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Final de la 6ª conferencia del Mont des Cats en diciembre 1971.
Retoma: “La muerte entró en el mundo por el rechazo del Amor Infinito. Al
separarse de la fuente de Vida, la primera pareja introdujo la muerte. Pero
Jesús está en el centro mismo de la unión de la humanidad con Dios, subsiste en
Dios, está unido personalmente a Dios, está pues en la fuente misma de la Vida. ¿Cómo pudo la muerte
tener poder sobre Él?”
Continuación: “Evidentemente, eso no será posible sino en virtud de la
solidaridad absoluta entre Él y nosotros. Y, en efecto, San Pablo nos da la
posibilidad de comprender cómo la muerte se apoderó de la Persona de Jesús. Mientras
Jesús había declarado que nadie le quitaba la Vida, que Él la daba de Sí mismo y podía
retomarla, san Pablo nos lleva a comprender esa muerte por identificación con
nosotros.
En efecto, si Jesús se “hizo pecado”, si se sintió el gran culpable, si
tuvo el sentimiento de que sus verdugos eran infinitamente más inocentes que Él
cuando oró por ellos, si entró en las tinieblas infinitas, entonces podemos
concebir que no murió de muerte física, que no murió ante todo por las heridas
sino que murió de muerte interior, que murió de la coexistencia en Él de la
inocencia infinita de que tenía conciencia en lo más alto de su ser y la
culpabilidad infinita que sentía en la zona tenebrosa de su conocimiento
experimental. El vecindario y el antagonismo de la inocencia absoluta y de la
culpabilidad infinita es probablemente lo que determinó la muerte de Nuestro
Señor.
Nuestro Señor murió de
nuestra muerte, murió de muerte de identificación con nosotros y por eso su muerte constituye una
especie de milagro. El problema de la Resurrección en cierto modo es evidente: Si Jesús
es el Príncipe de la Vida,
lleva en Sí la fuente de la vida. El verdadero milagro no es que haya
resucitado sino que haya muerto.
Y parece que si seguimos las indicaciones dadas por el P. Mac Nabb (1),
parece en efecto que Nuestro Señor murió de muerte interior, de muerte en que
su alma fue destrozada, rasgada por la coexistencia de la suprema inocencia y
la suprema culpabilidad y que su Resurrección representa algo completamente
diferente de la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím, o de la
hijita del jefe de la sinagoga. Es algo diferente. Como la muerte de Nuestro
Señor es única, como la muerte de Jesús viene del interior, como es una muerte
interior, su Resurrección es también una realidad del interior, es la exigencia
misma de su ser lo que se reactualiza. El Príncipe de la Vida no podía ser entregado a
la muerte, no podía morir sino de muerte de identificación con nosotros.
El P. Mac Nabb concluye además su exposición de los 4 planos de conciencia
de Nuestro señor diciendo a sus amigos anglicanos: “Si nos colocamos en el
punto de vista del conocimiento experimental, podemos admitir en efecto que
Nuestro Señor en ciertos momentos no tuvo conciencia de su divinidad,
subentendiendo desde luego que desde el punto de vista de la ciencia beatífica,
profética y con mayor razón, desde el punto de vista del conocimiento divino,
tenía siempre perfecta y totalmente conciencia de Su Divinidad.
Es uno de los ejemplos más admirables de la caridad en las relaciones entre
teólogos el que nos da el P. Mac Nabb al entrar a fondo en el problema que
explica a partir de una tradición infinitamente profunda, que distingue todos
los aspectos, que da razón en cuanto posible a lo que parece puramente negativo
y nos permite así contemplar en un maravilloso equilibrio los diferentes niveles
de conciencia del alma de Nuestro Señor.
Me parece de extrema importancia para nosotros, si queremos entrar en el misterio de la Redención, me parece de
extrema importancia que vivamos este misterio bajo ese aspecto de
identificación con nosotros y que veamos la muerte de Nuestro Señor no como algo que Él sufre en virtud de
cierta descomposición de su humanidad, sino como una realidad que asume en plena libertad para hacer contrapeso a todos
nuestros rechazos de amor, para centrarnos de nuevo sobre la vida infinita
que debe brotar en nosotros del corazón de Dios que late en el nuestro.
Queremos pues tratar de retener esta admirable distinción para darnos
cuenta cada vez más profundamente de la
especie de dialéctica entre la libertad infinita de Jesús y las exigencias de
su misión redentora. Mientras más nos hundamos en esas tinieblas, más nos
sobrecogerá el poder del Amor de Nuestro Señor, más veremos en él a Alguien
infinitamente fraternal que llevó nuestra carga, que la llevó infinitamente más
de lo que somos capaces nosotros de llevar, ya que Él tenía conocimiento del
mal, un conocimiento que sacaba de la luz infinita de Su inocencia.
Él conoció el rostro del pecado como nosotros nunca no lo conoceremos, y lo
llevó. “Se hizo pecado por nosotros” y justamente eso es para nosotros una razón
para amarlo sin medida y serle tanto más fieles cuanto que fue crucificado por
todos nuestros rechazos de amor. Y ahí es finalmente a donde debe
llegar toda contemplación del misterio de la Redención, a una
voluntad de hacer de Jesús en nosotros el Señor Vivo y Resucitado”.
(Fin de la 6ª conferencia)
Nota (1) personal. No logro interesarme de verdad al pensamiento del P. Mac
Nabb. Tengo siempre la tentación de pensar que todo lo extraordinario de la
humanidad de Cristo, inclusive la visión beatífica, necesariamente adaptada a
su humanidad (pero pudiendo ser concebida como apta a la visión beatífica, y
por lo mismo a la igualdad con Dios desde su concepción en María, por un efecto
de anticipación de sus méritos en el momento de pasar al Padre – a semejanza de
lo que sucede en la Inmaculada Concepción
– pero que no lo será sino a causa del paso al Padre y cuando éste se haya
realizado), pienso que todo lo extraordinario de Jesucristo durante su paso
entre nosotros, entre otras cosas sus milagros, es debido a la perfección absoluta de su humanidad
y no a su divinidad, la cual es anonadada en Él en el momento de la encarnación
redentora. Y entonces en su humanidad Jesús podría no tener ninguna conciencia
de su divinidad antes de ese paso (2) sino como nosotros (pero Él de manera
perfecta), en y por la fe. Yo creo que esta opinión presenta la ventaja de no
magicizar en modo alguno Su humanidad. Además, Jesús no se apropia sus
milagros, ya que sus discípulos van a hacer milagros más grandes, dijo Él, y al
decirlo no precisó que era Él quien haría los milagros por medio de ellos.
Nota (2). Y sin embargo tiene conciencia de ello si desde su concepción en
María es apto para la visión beatífica, por anticipación de los méritos de su
paso. Porque es necesario unir a la visión beatífica la conciencia de ser Dios.