resplandece en la humanidad de Nuestro Señor enteramente despojada de sí misma por la subsistencia en el Verbo, que se refleja en la bienaventurada Virgen María cuya maternidad virginal vimos precisamente que procede del vacío total que se realiza en ella desde el primer instante de su existencia por su Concepción Inmaculada. Y ese misterio de pobreza se perpetúa en la Iglesia cuya misión se realiza mediante una total dimisión.

    Eso quiere decir inmediatamente que el fiel, el discípulo de Jesús, el “cristiano”, como se llamó a los discípulos en Antioquía, el cristiano es totalmente libre, absolutamente libre de todo lo que no es Cristo, no tiene sino un solo señor que es su liberador, un solo señor que está de rodillas ante él en el lavatorio de los pies, un sólo señor que es interior a él mismo y que se propone siempre sin imponerse jamás porque no puede, a la luz de la fe, no puede sino descubrir a través del sacramento eclesial, ya sea la jerarquía, ya el cuerpo de los fieles, ya los signos sagrados que transmiten la gracia, ya los ritos en que se expresa la divina liturgia, de todos modos el fiel, el que pone su fe, el que da su corazón a Dios según la fuerza de la palabra “creer”, da su corazón a Dios, lo da en efecto en la plenitud de su libertad ya que su fe le hace atravesar los signos y sus límites y lo pone siempre frente al Señor que se esconde en lo más profundo de él mismo para conducirlo a la Libertad Divina. Esto es absolutamente capital porque si Dios se nos revela en Jesús como la eterna trinidad, si Dios se nos revela en Jesús como libertad infinita, si, a través de Jesús nuestra libertad puede realizarse como jamás pudo hacerlo sin Él, si es Él quien nos la revela, si es Él el que es su fermento, es imposible que la iglesia que perpetúa Su Presencia sea otra cosa que un instrumento y un sacramento de liberación”.

    (Continuará. Y la continuación es igualmente importante al extremo).

     

    Nota (1). Uno está tentado de rechazar esta enseñanza porque se nos enseñó que la revelación quedó terminada con la muerte del último apóstol. ¡No hay que hacerlo demasiado rápido! Las afirmaciones zundelianas no son ciertamente tan opuestas a ese axioma como pudiera parecer a primera vista. Lo que habría de particular y único en los apóstoles es su marcha permanente con el Señor durante tres años, lo cual conlleva necesariamente un conocimiento particular de la persona de Jesús aunque se haya necesitado Pentecostés para que interiorizaran Su presencia, en un sentido, en un sentido solamente, más real que la presencia de Jesús a cualquiera. Si la revelación se termina con la muerte del último apóstol, es sin duda justamente porque nadie después de ellos podrá tener la proximidad que tuvieron ellos con Jesús durante su encarnación terrestre. No es porque hubieran almacenado en su cabeza un conocimiento conceptual único de la persona de Jesús. No podían ellos conocer los desarrollos del dogma que vinieron después en la historia de la Iglesia.

     

  • 13 10 2008. Las tentaciones de Jesús, su Muerte, su Resurrección y Pentecostés, el milagro de los milagros.

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    1ª parte de la 7ª conferencia del Mont des Cats, en diciembre de 1971.

     

    “La gracia de la Encarnación, la gracia infinita, incomparable, de que fue revestida la humanidad de Nuestro Señor, es una misión porque toda gracia es misión y así se establece, o al menos se afirma, la justicia universal del Señor que, a través de los niveles diferentes alcanza a todos los seres, porque el que tiene más está llamado a dar más, de modo que la igualdad se restablece en la armonía del cuerpo místico que comprende todo el universo.

    Pero omití un elemento muy importante en esta consideración, las tentaciones de Nuestro Señor pues precisamente las tentaciones de Jesús nos dan una apertura extremamente profunda sobre la conciencia que Él tenía de la relación entre la gracia y la misión.

