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1ª parte de la 9ª conferencia del Mont des Cats en diciembre 1971.
¿Hay una moral sexual? ¿Podemos descubrir esa moral a partir de una
búsqueda de nuestra liberación?
El problema sexual es el más difícil de plantear. En el fondo no ha sido
jamás planteado de manera equilibrada porque, evidentemente, implica tan
profundamente a todo ser humano en todas sus posibilidades, ya que estamos atados
a la especie y que la especie quiere durar, la especie utiliza todas las
estratagemas posibles para proseguir su carrera.
Nos hallamos en efecto ante la paradoja de la vida: la vida es una empresa
contradictoria en el sentido que tal como la conocemos, la vida es a la vez un “para sí”, es decir que el ser vivo
constituye una unidad preocupada de sí misma en la cual todas las funciones
están precisamente ordenadas a la supervivencia de esa unidad, un “para sí”
entonces, y al mismo tiempo, a pesar
de la voluntad feroz de autonomía y de perseverancia en el ser, una dependencia total, ya que la vida
no puede subsistir un segundo sin préstamos.
No hay empresa más arriesgada que la vida, ya que no puede durar ni un
segundo sin concurso de la atmósfera, sin concurso del oxígeno, sin concurso
del alimento, sin concurso del sol, sin concurso finalmente de todos los agente
cósmicos.
La vida vive de préstamos, y gracias a los préstamos puede proseguir su
carrera, pero los préstamos tienen fin precisamente porque la vida se infecta
por la duración, se envenena, se intoxica y finalmente los aparatos que
permiten la comunicación con el mundo exterior, los aparatos que aseguran el
aprovisionamiento, se embotan, se llenan, se gastan, envejecen y se hacen
incapaces de servir de canal entre el organismo y el universo, es decir que la vida está necesariamente condenada a
muerte.
Lucha contra la muerte desde el primer instante de su existencia, y termina
por sucumbir y se detendría necesariamente en el planeta, se detendría, dejaría
de continuar, si el individuo no tuviera la capacidad de reproducirse. La
reproducción asegura pues la permanencia de la vida, la permanencia de la
especie.
Muerto el individuo, la especie puede durar gracias a la reproducción, pero
esta condición es extremadamente rigurosa porque, en efecto, la vida dura
solamente a través del delgado telón de las generaciones actuales. Todas las
generaciones pasadas fueron sumergidas. Las generaciones futuras no existen
todavía. La vida persevera pues a través del telón delgado de las
generaciones contemporáneas, y entonces tiene que subsistir y asegurar su
permanencia precisamente mediante la reproducción.
La reproducción comporta naturalmente innumerables matices, según que la
vida se reproduzca por división como en las bacterias que se reproducen cada 20
minutos desde hace 20 mil millones de años o más, y se reproducen regularmente,
regularmente, regularmente cada 20 minutos por división, o si es por
reproducción hermafrodita como en los moluscos, o también por sexos netamente separados
como en todos los animales superiores, y cuando la fecundidad se realiza en el
cuerpo materno, como sucede precisamente en los animales superiores, hay
naturalmente la unión de los portadores de gérmenes diferentes.
La sexualidad encuentra entonces su desarrollo supremo cuando dos
individuos llevan cada uno un germen diferente cuya unión es indispensable a la
continuación de la vida, y naturalmente los dos individuos deben unirse y, para
unirse, es necesario que tengan el impulso de hacerlo, es pues necesario que su
psiquismo, que su psiquismo los induzca a la copulación. Y es un punto crucial
extremamente importante: en el fondo,
para la especie, lo único que cuenta es el matrimonio físico-químico del
espermatozoide y el óvulo. Cuando esto queda asegurado, el futuro de la
especie está asegurado.
Ustedes saben por otra parte que ciertas larvas de ciertos insectos
procrean antes inclusive de la madurez, antes de haber alcanzado plenamente la
edad adulta, justamente porque para la especie lo que cuenta es el matrimonio
físico-químico del espermatozoide y el óvulo.
Pero entonces los individuos maduros, los individuos que han alcanzado el
pleno desarrollo no tienen interés en ese matrimonio físico-químico mismo, y
por eso en todas las especies superiores, asistimos a un inmenso desarrollo de la sexualidad en el psiquismo.
Hay una sexualidad físico-química a la cual acabo
de hacer alusión, que concierne el matrimonio del espermatozoide y el óvulo, y hay
una sexualidad psíquica que es mucho más importante en el sentido de que la
atracción del óvulo y del espermatozoide, la atracción físico-química se
traduce en el nivel psíquico por un impulso vertiginoso, indefinido, que
impregna todo el ser y lo inclina a una unión con la pareja del otro sexo, sin
ninguna consideración ni por la reproducción ni por la especie, lo que viene a
ser lo mismo.
Tienen de ello una prueba o una contraprueba fácil de comprender: todas las
canciones de amor que podemos escuchar, que se difunden por la radio, todas las
canciones de amor conciernen rigurosamente las dos partes de la pareja y jamás
la tercera, que es el hijo. En las canciones de amor no se habla nunca del
hijo, o casi nunca.
