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11 10 2008. Jesucristo murió de nuestra muerte.

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Final de la 6ª conferencia del Mont des Cats en diciembre 1971.

 

Retoma: “La muerte entró en el mundo por el rechazo del Amor Infinito. Al separarse de la fuente de Vida, la primera pareja introdujo la muerte. Pero Jesús está en el centro mismo de la unión de la humanidad con Dios, subsiste en Dios, está unido personalmente a Dios, está pues en la fuente misma de la Vida. ¿Cómo pudo la muerte tener poder sobre Él?”

Continuación: “Evidentemente, eso no será posible sino en virtud de la solidaridad absoluta entre Él y nosotros. Y, en efecto, San Pablo nos da la posibilidad de comprender cómo la muerte se apoderó de la Persona de Jesús. Mientras Jesús había declarado que nadie le quitaba la Vida, que Él la daba de Sí mismo y podía retomarla, san Pablo nos lleva a comprender esa muerte por identificación con nosotros.

En efecto, si Jesús se “hizo pecado”, si se sintió el gran culpable, si tuvo el sentimiento de que sus verdugos eran infinitamente más inocentes que Él cuando oró por ellos, si entró en las tinieblas infinitas, entonces podemos concebir que no murió de muerte física, que no murió ante todo por las heridas sino que murió de muerte interior, que murió de la coexistencia en Él de la inocencia infinita de que tenía conciencia en lo más alto de su ser y la culpabilidad infinita que sentía en la zona tenebrosa de su conocimiento experimental. El vecindario y el antagonismo de la inocencia absoluta y de la culpabilidad infinita es probablemente lo que determinó la muerte de Nuestro Señor.

Nuestro Señor murió de nuestra muerte, murió de muerte de identificación con nosotros y por eso su muerte constituye una especie de milagro. El problema de la Resurrección en cierto modo es evidente: Si Jesús es el Príncipe de la Vida, lleva en Sí la fuente de la vida. El verdadero milagro no es que haya resucitado sino que haya muerto.

Y parece que si seguimos las indicaciones dadas por el P. Mac Nabb (1), parece en efecto que Nuestro Señor murió de muerte interior, de muerte en que su alma fue destrozada, rasgada por la coexistencia de la suprema inocencia y la suprema culpabilidad y que su Resurrección representa algo completamente diferente de la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím, o de la hijita del jefe de la sinagoga. Es algo diferente. Como la muerte de Nuestro Señor es única, como la muerte de Jesús viene del interior, como es una muerte interior, su Resurrección es también una realidad del interior, es la exigencia misma de su ser lo que se reactualiza. El Príncipe de la Vida no podía ser entregado a la muerte, no podía morir sino de muerte de identificación con nosotros.

El P. Mac Nabb concluye además su exposición de los 4 planos de conciencia de Nuestro señor diciendo a sus amigos anglicanos: “Si nos colocamos en el punto de vista del conocimiento experimental, podemos admitir en efecto que Nuestro Señor en ciertos momentos no tuvo conciencia de su divinidad, subentendiendo desde luego que desde el punto de vista de la ciencia beatífica, profética y con mayor razón, desde el punto de vista del conocimiento divino, tenía siempre perfecta y totalmente conciencia de Su Divinidad.

Es uno de los ejemplos más admirables de la caridad en las relaciones entre teólogos el que nos da el P. Mac Nabb al entrar a fondo en el problema que explica a partir de una tradición infinitamente profunda, que distingue todos los aspectos, que da razón en cuanto posible a lo que parece puramente negativo y nos permite así contemplar en un maravilloso equilibrio los diferentes niveles de conciencia del alma de Nuestro Señor.

Me parece de extrema importancia para nosotros, si queremos entrar en el misterio de la Redención, me parece de extrema importancia que vivamos este misterio bajo ese aspecto de identificación con nosotros y que veamos la muerte de Nuestro Señor no como algo que Él sufre en virtud de cierta descomposición de su humanidad, sino como una realidad que asume en plena libertad para hacer contrapeso a todos nuestros rechazos de amor, para centrarnos de nuevo sobre la vida infinita que debe brotar en nosotros del corazón de Dios que late en el nuestro.

Queremos pues tratar de retener esta admirable distinción para darnos cuenta cada vez más profundamente de la especie de dialéctica entre la libertad infinita de Jesús y las exigencias de su misión redentora. Mientras más nos hundamos en esas tinieblas, más nos sobrecogerá el poder del Amor de Nuestro Señor, más veremos en él a Alguien infinitamente fraternal que llevó nuestra carga, que la llevó infinitamente más de lo que somos capaces nosotros de llevar, ya que Él tenía conocimiento del mal, un conocimiento que sacaba de la luz infinita de Su inocencia.

Él conoció el rostro del pecado como nosotros nunca no lo conoceremos, y lo llevó. “Se hizo pecado por nosotros” y justamente eso es para nosotros una razón para amarlo sin medida y serle tanto más fieles cuanto que fue crucificado por todos nuestros rechazos de amor. Y ahí es finalmente a donde debe llegar toda contemplación del misterio de la Redención, a una voluntad de hacer de Jesús en nosotros el Señor Vivo y Resucitado”.

(Fin de la 6ª conferencia)

 

Nota (1) personal. No logro interesarme de verdad al pensamiento del P. Mac Nabb. Tengo siempre la tentación de pensar que todo lo extraordinario de la humanidad de Cristo, inclusive la visión beatífica, necesariamente adaptada a su humanidad (pero pudiendo ser concebida como apta a la visión beatífica, y por lo mismo a la igualdad con Dios desde su concepción en María, por un efecto de anticipación de sus méritos en el momento de pasar al Padre – a semejanza de lo que sucede en la Inmaculada Concepción – pero que no lo será sino a causa del paso al Padre y cuando éste se haya realizado), pienso que todo lo extraordinario de Jesucristo durante su paso entre nosotros, entre otras cosas sus milagros, es debido a la perfección absoluta de su humanidad y no a su divinidad, la cual es anonadada en Él en el momento de la encarnación redentora. Y entonces en su humanidad Jesús podría no tener ninguna conciencia de su divinidad antes de ese paso (2) sino como nosotros (pero Él de manera perfecta), en y por la fe. Yo creo que esta opinión presenta la ventaja de no magicizar en modo alguno Su humanidad. Además, Jesús no se apropia sus milagros, ya que sus discípulos van a hacer milagros más grandes, dijo Él, y al decirlo no precisó que era Él quien haría los milagros por medio de ellos.

Nota (2). Y sin embargo tiene conciencia de ello si desde su concepción en María es apto para la visión beatífica, por anticipación de los méritos de su paso. Porque es necesario unir a la visión beatífica la conciencia de ser Dios.

 

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