    En efecto, las tentaciones nos muestran que Jesús, consciente de sus poderes, de los poderes que ejercía con tanto brillo y que, por un tiempo, le dan el concurso y la admiración de las muchedumbres, Nuestro Señor es perfectamente consciente de que sus poderes no deben servir a favor suyo. No debe calmar el hambre cambiando las piedras en pan, no debe precipitarse en el abismo contando con los ángeles de Dios para protegerlo, no debe prosternarse delante del príncipe de este mundo para obtener el reino del mundo.

    Hay pues todo un aspecto de su personalidad, o mejor un aspecto de los dones infinitos hechos a Su Humanidad por su subsistencia en el Verbo, hay todo un aspecto en que sus dones están reservados a Su misión y no deben servir a Su Persona. Y eso justamente nos ayuda a considerar cómo, desde el punto de vista de la ciencia experimental, según las definiciones que les recordaba esta mañana, efectivamente Cristo pudo conocer los abismos de tinieblas y de desesperación, aunque estuviera revestido de todos esos dones, y haya podido ejercer su poder sobre todos los elementos, inclusive sobre la muerte, porque justamente sus poderes no debían servirle a Él.

    Su misión era precisamente hacerlos servir a la redención de la humanidad. Él debía ser el contrapeso de amor opuesto a todos los rechazos de amor, Él debía conocer el infierno tanto como podía conocerlo la inocencia suprema. Pasó pues por el escrúpulo espantoso en que se vio como pecado viviente, habiéndose “hecho pecado por nosotros” a fin de que nosotros fuéramos, como dice San Pablo “justicia para Dios”. Conoció el abandono supremo y sus últimas palabras fueron palabras de aparente desesperación: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”

    ¿Termina todo acaso en un fracaso? Nuestro Señor pudo tener esa impresión en el plano de la ciencia experimental, pero sabiendo, en el plano del conocimiento divino, de la visión beatífica y del conocimiento profético, que ese era en realidad el momento redentor.

    ¿Hay sin embargo algún aspecto que se deba retener como fracaso de Dios? ¿Estaba Nuestro Señor encargado de inscribir en la Historia el fracaso de Dios, es decir de revelarnos que, finalmente, la libertad que Dios le da al hombre es una libertad infinita, inviolable, cuya víctima puede ser Dios mismo?

    Es seguro que nada era más contrario a las perspectivas tradicionales, nada podía desmontar más las esperanzas que ponían en la intervención de Dios que debía necesariamente ser una intervención todopoderosa y milagrosa.

    Todos los exegetas observan que, según toda probabilidad, Nuestro Señor pudo comenzar su ministerio en Galilea, en una especie de euforia obteniendo la adhesión y la admiración de la muchedumbre, pudiendo proclamar en el Sermón de la montaña las exigencias más elevadas y magníficas que hayan sido jamás expresadas, y quizá, en el plano del conocimiento experimental que era ciencia progresiva, alimentada de los acontecimientos, que dependía de las circunstancias, quizás esperó convertir ese pueblo, sacarlo de su particularismo, enviarlo a su verdadera misión que era de ser elegido no para sí mismo sino para los demás. ¿Tuvo Él por un momento esta esperanza, aun sabiendo una vez más en lo intemporal, que todo terminaría en catástrofe? Es posible.

    Los exegetas observan, en general que hay reflujo, que poco a poco – lo vimos después de la muerte de Juan Bautista – las idas y venidas de Jesús son prudentes. Se siente más o menos perseguido por la policía de Herodes. Se va a Decápolis o a la región de Tiro y de Sidón. Pasará a Cesarea de Felipe donde tendrá lugar la célebre confrontación con sus apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Parece pues que hubo una baja de popularidad y que en el plano del conocimiento experimental tuvo que dedicarse más profundamente a la educación, a la formación de sus discípulos que debían remplazarlo, y que estaban por otra parte lejos de estar preparados para el desenlace trágico que va a dispersarlos y comunicarles también a ellos una especie de desesperación: ¡Ya lleva tres días en el sepulcro! “Esperábamos, dicen los discípulos de Emaús, esperábamos que iba a ser el salvador de Israel y ya van tres días desde que estos acontecimientos se realizaron!”