Entonces, al nivel psíquico, lo que cuenta es la unión de las dos partes en
una especie de vértigo y de espejismo infinito que los inclina a la unión
física sin que tengan que pensar en la generación y cuando piensan en ella, es
con más frecuencia para excluirla. Eso no les interesa, eso no cuenta,
precisamente porque la sexualidad psíquica constituye un mundo que se basta, un
mundo pasional que determina una cantidad tal de vértigo, de complacencia, de
complicidad, de ilusiones, de llamados, de promesas, de gozo, de embriaguez,
que es un mundo inagotable. Finalmente todas las literaturas están llenas de
cantos de amor, llenas de ese encanto, de la nostalgia que dura todavía. No
existe cancionero que no cante cánticos de amor, es lo único que se acepta
todavía en el terreno del sentimiento, aunque esas canciones sean con
frecuencia de una profunda vulgaridad.
Es cierto que en el plano psíquico no hay solución, justamente porque la
sexualidad psíquica no es clara en sí misma ya que determina una atracción
indefinida que simula el infinito, que da la impresión realmente de un océano
de misterio, de descubrimiento y de beatitud, la sexualidad psíquica está tan
llena de promesas que parece bastarse, y, de hecho todos los que entran en esta
dirección, todos los que se dejan agarrar por ese espejismo, mientras estén
bajo la dominación de ese vértigo, están sin recurso, sucumben necesariamente
porque todo otro valor queda obliterado mientras dure la pasión con la plenitud
sin reserva y sin crítica.
Vemos entonces, por otra parte, en la especie humana que la pasión amorosa
puede sobrevivir y sobrevive con mucha frecuencia a la menopausia. Cuando las
mujeres dejan de ser fecundas no dejan por lo mismo de tener un apetito carnal
o un apetito amoroso muy virulento. A veces al contrario el apetito se exaspera
después de la menopausia.
Hay pues una ruptura entre la fisiología propiamente dicha, entre el matrimonio
físico-químico del espermatozoide y el óvulo, que en sí es muy inocente. Si lo
observan en laboratorio, ese matrimonio es algo muy inocente. Hay una especie
de corriente eléctrica que hace que uno de los gametos es aspirado por el otro.
Hay pues una especie de separación entre
el dominio biológico y el dominio psicológico, y se comprende porque si las
parejas, si el hombre y la mujer, digamos si el macho y la hembra fueran
conscientes de que se trata de la especie no entrarían en el juego en la
mayoría de los casos porque no se sentirían implicados en darse finalmente
sucesores y se condenan a dejar el lugar y morir. Si la vida perdura, es
precisamente en razón de ese vértigo que da muy claramente a las parejas la
impresión de que está en juego su propio bien.
Y esto es verdad en todas las especies donde la diferencia de sexos es
suficientemente acusada para que haya un psiquismo amoroso. Un cisne del Lago
Lemán, un cisne macho puede perfectamente matar a su pareja, o mejor a su
rival, matarlo a picotazos, si ronda alrededor de una hembra que él desea,
porque tiene el claro sentimiento de que es una cuestión personal, la
sexualidad le parece como su bien. No se preocupa por el bien de la especie, no
la conoce, pero la posesión de la hembra es su bien, y es lo que sucede en la
especie humana.
Puede haber celos, rivalidades terribles, porque el hombre considera la
sexualidad como su bien y no como el bien de la especie, aunque juegue sin
saberlo el juego de la especie. Es evidente que la efusión de esperma en el
seno de la mujer no tiene ningún significado fuera de la generación. En sí, no
se ve porqué ese gesto expresaría el amor si la especie no estuviera vitalmente
interesada en ello, y lo está. De hecho, estadísticamente, eso funciona
maravillosamente ya que la humanidad no se reproduce sino demasiado. ¡Pronto no
se sabrá dónde meter los hombres de tanto proliferar!
Entonces, de hecho, la especie gana ampliamente en todos los planos y el
hombre se deja engañar por ella creyendo dominar el juego pero, una vez más,
toda especie de consideración no sirve absolutamente de nada si nos quedamos en
el terreno de la pasión. La pasión puede estallar en los seres aparentemente
más invulnerables, la pasión puede desencadenarse de repente, arrastrar a un
padre de familia, a una madre, que eran hasta entonces perfectamente rectos en
su hogar según todas las apariencias, atentos a todos sus deberes, enamorados
de su marido o de su mujer, extremamente dedicados a sus hijos, todo eso puede
ser barrido en un segundo si de repente la pasión despierta en ellos una forma
de sexualidad que no conocían todavía, cuya violencia cósmica los conmueve y
los priva de todos los medios de resistencia dándoles justamente el sentimiento de entrar en una creación
colosal, de ser demiurgos, de ser verdaderamente la fuente misma del nacimiento
de los mundos.
Porque la imaginación erótica no está nunca falta de argumentos, inventa,
inventa, inventa, está dotada de una retórica inagotable, tiene siempre
argumentos, no hay nada que no pueda justificar, ninguna traición, ningún
abandono parece culpable a los ojos de una inteligencia que está totalmente
imantada por un erotismo que penetra todas las fibras del ser, y es evidente
que nada es más difícil que dominar esa fuerza y ponerla en su puesto. ¡No se
trata, claro está, de negarla ni de despreciarla! Todos comenzamos por ser un
óvulo y un espermatozoide, no tenemos que negar nuestro origen. Al contrario,
lo que debemos comprender es precisamente que el espermatozoide y el óvulo son ya un ser humano, que hay en ellos
ya una promesa de vida, una persona en potencia, y que es un terreno sagrado, y
que precisamente en el dominio sexual no se debe ignorar nunca la tercera
persona que es el hijo”.
(Continuará)