    Una vez más, ¿en qué medida estuvo Nuestro Señor, en el plano del conocimiento experimental, sorprendido y desgarrado? Vemos bien que Su agonía – que no es una representación sino una trágica realidad – vemos bien que su Agonía contiene una noche tal que pide por tres veces ser liberado de ese cáliz, aunque se abandona a la voluntad divina.

    En todo caso, en el plano de la Historia, es un fracaso, y no vemos cómo Jesús habría podido triunfar de ese fracaso, en el plano de la Historia, si los discípulos no hubieran tomado el relevo, si el testimonio que Él había dado de Su Persona y Su misión no hubiera sido retomado por la Iglesia naciente.

    Es un hecho, ¿no es cierto?, que en el plano de la historia, por lo menos de la historia pública, de la historia oficial, todo termina con la muerte de Jesús. El Viernes Santo es el fin de su historia. Su proceso se desarrolló con una publicidad suficiente para dejar rastros en los archivos, fue juzgado públicamente, y las autoridades romanas y judías concurrieron a su condenación.

    Su Resurrección, por el contrario, es un acontecimiento confidencial. Es totalmente claro que

  • 11 10 2008. Jesucristo murió de nuestra muerte.

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    Final de la 6ª conferencia del Mont des Cats en diciembre 1971.

     

    Retoma: “La muerte entró en el mundo por el rechazo del Amor Infinito. Al separarse de la fuente de Vida, la primera pareja introdujo la muerte. Pero Jesús está en el centro mismo de la unión de la humanidad con Dios, subsiste en Dios, está unido personalmente a Dios, está pues en la fuente misma de la Vida. ¿Cómo pudo la muerte tener poder sobre Él?”

    Continuación: “Evidentemente, eso no será posible sino en virtud de la solidaridad absoluta entre Él y nosotros. Y, en efecto, San Pablo nos da la posibilidad de comprender cómo la muerte se apoderó de la Persona de Jesús. Mientras Jesús había declarado que nadie le quitaba la Vida, que Él la daba de Sí mismo y podía retomarla, san Pablo nos lleva a comprender esa muerte por identificación con nosotros.

    En efecto, si Jesús se “hizo pecado”, si se sintió el gran culpable, si tuvo el sentimiento de que sus verdugos eran infinitamente más inocentes que Él cuando oró por ellos, si entró en las tinieblas infinitas, entonces podemos concebir que no murió de muerte física, que no murió ante todo por las heridas sino que murió de muerte interior, que murió de la coexistencia en Él de la inocencia infinita de que tenía conciencia en lo más alto de su ser y la culpabilidad infinita que sentía en la zona tenebrosa de su conocimiento experimental. El vecindario y el antagonismo de la inocencia absoluta y de la culpabilidad infinita es probablemente lo que determinó la muerte de Nuestro Señor.

    Nuestro Señor murió de nuestra muerte, murió de muerte de identificación con nosotros y por eso su muerte constituye una especie de milagro. El problema de la Resurrección en cierto modo es evidente: Si Jesús es el Príncipe de la Vida, lleva en Sí la fuente de la vida. El verdadero milagro no es que haya resucitado sino que haya muerto.

    Y parece que si seguimos las indicaciones dadas por el P. Mac Nabb (1), parece en efecto que Nuestro Señor murió de muerte interior, de muerte en que su alma fue destrozada, rasgada por la coexistencia de la suprema inocencia y la suprema culpabilidad y que su Resurrección representa algo completamente diferente de la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím, o de la hijita del jefe de la sinagoga. Es algo diferente. Como la muerte de Nuestro Señor es única, como la muerte de Jesús viene del interior, como es una muerte interior, su Resurrección es también una realidad del interior, es la exigencia misma de su ser lo que se reactualiza. El Príncipe de la Vida no podía ser entregado a la muerte, no podía morir sino de muerte de identificación con nosotros.

    El P. Mac Nabb concluye además su exposición de los 4 planos de conciencia de Nuestro señor diciendo a sus amigos anglicanos: “Si nos colocamos en el punto de vista del conocimiento experimental, podemos admitir en efecto que Nuestro Señor en ciertos momentos no tuvo conciencia de su divinidad, subentendiendo desde luego que desde el punto de vista de la ciencia beatífica, profética y con mayor razón, desde el punto de vista del conocimiento divino, tenía siempre perfecta y totalmente conciencia de Su Divinidad.

    Es uno de los ejemplos más admirables de la caridad en las relaciones entre teólogos el que nos da el P. Mac Nabb al entrar a fondo en el problema que explica a partir de una tradición infinitamente profunda, que distingue todos los aspectos, que da razón en cuanto posible a lo que parece puramente negativo y nos permite así contemplar en un maravilloso equilibrio los diferentes niveles de conciencia del alma de Nuestro Señor.

    Me parece de extrema importancia para nosotros, si queremos entrar en el misterio de la Redención, me parece de extrema importancia que vivamos este misterio bajo ese aspecto de identificación con nosotros y que veamos la muerte de Nuestro Señor no como algo que Él sufre en virtud de cierta descomposición de su humanidad, sino como una realidad que asume en plena libertad para hacer contrapeso a todos nuestros rechazos de amor, para centrarnos de nuevo sobre la vida infinita que debe brotar en nosotros del corazón de Dios que late en el nuestro.

    Queremos pues tratar de retener esta admirable distinción para darnos cuenta cada vez más profundamente de la especie de dialéctica entre la libertad infinita de Jesús y las exigencias de su misión redentora. Mientras más nos hundamos en esas tinieblas, más nos sobrecogerá el poder del Amor de Nuestro Señor, más veremos en él a Alguien infinitamente fraternal que llevó nuestra carga, que la llevó infinitamente más de lo que somos capaces nosotros de llevar, ya que Él tenía conocimiento del mal, un conocimiento que sacaba de la luz infinita de Su inocencia.

    Él conoció el rostro del pecado como nosotros nunca no lo conoceremos, y lo llevó. “Se hizo pecado por nosotros” y justamente eso es para nosotros una razón para amarlo sin medida y serle tanto más fieles cuanto que fue crucificado por todos nuestros rechazos de amor. Y ahí es finalmente a donde debe llegar toda contemplación del misterio de la Redención, a una voluntad de hacer de Jesús en nosotros el Señor Vivo y Resucitado”.

    (Fin de la 6ª conferencia)

     

    Nota (1) personal. No logro interesarme de verdad al pensamiento del P. Mac Nabb. Tengo siempre la tentación de pensar que todo lo extraordinario de la humanidad de Cristo, inclusive la visión beatífica, necesariamente adaptada a su humanidad (pero pudiendo ser concebida como apta a la visión beatífica, y por lo mismo a la igualdad con Dios desde su concepción en María, por un efecto de anticipación de sus méritos en el momento de pasar al Padre – a semejanza de lo que sucede en la Inmaculada Concepción – pero que no lo será sino a causa del paso al Padre y cuando éste se haya realizado), pienso que todo lo extraordinario de Jesucristo durante su paso entre nosotros, entre otras cosas sus milagros, es debido a la perfección absoluta de su humanidad y no a su divinidad, la cual es anonadada en Él en el momento de la encarnación redentora. Y entonces en su humanidad Jesús podría no tener ninguna conciencia de su divinidad antes de ese paso (2) sino como nosotros (pero Él de manera perfecta), en y por la fe. Yo creo que esta opinión presenta la ventaja de no magicizar en modo alguno Su humanidad. Además, Jesús no se apropia sus milagros, ya que sus discípulos van a hacer milagros más grandes, dijo Él, y al decirlo no precisó que era Él quien haría los milagros por medio de ellos.

    Nota (2). Y sin embargo tiene conciencia de ello si desde su concepción en María es apto para la visión beatífica, por anticipación de los méritos de su paso. Porque es necesario unir a la visión beatífica la conciencia de ser Dios.

     

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